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Dos duendecillos descalzos cosen zapatitos a la luz de una vela en el banco de un zapatero lleno de cuero y herramientas.

Los duendes y el zapatero

Hermanos Grimm

4 min de lecturaa partir de 3 años

Un zapatero pobre corta su último pedazo de cuero y al amanecer los zapatos están cosidos, y así cada noche, hasta que él llega a ser un hombre acomodado. Él y su mujer se esconden, ven a dos duendes cosiendo y les dejan ropita: los duendes se visten, saltan por encima de las sillas y las bancas y se van para siempre.


Había una vez un zapatero que, sin que fuera culpa suya, se fue empobreciendo tanto que al final no le quedó más que un pedazo de cuero: apenas el suficiente para un solo par de zapatos.

Esa noche cortó las piezas sobre la mesa y las dejó listas para trabajarlas en la mañana. Como tenía la conciencia tranquila, se acostó sin angustia, se encomendó a Dios y se quedó dormido enseguida.

Al amanecer rezó, se sentó a trabajar y se quedó pasmado. Sobre la mesa estaban los dos zapatos, terminados.

Los tomó en las manos para verlos de cerca. No había una sola puntada chueca. Parecían hechos por el mejor maestro del oficio.

Un hombre con mandil de cuero sostiene un par de zapatos recién terminados y los mira con los ojos muy abiertos, sentado a una mesa con martillo e hilos.

El zapatero no supo qué decir.

Poco después entró un comprador. Los zapatos le gustaron tanto que pagó por ellos más de lo acostumbrado, y con ese dinero el zapatero pudo comprar cuero para dos pares.

Por la noche cortó las piezas. Pensaba levantarse temprano y ponerse a trabajar con ánimo nuevo, pero no hizo falta: al despertar, los dos pares ya estaban listos sobre la mesa.

Tampoco faltaron compradores. Le pagaron tan bien que esa vez le alcanzó para comprar cuero para cuatro pares.

Y a la mañana siguiente los cuatro pares estaban terminados.

Así siguió todo: lo que él cortaba en la noche, amanecía cosido. Pronto volvió a ganarse la vida con honradez, y con el tiempo llegó a ser un hombre acomodado.

Una noche, poco antes de la Navidad, cuando ya había cortado el cuero del día, el zapatero le dijo a su mujer antes de irse a dormir:

—¿Qué te parece si esta noche nos quedamos despiertos para ver quién nos echa la mano?

A ella le gustó la idea. Encendió una vela, y los dos se escondieron en un rincón del cuarto, detrás de la ropa que colgaba ahí. Desde su escondite se quedaron muy quietos, mirando.

A la medianoche llegaron dos duendes chiquitos y bonitos, vestidos con harapos y descalzos. Se sentaron frente a la mesa del zapatero, tomaron todas las piezas que él había cortado y se pusieron a trabajar.

Con sus deditos picaban, cosían y martillaban tan rápido y con tanta destreza que el zapatero, de puro asombro, no podía quitarles los ojos de encima.

Un hombre y una mujer espían desde detrás de unos abrigos colgados mientras dos duendes descalzos cosen zapatos junto a una vela encendida.

No pararon hasta acabarlo todo. Dejaron los zapatos bien formados sobre la mesa y se fueron de un brinco.

A la mañana siguiente, la mujer dijo:

—Esos hombrecitos nos hicieron ricos, y lo justo es darles las gracias. Andan por ahí en harapos y descalzos; ha de darles frío. ¿Sabes qué? Yo les coso a cada uno una camisita, un chaleco y unos pantaloncitos, y les tejo sus medias. Tú hazles a cada uno su par de zapatitos.

—Me parece muy bien —contestó el zapatero.

Trabajaron todo el día. Por la noche, en lugar del cuero cortado, acomodaron los regalos sobre la mesa y volvieron a esconderse, para ver qué hacían los duendes.

A la medianoche llegaron dando brincos, listos para ponerse a coser. Pero en la mesa no había cuero cortado, sino aquellas ropitas.

Primero se quedaron sorprendidos. Luego les entró una alegría enorme.

A toda prisa se vistieron, se alisaron la ropa nueva y se pusieron a cantar:

¿No estamos guapos, limpios y elegantes?¡Ya no seremos zapateros como antes!

Después brincaron y bailaron, y saltaron por encima de las sillas y las bancas. Al final salieron bailando por la puerta.

Dos duendes con camisa, chaleco, pantalones y zapatos nuevos saltan riendo sobre una silla y una banca hacia la puerta abierta; afuera, luna y estrellas.

Nunca volvieron. Pero al zapatero le fue bien mientras vivió, y todo lo que emprendió le salió a pedir de boca.

Adaptado por Talerie, fuente: Kinder- und Hausmärchen (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público