
La leyenda de Quetzalcóatl
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Quetzalcóatl enseña sus artes a los toltecas, hasta que un brujo disfrazado de viejo lo emborracha con una medicina y luego acaba con su pueblo. El sacerdote deja la ciudad, llora sobre una piedra del camino y se va por el agua en una balsa de serpientes, sin que nadie sepa cómo llega a Tlapallan.
Hace muchísimo tiempo reinaba en la ciudad de Tula un sacerdote llamado Quetzalcóatl. La gente lo quería y lo respetaba tanto que lo tenía por un dios.
Todo lo que sabían hacer los toltecas lo habían aprendido de él. Él les enseñó a labrar las piedras verdes que llaman chalchihuites, a fundir la plata y a trabajar las plumas ricas.
Por él tenían casas de plata, casas de concha blanca y colorada, casas de turquesa y casas de pluma. En sus árboles cantaban pájaros del color del agua y del fuego.
Por él el maíz crecía tan grande que las mazorcas había que cargarlas con los dos brazos, y las calabazas eran tan gordas que un hombre apenas podía rodearlas.

El algodón se daba ya de colores: colorado, amarillo, morado, verde, azul, café, anaranjado. Nadie tenía que teñirlo.
En Tula nadie pasaba hambre. Sobraba tanto maíz que con las mazorcas chicas calentaban el agua de los baños, como si fueran leña.
Los toltecas eran muy ligeros de pies y llegaban pronto a donde querían ir. Cuando Quetzalcóatl mandaba algo, un pregonero subía al cerro de Tzatzitépetl y lo gritaba desde arriba.
A más de cien leguas de ahí, allá por Anáhuac, la gente oía el pregón y entendía cada palabra, y en un momento se ponía en camino.
Quetzalcóatl vivía como sacerdote. Se punzaba las piernas con espinas de maguey para ofrecer su sangre, y a la medianoche bajaba solo a bañarse a un manantial que se llama Xicapoya.
De él tomaron esa costumbre todos los sacerdotes que vinieron después. Así se vivía en Tula, y así habría seguido si la suerte no se hubiera acabado.
Pero llegó el tiempo en que la fortuna de Tula tenía que terminar. Tres brujos se pusieron en contra de Quetzalcóatl y de los toltecas: Huitzilopochtli, Titlacahuan y Tlacahuepan.
El primero en echar a andar sus engaños fue Titlacahuan. Se volvió un viejo de pelo blanco y fue a tocar a la casa del rey.
—Quiero ver al rey y hablar con él —dijo.
—Quítate de aquí, anciano —le contestaron los pajes—. Nuestro señor está enfermo y lo vas a cansar.
—Aun así lo tengo que ver.
Los pajes entraron a contárselo a su señor, y le dijeron que aquel viejo no se quería ir por nada.
—Déjenlo pasar —dijo Quetzalcóatl—. Hace muchos días que lo estoy esperando.
—¿Cómo estás, hijo? —le dijo el viejo al entrar—. Aquí te traigo una medicina.
—Bienvenido seas, anciano. Hace muchos días que te espero.
—¿Y cómo va tu cuerpo? ¿Cómo andas de salud?
—Muy mal. Me duele todo. No puedo mover las manos ni los pies.
—Mira, esta medicina que te traigo es buena y sana. Al que la bebe lo emborracha, pero lo cura: te va a ablandar el corazón y te va a hacer recordar los trabajos, la fatiga de la muerte y el camino que todavía tienes que andar.

—¿Y a dónde tengo que ir, anciano?
—Tienes que ir a Tullantlapallan, donde otro viejo te está esperando. Los dos van a hablar, y cuando regreses volverás a ser joven, tan joven como un muchacho.
Al oír aquellas palabras, a Quetzalcóatl se le movió el corazón.
—Bebe la medicina, señor —insistió el viejo.
—No quiero beberla.
—Bébela, porque si no la bebes después se te va a antojar. Aunque sea mójate los labios y prueba tantito.
Quetzalcóatl la probó, y luego se la bebió.
—¿Qué es esto? —dijo—. Sabe muy bien. Ya me quitó el mal, ya estoy bueno.
—Bebe otra vez, señor, y quedarás más sano todavía.
Bebió otra vez y se emborrachó, y se puso a llorar tristemente. Se le ablandó el corazón para irse, y ya no se le quitó del pensamiento el engaño de aquel viejo.
La medicina era el vino blanco de la tierra, el que se saca del maguey.
Titlacahuan volvió a Tula con otra figura. Se hizo pasar por un forastero de los que llaman toveyos y se sentó a vender chiles verdes en el mercado, enfrente del palacio de Huémac.
Huémac era el señor de los toltecas en las cosas del gobierno, porque Quetzalcóatl era sacerdote y no tenía hijos. Huémac sí tenía una hija, y era muy hermosa.
Muchos toltecas la habían pedido en matrimonio y a ninguno se la había dado. Aquella mañana la muchacha se asomó al mercado y vio al forastero, que andaba desnudo como se usaba en su tierra.

Desde ese momento no pudo pensar en otra cosa. De tanto quererlo se enfermó, y el cuerpo entero se le hinchó.
—¿Qué mal tiene mi hija? —les preguntó Huémac a las mujeres que la cuidaban.
—Señor, la culpa la tiene un toveyo que anda vendiendo chiles verdes en el mercado. Su hija lo vio y está enferma de amores.
—¡Toltecas! —mandó decir Huémac—. Búsquenme a ese toveyo que anda por aquí vendiendo chiles verdes.
Lo buscaron por todas partes y no apareció. El pregonero subió al cerro y lo pregonó a los cuatro rumbos, y tampoco apareció. Y cuando volvieron al mercado, ahí estaba, sentado donde siempre.
—¿De dónde eres? —le preguntó Huémac.
—Soy forastero, señor. Vine a vender chiles verdes.
—¿Y por qué no te pones un maxtle y te cubres con una manta?
—En mi tierra andamos así.
—Le gustaste a mi hija —dijo Huémac—, y tú la vas a sanar.
—De ninguna manera, señor. Mejor mátame. Yo no soy digno de oír esas palabras; nomás vine a ganarme la vida vendiendo chiles.
—La vas a sanar —dijo Huémac—, y no tengas miedo.
Se lo llevaron, lo bañaron, le cortaron el pelo, le tiñeron el cuerpo, le pusieron maxtle y manta, y lo casaron con la muchacha. Ella sanó en cuanto lo tuvo cerca.
Así fue como aquel forastero se volvió yerno del señor Huémac.
A los toltecas les cayó muy mal la boda. Andaban murmurando entre ellos, y sus palabras eran feas: que cómo era posible que su señor le hubiera dado su hija a un toveyo.
Huémac se enteró de todo y los mandó llamar.
—Ya oí lo que andan diciendo de mí por culpa de mi yerno —les dijo—. Llévenselo como quien no quiere la cosa a la guerra de Cacatepec y Coatepec, y déjenlo ahí solo para que los enemigos acaben con él.
Los toltecas se armaron y salieron con él y con mucha gente de a pie. Al llegar al campo lo dejaron metido en la tierra con los pajes, los enanos y los cojos, como acostumbraban hacer en la guerra.
Luego se fueron a pelear, y los de Coatepec les ganaron y los hicieron correr. Al huir, los toltecas dejaron solo al forastero, escondido en la tierra con los pajes.
Regresaron a Tula y le contaron a Huémac que su yerno se había quedado en manos de los enemigos. Huémac se alegró mucho, porque le daba vergüenza aquel yerno.
Mientras tanto, el forastero miraba desde la tierra cómo se acercaban los enemigos.
—No tengan miedo —les decía a los pajes—. Ya vienen, pero yo sé que a todos los vamos a vencer.
Salió de la tierra, les salió al paso y los venció sin que nadie pudiera contar cuántos cayeron. Los de Coatepec y Cacatepec huyeron delante de él.
Cuando Huémac lo supo, se espantó y le pesó lo que había hecho.
—Vamos a recibir a mi yerno —dijo.
Salieron todos a su encuentro con las divisas que llaman quetzalapanecáyotl y con los escudos xiuhchimalli, y se los pusieron en señal de triunfo. Lo recibieron bailando, tocando flautas y cantando.
Al llegar al palacio le emplumaron la cabeza, le pintaron el cuerpo de amarillo y la cara de colorado, y lo mismo hicieron con los pajes. Así se premiaba a los que volvían victoriosos de la guerra.
—Ahora sí estoy contento de lo que hiciste —le dijo Huémac—, y los toltecas también. Peleaste muy bien contra los enemigos. Descansa.
Pero aquel yerno era Titlacahuan, y todavía no acababa. Se emplumó todo el cuerpo con la pluma rica que llaman tocíhuitl y mandó al pregonero al cerro.
—¡Que vengan todos los forasteros a la fiesta! ¡Que vengan a bailar a Tula!
Vinieron muchachos y muchachas sin número, tantos que nadie los pudo contar. El brujo los llevó a un lugar que se llama Texcalapa, tomó el tambor y empezó a cantar.
Cantaba un verso y toda la gente lo repetía, aunque nunca lo hubiera oído antes. Bailaron y bailaron, contentos, hasta cerca de la medianoche.

Eran tantos que se empujaban unos a otros, y muchos se fueron cayendo por la barranca del río Texcalauhco, y allí se volvieron piedras.
Sobre el río había un puente de piedra, y el brujo lo quebró, y los que iban pasando por él cayeron también, y también se volvieron piedras.
Y los toltecas no sentían nada de lo que pasaba, porque andaban como borrachos.
Otro día el brujo se presentó como un guerrero valiente que se llamaba Tequihua, y mandó pregonar que vinieran todos los vecinos a trabajar la huerta de flores de Xochitla, que había sido de Quetzalcóatl.
Llegaron todos juntos, con gusto, a cumplir el mandato. Y allí, a golpes de coa, el brujo acabó con muchísimos, y otros se atropellaron unos a otros al huir.
Y los toltecas no sentían nada de lo que pasaba, porque andaban como borrachos.
Otra vez se sentó en medio del mercado y dijo llamarse Tlacahuepan. Traía un muchachito bailando en la palma de la mano.
Los toltecas se levantaron todos a mirarlo, y se empujaban por verlo mejor, y en esos empujones murieron muchos.
Y era el mismo brujo el que gritaba entre la gente:
—¿Qué es esto? ¿Qué engaño es este? ¿No lo sienten? Ese es un embustero que hace bailar al muchacho. ¡Acaben con el embustero!
Los toltecas obedecieron aquella voz, sin saber que obedecían al brujo.
El cuerpo del embustero quedó tirado en el mercado y empezó a oler tan mal que el aire se echó a perder, y de aquel olor se enfermaron y se murieron muchos.
—Saquen de aquí a este muerto —dijo la misma voz—, que por su olor se está acabando Tula.
Lo ataron con sogas y jalaron, pero el muerto pesaba como un cerro. Las sogas se reventaban, y los que iban colgados de ellas caían al suelo.
El pregonero gritó que vinieran todos con sus sogas. Vinieron todos y tampoco pudieron moverlo ni un paso.
—Este muerto quiere un canto —dijo entonces el brujo, y él mismo les enseñó el canto:
Jalen, toltecas, jalen,jalen al muerto pesado,jalen a Tlacahuepan,al brujo Tlacahuepan.
Entonces todos juntos cantaron:
Jalen, toltecas, jalen,jalen al muerto pesado,jalen a Tlacahuepan,al brujo Tlacahuepan.
Y así, cantando, se lo llevaron arrastrando hasta el monte.
Y los toltecas no sentían nada de lo que pasaba, porque andaban como borrachos.
Después vinieron las señales. Un ave blanca pasaba volando sobre Tula, atravesada por una flecha, y todos la veían allá arriba.

De noche, el cerro de Cacatepec parecía arder, y las llamas se veían desde lejos. La gente se alborotaba y gritaba:
—¡Ya se nos acaba la fortuna, toltecas! ¡Ya se acaba Tula! ¿A dónde nos iremos?
Llovieron piedras del cielo. Y por esos días andaba una vieja vendiendo banderitas de papel, y el que le compraba una ya no volvía a su casa.
Luego se echó a perder la comida. Todo lo que guardaban se volvía agrio y nadie lo podía comer.
En un lugar que se llama Xochitla apareció una viejita tostando maíz. Era el mismo brujo con otra figura.
El olor del maíz tostado llegaba hasta el último de los pueblos de por ahí, y los toltecas, que eran tan ligeros, echaban a correr y llegaban en un momento. Allí la vieja acababa con ellos. Ninguno regresó.
Aquella ligereza que tanto les había servido fue la que acabó con ellos.
Quetzalcóatl vio lo que le estaban haciendo a su gente, y le pesó tanto que decidió irse de Tula y caminar hasta Tlapallan.
Antes de salir mandó quemar sus casas de plata y de concha, y mandó enterrar en los montes y en las barrancas todo lo precioso que tenía.

Convirtió los árboles de cacao en mezquites, y a los pájaros de pluma rica los mandó por delante, hasta Anáhuac, que queda a más de cien leguas.
Después se puso en camino. Le iban tocando flautas mientras andaba.
En Cuauhtitlán había un árbol muy grande y muy viejo. Quetzalcóatl se recargó en él y les pidió un espejo a sus pajes.
Se miró la cara en el espejo.

—Ya estoy viejo —dijo.
Y desde entonces aquel lugar se llama Huehuecuauhtitlán, que quiere decir junto al árbol viejo.
Más adelante se sentó a descansar en una piedra grande y puso las manos sobre ella, y la piedra se quedó con la huella de sus manos, como si fuera lodo.
Desde ahí volteó a ver hacia Tula y se puso a llorar. Sus lágrimas agujerearon la piedra, y a ese lugar le dicen Temacpalco.
Cuando pasó entre los dos volcanes, el frío se llevó a los pajes que lo acompañaban. Quetzalcóatl los lloró con un canto triste, y siguió su camino.
En Coahpa le salieron al paso los brujos para atajarlo.
—¿A dónde vas? ¿Por qué dejas tu pueblo? ¿A quién se lo encargas? ¿Quién va a hacer la penitencia?
—Nadie me puede impedir que me vaya —respondió Quetzalcóatl—. Me tengo que ir.
—¿Y a dónde vas?
—Voy hasta Tlapallan.
—¿A qué vas allá?
—Vinieron a llamarme. Me llama el sol.
—Vete, pues, en buena hora —le dijeron—. Pero déjanos aquí las artes.
Y le quitaron todo: el fundir la plata, el labrar la piedra y la madera, la pintura y el arte de las plumas. Quetzalcóatl echó en un manantial las joyas que llevaba, y por eso al manantial le dicen Cozcaapan, el agua de los collares.
Siguió andando y les fue poniendo nombre a los cerros, a los montes y a los pueblos, y dejando en las piedras las señales de su paso, que todavía se ven.
Cuando llegó a la orilla del mar, mandó hacer una balsa de serpientes.
Se sentó en ella como en una canoa y se fue por el agua. Y nadie supo cómo ni de qué manera llegó a Tlapallan.
Adaptado por Talerie, fuente: Historia general de las cosas de Nueva España (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio públicoCopia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio.CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)
