Saltar al contenido
Talerie
Los duendes y el zapatero

Los duendes y el zapatero

Hermanos Grimm

4 min de lectura5–10 años

Un zapatero pobre descubre que cada noche unos pequeños duendecillos terminan mágicamente los zapatos que él ha cortado, transformando su vida de miseria en prosperidad. Agradecido, él y su esposa les preparan ropa y zapatos como regalo, lo que causa que los traviesos ayudantes canten de alegría y desaparezcan para siempre, dejándole bendiciones de abundancia.


Había una vez un zapatero que, sin culpa alguna, se había vuelto tan pobre que ya no le quedaba más que el cuero para un solo par de zapatos. Una noche cortó ese cuero con cuidado, pensando coserlo a la mañana siguiente. Y como tenía la conciencia tranquila, se acostó sin angustia, se encomendó a Dios y se quedó dormido.

Por la mañana rezó su oración y se sentó a trabajar, pero al llegar a la mesa encontró los dos zapatos ya terminados. Se quedó asombrado y no supo qué decir. Tomó los zapatos para mirarlos de cerca: estaban tan bien hechos, con cada puntada tan perfecta, que parecían obra de un gran maestro. Poco después entró un comprador, y como los zapatos le gustaron tanto, pagó por ellos más de lo acostumbrado. Con ese dinero el zapatero pudo comprar cuero para dos pares más.

Esa noche cortó el cuero, dispuesto a trabajar con ánimo al día siguiente. Pero no hizo falta, porque al levantarse ya estaban listos los zapatos. También llegaron los compradores, y le pagaron tanto que pudo comprar cuero para cuatro pares. A la mañana siguiente esos cuatro pares también estaban terminados. Y así siguió: lo que él cortaba de noche, aparecía cosido por la mañana. Así recuperó pronto su honesto sustento, y con el tiempo se hizo un hombre próspero.

Sucedió entonces una noche, poco antes de Navidad, que el hombre había cortado de nuevo todo el cuero. Antes de irse a dormir, le dijo a su esposa: —¿Qué te parece si nos quedamos despiertos esta noche, para ver quién nos ayuda tan bien? La mujer estuvo de acuerdo y encendió una vela. Se escondieron en un rincón del cuarto, detrás de la ropa que colgaba allí, y se quedaron mirando.

Cuando llegó la medianoche, entraron dos hombrecillos pequeños y desnuditos, muy graciosos. Se sentaron frente a la mesa del zapatero, tomaron todo el trabajo cortado y comenzaron a coser, a puntear y a martillar con sus deditos, tan rápido y tan diestros que el zapatero no podía quitarles los ojos de encima. No pararon hasta terminarlo todo, y en cuanto lo dejaron listo sobre la mesa, salieron dando saltitos.

A la mañana siguiente la mujer dijo: —Esos hombrecillos nos han hecho ricos. Deberíamos mostrarles nuestro agradecimiento. Andan por ahí sin nada de ropa, y deben de tener mucho frío. ¿Sabes qué? Yo les voy a coser camisitas, chaquetas, chalecos y pantaloncitos, y a tejerles un par de medias a cada uno. Tú hazles un par de zapatitos para cada uno. El hombre respondió: —Con mucho gusto.

Esa noche, cuando ya tenían todo listo, pusieron los regalitos sobre la mesa en lugar del cuero cortado, y se escondieron a esperar para ver qué hacían los hombrecillos.

A la medianoche llegaron dando saltos, listos para ponerse a trabajar. Pero al no encontrar cuero cortado, sino aquellas prendas tan bonitas, se quedaron primero sorprendidos, y luego mostraron una alegría enorme. Se vistieron a toda velocidad, se acomodaron la ropa nueva sobre el cuerpo y cantaron:

—¿No somos ya muchachos, finos y elegantes? ¿Para qué ser zapateros, si hay cosas más brillantes?

Después brincaron y bailaron, saltando sobre sillas y bancos. Y por fin, bailando, salieron por la puerta. Desde esa noche no volvieron nunca más. Pero al zapatero le fue bien toda su vida, y todo lo que emprendía le salía próspero.