OriginalLos cisnes salvajes
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Elisa tiene que tejer once cotas de malla de ortiga sin decir una palabra para romper el hechizo de una reina malvada, que convirtió en cisnes a sus once hermanos. Condenada a la hoguera, Elisa sigue tejiendo en la carreta y les echa encima las cotas; sus hermanos recobran su forma y el pueblo la reconoce inocente.
Muy lejos de aquí, allá donde vuelan las golondrinas cuando a nosotros nos llega el invierno, vivía un rey que tenía once hijos y una hija que se llamaba Elisa.
Los once hermanos eran príncipes e iban a la escuela con la estrella en el pecho y el sable al costado. Escribían con lápices de diamante sobre pizarras de oro y se aprendían las cosas de memoria con la misma facilidad con que las leían; bastaba oírlos un momento para saber que eran príncipes. Su hermana Elisa se sentaba en un banquito de vidrio espejeante y tenía un libro de estampas que había costado medio reino.
Aquellos niños vivían de maravilla. Pero no todo iba a seguir así.
Su padre, que era rey de todo el país, se casó con una reina malvada a la que los pobres niños no le importaban nada. Desde el primer día lo notaron. Había gran fiesta en el castillo y los niños jugaban a que llegaban visitas; pero en lugar de darles, como siempre, todos los pasteles y todas las manzanas asadas que hubiera en la casa, la reina no les dio más que arena en una taza de té y les dijo que se imaginaran que era algo.
A la semana siguiente mandó a la pequeña Elisa al campo, a casa de unos campesinos, y no pasó mucho tiempo sin que le contara al rey tantas mentiras sobre los pobres príncipes que él dejó de ocuparse de ellos.
—Salgan al mundo y gánense ustedes solos la vida —dijo la reina malvada—. Vuelen como los pájaros grandes que no tienen voz.
Pero no logró hacerles todo el daño que hubiera querido: se convirtieron en once cisnes salvajes preciosos. Con un grito extraño salieron volando por las ventanas del castillo, cruzaron el parque y se metieron en el bosque.

Era todavía muy temprano cuando pasaron por encima de la casa donde su hermana Elisa dormía en el cuarto del campesino. Se quedaron un rato sobre el techo, torcieron los cuellos largos y batieron las alas; pero nadie los oyó ni los vio. Tuvieron que seguir adelante, subir hasta las nubes y salir al ancho mundo, y volaron hacia un bosque grande y oscuro que llegaba hasta la orilla del mar.
La pobre Elisa se quedó en el cuarto del campesino jugando con una hoja verde; no tenía otro juguete. Le hizo un agujero a la hoja, miró por él hacia el sol y le pareció ver los ojos claros de sus hermanos; y cada vez que los rayos tibios le daban en las mejillas, se acordaba de todos sus besos.
Un día pasaba igual que el otro. Cuando el viento soplaba entre los grandes rosales que había frente a la casa, les preguntaba a las rosas:
—¿Quién puede ser más hermosa que ustedes?
Pero las rosas movían la cabeza y contestaban:
—Elisa.
Y cuando la campesina se sentaba los domingos en la puerta a leer su libro de cánticos, el viento le volteaba las hojas y le preguntaba al libro:
—¿Quién puede ser más piadoso que tú?
—Elisa —decía el libro de cánticos.
Y lo que decían las rosas y el libro era la pura verdad.
Cuando cumplió quince años la mandaron llamar a casa; y al ver la reina lo hermosa que era, le tomó rencor. De buena gana la habría convertido en un cisne salvaje como a sus hermanos, pero no se atrevió a hacerlo enseguida, porque el rey quería ver a su hija.
De madrugada la reina entró al baño, que era de mármol y estaba adornado con cojines suaves y con las mantas más ricas. Tomó tres sapos, los besó y le dijo al primero:
—Súbete a la cabeza de Elisa cuando entre al agua, para que se ponga tonta como tú.
—Ponte en su frente —le dijo al segundo—, para que se ponga fea como tú y su padre no la reconozca.
—Descansa sobre su corazón —le susurró al tercero—. Vuélvela mala, para que sufra por dentro.
Luego echó los sapos al agua clara, que enseguida se puso verde, llamó a Elisa, la desvistió y la hizo bajar al baño. Y mientras Elisa se hundía, uno de los sapos se le prendió del cabello, otro se le puso en la frente y el tercero sobre el pecho. Pero ella no pareció darse cuenta; y en cuanto se enderezó, había tres amapolas rojas flotando en el agua. Si aquellos animales no hubieran sido venenosos y besados por la bruja, se habrían vuelto rosas rojas. Aun así se volvieron flores, porque habían reposado sobre su cabeza, sobre su frente y sobre su corazón. Elisa era demasiado buena e inocente para que la brujería tuviera poder sobre ella.
Cuando la reina malvada vio aquello, untó a Elisa con jugo de nuez hasta dejarla de un moreno oscuro, le embarró la cara bonita con un ungüento apestoso y le enredó el cabello hermoso. Era imposible reconocer a la bella Elisa.
Al verla, su padre se asustó y dijo que ésa no era su hija. Nadie quiso reconocerla, salvo el perro de la cadena y las golondrinas; pero eran unos pobres animales que ahí no tenían voz ni voto.
Entonces la pobre Elisa lloró y pensó en sus once hermanos, que se habían ido todos. Muy triste, salió a escondidas del castillo y caminó el día entero por campos y pantanos hasta meterse en el bosque grande. No sabía a dónde iba, pero sentía una tristeza sin fondo y extrañaba a sus hermanos; seguramente a ellos también los habían echado al mundo, y quería buscarlos y encontrarlos.
Llevaba poco tiempo en el bosque cuando cayó la noche. Se había salido por completo del camino, así que se acostó sobre el musgo blando, rezó su oración de la noche y recargó la cabeza en un tronco cortado. Había un silencio hondo, el aire estaba tibio, y alrededor, en el pasto y en el musgo, brillaban como un fuego verde cientos de luciérnagas. Cuando rozó una rama con la mano, aquellos insectos luminosos cayeron sobre ella como estrellas fugaces.
Toda la noche soñó con sus hermanos. Volvían a jugar como cuando eran chicos, escribían con los lápices de diamante en las pizarras de oro y miraban el libro de estampas que había costado medio reino. Pero en las pizarras ya no escribían ceros y rayas como antes, sino las cosas valientes que habían hecho, todo lo que habían vivido y visto; y en el libro de estampas todo estaba vivo: los pájaros cantaban y la gente salía de las páginas y platicaba con Elisa y con sus hermanos. Pero en cuanto ellos volteaban la hoja, las figuras brincaban de regreso a su lugar, para que no se hiciera un desorden.
Cuando despertó, el sol ya estaba alto. Ella no podía verlo: los árboles altos extendían sus ramas tupidas encima de ella. Pero allá arriba los rayos jugaban como un velo de oro que alguien estuviera tejiendo, había olor a hoja verde y los pájaros casi se le posaban en los hombros. Oyó chapotear el agua: eran manantiales grandes que caían todos a un mismo lago, con un fondo de arena limpísima. Alrededor crecían matorrales cerrados, pero en un lugar los venados habían abierto un boquete, y por ahí bajó Elisa al agua. Era tan clara que, si el viento no hubiera movido las ramas y los arbustos, cualquiera habría creído que estaban pintados en el fondo; con tanta nitidez se reflejaba cada hoja, lo mismo la que estaba al sol que la que estaba en la sombra.
En cuanto Elisa vio su propia cara, se asustó de lo morena y fea que era; pero se mojó la mano, se frotó los ojos y la frente, y volvió a relucir la piel blanca. Entonces se quitó la ropa y entró al agua fresca. No había en el mundo una hija de rey más hermosa que ella.
Cuando se vistió otra vez y se trenzó el cabello largo, fue al manantial que brotaba, bebió agua en el hueco de la mano y siguió metiéndose en el bosque sin saber ella misma hacia dónde. Pensaba en sus hermanos y pensaba en Dios, que seguramente no la iba a abandonar. Dios hace crecer las manzanas silvestres para dar de comer al que tiene hambre, y le mostró un árbol así, con las ramas dobladas por el peso de la fruta. Ahí comió, puso horquillas de palo para sostener las ramas y se metió en la parte más oscura del bosque. Había tanto silencio que oía sus propios pasos y el crujido de cada hoja seca que se doblaba bajo su pie. No se veía un solo pájaro, no entraba un solo rayo de sol por las ramas grandes y oscuras; los troncos altos estaban tan juntos que, al mirar hacia adelante, parecía que una reja de vigas se cerrara tras otra a su alrededor. Nunca había conocido una soledad como aquélla.
La noche se puso muy oscura. Ya no brillaba en el musgo ni una sola luciérnaga. Triste, se acostó a dormir. Y le pareció que las ramas se apartaban sobre su cabeza y que Dios la miraba con ojos dulces, y que unos angelitos se asomaban por encima de sus hombros y por debajo de sus brazos.
Cuando despertó en la mañana no supo si lo había soñado o si de veras había sido así.
Dio unos pasos adelante y se encontró con una anciana que llevaba moras en su canasta; la vieja le dio unas cuantas. Elisa le preguntó si no había visto pasar a caballo por el bosque a once príncipes.
—No —dijo la anciana—, pero ayer vi once cisnes con coronas de oro en la cabeza, nadando por el río de aquí cerca.
Y la llevó un trecho más allá, hasta una ladera. Al pie corría serpenteando un riachuelo, y los árboles de sus orillas estiraban unos hacia otros sus ramas largas y llenas de hojas; y donde por su crecimiento natural no alcanzaban a juntarse, las raíces se habían soltado de la tierra y colgaban sobre el agua, enredadas con las ramas.
Elisa se despidió de la anciana y caminó a lo largo del riachuelo hasta donde éste desembocaba en la playa grande y abierta.
Todo el mar espléndido se abría delante de la muchacha, pero no se veía una sola vela, ni una sola barca. ¿Cómo iba a seguir adelante? Se puso a mirar las incontables piedritas de la orilla; el agua las había redondeado todas. Vidrio, hierro, piedra, todo lo que estaba ahí revuelto había recibido su forma del agua, que sin embargo es mucho más suave que su mano fina.
—Ruedan sin cansarse y así van alisando lo duro; yo quiero ser igual de incansable —se dijo—. Gracias por su lección, olas claras que no dejan de rodar: algún día, me lo dice el corazón, ustedes me van a llevar con mis hermanos.
Entre las algas que había arrojado el mar encontró once plumas blancas de cisne y las juntó en un ramo. Tenían gotas de agua encima; nadie habría podido decir si eran rocío o lágrimas. Aquella playa estaba sola, pero ella no lo sentía, porque el mar cambiaba sin descanso, y más en unas cuantas horas que los dulces lagos de tierra adentro en todo un año. Si venía una nube grande y negra, era como si el mar quisiera decir: «Yo también sé ponerme sombrío»; y entonces soplaba el viento y las olas volteaban su blancura hacia afuera. Pero si las nubes se ponían rojas y los vientos se dormían, el mar quedaba como un pétalo de rosa. Unas veces era verde y otras blanco. Y por quieto que estuviera, en la orilla siempre había un movimiento suave: el agua subía apenas, como el pecho de un niño dormido.
Cuando el sol iba a ponerse, Elisa vio once cisnes salvajes con coronas de oro en la cabeza que volaban hacia la tierra. Iban uno detrás de otro, como una larga cinta blanca. Elisa subió la ladera y se escondió detrás de un arbusto; los cisnes se posaron cerca de ella y batieron sus grandes alas blancas.
En cuanto el sol quedó debajo del agua, las plumas cayeron de golpe y ahí estaban once príncipes hermosos: los hermanos de Elisa. Ella dio un grito. Aunque habían cambiado mucho, supo que eran ellos, sintió que tenían que ser ellos. Y se echó en sus brazos y los llamó por su nombre; y los príncipes se pusieron felices de ver a su hermanita, que ahora era grande y hermosa. Rieron y lloraron, y pronto entendieron entre todos lo mala que había sido su madrastra con cada uno de ellos.

—Nosotros volamos como cisnes salvajes mientras el sol está en el cielo —dijo el mayor—; en cuanto se mete, recobramos nuestra forma de hombres. Por eso tenemos que cuidar siempre de tener dónde poner los pies a la hora en que el sol se pone, porque si a esa hora vamos subiendo hacia las nubes, caemos al fondo convertidos en hombres. Aquí no vivimos. Hay una tierra tan hermosa como ésta al otro lado del mar, pero el camino es largo: tenemos que cruzar el mar grande, y en todo el trayecto no hay una sola isla donde podamos pasar la noche. Nada más asoma en medio un peñasco chiquito, apenas tan grande que cabemos en él si nos acostamos bien apretados uno junto a otro. Si el mar está bravo, el agua salta muy por encima de nosotros; y aun así le damos gracias a Dios por esa piedra. Ahí pasamos la noche en figura de hombres, y sin ella nunca podríamos visitar nuestra patria querida, porque el vuelo nos lleva dos de los días más largos del año. Sólo una vez al año se nos permite venir a casa. Once días podemos quedarnos aquí y volar sobre el bosque grande, desde donde alcanzamos a ver el castillo en el que nacimos y donde vive nuestro padre, y la torre alta de la iglesia donde está enterrada nuestra madre. Aquí nos parece que los árboles y los arbustos son parientes nuestros; aquí corren los caballos salvajes por los llanos, como los veíamos de niños; aquí canta el carbonero las canciones viejas con las que bailábamos cuando éramos chicos. Aquí está nuestra patria, hacia acá nos jala el corazón, y aquí te encontramos a ti, hermanita querida. Dos días más podemos quedarnos, y después tenemos que irnos sobre el mar, hacia una tierra espléndida que no es la nuestra. ¿Cómo te llevamos? No tenemos ni barco ni bote.
—¿De qué manera puedo librarlos del hechizo? —preguntó Elisa.
Y estuvieron platicando casi toda la noche; apenas durmieron unas cuantas horas.
A Elisa la despertó el golpeteo de las alas de los cisnes, que zumbaban encima de ella. Los hermanos estaban transformados otra vez y volaban en círculos grandes, hasta que se fueron lejos. Pero uno de ellos, el más pequeño, se quedó; el cisne puso la cabeza en su regazo y ella le acarició las alas. Pasaron juntos el día entero. Al atardecer volvieron los otros, y cuando el sol se metió ahí estaban los once en su forma natural.
—Mañana nos vamos de aquí y no podemos regresar hasta que pase un año entero —dijo el mayor—. Pero no podemos dejarte así. ¿Tienes valor para venir con nosotros? Mi brazo alcanza para cargarte por el bosque; ¿no vamos a tener entre todos alas bastante fuertes para llevarte volando sobre el mar?
—Sí, llévenme con ustedes —dijo Elisa.
Pasaron toda la noche tejiendo una red con corteza flexible de sauce y con juncos correosos, y les salió grande y firme. Elisa se acostó en la red, y cuando salió el sol y los hermanos se volvieron cisnes salvajes, agarraron la red con los picos y volaron con su hermana querida, que seguía dormida, hasta muy arriba, hacia las nubes. Los rayos del sol le daban de lleno en la cara, así que uno de los cisnes voló sobre su cabeza para hacerle sombra con sus alas anchas.

Ya estaban muy lejos de tierra cuando Elisa despertó. Creyó que seguía soñando, de tan raro que le pareció ir por el aire, llevada sobre el mar. A su lado había una rama con moras maduras y hermosas y un manojo de raíces sabrosas: las había juntado el hermano más pequeño y se las había puesto ahí. Ella le sonrió agradecida, porque lo reconoció: era el que volaba encima de ella y la cubría con sus alas.
Iban tan alto que el barco más grande que veían abajo parecía una gaviota blanca posada en el agua. Detrás de ellos había una nube enorme: era una montaña. Y sobre ella vio Elisa su propia sombra y la de los once cisnes; así de gigantes se veían volando. Era un cuadro más hermoso que ninguno de los que había visto antes. Pero cuando el sol subió más y la nube se fue quedando atrás, aquella imagen flotante desapareció.
Volaron el día entero como una flecha que zumba en el aire, y aun así iban más despacio que otras veces, porque ahora llevaban a su hermana. Se descompuso el tiempo y cayó la tarde. Elisa vio con angustia cómo bajaba el sol, y todavía no aparecía el peñasco solitario en el mar. Le pareció que los cisnes daban aletazos más fuertes. ¡Ay, por su culpa no avanzaban lo bastante rápido! Cuando el sol se metiera, tendrían que volverse hombres, caer al mar y ahogarse. Entonces rezó desde lo más hondo del corazón, pero seguía sin ver ningún peñasco. La nube negra se acercaba; las nubes formaban una sola ola grande y amenazadora que se lanzaba hacia adelante como si fuera de plomo, y un relámpago encendía otro.
Ya el sol tocaba el filo del mar. A Elisa le temblaba el corazón. Los cisnes se dejaron caer, tan rápido que ella creyó que se iban de bruces; pero enseguida volvieron a planear. El sol estaba medio hundido en el agua cuando por fin vio el peñasco debajo de ellos: no se veía más grande que una foca sacando la cabeza del agua. El sol bajaba muy aprisa; ya no era más que una estrella. Entonces su pie tocó suelo firme. El sol se apagó como la última chispa en un papel que se quema, y ahí estaban los hermanos alrededor de ella, tomados del brazo, aunque no había más lugar que el justo para ellos y para ella. El mar golpeaba contra la roca y pasaba por encima como una lluvia de polvo; el cielo ardía en un fuego continuo y el trueno rodaba golpe tras golpe; pero hermana y hermanos se dieron la mano y cantaron salmos, y de ahí sacaron consuelo y valor. Al amanecer el aire estaba limpio y quieto, y en cuanto subió el sol los cisnes se fueron volando con Elisa de aquella isla. El mar seguía alto; desde arriba parecía que la espuma blanca sobre el agua verdinegra fueran millones de cisnes nadando.

Cuando el sol subió más, Elisa vio delante de ella, medio flotando en el aire, una tierra de montañas con masas de hielo brillante sobre las rocas; y en medio se levantaba un castillo que bien medía una legua, con una galería de columnas atrevida encima de otra, y abajo se mecían palmares y flores espléndidas. Preguntó si aquélla era la tierra a la que iban, pero los cisnes movieron la cabeza, porque lo que veía era el castillo de nubes de la Fata Morgana, siempre hermoso y siempre cambiante; ahí no podían llevar a ninguna persona. Elisa se quedó mirándolo, y entonces las montañas, los bosques y el castillo se vinieron abajo, y en su lugar aparecieron veinte iglesias orgullosas, todas iguales, con torres altas y ventanas en punta. Creyó oír el órgano, pero lo que oía era el mar. Ya estaba muy cerca de las iglesias cuando éstas se volvieron una flota entera que navegaba debajo de ella; y al mirar hacia abajo no eran más que nieblas de mar que resbalaban sobre el agua. Así tuvo delante de los ojos un cambio sin fin, hasta que por fin vio la tierra verdadera a la que iban. Allá se levantaban las montañas azules más hermosas, con bosques de cedros, ciudades y castillos. Mucho antes de que se pusiera el sol ya estaba sentada en la roca, frente a una cueva grande cubierta de enredaderas verdes y finas que parecían tapices bordados.
—A ver qué sueñas aquí esta noche —dijo el hermano más pequeño, y le enseñó su recámara.
—Quiera el cielo que sueñe la manera de librarlos —dijo ella.
Y aquel pensamiento no la dejó en paz. Le rezó a Dios con toda el alma pidiéndole ayuda, y hasta dormida siguió rezando. Entonces le pareció que volaba muy alto por el aire, hasta el castillo de nubes de la Fata Morgana; y el hada le salió al encuentro, hermosa y luminosa, y sin embargo se parecía por completo a la anciana que le había dado moras en el bosque y le había hablado de los cisnes con coronas de oro en la cabeza.
—A tus hermanos se les puede quitar el hechizo —dijo—, pero ¿tienes valor y aguante? Cierto que el agua es más suave que tus manos finas y aun así les cambia la forma a las piedras; pero el agua no siente los dolores que van a sentir tus dedos, no tiene corazón, no sufre el miedo ni el tormento que tú vas a tener que soportar. ¿Ves esta ortiga que traigo en la mano? De la misma clase crecen muchas alrededor de la cueva donde duermes. Sólo sirven ésas y las que crecen sobre las tumbas del camposanto: acuérdate bien. Tienes que arrancarlas, aunque te llenen las manos de ampollas. Rompe las ortigas con los pies y sacarás lino; con ese lino tienes que tejer y anudar once cotas de malla con mangas largas, y en cuanto se las eches encima a los once cisnes el hechizo quedará roto. Pero fíjate bien en esto: desde el momento en que empieces el trabajo hasta que lo termines, aunque pasen años, no puedes hablar. La primera palabra que digas se les clavará como un puñal mortal en el corazón a tus hermanos. De tu lengua depende su vida. Acuérdate de todo esto.
Y al mismo tiempo le tocó la mano con la ortiga. Fue como un fuego que quemaba, y Elisa despertó. Era pleno día, y junto al lugar donde había dormido había una ortiga igual a la que había visto en sueños. Entonces cayó de rodillas, le dio gracias a Dios y salió de la cueva a empezar su trabajo.
Con sus manos finas agarró aquellas ortigas horribles. Eran como fuego y le levantaron ampollas grandes en las manos y en los brazos, pero lo sufría de buena gana con tal de librar a sus hermanos queridos. Rompió cada ortiga con los pies descalzos y se puso a trenzar el lino verde.
Cuando se metió el sol llegaron los hermanos y se asustaron de encontrarla muda; creyeron que era un hechizo nuevo de la madrastra malvada. Pero al verle las manos entendieron lo que estaba haciendo por ellos. El hermano más pequeño lloró, y donde caían sus lágrimas ella no sentía dolor y se le quitaban las ampollas que ardían.
Pasó la noche trabajando, porque no iba a descansar hasta haber librado a sus hermanos queridos. Al día siguiente, mientras los cisnes andaban fuera, se quedó sentada en su soledad; y nunca se le había ido el tiempo tan aprisa. Ya tenía lista una cota de malla y empezó la segunda.
Entonces sonó un cuerno de caza entre las montañas. A Elisa le entró miedo. El sonido se acercaba cada vez más y oyó ladrar perros. Asustada, se metió corriendo a la cueva, amarró en un manojo las ortigas que había juntado y rastrillado y se sentó encima.
Enseguida salió de la barranca un perro grande de un salto, y detrás otro, y otro más. Ladraban fuerte, se regresaban y volvían otra vez. No pasaron ni dos minutos y ya estaban todos los cazadores frente a la cueva, y el más apuesto de todos era el rey de aquel país. Se acercó a Elisa: nunca había visto una muchacha más hermosa.

—¿Cómo llegaste hasta aquí, criatura hermosa? —preguntó.
Elisa movió la cabeza: no podía hablar, en eso les iba a sus hermanos la libertad y la vida. Y escondió las manos debajo del delantal para que el rey no viera lo que estaba sufriendo.
—Vente conmigo —dijo él—. Aquí no te puedes quedar. Si eres tan buena como hermosa, te vestiré de seda y terciopelo, te pondré la corona de oro en la cabeza y vivirás y reinarás en mi castillo más rico.
Y la subió a su caballo. Ella lloraba y se retorcía las manos, pero el rey dijo:
—Sólo quiero tu felicidad. Algún día me lo vas a agradecer.
Y diciendo esto salió al galope por las montañas, con ella delante de él en la silla, y los cazadores detrás.
Cuando el sol se metía apareció frente a ellos la hermosa ciudad del rey, con sus iglesias y sus cúpulas. Y el rey la llevó al castillo, donde grandes fuentes chapoteaban en los salones de mármol y donde las paredes y los techos resplandecían de pinturas. Pero ella no tenía ojos para nada de eso: lloraba y se afligía. Sin resistirse dejó que las damas la vistieran de reina, que le trenzaran perlas en el cabello y que le pusieran guantes finos sobre los dedos quemados.
Cuando quedó ahí de pie con toda aquella elegancia, era de una belleza que deslumbraba, y la corte entera se inclinó hondo. Y el rey la eligió por esposa, aunque el arzobispo movía la cabeza y susurraba que aquella muchacha hermosa del bosque tenía que ser una bruja: les nublaba los ojos a todos y le embrujaba el corazón al rey.
Pero el rey no le hizo caso. Mandó que tocara la música, que sirvieran los platillos más ricos y que las muchachas más lindas bailaran alrededor de ella. Y la llevaron por jardines perfumados a salones espléndidos, pero no le asomó ni una sonrisa a los labios ni a los ojos: ahí estaba, como una imagen de la tristeza. Entonces el rey abrió un cuartito que había ahí junto, donde ella iba a dormir. Estaba adornado con ricos tapices verdes y se parecía a la cueva en la que ella había estado; en el suelo estaba el manojo de lino que había sacado de las ortigas, y del techo colgaba la cota de malla que ya estaba terminada. Todo aquello se lo había traído uno de los cazadores como curiosidad.
—Aquí puedes soñar que estás de vuelta en tu casa de antes —dijo el rey—. Aquí está el trabajo que te ocupaba allá; ahora, en medio de tanto lujo, te va a divertir acordarte de aquel tiempo.
Cuando Elisa vio aquello, que tanto le tocaba el corazón, le nació una sonrisa en la boca y le volvió el color a las mejillas. Pensó en la salvación de sus hermanos, le besó la mano al rey, y él la apretó contra su pecho y mandó anunciar la boda con todas las campanas de las iglesias. La hermosa muchacha muda del bosque llegó a ser la reina del país.
Entonces el arzobispo le susurró al rey palabras envenenadas al oído, pero no le llegaron al corazón. La boda se celebró. El propio arzobispo tuvo que ponerle la corona en la cabeza, y con mala intención le apretó el aro estrecho contra la frente, tanto que le dolió. Pero un aro más pesado le apretaba el corazón: la pena por sus hermanos. Ella no sentía los dolores del cuerpo. Su boca estaba muda, porque una sola palabra les habría costado la vida a sus hermanos; en cambio, en sus ojos se veía un amor hondo por aquel rey bueno y hermoso que hacía todo por alegrarla. Día con día lo fue queriendo más de todo corazón. ¡Ay, si pudiera confiarse a él y contarle lo que estaba sufriendo! Pero tenía que estar muda, muda tenía que terminar su obra. Por eso, de noche se escapaba de su lado, iba al cuartito adornado como la cueva y tejía una cota de malla tras otra. Pero cuando empezó la séptima, ya no le quedaba lino.
En el camposanto crecían las ortigas que le servían, eso ya lo sabía; pero tenía que cortarlas ella misma. ¿Cómo iba a llegar hasta allá?
«¿Qué es el dolor de mis dedos comparado con el tormento que aguanta mi corazón?», pensó. «Tengo que atreverme. El Señor no me va a quitar su mano.»
Con una angustia en el corazón, como si fuera a cometer una maldad, se deslizó en aquella noche de luna hasta el jardín y siguió por las alamedas y por las calles solitarias hasta el camposanto. Ahí vio, sentado sobre una de las lápidas más anchas, un círculo de lamias. Aquellas brujas horribles se quitaban sus harapos como si fueran a bañarse, y luego escarbaban con sus dedos largos y flacos las tumbas recientes, sacaban los cadáveres con un ansia diabólica y les comían la carne. Elisa tuvo que pasar muy cerca de ellas, y ellas le clavaron sus miradas malas; pero ella rezó en silencio, juntó las ortigas que ardían y se las llevó al castillo.

Una sola persona la había visto: el arzobispo, que andaba despierto cuando los demás dormían. Ahora sí tenía razón en lo que pensaba: con la reina las cosas no andaban como debían. Era una bruja, y por eso había embrujado al rey y al pueblo.
En el confesionario le contó al rey lo que había visto y lo que temía. Y mientras aquellas palabras duras le salían de la lengua, las imágenes de los santos movieron la cabeza, como si quisieran decir: «No es así. Elisa es inocente». Pero el arzobispo lo entendió al revés: dijo que declaraban contra ella, que movían la cabeza por su pecado. Entonces al rey le rodaron dos lágrimas pesadas por las mejillas. Se fue a su casa con la duda en el corazón y de noche se hizo el dormido. Pero no le llegó a los ojos ningún sueño tranquilo, y notó que Elisa se levantaba. Cada noche se repetía lo mismo, y cada vez él la seguía sin ruido y veía cómo desaparecía en su cuartito.
Día con día se le ponía la cara más sombría. Elisa lo veía y no entendía por qué, y aquello la angustiaba; ¡y cuánto sufría además en el corazón por sus hermanos! Sobre el terciopelo y la púrpura de los reyes corrían sus lágrimas calientes, y ahí se quedaban como diamantes brillantes, y todos los que veían tanta riqueza deseaban ser reina. Mientras tanto ya iba a terminar su trabajo: le faltaba una sola cota de malla, pero tampoco le quedaba lino ni una sola ortiga. Una vez, nada más esta última vez, tenía que ir al camposanto a cortar unos cuantos puñados de ortigas. Pensaba con miedo en aquella caminata solitaria y en las lamias espantosas, pero su voluntad estaba firme, y también su confianza en el Señor.
Elisa fue; pero el rey y el arzobispo la siguieron. La vieron desaparecer por la reja del camposanto, y cuando se acercaron, ahí estaban las lamias sentadas sobre la lápida, tal como Elisa las había visto; y el rey se dio la vuelta, porque entre ellas se figuraba a aquella cuya cabeza había descansado esa misma tarde sobre su pecho.
—Que el pueblo la juzgue —dijo.
Y el pueblo la juzgó y la condenó a morir en la hoguera.
De los salones espléndidos del rey la llevaron a un agujero oscuro y húmedo, donde el viento silbaba entre las rejas. En lugar de terciopelo y seda le dieron el manojo de ortigas que ella misma había juntado, para que ahí recargara la cabeza, y las cotas de malla duras y ardientes que había tejido le servirían de cobijas. Pero no habrían podido darle nada mejor. Volvió a tomar su trabajo y le rezó a Dios. Afuera los muchachos de la calle le cantaban coplas burlonas; ni un alma la consoló con una palabra amable.
Al atardecer zumbaron unas alas de cisne junto a la reja: era el más pequeño de los hermanos. Había encontrado a su hermana, y ella sollozó fuerte de alegría, aunque sabía que aquella noche sería seguramente la última de su vida. Pero el trabajo ya estaba casi terminado y sus hermanos estaban ahí.
Llegó entonces el arzobispo a acompañarla en su última hora, como se lo había prometido al rey. Pero ella movió la cabeza y le pidió con la mirada y con gestos que se fuera. Esa noche tenía que terminar su trabajo, o todo habría sido en vano: todo, el dolor, las lágrimas y las noches sin dormir. El arzobispo se fue diciéndole palabras hirientes, pero la pobre Elisa sabía que era inocente y siguió trabajando.
Los ratoncitos corrían por el suelo y le arrastraban ortigas hasta los pies, para ayudar en algo; y un tordo se posó en la reja de la ventana y cantó toda la noche con todas sus fuerzas, para que Elisa no perdiera el valor.
Todavía estaba oscuro, faltaba una hora para que saliera el sol, cuando los once hermanos se presentaron en la puerta del castillo y pidieron que los llevaran ante el rey. Les contestaron que eso no podía ser: era de noche todavía, el rey dormía y no se le podía despertar. Rogaron, amenazaron, llegó la guardia, y hasta el propio rey salió a preguntar qué significaba aquello. En eso salió el sol y ya no había ningún hermano ahí; sobre el castillo volaban once cisnes salvajes.
Por la puerta de la ciudad salía en tropel el pueblo entero: quería ver cómo quemaban a la bruja. Un caballo viejo jalaba la carreta en la que ella iba sentada. Le habían puesto una túnica de tela burda; su cabello hermoso le colgaba suelto alrededor de la cabeza; tenía las mejillas pálidas como de muerta y los labios se le movían despacio, mientras sus dedos preparaban el lino verde. Ni siquiera camino de su muerte interrumpió el trabajo empezado: las diez cotas de malla estaban a sus pies y en la undécima trabajaba. La gentuza se burlaba de ella.
—¡Miren a la bruja, cómo murmura! No lleva ningún libro de cánticos en la mano; ahí está sentada con sus hechicerías feas. ¡Háganle esos trapos mil pedazos!
Y se le echaron todos encima y quisieron romper las cotas de malla. Entonces llegaron volando once cisnes salvajes, se posaron alrededor de ella en la carreta y batieron sus alas grandes. La multitud se hizo a un lado, espantada.
—¡Es una señal del cielo! Seguro es inocente —susurraron muchos.
Pero no se atrevieron a decirlo en voz alta.
Ya el verdugo la había agarrado de la mano cuando ella les echó de prisa las once cotas de malla a los cisnes. Y enseguida ahí estaban once príncipes hermosos. Pero el más pequeño tenía un ala de cisne en lugar de un brazo, porque a su cota de malla le faltaba una manga: ésa no la había alcanzado a terminar.

—¡Ahora sí puedo hablar! —dijo ella—. ¡Soy inocente!
Y el pueblo, al ver lo que había pasado, se inclinó ante ella como ante una santa; pero ella cayó sin sentido en los brazos de sus hermanos: así habían hecho su efecto en ella la tensión, el miedo y el dolor.
—Sí, es inocente —dijo el hermano mayor.
Y contó todo lo que había pasado. Y mientras hablaba se extendió un perfume como de millones de rosas, porque cada leño de la hoguera había echado raíz y sacado ramas; ahí quedó un seto perfumado, alto y grande, con rosas rojas. Arriba de todo se abría una flor blanca y reluciente que brillaba como una estrella. El rey la cortó y se la prendió a Elisa en el pecho, y ella despertó con paz y felicidad en el corazón.
Y todas las campanas de las iglesias repicaron solas, y los pájaros llegaron en grandes bandadas. Y el regreso al castillo fue un cortejo de bodas como no lo había visto ningún rey.
Adaptado por Talerie, Fuente: Sämmtliche Märchen (se abre en una ventana nueva)
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