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La pequeña vendedora de fósforos

La pequeña vendedora de fósforos

Hans Christian Andersen

5 min de lectura8–14 años

Una niña pobre vende fósforos en las heladas calles de la víspera de Año Nuevo, descalza y hambrienta, hasta que se sienta en un rincón y enciende los fósforos uno a uno para calentarse. Con cada cerilla encendida, experimenta visiones mágicas: una estufa reluciente, un ganso asado en una casa cálida y un árbol de Navidad brillante, hasta que su abuela fallecida aparece y la lleva volando hacia la alegría divina.

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Hacía un frío terrible. La nieve caía espesa y ya empezaba a oscurecer, porque era la última tarde del año. Por entre el frío caminaba una niña pequeña y pobre, sin gorro y con los pies desnudos. Es verdad que había salido de casa con unas pantuflas, pero eran las de su madre, tan grandes que casi no podía caminar con ellas. Al cruzar la calle de prisa, porque dos carruajes venían rodando muy rápido, perdió ambas: una no volvió a encontrarla, y la otra se la llevó un niño corriendo. Así que la pequeña siguió su camino descalza, con los pies rojos y morados de frío.

En su viejo delantal llevaba muchos fósforos, y sujetaba un manojo de ellos bien apretado en la mano. Durante todo el largo día nadie le había comprado nada, nadie le había dado siquiera una moneda pequeña. Hambrienta y temblando, iba caminando por las calles, la pobre niña, hecha una viva imagen de la tristeza.

Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, que le formaba lindos rizos alrededor del cuello, pero ella ni siquiera lo notaba. De todas las ventanas salía una luz cálida, y el aire olía deliciosamente a ganso asado, porque era la noche de fin de año. Sí, en eso sí pensaba, y mucho.

En un rincón entre dos casas, donde una sobresalía un poco más que la otra, se sentó y encogió los piececitos contra su cuerpo. Pero no sirvió de nada: solo sintió más frío. No se atrevía a volver a casa, porque no había vendido ni un solo fósforo y no llevaba dinero. Su padre seguramente la reñiría, y además en casa también hacía frío, pues el viento silbaba por el tejado aunque las grietas más grandes estaban tapadas con paja y trapos.

Sus manitas estaban casi entumecidas por el frío. Ay, un fósforo seguramente le daría un poco de calor, pensó, si tan solo se atreviera a sacar uno, encenderlo y calentarse los dedos con la llamita. Sacó uno. ¡Ras! Cómo chisporroteó y ardió. Dio una llama cálida y brillante, como una lucecita, y la niña puso las manos sobre ella. Era una luz maravillosa. Le parecía estar sentada frente a una gran estufa de hierro con relucientes patas de bronce. Qué hermoso ardía el fuego, qué bien calentaba. Ya estiraba los pies para calentarlos también, cuando la llamita se apagó. La estufa desapareció, y en su mano solo quedó el palito quemado.

Encendió un segundo fósforo contra la pared. Brilló, y donde la luz tocaba el muro, este se volvió transparente como un velo. Pudo ver dentro de una habitación cálida: sobre la mesa había un mantel blanco, vajilla reluciente, y en medio de todo humeaba un ganso asado, relleno de manzanas y ciruelas. Y algo aún más maravilloso: el ganso saltó de la fuente y se echó a andar por el suelo, tambaleándose, directo hacia la niña. Entonces el fósforo se apagó, y frente a ella solo quedó la pared gruesa y fría.

Encendió un tercero. Ahora estaba sentada bajo el árbol de Navidad más hermoso que había visto jamás, más espléndido incluso que el que una vez admiró tras la vitrina de una tienda de un comerciante rico. Mil lucecitas ardían entre las ramas verdes, y figuras de colores la miraban desde lo alto. La niña extendió las manos hacia ellas, pero el fósforo se apagó. Sin embargo, las luces del árbol siguieron subiendo, más y más alto, hasta convertirse en estrellas en el cielo. Una de ellas cayó, dejando tras de sí una larga estela luminosa.

«Ahora alguien muere», pensó la niña, porque su abuela, la única persona que la había querido de verdad y que ya había muerto, le había contado una vez que cuando cae una estrella, un alma sube hacia Dios.

Encendió otro fósforo contra la pared, y en su claridad apareció de pronto su abuela, clara y luminosa, dulce y llena de amor.

—¡Abuela! —exclamó la niña—. ¡Ay, llévame contigo! Sé que te irás cuando se apague el fósforo, como se fueron la estufa cálida, el hermoso ganso y el árbol de Navidad.

Y encendió a toda prisa todo el resto del manojo, porque quería tener a su abuela junto a ella sin que se marchara. Los fósforos ardieron con tanta fuerza que se hizo más claro que de día. Nunca antes la abuela había estado tan hermosa ni tan grande. Ella tomó a la niña en brazos, y juntas volaron, rodeadas de luz y de alegría, muy por encima de la tierra, cada vez más alto. Allá arriba ya no había frío, ni hambre, ni miedo: estaban con Dios.

Pero a la mañana siguiente, en el rincón entre las dos casas, seguía sentada la niña, con las mejillas sonrosadas y una sonrisa en los labios. Durante la noche fría se había quedado dormida y ya no despertó. El sol del año nuevo brillaba sobre la pequeña, quieta, sentada allí con los fósforos quemados en la mano.

—Quiso calentarse, la pobre —dijeron las personas que la encontraron.

Pero nadie supo las cosas tan maravillosas que había visto, ni con qué resplandor había entrado, junto a su abuela, en la alegría del año nuevo.