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Una joven con vestido vaporoso está junto a un príncipe encantado en un jardín de rosas iluminado por la luna, bajo un castillo encendido.

La Bella y la Bestia

Jeanne-Marie Leprince de Beaumont

15 min de lecturaa partir de 6 años

Bella se ofrece a vivir con una Bestia para salvar a su padre, y aprende a querer el buen corazón que hay tras esa figura horrible. Cuando le confiesa su amor, el hechizo se rompe: la Bestia se vuelve príncipe, un hada anuncia que Bella será una gran reina y convierte a sus hermanas envidiosas en estatuas de piedra.


Había una vez un mercader muy rico que tenía tres hijos y tres hijas. Las tres eran hermosas, pero la menor lo era tanto que de niña todos la llamaban la niña bella, y así se le quedó el nombre: Bella. Sus hermanas le tenían celos: orgullosas de su dinero, se daban aires de grandes señoras y se burlaban de ella, que pasaba las horas leyendo.

De un día para otro, el mercader lo perdió todo. No le quedó más que una casita de campo muy lejos de la ciudad, y les dijo llorando a sus hijos que allí vivirían de la tierra. Las dos mayores juraron que no dejarían la ciudad, porque les sobraban pretendientes; se equivocaban, pues en cuanto fueron pobres ninguno volvió a mirarlas. A Bella sí la pretendieron, y ella contestó que no podía abandonar a su padre. Al principio sintió mucho la pérdida, hasta que se dijo que sus lágrimas no le devolverían nada y que valía más ser feliz sin dinero.

En el campo, el mercader y sus hijos labraban la tierra. Bella se levantaba a las cuatro de la mañana, limpiaba la casa y hacía la comida; al principio le costó mucho, pero a los dos meses estaba más fuerte y sana, y cuando terminaba leía o cantaba mientras hilaba. Sus hermanas se levantaban a las diez y decían entre ellas que la menor era tan boba que estaba contenta con aquella pobreza. Su padre admiraba su paciencia, porque las mayores, además de dejarle todo el trabajo, la ofendían a cada rato.

Bella cose junto al fuego mientras un gato duerme cerca; sus dos hermanas mayores están sentadas sin hacer nada en la cabaña.

Llevaban un año así cuando el mercader recibió una carta: un barco con mercancía suya acababa de llegar a buen puerto. Sus hijas mayores le pidieron vestidos, tocados y toda clase de fruslerías; Bella no pidió nada.

—¿Tú no me pides que te traiga algo? —le dijo su padre.

—Ya que tiene usted la bondad de pensar en mí —contestó ella—, tráigame una rosa, que aquí no se dan.

No es que se muriera por una rosa, pero no quería que su ejemplo pareciera un reproche a sus hermanas.

Al llegar, al buen hombre le pusieron un pleito por la mercancía y regresó tan pobre como estaba. Ya cerca de su casa se perdió en un bosque muy grande. Nevaba, el viento lo tiró dos veces del caballo y, con la noche encima, pensó que moriría de frío o que lo devorarían los lobos que oía aullar. De pronto vio una luz entre los árboles: un palacio enorme, iluminado de arriba abajo, en el que no había un alma. Su caballo entró solo a la caballeriza; en el salón ardía el fuego y esperaba una mesa servida con un solo cubierto. Como nadie aparecía, el mercader cenó temblando y se acostó en la primera cama que encontró.

Cuando se levantó halló un traje limpio en lugar del suyo, y afuera ya no había nieve, sino enramadas de flores. «Sin duda este palacio es de alguna hada buena», se dijo. Al salir a buscar su caballo pasó bajo un arco de rosales, se acordó de lo que Bella le había pedido y cortó una rama. En ese instante oyó un ruido tremendo y vio venir hacia él a una Bestia tan espantosa que estuvo a punto de desmayarse.

El anciano mercader sostiene la rosa roja recién cortada ante la Bestia, de abrigo azul bordado, que se alza entre los rosales junto a la puerta iluminada.

—Eres bien ingrato —le dijo la Bestia con voz terrible—. Te salvé la vida al recibirte en mi castillo y, en pago, me robas mis rosas, que quiero más que a nada en el mundo. Lo vas a pagar con la vida.

—Perdóneme, señor —dijo el mercader, hincándose—. No creí ofenderlo por cortar una rosa para una de mis hijas, que me la había pedido.

—No me llamo señor, sino la Bestia, y no me gustan los cumplidos. Pero has dicho que tienes hijas: te perdono con una condición, que una de ellas venga por su propia voluntad a morir en tu lugar. Si se niegan, júrame que volverás dentro de tres meses.

El buen hombre no pensaba entregarle una hija, pero al menos las abrazaría una vez más, y juró que volvería.

—No quiero que te vayas con las manos vacías —añadió la Bestia—. En el cuarto donde dormiste hay un cofre vacío; pon en él lo que quieras y yo haré que te lo lleven.

El cuarto estaba lleno de monedas de oro. El mercader llenó el cofre y salió del palacio con una tristeza igual a la alegría con que había entrado. En pocas horas el caballo lo llevó a la casita.

Sus hijos lo rodearon, pero él, en vez de abrazarlos, se puso a llorar con la rama de rosas en la mano.

—Toma, Bella —le dijo—. Estas rosas le van a costar muy caras a tu pobre padre.

Enseguida les contó la desgracia. Las dos mayores dieron de gritos y llenaron de reproches a Bella, que no lloraba.

—Miren lo que provoca el orgullo de esta criatura —decían—. Va a causar la muerte de nuestro padre y ni siquiera llora.

—¿Para qué serviría llorar? —contestó Bella—. Mi padre no va a morir. Ya que el monstruo acepta a una de sus hijas, yo me entregaré a su furia, y me siento feliz de poder salvarlo.

Sus hermanos quisieron ir en su lugar, pero el mercader les dijo que aquella Bestia tenía un poder demasiado grande.

—Usted no irá a ese palacio sin mí, padre —dijo Bella—. Prefiero que ese monstruo me devore antes que morirme de la pena que me daría perderlo.

Por más que le dijeron, Bella se empeñó en partir, y sus hermanas se alegraron. Antes de irse, ella le pidió a su padre que las casara con dos caballeros recién llegados que se habían enamorado de ellas, pues las quería y les perdonaba el mal que le hacían. Esa noche el mercader halló el cofre junto a su cama y solo se lo dijo a Bella. A la mañana siguiente, las mayores se frotaron los ojos con cebolla; los demás lloraban de verdad, y solo Bella no.

Al caer la tarde vieron el palacio iluminado como la primera vez, y en el salón los esperaba una mesa con dos cubiertos. El mercader no tenía ánimo de comer; Bella, fingiéndose tranquila, lo sirvió mientras pensaba que la Bestia quería engordarla antes de comérsela. Al terminar la cena oyeron un ruido tremendo, y ella se estremeció al ver aquella figura horrible; pero cuando el monstruo le preguntó si había venido por su propia voluntad, contestó temblando que sí.

Bella llega a caballo junto a su padre y contempla el gran palacio con todas las ventanas encendidas al final de una avenida de árboles, bajo la luna.

—Es usted muy buena, y se lo agradezco —dijo la Bestia—. Buen hombre, parta usted mañana por la mañana y no se le ocurra volver nunca. Adiós, Bella.

—Adiós, Bestia —respondió ella.

El monstruo se retiró enseguida. El mercader, medio muerto de espanto, le rogó que lo dejara quedarse a él, pero ella le dijo con firmeza que él se iría al día siguiente. Esa noche Bella soñó con una señora que le decía:

—Estoy contenta con tu buen corazón, Bella. La buena acción que haces al dar tu vida para salvar la de tu padre no quedará sin recompensa.

Bella duerme en una cama con dosel mientras un hada anciana, vestida con ropajes lujosos, se inclina sobre ella y le habla.

Al despertar, Bella le contó el sueño a su padre, y aquello lo consoló un poco, aunque lloró mucho al separarse de ella. Bella también lloró; pero como tenía mucho valor, decidió no amargarse el poco tiempo que creía que le quedaba, y se puso a recorrer el castillo. Grande fue su sorpresa al encontrar una puerta con un letrero: «Aposento de Bella».

Adentro quedó deslumbrada, sobre todo con una biblioteca enorme, un clavecín y muchos libros de música. Si solo le quedara un día de vida, pensó, no le habrían preparado tantas cosas. En un libro estaba escrito con letras de oro: «Pide y ordena: aquí eres la reina y la señora». Suspiró y deseó ver a su padre; al levantar los ojos hacia un gran espejo, vio su casa, a su padre llegando tristísimo y a sus hermanas recibiéndolo con una alegría que no lograban esconder. Todo desapareció enseguida, y Bella pensó que no tenía por qué tener miedo.

A mediodía encontró la mesa puesta y, en la noche, cuando iba a sentarse a cenar, oyó el ruido de la Bestia y no pudo evitar un escalofrío.

—Bella, ¿me permite verla cenar? —dijo el monstruo.

—Usted es el amo —respondió ella temblando.

—No, aquí no hay más señora que usted, y todo esto es suyo. Si la aburro, dígamelo y me voy. ¿Verdad que le parezco muy feo?

—Es verdad —dijo Bella—, porque no sé mentir; pero creo que es usted muy bueno.

—Tiene razón. Y además de feo, no tengo ingenio: sé muy bien que no soy más que una bestia.

—No es una bestia quien cree que no tiene ingenio —contestó ella—. Un tonto jamás se habría dado cuenta de eso.

—Coma, pues, Bella, y trate de no aburrirse en su casa.

—Le confieso que su corazón me gusta mucho —dijo Bella—. Cuando pienso en él, ya no me parece usted tan feo. Hay hombres que son más monstruos que usted, y lo prefiero con esa figura antes que a los que esconden un corazón falso.

—Si tuviera ingenio, le haría un gran cumplido; pero soy un tonto, y solo puedo decirle que se lo agradezco mucho.

Bella cenó con buen apetito y ya casi no le tenía miedo, pero por poco se muere del susto cuando el monstruo le dijo:

—Bella, ¿quiere ser mi esposa?

Ella tardó en contestar, y al fin le dijo temblando:

—No, Bestia.

El pobre monstruo quiso suspirar, y le salió un silbido tan espantoso que retumbó en todo el palacio.

—Adiós, entonces, Bella —dijo con tristeza.

Y salió del cuarto, volviéndose de rato en rato para mirarla. «Qué lástima que sea tan feo», se decía Bella, «¡siendo tan bueno!».

Bella pasó tres meses en el palacio con bastante tranquilidad. Todas las noches, a las nueve en punto, la Bestia la acompañaba durante la cena; de tanto verlo se acostumbró a su fealdad y hasta miraba el reloj esperando las nueve. Una sola cosa la entristecía: antes de retirarse, el monstruo le preguntaba siempre si quería ser su esposa, y parecía traspasado de dolor cuando ella le decía que no.

Bella y la Bestia conversan a gusto en una mesa iluminada con velas, con fruta, flores y copas de vino entre ellos.

—Me hace usted sufrir, Bestia —le dijo un día—. Quisiera poder casarme con usted, pero soy demasiado sincera para hacerle creer que eso pasará. Siempre seré su amiga; conténtese con eso.

—Así tendrá que ser —contestó la Bestia—. Sé que soy horrible, pero la quiero mucho. Prométame que nunca me dejará.

Bella se puso colorada. En el espejo había visto que su padre estaba enfermo de tristeza por haberla perdido.

Bella contempla un gran espejo dorado en el que aparece su padre, ya anciano, caminando solo hacia su casa con un bulto a la espalda.

—Bien podría prometerle que nunca lo dejaré del todo —dijo—, pero tengo tantas ganas de ver a mi padre que me moriré de pena si me niega ese gusto.

—Prefiero morirme yo antes que darle un disgusto —dijo el monstruo—. La mandaré a su casa; usted se quedará allá y su pobre Bestia se morirá de dolor.

—No —dijo Bella llorando—, lo quiero demasiado para causar su muerte. Le prometo volver dentro de ocho días: mis hermanas ya se casaron, mis hermanos se fueron al ejército y mi padre está solo.

—Mañana en la mañana estará allá —dijo la Bestia—. Pero acuérdese de su promesa: cuando quiera regresar, ponga su anillo sobre una mesa al acostarse. Adiós, Bella.

Al despertar, Bella se encontró en casa de su padre, que por poco se muere de alegría al verla. En el cuarto de al lado había un cofre lleno de vestidos de oro con diamantes que la Bestia le mandaba. Quiso repartirlos entre sus hermanas y el cofre desapareció; volvió cuando su padre le dijo que la Bestia se los regalaba solo a ella.

Sus hermanas llegaron corriendo con sus maridos, y las dos eran muy infelices: una se había casado con un hombre enamorado de su propia cara, y la otra con uno que solo usaba su ingenio para hacer rabiar a todos. Por poco les da algo cuando vieron a Bella vestida como una princesa y ella les contó lo feliz que era. Bajaron al jardín a llorar a gusto.

—Hermana, se me ocurre una idea —dijo la mayor—. Detengámosla aquí más de ocho días: su tonta Bestia se va a enojar porque le faltó a su palabra, y a lo mejor se la come.

Le hicieron tantas fiestas que Bella lloró de gusto, y al cumplirse los ocho días fingieron tanta tristeza por su partida que prometió quedarse ocho días más.

Bella, sin embargo, se reprochaba el disgusto que iba a darle a su pobre Bestia, a quien quería de todo corazón. La décima noche soñó que la veía tendida en el jardín, a punto de morir, reprochándole su ingratitud. Despertó sobresaltada y se soltó llorando.

—¿No soy muy mala —se decía— al darle un disgusto a alguien que tiene tantas atenciones conmigo? ¿Tiene él la culpa de ser feo? Es bueno, y eso vale más que todo lo demás: lo que hace feliz a una mujer no es la hermosura ni el ingenio del marido, sino la bondad de su carácter.

Dicho esto, puso el anillo sobre la mesa y volvió a acostarse. Al despertar estaba en el palacio. Esperó todo el día, pero el reloj dio las nueve y la Bestia no apareció. Temiendo haber causado su muerte, la buscó por todas partes dando gritos y, al acordarse de su sueño, corrió al jardín, hacia el canal. Allí estaba la pobre Bestia, tendida en el pasto y sin sentido. Bella creyó que estaba muerta; se le echó encima sin sentir horror por su figura y, al notar que el corazón todavía le latía, le echó agua del canal en la cabeza.

Arrodillada entre los rosales, Bella recoge agua en las manos y se inclina sobre la Bestia, que yace débil sobre el pasto y abre los ojos para mirarla.

—Olvidó usted su promesa —dijo la Bestia abriendo los ojos—. La pena de haberla perdido me hizo dejarme morir. Pero muero contento, porque tengo el gusto de verla una vez más.

—No, mi querida Bestia, usted no va a morir —dijo Bella—. Va a vivir para ser mi esposo: desde este momento le doy mi mano y juro que seré solo suya. Creía que solo sentía amistad por usted, pero el dolor que siento me hace ver que no podría vivir sin verlo.

Apenas dijo estas palabras, el castillo resplandeció de luces y la música anunció una fiesta. Nada de aquello la detuvo: se volvió hacia su querida Bestia y no la encontró. A sus pies había un príncipe más hermoso que el día, que le daba las gracias por haber roto su encantamiento; y ella, en lugar de mirarlo, preguntó por la Bestia.

—La tiene usted a sus pies —dijo el príncipe—. Un hada malvada me condenó a esa figura hasta que una joven hermosa consintiera en casarse conmigo, y me prohibió mostrar mi ingenio. Usted fue la única lo bastante buena para dejarse conmover por mi carácter, y ni ofreciéndole mi corona podré pagarle lo que le debo.

Bella le dio la mano y juntos entraron en el castillo, donde encontró a su padre y a toda su familia: la señora de su sueño los había llevado hasta ahí.

—Bella —le dijo aquella señora, que era un hada poderosa—, ven a recibir la recompensa de tu buena elección: preferiste la virtud a la belleza y al ingenio, y mereces encontrar todas esas cualidades en una misma persona. Vas a ser una gran reina; espero que el trono no acabe con tus virtudes.

Luego se volvió hacia las dos hermanas.

—En cuanto a ustedes, señoritas, conozco su corazón y toda la maldad que guarda. Conviértanse en dos estatuas, pero conserven la razón bajo la piedra que las cubrirá. Se quedarán a la puerta del palacio de su hermana y no les impongo más castigo que ser testigos de su felicidad. Volverán a su primer estado el día en que reconozcan sus faltas, y mucho me temo que se queden siempre de piedra: la conversión de un corazón envidioso es casi un milagro.

Entonces el hada dio un golpe con su varita y llevó a todos al reino del príncipe, donde sus súbditos lo recibieron con alegría. Él se casó con Bella, y vivieron muchísimos años en una felicidad perfecta, porque estaba fundada en la virtud.

Adaptado por Talerie, Fuente: La Belle et la Bête (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público