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El sastrecillo valiente

El sastrecillo valiente

Hermanos Grimm

11 min de lectura6–12 años

Un pequeño sastre que mata siete moscas de un golpe con un trapo decide recorrer el mundo llevando un cinturón bordado que pregona su hazaña, y en el camino se encuentra con un gigante enorme al que engaña con astucia, convenciéndolo de su valor al exprimir queso como si fuera una piedra y lanzar un pájaro que nunca regresa. Gracias a su ingenio para burlar a gigantes dormidos, atrapar un unicornio y encerrar un jabalí, se gana la mano de la princesa y la mitad del reino, y de humilde sastre acaba convertido en rey.

Versión suaveVersión original

Una hermosa mañana de verano, un sastrecillo estaba sentado junto a la ventana, cosiendo muy contento, cuando pasó por la calle una campesina que voceaba:

—¡Buena mermelada, se vende! ¡Buena mermelada!

Aquello sonó tan dulce a los oídos del sastrecillo que asomó la cabeza y dijo:

—¡Aquí arriba, buena mujer! Aquí encontraréis quien os la compre.

La mujer subió con su pesado cesto y le mostró todos los tarros. Él los olió y los miró uno a uno, y al fin dijo:

—Esta me parece buena. Pesadme dos onzas, y aunque sean cuatro, no me importa.

La mujer, que esperaba vender mucho más, se marchó refunfuñando. El sastrecillo cortó una rebanada de pan y le puso la mermelada por encima.

—No sabrá mal —dijo—. Pero antes voy a terminar este chaleco.

Siguió cosiendo, y de puro contento daba puntadas cada vez más grandes. Mientras tanto, el olor dulce subió hasta la pared, donde había muchas moscas, y bajaron todas a posarse sobre el pan.

—¿Quién os ha invitado? —dijo el sastrecillo, y las espantó.

Pero las moscas no entendían de razones y volvieron, más numerosas todavía. Entonces se le acabó la paciencia, cogió un pedazo de paño y exclamó:

—¡Esperad, que os voy a arreglar!

Y les dio con fuerza. Cuando levantó el paño, contó siete moscas caídas.

—¿Conque eres de esos? —se dijo, admirado de su propio valor—. ¡Esto debe saberlo toda la ciudad!

Se cortó un cinturón a toda prisa y bordó en él, con letras bien grandes: «¡Siete de un golpe!».

—¡Qué ciudad ni qué nada! —añadió—. ¡Debe saberlo el mundo entero!

Y el corazón le brincaba de alegría como el rabito de un corderillo. Se ató el cinturón a la cintura y decidió salir a recorrer el mundo, pues su taller le pareció demasiado pequeño para tanto valor. Antes de partir buscó algo que llevarse y solo encontró un queso rancio, que se guardó en el bolsillo. Delante de la puerta vio un pajarillo enredado en un matorral, y también se lo llevó.

Caminó con brío, ligero y sin cansancio, hasta que el camino lo llevó a una montaña. Allí, en lo más alto, había sentado un gigante enorme que contemplaba el paisaje.

—Buenos días, compañero —le dijo el sastrecillo—. Estoy de camino a probar suerte por el mundo. ¿Quieres venir conmigo?

El gigante lo miró con desprecio.

—¡Miserable! ¡Pobre diablo!

—¿Eso crees? —respondió el sastrecillo, y le enseñó el cinturón.

El gigante leyó «Siete de un golpe» y pensó que se trataba de siete hombres, así que empezó a respetarlo un poco. Aun así quiso ponerlo a prueba: cogió una piedra y la apretó hasta que le brotó agua.

—Haz tú lo mismo, si de verdad tienes fuerza.

—¿No es más que eso? —dijo el sastrecillo, y sacando el queso blando lo apretó hasta que salió el jugo—. ¿Qué te parece? ¿No ha sido un poco mejor?

El gigante no supo qué decir. Entonces lanzó una piedra tan alto que apenas se veía.

—Vamos, hombrecillo, haz tú otro tanto.

—Buen tiro —dijo el sastre—, pero esa piedra ha vuelto a caer. Yo voy a lanzar una que no vuelva.

Y sacando el pajarillo, lo echó al aire. El pájaro, feliz de verse libre, voló y voló, y no regresó jamás.

—¿Qué te parece la jugada, camarada? —preguntó el sastre.

—Lanzar, lanzas bien —dijo el gigante—, pero veamos si sabes cargar peso.

Lo llevó ante una encina talada y le pidió ayuda para sacarla del bosque.

—Con mucho gusto —dijo el hombrecillo—. Carga tú el tronco al hombro, que yo llevaré las ramas y la copa, que es lo más pesado.

El gigante se echó el tronco al hombro, y el sastrecillo se sentó tranquilamente entre las ramas. Como el gigante no podía volver la cabeza, tuvo que arrastrar todo el árbol y al sastre encima, mientras este iba silbando muy contento:

Salían por la puerta, cabalgando a la par, tres sastrecillos juntos a correr y a viajar.

El gigante, agotado, tuvo que soltar el árbol al fin. El sastrecillo saltó al suelo, abrazó el tronco como si lo hubiera llevado él solo, y dijo:

—Con lo grandote que eres, ni siquiera puedes con un árbol.

Siguieron caminando, y al pasar junto a un cerezo, el gigante dobló la copa cargada de frutos maduros y se la puso en las manos al sastre para que comiera. Pero el sastrecillo era demasiado ligero para sujetarla, y al soltar el gigante la rama, esta se enderezó de golpe y lo lanzó por los aires. Cayó sin hacerse daño, y el gigante le preguntó, extrañado:

—¿No tienes fuerza ni para sujetar una ramita?

—No es cuestión de fuerza —respondió el sastrecillo—. He saltado porque ahí abajo hay cazadores disparando. Salta tú también, si puedes.

El gigante lo intentó, pero quedó enredado entre las ramas. Y así, otra vez, el sastrecillo llevó la ventaja.

—Ya que eres tan valiente —dijo el gigante—, ven a pasar la noche en nuestra cueva.

Allí había más gigantes junto al fuego, comiendo carneros asados. El sastrecillo pensó: «Aquí hay más sitio que en mi taller». Le señalaron una cama demasiado grande para él, así que se acurrucó en un rincón a dormir. A medianoche, el gigante, creyéndolo dormido en la cama, cogió una barra de hierro y de un golpe la partió en dos, seguro de haber acabado con él. Por la mañana, los gigantes se fueron al bosque olvidándose de todo, y se llevaron un buen susto al ver aparecer al sastrecillo, vivo y sonriente. Temiendo que los matara a todos, huyeron a toda prisa.

El sastrecillo siguió su camino, guiándose por su nariz curiosa, hasta llegar al patio de un palacio. Cansado, se tumbó en la hierba y se durmió. La gente se acercó, leyó su cinturón y dijo:

—¡Ah! ¿Qué hace aquí, en plena paz, un héroe tan grande?

Fueron a avisar al rey, que pensó que un hombre así podía serle útil algún día, y le ofreció entrar a su servicio. El sastrecillo aceptó de buena gana.

Pero los soldados le tenían ojeriza y se decían unos a otros:

—Si nos peleamos con él, de un golpe caerán siete. Ninguno lo resistiría.

Así que fueron todos ante el rey y pidieron la baja, negándose a servir junto a un hombre capaz de tanto. El rey se entristeció, pues no quería perder a sus fieles soldados, pero tampoco se atrevía a despedir al sastre, por miedo a su ira. Al fin pensó en un plan: le dijo que, para ganar la mano de su hija y la mitad del reino, debía primero vencer a dos gigantes que asolaban un bosque cercano.

«Esto es cosa hecha para un hombre como yo —pensó el sastrecillo—. No todos los días le ofrecen a uno una princesa y medio reino.»

—Sí, sí —respondió—. A los gigantes los someteré. Quien mata siete de un golpe no tiene por qué temer a dos.

Partió con cien jinetes, pero al llegar al bosque les pidió que lo esperasen fuera. Encontró a los gigantes dormidos bajo un árbol, roncando tan fuerte que las ramas temblaban. Se llenó los bolsillos de piedras, subió al árbol y, desde una rama, comenzó a dejar caer piedras sobre el pecho de uno de ellos. El gigante, molesto, despertó y acusó a su compañero de haberle golpeado, pero este lo negó. Volvieron a dormirse, y el sastre tiró entonces una piedra al segundo, que se quejó del primero. Discutieron un rato, pero, cansados, volvieron a cerrar los ojos. Entonces el sastrecillo escogió la piedra más gruesa y se la lanzó con todas sus fuerzas al primero, que se levantó furioso y golpeó a su compañero contra el árbol. Este le devolvió el golpe, y así, enfurecidos, se atacaron el uno al otro hasta caer muertos los dos a la vez.

El sastrecillo bajó del árbol y, para que todo pareciera obra suya, tocó a cada gigante con la espada. Luego se reunió con los jinetes y dijo:

—Ya está hecho. Ha costado trabajo, pues en su apuro arrancaban árboles para defenderse, pero de nada les sirvió, tratándose de uno que mata siete de un golpe.

Los jinetes, incrédulos, entraron al bosque y vieron a los gigantes caídos entre los árboles derribados.

El sastrecillo reclamó su recompensa, pero el rey, arrepentido de su promesa, le puso una nueva condición: debía atrapar antes a un unicornio que campaba por el bosque.

—A un unicornio le temo menos que a dos gigantes —dijo el sastre.

Se fue al bosque con una cuerda y un hacha. El unicornio no tardó en aparecer y se lanzó contra él a toda carrera. El sastrecillo esperó hasta el último momento y saltó detrás de un árbol; el animal, embistiendo con fuerza, clavó el cuerno tan hondo en el tronco que no pudo sacarlo. Así quedó atrapado, y el sastrecillo le pasó la cuerda al cuello y liberó el cuerno a hachazos antes de llevarlo ante el rey.

Pero el rey aún puso una tercera condición: debía capturar un jabalí que causaba estragos en el bosque. El sastrecillo se metió de un salto en una pequeña capilla cuando el animal cargó contra él, y salió al instante por una ventana. El jabalí lo siguió dentro, y el sastre, corriendo por fuera, cerró la puerta, dejándolo encerrado, pues era demasiado pesado y torpe para escapar por la ventana.

Esta vez el rey, quisiera o no, tuvo que cumplir su palabra, y le entregó a su hija y la mitad del reino. Si hubiera sabido que no tenía delante a un héroe de guerra sino a un sastre, le habría dolido aún más. Así se celebró la boda con gran pompa y poca alegría, y de sastre se hizo rey.

Tiempo después, la joven reina oyó una noche que su marido hablaba en sueños:

—Muchacho, hazme el chaleco y remiéndame los pantalones, o te doy con la vara en las orejas.

Así comprendió de dónde venía en realidad su esposo, y a la mañana siguiente fue a contárselo a su padre, rogándole que la librara de aquel hombre. El rey la consoló:

—Esta noche deja abierta la puerta de tu alcoba. Mis criados esperarán fuera, y en cuanto se duerma, lo atarán y lo llevarán en un barco lejos de aquí.

Pero un escudero, que le tenía cariño al joven, le contó todo el plan.

—Ya me encargaré yo de esto —dijo el sastrecillo.

Por la noche se acostó como siempre, y cuando su esposa, creyéndolo dormido, se levantó a abrir la puerta, él, que solo fingía dormir, se puso a gritar con voz muy clara:

—¡Muchacho, hazme el chaleco y remiéndame los pantalones, o te doy con la vara en las orejas! Yo he matado siete de un golpe, he vencido a dos gigantes, he atrapado un unicornio y he cazado un jabalí. ¿Voy a tener miedo de los que esperan fuera de mi puerta?

Al oírlo, los hombres que aguardaban sintieron tanto miedo que huyeron como si los persiguiera un ejército entero, y ninguno volvió a atreverse contra él.

Y así el sastrecillo siguió siendo rey, feliz y tranquilo, durante toda su vida.