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Juan y los frijoles mágicos

Juan y los frijoles mágicos

Joseph Jacobs

12 min de lectura6–12 años

Un pobre muchacho llamado Juan cambia la única vaca de su familia por unos frijoles mágicos que, sembrados de noche, crecen hasta el cielo, y al subir por el tallo descubre la casa de un ogro del que roba, en tres visitas, una bolsa de oro, una gallina que pone huevos de oro y un arpa cantora. Cuando el ogro lo persigue tallo abajo, Juan corta el tallo con un hacha y pone fin al gigante, para luego vivir feliz y próspero junto a su madre.


Había una vez una pobre viuda que tenía un único hijo llamado Juan y una vaca llamada Blanquita. La leche que Blanquita daba cada mañana era todo lo que tenían para vivir, pues la viuda la llevaba al mercado todos los días y la vendía. Pero una mañana Blanquita no dio ni una gota de leche, y la viuda no supo qué hacer.

—¿Qué vamos a hacer, qué vamos a hacer? —se lamentaba la viuda, retorciéndose las manos.

—Anímate, madre. Iré a buscar trabajo por ahí —dijo Juan.

—Ya lo intentamos antes, y nadie quiso contratarte —dijo su madre—. Tenemos que vender a Blanquita y ver qué hacemos con el dinero. Tal vez podamos poner una pequeña tienda.

—Está bien, madre —dijo Juan—. Hoy es día de mercado. Venderé a Blanquita, y ya veremos qué pasa.

Juan tomó el cabestro de la vaca y se puso en camino. No había andado mucho cuando se encontró con un extraño viejecito, que le dijo:

—Buenos días, Juan.

—Buenos días —contestó Juan, preguntándose cómo sabía el viejo su nombre.

—¿Y adónde vas en un día tan bonito? —preguntó el hombre.

—Voy al mercado a vender nuestra vaca.

—Pues pareces justo el muchacho listo que sabría vender una vaca —dijo el hombre—. Dime, ¿sabes cuántos frijoles hacen cinco?

—Dos en cada mano y uno en la boca —respondió Juan, rápido como el rayo.

—Correcto —dijo el hombre, y sacó del bolsillo un puñado de frijoles extraños, de colores brillantes—. Aquí los tienes, los frijoles mismos. Como eres tan listo, no me importa cambiártelos por tu vaca.

—Ni lo sueñe —dijo Juan—. Eso le gustaría, ¿verdad?

—Ah, pero tú no sabes lo que pueden hacer estos frijoles —dijo el hombre—. Siémbralos esta noche, y para mañana habrán crecido hasta el cielo.

—¿De veras? —preguntó Juan.

—De veras. Y si no se cumple, puedes recuperar tu vaca.

—Trato hecho —dijo Juan, y le entregó el cabestro de Blanquita y se guardó los frijoles en el bolsillo.

Juan no había caminado mucho, así que todavía era de día cuando llegó a casa.

—¿Ya de vuelta, Juan? —dijo su madre—. Veo que no traes a Blanquita, así que la habrás vendido. ¿Cuánto te dieron?

—Nunca lo adivinarás, madre —dijo Juan.

—Claro que no. ¡Buen muchacho! ¿Cinco monedas de oro? ¿Diez? ¿Quince? ¡No me digas que veinte!

—Ya te dije que no lo adivinarías. Mira estos frijoles. Son mágicos. Los sembramos esta noche y...

—¡Cómo! —gritó la madre de Juan—. ¿Fuiste tan tonto que regalaste a mi Blanquita, la mejor vaca lechera de toda la comarca, por un puñado de frijoles sin valor? ¡Toma, toma y toma! ¡Y estos frijoles se van ahora mismo, por la ventana! Y ahora, a la cama contigo, que esta noche no probarás ni un bocado.

Juan subió a su cuartito en el desván, triste y apenado, más por su madre que por la cena perdida. Al fin se quedó dormido.

Cuando despertó, la habitación se veía extraña. El sol entraba brillante por una parte, mientras el resto quedaba en sombra profunda. Juan se levantó de un salto, se vistió deprisa y fue a la ventana. ¿Y qué vio? Los frijoles que su madre había tirado al jardín habían crecido, en una sola noche, hasta convertirse en un enorme tallo de frijol que subía y subía hasta perderse en el cielo. Así que el viejecito había dicho la verdad.

El tallo crecía tan cerca de la ventana de Juan que le bastó con salir por ella y subirse a él, pues estaba trenzado como una gran escalera. Juan subió, y subió, y subió, hasta que por fin llegó hasta arriba, donde encontró un camino largo y recto que se perdía en la distancia. Caminó y caminó hasta llegar a una casa enorme, y de pie en la puerta había una mujer tan alta como la casa misma.

—Buenos días —dijo Juan con cortesía—. ¿Podría darme algo de desayunar? —pues no había comido nada desde la mañana anterior y tenía muchísima hambre.

—¿Desayuno? —dijo la mujer enorme—. Tú serás el desayuno si no te vas corriendo de aquí. Mi esposo es un ogro, y no hay nada que le guste más que un niño asado sobre pan tostado. Más vale que te muevas antes de que llegue.

—Ay, por favor —dijo Juan—. No he comido nada desde ayer por la mañana. Prefiero que me asen antes que morir de hambre.

En realidad, la esposa del ogro no era tan mala como parecía, y llevó a Juan a la cocina y le dio pan, queso y una jarra de leche. Pero apenas había empezado a comer cuando toda la casa tembló con un gran ¡pum, pum, pum!

—¡Dios mío, es mi esposo! —exclamó la mujer—. ¡Rápido, métete aquí!

Y metió a Juan dentro del horno justo cuando el ogro entraba pisando fuerte. Era un hombre gigantesco, con tres terneros colgados del cinturón, que se quitó y arrojó sobre la mesa.

—Mujer —gruñó—, ásame un par de estos para el desayuno. Pero espera, ¿qué es lo que huelo?

Fi, fa, fo, fum, ¡algo huelo, y es de un inglés! Vivo o muerto, ya lo veré, sus huesos molidos, pan yo haré.

—Tonterías, querido, estás soñando —dijo su esposa—. O quizás es lo que sobró de aquel niño que tanto disfrutaste ayer. Ve a lavarte y arreglarte, que tu desayuno estará listo cuando vuelvas.

El ogro se fue, y Juan estaba a punto de salir de un salto del horno cuando la mujer le dijo que esperara, pues el ogro siempre dormía la siesta después del desayuno. En efecto, cuando terminó de comer, el ogro sacó de un gran cofre dos bolsas de oro y se sentó a contar las monedas hasta que la cabeza comenzó a caérsele, y pronto roncaba tan fuerte que toda la casa temblaba.

Entonces Juan salió del horno de puntitas, tomó una de las bolsas de oro al pasar, y corrió hasta el tallo de frijol. Dejó caer la bolsa antes de bajar, y esta cayó a salvo en el jardín de su madre. Luego Juan bajó y bajó hasta que por fin llegó a casa, donde le mostró el oro a su madre.

—Bueno, madre —dijo—, ¿no tenía yo razón sobre los frijoles? De veras son mágicos.

Vivieron cómodamente con el oro durante un buen tiempo, pero al fin se les acabó, y Juan decidió probar suerte una vez más. Una madrugada subió otra vez el tallo de frijol, y subió, y subió, hasta llegar de nuevo al camino de arriba y a la casa enorme, donde la mujer alta seguía de pie en la puerta.

—Buenos días —dijo Juan con valentía—. ¿No podría darme algo de comer?

—Vete, niño, o mi esposo te comerá de desayuno —dijo la mujer—. Pero ¿no eres tú el mismo muchacho que vino antes? ¡Ese mismo día mi esposo perdió una de sus bolsas de oro!

—Qué extraño —dijo Juan—. Podría contarle algo sobre eso, pero tengo demasiada hambre para hablar antes de comer.

La curiosidad pudo más que la prudencia, y la mujer lo dejó entrar y le dio de comer, pero apenas había comenzado su comida cuando ¡pum, pum, pum! sonaron de nuevo los pasos del ogro, y Juan fue escondido en el horno como la vez anterior. Entró el ogro cantando otra vez su cantinela:

Fi, fa, fo, fum, ¡algo huelo, y es de un inglés!

y después de devorar tres bueyes asados para el desayuno, pidió que le trajeran su gallina que ponía huevos de oro.

—Pon —dijo el ogro, y la gallina puso un huevo de oro puro.

Pronto la cabeza del ogro comenzó a caérsele, y se quedó dormido, roncando hasta que la casa temblaba.

Juan salió del horno, tomó la gallina dorada y desapareció en un instante. Pero esta vez la gallina soltó un fuerte cacareo que despertó al ogro, y justo cuando Juan salía de la casa escuchó al gigante rugir:

—¡Mujer, mujer! ¿Qué hiciste con mi gallina?

Pero eso fue todo lo que Juan alcanzó a oír, pues corrió hacia el tallo de frijol y bajó tan rápido como jamás había bajado ningún niño. En casa le mostró la maravillosa gallina a su madre.

—Pon —dijo Juan, y la gallina puso un huevo de oro reluciente.

Así ocurría cada vez que se lo pedía.

Aun así, Juan no quedó satisfecho, y poco después decidió probar suerte por tercera vez. Una madrugada subió el tallo de frijol una vez más, y subió, y subió, hasta llegar arriba. Pero esta vez sabía que no debía ir directo a la puerta del ogro. En cambio, esperó detrás de un arbusto hasta ver que la esposa del ogro salía por agua, y entonces se coló en la casa y se escondió dentro de la gran olla de cobre. No llevaba mucho tiempo ahí cuando escuchó el conocido ¡pum, pum, pum!, y entró el ogro con su esposa detrás.

—¡Fi, fa, fo, fum! ¡Aquí huelo a inglés! —rugió el ogro—. ¡Lo huelo, mujer, lo huelo!

—¿Ah, sí, querido? —dijo su esposa—. Si es ese pillo que te robó el oro y la gallina, seguro está escondido en el horno.

Los dos corrieron a mirar, pero esta vez Juan no estaba ahí, y la esposa del ogro regañó a su marido por su confusión, recordándole que el niño que había comido la noche anterior era, sin duda, lo que olía.

Así que el ogro se sentó a desayunar, aunque de vez en cuando murmuraba —Habría jurado que...— y se levantaba a buscar en las alacenas y en la despensa, sin pensar ni una sola vez en mirar dentro de la olla de cobre.

Cuando terminó el desayuno, el ogro pidió que le trajeran su arpa de oro, y cuando la tuvo delante, ordenó:

—Canta.

Y el arpa cantó la música más dulce que Juan había oído jamás, hasta que por fin el ogro cayó profundamente dormido y comenzó a roncar como un trueno rodante.

Entonces Juan levantó la tapa de la olla con cuidado, silencioso como un ratón, cruzó el suelo a gatas y tomó el arpa dorada antes de correr hacia la puerta. Pero el arpa gritó:

—¡Amo! ¡Amo!

Y el ogro despertó justo a tiempo para ver a Juan huir con ella.

Juan corrió tan rápido como se lo permitieron las piernas, con el ogro retumbando detrás, pero Juan conocía el camino y llevaba buena ventaja. Cuando llegó al tallo de frijol, el ogro estaba a solo veinte pasos, y justo cuando el gigante llegó a la orilla, vio a Juan desaparecer por el borde, bajando por su vida. El ogro dudó, receloso de confiar su enorme peso a semejante escalera, y esa duda le dio a Juan un poco más de tiempo. Pero entonces el arpa volvió a gritar:

—¡Amo! ¡Amo!

Y el ogro se lanzó al tallo, que se sacudía y se mecía bajo su peso. Juan bajaba, y el ogro bajaba tras él.

Cuando Juan estaba ya casi en casa, gritó:

—¡Madre! ¡Madre! ¡Tráeme el hacha, tráeme el hacha!

Su madre llegó corriendo con el hacha en la mano, pero cuando llegó junto al tallo y miró hacia arriba, se quedó helada de miedo, pues ahí estaba el ogro, bajando ya por debajo de las nubes.

Juan saltó al suelo, tomó el hacha y golpeó el tallo con todas sus fuerzas, cortándolo hasta la mitad. El ogro sintió que el gran tallo temblaba y se detuvo a ver qué pasaba. Juan volvió a blandir el hacha, y el tallo se partió en dos y cayó, y el ogro cayó con él, hasta el fondo, y ese fue su final.

Entonces Juan le mostró a su madre el arpa dorada, y entre las hermosas canciones del arpa y los huevos de oro, Juan y su madre se hicieron muy ricos. Con el tiempo, Juan se casó con una gran princesa, y todos vivieron felices para siempre.