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Un señor mesoamericano de barba y penacho de plumas verdes navega hacia el amanecer sobre una balsa de serpientes, con aves volando delante de él.

La leyenda de Quetzalcóatl

Bernardino de Sahagún

7 min de lectura6–12 años

Esta es la leyenda de Quetzalcóatl, el señor de Tula tenido por dios, a quien unos hechiceros engañaron hasta hacerlo beber pulque y perder las ganas de quedarse en su ciudad. Con el corazón entristecido por el daño hecho a su pueblo, quema sus tesoros, abandona Tula rumbo al mar y se aleja en una balsa de serpientes hacia Tlapallan, sin que nadie llegue a saber jamás cómo arribó.


Hace muchísimo tiempo, en la ciudad de Tula, gobernaba un señor llamado Quetzalcóatl, a quien su pueblo tenía por dios. Le habían levantado un templo altísimo, de escalones tan angostos que apenas cabía un pie, y ahí guardaban su imagen cubierta con mantas: el rostro no era hermoso, la cabeza era alargada y llevaba una barba larga, pero nadie dudaba de su poder ni de su bondad.

Los toltecas que vivían bajo su gobierno eran gente de manos hábiles. Cortaban piedras verdes preciosas, los chalchihuites, fundían la plata y tejían con plumas de colores prendas que parecían hechas de luz, y se decía que todos esos oficios habían nacido de Quetzalcóatl mismo, que él se los había enseñado. El maíz crecía tan alto y tan generoso en sus tierras que nadie pasaba hambre, y el algodón brotaba ya teñido de todos los colores, sin que nadie tuviera que hilarlo de nuevo. Con toda su grandeza, Quetzalcóatl vivía como un hombre austero: se pinchaba las piernas con espinas de maguey en penitencia, y a medianoche bajaba solo a bañarse en una fuente llamada Xicapoya, sin que nadie lo viera.

Así vivió muchos años, hasta que llegó el tiempo en que su buena fortuna, y la de los toltecas, comenzó a acabarse. Contra él se levantaron unos hechiceros poderosos, que envidiaban su gobierno y querían derribarlo. Uno de ellos, llamado Titlacahuan, a quien los toltecas también llamaban Tezcatlipoca, fue el primero en tramar un engaño.

Se convirtió en un anciano de cabello muy blanco y se presentó ante el palacio de Quetzalcóatl.

—Quiero ver al señor, quiero hablar con él —dijo a los pajes.

—Vete, viejo —le respondieron ellos—. Está enfermo, no puede recibirte, y solo conseguirás disgustarlo.

Pero el anciano insistió tanto que los pajes, cansados, fueron a avisarle.

—Señor, aquí hay un viejo que quiere verlo a la fuerza, aunque le dijimos que no.

—Que pase —respondió Quetzalcóatl—. Hace días que lo estoy esperando.

Entró entonces el anciano y le preguntó con mucha suavidad:

—Hijo, ¿cómo se siente? Aquí le traigo una medicina, para que la beba.

—Estoy muy mal —contestó Quetzalcóatl—. Me duele todo el cuerpo, y ya casi no puedo mover las manos ni los pies.

—Mire usted —dijo el viejo—, esta bebida es buena y sana: quien la bebe se alegra, se le ablanda el corazón y le vuelven a la memoria los trabajos de la vida, y también los del descanso final.

—Y dime, viejo, ¿a dónde he de ir yo? —preguntó Quetzalcóatl, ya con el corazón conmovido.

—Forzoso es que vaya hasta Tlapallan, donde otro anciano lo espera. Hablará con él, y cuando vuelva será otra vez joven, hasta volverá a ser niño.

El anciano le tendió la copa.

—Bébala, señor.

—No quiero beberla —respondió Quetzalcóatl.

—Bébala —insistió el viejo—, porque si no la bebe ahora, después la va a desear y ya no la tendrá. Si no quiere beberla toda, póngase siquiera un poco en la frente, y pruebe tantito.

Quetzalcóatl probó la bebida con la punta de los dedos, y le gustó.

—Esto es bueno y sabroso —dijo—. Ya me siento mejor, ya se me quitó el mal.

—Bébala otra vez —le dijo el viejo—, que así va a sanar del todo.

Y Quetzalcóatl bebió, y volvió a beber, hasta que aquel vino blanco hecho de maguey, que era pulque, lo emborrachó. Entonces se puso a llorar tristemente, y sin saber bien por qué, sintió que ya nada lo ataba a Tula, y que su corazón estaba listo para partir. Aquel viejo lo había engañado, aunque Quetzalcóatl tardó en comprenderlo.

Después de esto, los hechiceros no dejaron en paz a los toltecas. Volvieron a presentarse una y otra vez, disfrazados de mil maneras, con bailes que no eran bailes, con juegos que no eran juegos, con voces que anunciaban desgracias donde no las había. Cada engaño les costaba la vida a algunos, y aunque los toltecas trataban de reconocer al enemigo, los hechiceros siempre hallaban una forma nueva de confundirlos. Así, poco a poco, muchos de ellos se fueron perdiendo, y la ciudad de Tula, antes tan próspera, se llenó de tristeza y de miedo.

Quetzalcóatl vio todo aquel dolor y no pudo soportarlo. Comprendió que su tiempo en Tula había terminado, y decidió partir. Mandó quemar las casas de plata y de concha que había mandado construir, y enterrar sus tesoros más preciados entre los cerros y las barrancas, para que nadie los profanara. Convirtió sus árboles de cacao en mezquites, y a las aves de pluma rica les ordenó que volaran delante de él, camino del oriente. Y así, sin volver la vista, salió de Tula para siempre.

En su camino se detuvo bajo un árbol grande y viejo, en un paraje que desde entonces se llamó Huehuecuauhtitlan. Pidió un espejo a sus pajes y se miró en él.

—Ya estoy viejo —dijo, y tomó unas piedras y las arrojó contra el tronco, y las piedras se hundieron en la madera como si esta fuera de barro blando.

Más adelante se sentó a descansar sobre una piedra grande, y al apoyar las manos dejó en ella la huella de sus palmas, como si la roca hubiera sido de lodo fresco. Desde ahí miró hacia Tula, que ya quedaba lejos, y lloró tan amargamente que sus lágrimas horadaron la piedra.

Siguió su camino hasta un río ancho, donde mandó levantar un puente de piedra para cruzarlo. Pero en Coapan lo alcanzaron de nuevo los hechiceros, que querían impedirle seguir.

—¿A dónde va? —le preguntaron—. ¿Por qué abandona a su pueblo? ¿Quién hará penitencia por él?

—De ninguna manera pueden detenerme —respondió Quetzalcóatl—. Por fuerza he de irme.

—¿Y a dónde va? —insistieron.

—Voy a Tlapallan. Me llaman, me llama el sol.

Entonces los hechiceros le quitaron uno a uno los oficios que había enseñado a su pueblo: fundir la plata, labrar la piedra, pintar, tejer las plumas. Y Quetzalcóatl, ya sin nada que lo atara a Tula, arrojó a una fuente todas las joyas que aún llevaba consigo, y desde entonces aquel manantial se llamó Cozcapan, que quiere decir agua de joyas.

Continuó su viaje entre dos grandes montañas, un volcán y una sierra cubierta de nieve, y en aquel paso tan frío murieron algunos de sus pajes, unos enanitos jorobados que lo habían acompañado desde Tula. Quetzalcóatl los lloró con mucha tristeza, cantando su pena por el camino, y siguió adelante, dejando en cada cerro y cada sendero alguna señal de su paso.

Así llegó por fin a la orilla del mar. Ahí mandó hacer una balsa tejida de serpientes, y sobre ella se sentó como en una canoa. Se hizo a la mar, y se fue navegando hacia el oriente, hacia Tlapallan.

Y no se sabe cómo, ni de qué manera, llegó.

Adaptado por Talerie, Fuente: Historia general de las cosas de Nueva España (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público