Saltar al contenido
Una niña de cabello negro y lazo rojo está en un claro del bosque rodeada de animalitos, y al fondo se ve una casita con las ventanas encendidas.

Blancanieves

Hermanos Grimm

10 min de lecturaa partir de 7 años

Blancanieves halla refugio con siete enanos en el bosque, pero la reina la envenena con una manzana y los enanos la velan en un ataúd de cristal. Un tropezón libera el bocado de su garganta, y ella despierta y se casa con el príncipe, mientras la reina baila hasta morir con zapatillas de hierro al rojo vivo.


Había una vez, en pleno invierno, una reina que bordaba junto a una ventana de marco negro como el ébano, mientras la nieve caía como plumas desde el cielo. Al levantar la vista se pinchó un dedo con la aguja, y tres gotas de sangre cayeron sobre la nieve. El rojo sobre el blanco era tan hermoso que la reina deseó tener una hija blanca como la nieve, roja como la sangre y de cabello negro como el ébano de aquel marco. Poco después nació una niña así de hermosa, y la llamaron Blancanieves. Pero al nacer la pequeña, su madre murió.

Al cabo de un año, el rey se casó de nuevo. La nueva reina era muy bella, pero vanidosa, y no soportaba que nadie la superara en hermosura. Tenía un espejo mágico, y cada vez que se paraba frente a él, preguntaba:

Espejito, espejito de cristal,¿quién es la más hermosa, sin igual?

Y el espejo, que jamás mentía, respondía siempre que ella era la más hermosa del reino, y la reina quedaba tranquila, pues sabía que decía la verdad.

Blancanieves fue creciendo, y cada día era más bonita. A los siete años ya era hermosa como la luz del día, y más bella que la propia reina. Un día, la reina volvió a preguntarle a su espejo:

Espejito, espejito de cristal,¿quién es la más hermosa, sin igual?

Mi reina, usted es la más bella aquí,pero Blancanieves es mil veces más bella que usted.

La reina palideció de envidia, y desde entonces no pudo ver a Blancanieves sin sentir odio. La envidia creció en ella como una mala hierba, y no la dejó descansar. Entonces llamó a un cazador y le ordenó llevarse a la niña al bosque, matarla y traerle los pulmones y el hígado como prueba.

En una alcoba con velas, una reina vanidosa mira un espejo mágico donde aparece un rostro fantasmal, mientras una joven la observa desde un arco en sombras.

El cazador se la llevó al bosque, pero cuando sacó el cuchillo para cumplir la orden, Blancanieves se echó a llorar.

—Querido cazador, no me mates —le suplicó—. Correré bosque adentro y no volveré nunca más.

Blancanieves era tan hermosa que el cazador sintió compasión y la dejó ir, aunque pensó que las fieras pronto acabarían con ella. Mató a un jabalí pequeño y le llevó los pulmones y el hígado a la reina como prueba. La malvada reina se los entregó al cocinero para que los salara y los cocinara, y después se los comió, creyendo que eran los de Blancanieves.

La joven camina hacia un bosque soleado, mirando atrás mientras un cazador barbudo de capa verde le hace señas para que siga adelante entre los árboles.

La pobre niña quedó sola en el bosque inmenso, y corrió asustada entre piedras filosas y espinas, sin que las fieras le hicieran daño. Corrió hasta que ya no le quedaban fuerzas, y al caer la tarde encontró una casita. Adentro todo era pequeño, pero limpio y ordenado: una mesa con siete platitos, y siete camas cubiertas con sábanas blancas como la nieve. Con hambre y sed, comió un poco de cada plato y bebió un poco de cada copa, sin terminarse la de nadie. Después, cansada, probó las camas hasta encontrar una que le quedara bien, la séptima, y ahí se quedó dormida.

Cuando oscureció, llegaron los dueños de la casita: siete enanos que trabajaban en las minas de las montañas. Al encender sus lámparas notaron que alguien había estado ahí, pues nada estaba en su lugar. El séptimo, al mirar su cama, encontró a Blancanieves dormida. Llamó a los demás, que llegaron corriendo y se maravillaron de lo hermosa que era la niña. Sintieron tanta ternura que no la despertaron, y la dejaron dormir.

A la mañana siguiente, Blancanieves despertó y se asustó al ver a los siete enanos, pero ellos, amables, le preguntaron quién era. Ella les contó que su madrastra había querido matarla, y que el cazador le había perdonado la vida. Los enanos le ofrecieron quedarse si cuidaba la casa, y ella aceptó con alegría: cada mañana ellos partían a las montañas, y cada tarde volvían a encontrar la cena lista. Como pasaba el día sola, le advirtieron que se cuidara de su madrastra y no dejara entrar a nadie.

La joven revuelve una olla al fuego en una cabaña acogedora, con gorritos de colores colgados junto a la puerta y sillitas alrededor de una mesa de madera.

Mientras tanto, la reina, convencida de que ya era otra vez la más hermosa del reino, se paró frente a su espejo y preguntó:

Espejito, espejito de cristal,¿quién es la más hermosa, sin igual?

Mi reina, usted es la más bella aquí,pero Blancanieves, tras los montes lejanos,en la casita de los siete enanos,es mil veces más bella que usted.

La reina se estremeció, pues supo que el cazador la había engañado y que Blancanieves seguía viva. Llena de rabia, se disfrazó de anciana vendedora y cruzó las montañas hasta la casita de los enanos.

—¡Cintas y agujetas de todos colores, buenas y baratas! —anunció, tocando a la puerta.

Blancanieves se asomó a la ventana, y como la mujer parecía honesta, la dejó entrar y le compró una cinta trenzada de colores. La anciana le ofreció amarrársela bien, pero apretó tanto el corpiño que a Blancanieves se le fue el aire, y cayó al suelo sin sentido.

Al anochecer, los enanos la encontraron tendida en el piso. Al ver la cinta demasiado apretada, la cortaron, y poco a poco Blancanieves volvió a respirar. Al saber lo ocurrido, comprendieron que la vendedora era la reina, y le advirtieron otra vez que no abriera la puerta a nadie.

La reina, de vuelta en su castillo, volvió a preguntarle a su espejo:

Espejito, espejito de cristal,¿quién es la más hermosa, sin igual?

Mi reina, usted es la más bella aquí,pero Blancanieves, tras los montes lejanos,en la casita de los siete enanos,es mil veces más bella que usted.

Temblando de furia, la reina preparó un peine envenenado con sus artes de hechicería, se disfrazó de otra anciana y volvió a cruzar las montañas.

—Vengo a vender buenas mercancías —dijo al llegar.

—No puedo dejar entrar a nadie —respondió Blancanieves desde la ventana.

—Solo mira este peine —insistió la anciana, mostrándole uno precioso.

A Blancanieves le gustó tanto que abrió la puerta. Apenas la anciana le puso el peine en el cabello, el veneno hizo efecto y la niña cayó sin sentido. Por suerte, los enanos volvieron pronto, sospecharon de la madrastra, encontraron el peine y se lo quitaron. Blancanieves despertó y les contó lo sucedido, y ellos le repitieron su advertencia.

De vuelta en el castillo, la reina se paró frente al espejo por tercera vez:

Espejito, espejito de cristal,¿quién es la más hermosa, sin igual?

Mi reina, usted es la más bella aquí,pero Blancanieves, tras los montes lejanos,en la casita de los siete enanos,es mil veces más bella que usted.

Temblando de ira, la reina juró que esta vez Blancanieves moriría, aunque a ella misma le costara la vida. Se encerró en un cuarto secreto y preparó una manzana envenenada: por fuera era hermosa, blanca y roja, pero solo el lado rojo tenía el veneno. Se disfrazó de campesina y volvió a cruzar las montañas.

—No puedo dejar entrar a nadie, los enanos me lo prohibieron —dijo Blancanieves desde la ventana.

—No importa —respondió la mujer—. Mira, partiré la manzana en dos: el lado rojo para ti, el blanco para mí.

Blancanieves vio que la mujer comía del lado blanco sin que nada le pasara, y no pudo resistir la tentación: tomó el lado rojo y le dio una mordida. Al instante cayó muerta al suelo. La reina la miró con crueldad y, satisfecha, regresó a su castillo.

La joven toma una manzana roja que le ofrece una anciana encorvada, bajo cuya capa raída se asoman un corpiño enjoyado y una pequeña corona.

Ya en casa, volvió a preguntarle a su espejo:

Espejito, espejito de cristal,¿quién es la más hermosa, sin igual?

Y esta vez el espejo no habló de Blancanieves: le dijo que ella era, otra vez, la más hermosa del reino. Y el corazón envidioso de la reina, por fin, descansó.

Al anochecer, los enanos volvieron y encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, sin respirar. La levantaron, le peinaron el cabello y la lavaron con agua y vino, pero nada dio resultado: la niña estaba muerta. La lloraron tres días, y como seguía viéndose tan fresca como si estuviera dormida, no quisieron enterrarla bajo la tierra. Le hicieron un ataúd de cristal, escribieron con letras doradas su nombre y que era hija de un rey, y lo pusieron en lo alto de la montaña, donde uno de ellos siempre montaba guardia. Llegaron entonces una lechuza, un cuervo y una paloma, y los tres lloraron a su lado.

Pasó mucho tiempo, y Blancanieves seguía sin envejecer, blanca como la nieve, con las mejillas rojas como la sangre. Un día, un príncipe que se había perdido en el bosque llegó hasta ahí, vio el ataúd y leyó lo que decía. Les pidió el ataúd a los enanos, pero ellos se negaron, aunque les ofreciera todo el oro del mundo. El príncipe insistió: no podía vivir sin volver a ver a Blancanieves, y prometió honrarla siempre. Conmovidos, los enanos aceptaron, y los sirvientes del príncipe se lo llevaron sobre los hombros.

En el camino tropezaron con un tronco, y el golpe hizo que el pedazo de manzana saliera de la garganta de Blancanieves. Al instante, ella abrió los ojos, levantó la tapa del ataúd y se incorporó, viva de nuevo.

—¡Cielos! ¿Dónde estoy? —preguntó, sorprendida.

—Estás conmigo —respondió el príncipe, lleno de alegría, y le contó todo lo que había pasado—. Te quiero más que a nada en el mundo. Ven conmigo al castillo de mi padre, y sé mi esposa.

Blancanieves aceptó, y su boda se celebró con gran alegría y esplendor.

La joven se yergue con los brazos abiertos en una colina florida al amanecer, contemplando un castillo dorado a la distancia entre praderas con niebla.

A la fiesta invitaron también a la malvada madrastra. Ella se puso sus mejores galas y, antes de partir, se paró una vez más frente al espejo:

Espejito, espejito de cristal,¿quién es la más hermosa, sin igual?

Mi reina, usted es la más bella aquí,pero la joven reina es mil veces más bella que usted.

La reina lanzó una maldición y sintió tanto miedo que no sabía qué hacer. Al principio no quiso ir a la boda, pero algo la empujaba a ver con sus propios ojos a la joven reina. Al entrar al salón y reconocer a Blancanieves, se quedó paralizada de espanto. Allí la esperaban unas zapatillas de hierro al rojo vivo, y tuvo que bailar con ellas hasta caer muerta.

Adaptado por Talerie, fuente: Kinder- und Hausmärchen (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público

Cuentos parecidos

El ganso de oro

9 min de lecturaa partir de 5 años

Hansel y Gretel

10 min de lecturaa partir de 5 años

La Cenicienta

9 min de lecturaa partir de 6 años

Caperucita Roja

5 min de lecturaa partir de 4 años

La olla mágica

2 min de lecturaa partir de 3 años

Sobre este cuento

«Blancanieves» llegó a Jacob y Wilhelm Grimm en Kassel, contada por los Hassenpflug y por alguien a quien las fuentes solo nombran por el apellido, Siebert. Salió en 1812 como cuento número 53 del primer tomo de los Kinder- und Hausmärchen, impreso en Berlín.

En 1812 la persigue su propia madre, y un criado le hace escupir el trozo de manzana de un golpe en la espalda. Desde 1819 es una madrastra, y la manzana sale cuando tropiezan quienes llevan el ataúd. Nuestro texto sigue la séptima edición (1857), la última de los dos hermanos, en las versiones «Más suave» y «Original».

Blancanieves en los Grimm y en la película de 1937

GrimmDisney (1937)
La reina malvadaen 1812 su madre, desde 1819 su madrastrasu madrastra
Edad de Blancanievesa los siete años ya es más bella que la reinano se dice, dibujada como adolescente
Prueba del cazadorpulmones e hígado, que la reina se comeun corazón en una caja, nadie se lo come
Intentos de la reinatres: cordones, peine y manzanasolo la manzana
Los enanossin nombre, pican mineral en los montescada uno con su nombre
Cómo despiertadesde 1819, al tropezar quienes cargan el ataúdcon un beso
Final de la reinabaila con zapatillas de hierro al rojo vivocae por un precipicio al huir
Mostrar más
Espejito, espejito de cristal,¿quién es la más hermosa, sin igual?
Hermanos Grimm, 1857: Spieglein, Spieglein an der Wand, / wer ist die schönste im ganzen Land?

Cómo lo cuenta nuestro texto

El cazador se compadece de Blancanieves porque es muy hermosa y le lleva a la reina los pulmones y el hígado de un jabalí pequeño. Ella se los come, convencida de que son de la niña. Después la madrastra llega tres veces disfrazada: con una cinta para el corpiño, con un peine envenenado y con la manzana, de la que ella misma come la mitad blanca. No hay beso: los criados del príncipe tropiezan al cargar el ataúd y la sacudida le saca de la garganta el trozo de manzana.

El final es el de los Grimm: en la boda, la madrastra tiene que bailar con unas zapatillas de hierro al rojo vivo hasta caer muerta. Ocupa muy pocas líneas, pero conviene saberlo antes de leer el cuento en voz alta.

Cuentos emparentados y una confusión

En el catálogo internacional de cuentos populares, Blancanieves lleva el número ATU 709. En el Pentamerone de Basile ya aparece una muchacha en un ataúd de cristal. En «Richilde» (1782), de Musäus, la protagonista es la propia madrastra, vanidosa y asesina, y tampoco falta un espejo mágico. Pushkin convirtió el tema en un cuento en verso sobre la hija muerta del zar y siete caballeros.

No hay que confundirlo con «Blancanieves y Rosarroja» (KHM 161), otro cuento de los Grimm en el que una de las dos protagonistas también se llama Blancanieves.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 13 de octubre de 2026.

Dibujos para colorear e imprimir

Dónde más encontrar este cuento