
La reina de las nieves
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Dos granos de un espejo mágico se le meten a Kay en el ojo y en el corazón, y la reina de las nieves se lo lleva en su trineo. Gerda lo busca por medio mundo, lo encuentra entre los pedazos de hielo y los dos regresan a su ciudad, a las rosas de la ventana y a un verano tibio.
Hubo una vez un duende malvado que fabricó un espejo burlón: en él, lo bueno y lo hermoso se encogía hasta casi desaparecer, y lo feo crecía y se ponía peor. Sus alumnos lo llevaron volando al cielo para burlarse de los ángeles, pero se les resbaló y se hizo pedazos contra la tierra. A quien le entraba una astilla en el ojo, ya nada le parecía bueno; y a quien le entraba en el corazón, el corazón se le volvía hielo.
En una ciudad grande vivían dos niños pobres, Kay y Gerda, que no eran hermanos pero se querían como si lo fueran. Sus padres vivían en dos buhardillas, una frente a la otra, y en el canalón entre los tejados crecían dos rosales que se inclinaban uno hacia el otro como un arco de flores; debajo jugaban los niños.
—Son las abejas blancas, que andan en enjambre —dijo la abuela una tarde de nevada.
—¿Y también tienen una reina? —preguntó Kay.
—Claro que la tienen: es la reina de las nieves. Muchas noches se asoma a las ventanas de la ciudad, y entonces el vidrio se congela como si le nacieran flores.
—Que venga —dijo Kay—. Yo la pongo sobre la estufa caliente y se derrite.
Esa noche, un copo se posó en la ventana y creció hasta volverse una mujer alta, vestida de blanco y toda de hielo brillante. Estaba viva: los ojos le relucían como dos estrellas. Le hizo una seña, y Kay se asustó y bajó de un salto.

Después llegó el verano y los rosales dieron flores como nunca. Gerda se había aprendido un canto en el que se hablaba de rosas, y se lo cantó a Kay, y él cantó con ella:
Las rosas florecen y se han de perder;al Niño Jesús lo hemos de ver.
Una tarde veían un libro de estampas, y el reloj daba las cinco, cuando Kay gritó:
—¡Ay! Algo me picó en el corazón, y algo se me metió en el ojo.
Dijo que ya se le había pasado, pero no era cierto: eran dos granos de aquel espejo.

—¿Por qué lloras? —dijo entonces—. Así te ves fea. ¡Y mira esa rosa, la picó un gusano! Son rosas feas, igual que el cajón donde crecen.
Le dio una patada al cajón y arrancó dos rosas.
—¡Kay! ¿Qué haces? —gritó Gerda.
Al ver su susto, él arrancó otra más y se metió de un salto por su ventana. Desde entonces se burlaba de la abuela y molestaba a Gerda, que lo quería con toda el alma; solo le gustaba ya lo perfecto, como los copos vistos con una lupa.
Un día salió con su trineo a la plaza, donde los muchachos amarraban los suyos a los carros para que los llevaran un trecho. Esa tarde apareció un trineo grande, pintado de blanco, con alguien adentro envuelto en pieles blancas. Kay lo amarró a toda prisa y se dejó arrastrar, cada vez más rápido; y cada vez que quería desamarrarlo, quien conducía le hacía un gesto amable. Salieron de la ciudad, y los copos se hicieron tan grandes que parecían gallinas blancas; Kay gritó sin que nadie lo oyera.
De pronto el trineo se detuvo y quien lo conducía se puso de pie: una dama alta y esbelta, blanca y reluciente. Era la reina de las nieves.

—¿Tienes frío? —preguntó—. Métete en mi abrigo.
Lo sentó a su lado y lo besó en la frente. Aquel beso era más frío que el hielo y le llegó derecho al corazón; por un instante creyó que se moría, y luego se sintió muy bien. Ella lo besó otra vez, y él olvidó a Gerda, a la abuela y a todos los de su casa.
—Ya no te daré más besos —dijo la reina—, porque te besaría hasta la muerte.
A él le pareció perfecta y no sintió miedo. Volaron muy alto, sobre bosques y mares, y de día Kay dormía a los pies de la reina de las nieves.
¿Y qué fue de Gerda cuando Kay no volvió? Solo se supo que había amarrado su trineo a otro grande que salió de la ciudad. Gerda lloró mucho tiempo y al final lo dio por ahogado en el río. Llegó por fin la primavera.
—Kay se murió y se fue —dijo Gerda.
—No lo creo —respondió el sol.
—Se murió y se fue —les dijo a las golondrinas.
—No lo creemos —respondieron ellas.
Y al final Gerda tampoco lo creyó. Una mañana se puso sus zapatos rojos nuevos, los que Kay nunca vio, y bajó sola al río.
—Te regalo mis zapatos rojos si me devuelves a mi compañero de juegos —le dijo al agua.

Los tiró, pero las olitas se los devolvieron. Creyendo que no los había lanzado lo bastante lejos, se subió a una barca y los tiró desde la punta; la barca no estaba amarrada y se separó de la orilla. «Tal vez el río me lleve hasta Kay», pensó.
Horas después llegó a un huerto de cerezos, y de la casita salió una viejecita que enganchó la barca con su bastón y la sacó del agua. Le dio cerezas y le peinó el pelo con un peine de oro, y con cada pasada Gerda iba olvidando a su amigo. La vieja sabía magia y quería quedarse con ella, así que hundió en la tierra todos los rosales, para que Gerda no se acordara de los suyos.
En aquel jardín florecían las flores de todas las estaciones a la vez, y ahí pasó muchos días felices. Sentía que faltaba una, hasta que vio una rosa pintada en el sombrero de la anciana. Buscó entre los arriates y no había ninguna; se sentó a llorar, y sus lágrimas cayeron donde se había hundido un rosal, que brotó de golpe, tan florido como antes.
—¡Yo salí a buscar a Kay! —dijo Gerda—. ¿Ustedes creen que se murió?
—Muerto no está —respondieron las rosas—. Nosotras estuvimos debajo de la tierra, y ahí están todos los muertos, y Kay no estaba.
Gerda preguntó a las demás flores, pero cada una soñaba su propio cuento y ninguna sabía nada de él. Entonces forzó la manija oxidada de la puerta y salió descalza al ancho mundo. Cuando miró alrededor, ya era otoño.
—¡Cuánto me he retrasado! —dijo—. No puedo descansar.
Le dolían los pies y todo estaba frío. Un día, mientras descansaba sobre la nieve, se le acercó un cuervo grande, al que contó su vida entera.
—Podría ser, podría ser —dijo el cuervo—. Aquí vive una princesa tan lista que quiso casarse con alguien que supiera contestar cuando le hablaran. Dos días llegaron pretendientes a montones, pero delante del trono todos se quedaban mudos. Al tercer día llegó una personita sin caballo ni carruaje, con la ropa pobre y un morralito a la espalda; entró sin apenarse ni tantito, y no fue a pedir su mano, sino a oír lo lista que era. Y se gustaron. Y esto lo sé por mi mujer: una corneja amaestrada del palacio.
—¡Era Kay! —gritó Gerda—. ¡Llévame al castillo!
Esa noche los cuervos la subieron por una escalerita de servicio. En la alcoba colgaban de un tallo de oro dos camas como dos azucenas: en la blanca dormía la princesa, y en la roja buscó Gerda a Kay. Apartó un pétalo, vio una nuca morena y gritó su nombre; pero el que despertó no era él.
Gerda, llorando, contó su historia. El príncipe y la princesa se compadecieron de ella y premiaron a los cuervos; le ofrecieron quedarse, pero solo pidió unas botas para seguir buscando, y le dieron además un manguito y un carruaje de oro.
Iban por un bosque oscuro, y el carruaje alumbraba como una antorcha. Aquello les picó los ojos a unos bandoleros.
—¡Es oro, es oro! —gritaron.
Acabaron con quienes acompañaban a Gerda y la bajaron del carruaje. La vieja bandolera sacó un cuchillo que brillaba de un modo espantoso; pero su propia hija, colgada de su espalda, le dio una mordida en la oreja y la vieja ya no tuvo tiempo de nada más. La muchacha reclamó a Gerda para sí.
La niña bandolera era del tamaño de Gerda, pero más fuerte, y tenía unos ojos negros que se veían casi tristes.
—No te van a hacer nada mientras yo no me enoje contigo —dijo, abrazándola por la cintura.
Gerda le contó cuánto quería a Kay, y ella se lo prometió otra vez, muy seria.
Llegaron a un castillo rajado de arriba abajo, donde ardía una fogata en el salón ahumado; arriba dormían cien palomas, y en un rincón había un reno amarrado.

—Todas son mías, y ese también —dijo la niña bandolera—. Todas las noches le paso el cuchillo por el cuello y le da mucho miedo.
Lo hizo, y el pobre animal pataleó mientras ella se reía. Luego jaló a Gerda a la cama.
—¿Te vas a quedar con el cuchillo mientras duermes? —preguntó Gerda.
—Siempre duermo con el cuchillo —dijo la niña bandolera—. Nunca se sabe lo que puede pasar.
Se durmió abrazada a Gerda, pero Gerda no pudo cerrar los ojos. Entonces hablaron las palomas del bosque:
—Currú, currú. Nosotras vimos al pequeño Kay. Una gallina blanca le llevaba el trineo, y él iba en el carro de la reina de las nieves, que pasó rozando el bosque mientras estábamos en el nido. Currú, currú.
—¿Adónde iba? —gritó Gerda.
—A Laponia, seguramente, porque allá siempre hay nieve y hielo. Pregúntale al reno.
—Ahí tiene la reina su tienda de verano —dijo el reno—, pero su castillo verdadero está más al norte, en la isla que llaman Spitsbergen.
En la mañana Gerda le contó lo que había oído, y la niña bandolera esperó a que su madre se durmiera y desató al reno.
—Te suelto para que lleves a esta niña al castillo de la reina de las nieves. Toma tus botas, Gerda, y los guantes de mi madre; el manguito me lo quedo yo. ¡Corre, y cuida bien a la niña!
El reno salió disparado por bosques y pantanos, mientras aullaban los lobos y ardían las auroras boreales. Corrió de día y de noche hasta Laponia, donde una vieja cocía pescado en una casita tan baja que había que entrar a gatas. El reno le contó la historia de Gerda, que venía entumida de frío.
—Todavía les falta muchísimo camino —dijo la lapona—. Voy a escribirle unas palabras a la finlandesa de allá arriba en un bacalao seco, que papel no tengo.
Cuando Gerda entró en calor siguieron adelante, y llamaron en la chimenea de la finlandesa, porque puerta no tenía. Adentro hacía tanto calor que la mujer andaba casi sin ropa. Leyó el bacalao tres veces y luego lo echó a la sopa, porque nunca desperdiciaba nada. El reno le pidió que le diera a Gerda la fuerza de doce hombres, y ella se lo llevó aparte.
—A Kay le entró una astilla de espejo en el corazón y un granito en el ojo. Hay que sacárselos, o nunca volverá a ser una persona.
—¿Y no le puedes dar a Gerda poder sobre todo esto?
—No le puedo dar más poder del que ya tiene. ¿No ves cómo las personas y los animales tienen que servirla, cómo ha llegado tan lejos con los pies descalzos? Esa fuerza la lleva en el corazón: es una niña buena e inocente. Déjala junto al arbusto de bayas rojas.
El reno corrió cuanto pudo, sin atreverse a detenerse aunque Gerda gritaba por las botas y los guantes que la finlandesa le quitó. La bajó junto al arbusto de bayas rojas, la besó en la boca con lagrimones en la cara y se fue de regreso.
Gerda echó a correr, y le salió al paso un regimiento de copos de nieve que corrían por el suelo y crecían al acercarse: eran la avanzada de la reina de las nieves. Entonces rezó su padrenuestro, y su aliento, que salía como humo, se fue espesando hasta formar angelitos con casco, lanza y escudo. Una legión entera deshizo a los copos, y la niña siguió adelante sintiendo menos el frío.
Las paredes del castillo eran de nieve arremolinada, y las puertas y las ventanas, de vientos cortantes; la aurora boreal alumbraba sus cien salones vacíos. En medio había un lago congelado, roto en mil pedazos iguales, y ahí se sentaba la reina, que lo llamaba el espejo del entendimiento.
Kay estaba morado de frío y no lo notaba, porque ella le había quitado el temblor con un beso y su corazón era un témpano. Acomodaba pedazos de hielo como quien arma figuras con tablitas, y armaba palabras enteras; pero nunca lograba armar la que quería, la palabra «eternidad».

—Si logras formar esa figura —le había dicho la reina de las nieves—, serás dueño de ti mismo, y te regalo el mundo entero y un par de patines nuevos.
Pero no podía. Un día ella se fue volando a asomarse a las ollas negras de los volcanes, y Kay se quedó solo en el salón de hielo. Entonces la pequeña Gerda entró por el portón grande; los vientos cortantes se echaron a dormir a su paso, y ella lo vio y corrió a abrazarlo.
—¡Kay! ¡Querido Kay! ¡Al fin te encontré!
Pero él siguió sentado, quieto, tieso y frío. Entonces Gerda lloró lágrimas ardientes que le cayeron en el pecho y le llegaron al corazón, derritieron el témpano y deshicieron el pedacito de espejo. Kay la miró, y ella cantó:
Las rosas florecen y se han de perder;al Niño Jesús lo hemos de ver.

Entonces Kay se soltó a llorar, y lloró tanto que el granito de vidrio se le salió del ojo. La reconoció y gritó lleno de alegría:
—¡Gerda! ¡Querida Gerda! ¿Dónde estuviste tanto tiempo? ¿Y dónde estuve yo?
Gerda reía y lloraba de gusto, y los pedazos de hielo se pusieron a bailar; al cansarse se acostaron formando las letras de aquella palabra, así que Kay era dueño de sí mismo. Ella le besó las mejillas y los ojos, y él quedó sano y contento.
Salieron tomados de la mano, y por donde iban se calmaban los vientos y salía el sol. Junto al arbusto de bayas rojas los esperaba el reno con una hembra joven, que les dio su leche tibia, y los llevaron con la finlandesa y con la lapona, que les cosió ropa nueva. En la frontera, donde asomaba el primer verde, salió del bosque una muchacha con gorra roja y pistolas en las fundas: era la niña bandolera, que iba a recorrer mundo.
—¡Mira nada más el andariego que resultaste! —le dijo a Kay—. Me gustaría saber si mereces que anden corriendo por ti hasta el fin del mundo.
Gerda le preguntó por el príncipe y la princesa.
—Se fueron de viaje a tierras lejanas —contestó ella—. Y el cuervo murió; su viuda anda con un hilito de lana negra en la pata. Pero cuéntame cómo lo encontraste.
Gerda y Kay le contaron todo.
—¡Snip, snap, snurre, purre, baselurre! —dijo la niña bandolera.
Los tomó de las manos, prometió visitarlos si pasaba por su ciudad y se fue cabalgando al ancho mundo.
Kay y Gerda siguieron de la mano, y por donde iban era una primavera hermosa. Sonaron campanas y reconocieron las torres altas de su ciudad. Subieron la escalera de la abuela y encontraron el cuarto igual que siempre, con el reloj haciendo tic, tac; pero al cruzar la puerta se dieron cuenta de que se habían vuelto grandes. Las rosas se asomaban por la ventana abierta, y ahí estaban sus sillitas de niños. Se sentaron cada uno en la suya, y el frío del castillo de hielo lo habían olvidado como un sueño pesado. La abuela leía en voz alta, sentada al sol:
—Si no se hacen como niños, no entrarán en el reino de Dios.
Kay y Gerda se miraron a los ojos y de pronto entendieron el canto viejo:
Las rosas florecen y se han de perder;al Niño Jesús lo hemos de ver.
Ahí estaban los dos, grandes y sin embargo niños, niños de corazón; y era verano, un verano tibio y bendito.
Adaptado por Talerie, Fuente: Sämmtliche Märchen (se abre en una ventana nueva)
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