
El sastrecillo valiente
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Un sastrecillo que mata siete moscas de un manotazo se hace llamar «Siete de un golpe» y vence a gigantes, un unicornio y un jabalí hasta casarse con la princesa. Una noche habla en sueños de un chaleco y un pantalón por remendar, y al oírlo los hombres que esperan afuera huyen asustados y reina para siempre.
Érase una vez un sastrecillo que, una mañana de verano, cosía feliz junto a su ventana cuando pasó una mujer voceando su mercancía.
—¿Quién compra buena mermelada? ¿Quién compra buena mermelada?
La palabra «mermelada» le sonó tan dulce que asomó la cabeza por la ventana y la llamó.
—Suba, buena mujer, aquí encontrará quien le compre.
La mujer subió con su pesado canasto y le fue mostrando los tarros uno por uno, hasta que él escogió el que más le gustó y compró dos onzas. Se los vendió, aunque se fue murmurando, pues había esperado ganar más.
—Que Dios bendiga esta mermelada —dijo el sastrecillo— y me dé fuerza y vigor.
Cortó una rebanada de pan, la untó y la dejó a un lado, pues antes de comérsela quiso terminar el chaleco que tenía entre manos. Cosió con tanto gusto que las puntadas le salían cada vez más grandes, y el dulce olor atrajo a las moscas de la pared, que bajaron en tropel sobre el pan.
—¿Quién las invitó a ustedes? —dijo, espantándolas.
Pero volvieron en mayor número. Molesto, tomó un trapo del cajón y les dio un solo golpe certero: al levantarlo, contó nada menos que siete moscas muertas, patas arriba.

—¡Vaya con el valiente que soy! —se dijo, admirado de sí mismo—. Toda la ciudad debe saberlo.
Se hizo un cinturón y bordó en él, con letras grandes: «Siete de un golpe». La ciudad le pareció demasiado pequeña para semejante hazaña: el mundo entero debía enterarse. Antes de salir solo encontró un trozo de queso viejo, que guardó en el bolsillo junto con un pájaro atrapado en un matorral cerca de la puerta; se ató el cinturón y anduvo así, ligero y decidido, durante una semana entera.
Llegó a una montaña en cuya cima estaba sentado un gigante enorme, contemplando el paisaje con calma. El sastrecillo se acercó sin miedo.
—Buenos días, compañero. ¿Miras cómo se mueve el mundo a tus pies? Yo ando en busca de aventuras: ¿quieres venir conmigo?
El gigante lo miró con desprecio.
—Pequeño gusano, no vales nada.
—¿Cómo te atreves? —respondió el sastrecillo, y se desabrochó el chaleco para mostrarle el cinturón—. Lee esto y sabrás con quién hablas.
El gigante leyó «Siete de un golpe», creyó que eran siete hombres y le tuvo un poco más de respeto. Aun así quiso probarlo: apretó una piedra en la mano hasta sacarle el agua.
—Ahora haz tú lo mismo, si tienes tanta fuerza.
—¿Nada más eso? —dijo el sastrecillo—. Para mí es un juego de niños.
Sacó el queso del bolsillo y lo apretó hasta que le salió todo el jugo.
—¿Ves alguna diferencia?
El gigante, desconcertado, tomó otra piedra y la lanzó tan alto que apenas se veía.
—Vamos, hombrecillo, haz lo mismo.
—Bien tirada —dijo el sastrecillo—, pero esa piedra tuvo que volver a caer. Yo lanzaré una que no regrese jamás.
Sacó al pájaro del bolsillo y lo dejó volar. El ave, feliz de verse libre, se alejó como una flecha y no volvió.
—Sabes lanzar —admitió el gigante—, pero veamos si sabes cargar.
Lo llevó hasta un enorme roble caído.
—Si de veras tienes fuerza, ayúdame a sacarlo del bosque.
—Con gusto —contestó el sastrecillo—. Tú carga el tronco, que yo llevaré las ramas y la copa, que es lo más pesado.
El gigante cargó el tronco y el sastrecillo se sentó tranquilamente sobre una rama, de modo que, sin poder mirar atrás, el gigante terminó cargando el árbol entero y al sastrecillo con él.
El sastrecillo iba tan contento que se puso a cantar la cancioncilla de los tres sastres que salían cabalgando por la puerta del pueblo.

Agotado tras cargar tanto trecho, al gigante ya no le quedaban fuerzas.
—Voy a soltar el árbol —anunció.
El sastrecillo saltó ágilmente al suelo y abrazó el tronco como si él lo hubiera cargado todo el tiempo.
—Qué flojo eres, para ser tan grande.
Siguieron su camino y, al pasar junto a un cerezo, el gigante dobló la copa hasta el suelo para que comiera las cerezas más maduras. Pero el sastrecillo era demasiado ligero para sostener la rama: en cuanto el gigante la soltó, salió disparado por los aires junto con ella, aunque cayó sin hacerse daño.
—¿Qué es esto? ¿No tienes fuerza ni para sostener una ramita?
—No es cuestión de fuerza —respondió el sastrecillo—. ¿Qué será eso para un hombre que derriba siete de un golpe? Salté por encima del árbol porque abajo hay cazadores disparando hacia los matorrales. Salta tú también, si puedes.
El gigante lo intentó, pero quedó atrapado entre las ramas: una vez más, el sastrecillo llevaba la ventaja.
—Ya que eres tan valiente —dijo el gigante—, ven a pasar la noche en nuestra cueva.
El sastrecillo aceptó de buena gana. Allí encontró a otros gigantes junto al fuego, cada uno comiendo un carnero entero, y como la cama que le ofrecieron era demasiado grande, prefirió acurrucarse en un rincón. A medianoche el gigante, creyendo que dormía en la cama, le descargó un golpe de barra de hierro en el colchón, seguro de haber acabado con él. Al amanecer los gigantes se fueron al bosque sin acordarse de él, y al verlo salir de la cueva tan campante, huyeron despavoridos.

El sastrecillo siguió su camino y, tras mucho andar, llegó al jardín de un palacio donde, cansado, se recostó sobre el musgo y se durmió. Unas personas que pasaron por ahí leyeron con curiosidad su cinturón: «Siete de un golpe».
—¿Qué hará por aquí, en tiempos de paz, un guerrero tan temible? —se preguntaron—. Debe de ser un gran señor.
Fueron a contárselo al rey: convenía ganarse a un hombre así por si algún día estallaba una guerra. Al rey le agradó la idea y mandó a un cortesano a ofrecerle un puesto en su servicio apenas despertara.
—Para eso mismo he venido —respondió el sastrecillo—. Estoy listo para servir al rey.
Lo recibieron con grandes honores y le dieron alojamiento en el palacio. Pero los soldados, celosos, temían que algún día los matara a todos de siete en siete, y le pidieron al rey su baja: no querían quedarse junto a un hombre que derribaba siete de un golpe.
Al rey le entristeció perder a sus soldados por uno solo, pero no se atrevía a despedirlo por miedo a que lo matara y se quedara con el trono. Encontró entonces una salida: en un bosque de su reino vivían dos gigantes que robaban, mataban e incendiaban cuanto encontraban, y nadie se atrevía a acercarse a ellos. Si el sastrecillo lograba vencerlos, le daría a su única hija por esposa y la mitad del reino como dote, con cien jinetes para ayudarlo.
El sastrecillo, pensando que no se casaría con una princesa tan bella todos los días, aceptó el reto y rechazó la escolta: quien derribaba siete de un golpe no temía a dos gigantes juntos.
Partió con los cien jinetes, pero les pidió que lo esperaran a la entrada del bosque. Entró con cautela y pronto encontró a los dos gigantes dormidos bajo un árbol, roncando tan fuerte que las ramas se sacudían. Subió con los bolsillos llenos de piedritas y, desde una rama justo encima de ellos, fue dejándolas caer una tras otra sobre sus pechos, de modo que se acusaban entre sueños de golpearse y discutían sin saber por qué, hasta volver a dormirse. Entonces tomó la piedra más grande que encontró y la lanzó con todas sus fuerzas contra el pecho del primero.

—¡Esto ya es demasiado! —gritó este, y saltó furioso sobre su compañero.
Los dos gigantes se enzarzaron en una pelea tan violenta que arrancaban árboles enteros para golpearse, hasta que cayeron muertos en el suelo, uno junto al otro. El sastrecillo bajó de su escondite y salió a reunirse con sus jinetes.
—Ya terminé —les dijo—. Les di el golpe final. La pelea estuvo dura, hasta arrancaron árboles para atacarme, pero ¿de qué sirve eso contra un hombre que derriba siete de un golpe?
—¿No está usted herido? —preguntaron los soldados.
—Ni un pelo me tocaron —respondió.
Como no le creían, entraron al bosque y encontraron a los dos gigantes caídos entre los árboles arrancados.
El sastrecillo fue a reclamar su recompensa, pero el rey, arrepentido de su promesa, buscó cómo librarse de él una vez más.
—Antes de darte a mi hija y medio reino —le dijo—, debes cumplir otra hazaña. En mis bosques anda suelto un unicornio que causa muchos destrozos. Debes atraparlo.
—Un unicornio me da menos miedo que dos gigantes. Siete de un golpe es mi lema.
Tomó una cuerda y un hacha y entró solo al bosque. Pronto apareció el unicornio dispuesto a ensartarlo con su cuerno, pero el sastrecillo esperó tranquilo hasta tenerlo cerca y se escondió de un salto tras un árbol. El animal embistió con tanta fuerza que clavó el cuerno en el tronco sin poder sacarlo, y así quedó atrapado. El sastrecillo le pasó la cuerda al cuello, cortó el cuerno a hachazos para liberarlo y lo llevó ante el rey.

Pero el rey le impuso una tercera prueba: capturar un jabalí que hacía destrozos en el bosque, con ayuda de sus cazadores, que ya lo habían intentado sin éxito. El sastrecillo aceptó, seguro de que sería un juego de niños, y entró solo al bosque. En cuanto lo vio, el jabalí corrió hacia él con la boca espumante y los colmillos afilados; el hombrecillo se refugió en una ermita cercana y salió saltando por la ventana. El animal entró tras él, pero el sastrecillo cerró la puerta a tiempo y lo dejó atrapado dentro, demasiado grande y pesado para escapar por la ventana. Llamó a los cazadores para que vieran al prisionero con sus propios ojos.

Esta vez el rey no tuvo más remedio que cumplir su palabra, aunque a su pesar, y le entregó a su hija y la mitad del reino. La boda se celebró con gran esplendor, aunque con poca alegría por parte del rey, y así un sastre llegó a ser rey.
Tiempo después, la joven reina escuchó una noche a su esposo hablar en sueños.
—Muchacho, termina ese chaleco y remienda ese pantalón, o te doy con la vara en las orejas.
Así comprendió de dónde venía en verdad su marido, y al día siguiente fue a quejarse con su padre, pidiéndole que la librara de un esposo que no era más que un simple sastre. Para consolarla, el rey le dijo que esa noche dejara la puerta abierta: sus sirvientes esperarían fuera y, en cuanto el sastrecillo se durmiera, entrarían, lo atarían y se lo llevarían en un barco lejos de allí.
Un escudero del rey, que había oído todo el plan y le tenía cariño al sastrecillo, fue a avisarle.
—Yo me encargo de esto —dijo el sastrecillo.
Esa noche se acostó como siempre junto a su esposa; cuando ella lo creyó dormido, se levantó, abrió la puerta y volvió a acostarse. Pero el sastrecillo, que solo fingía dormir, se puso a hablar en voz muy alta.
—Muchacho, termina ese chaleco y remienda ese pantalón, o te doy con la vara en las orejas. He derribado siete de un golpe, maté a dos gigantes, atrapé a un unicornio y a un jabalí. ¿Voy a tenerles miedo a los que se esconden fuera de mi puerta?
Al oír aquello, los hombres que esperaban afuera sintieron tanto miedo que huyeron como si hubieran visto al diablo, y nadie volvió a atreverse contra él. Y así el sastrecillo fue rey por el resto de su vida.
Adaptado por Talerie, Fuente: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm (se abre en una ventana nueva)
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