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Una niña descalza se acurruca en una esquina nevada en noche de invierno y enciende un fósforo cuyo resplandor le ilumina la cara.Original

La pequeña cerillera

Hans Christian Andersen

6 min de lecturaa partir de 7 años

En la última noche del año, una niña pobre se acurruca en un rincón y enciende sus fósforos uno tras otro para calentarse las manos. En una de las llamas aparece su abuela, que la toma en brazos, y en la mañana la encuentran en el rincón, ya sin vida, mientras la gente dice que quiso calentarse.


Hacía un frío espantoso. Nevaba y ya casi era de noche, la última noche del año. Con ese frío y esa oscuridad, una niña pobre caminaba por la calle con la cabeza descubierta y los pies descalzos. Cuando salió de su casa llevaba puestas unas pantuflas, es cierto, pero ¿de qué le sirvieron? Eran unas pantuflas enormes, las que su mamá había usado hasta entonces; así de grandes eran. La niña las perdió al cruzar la calle a las carreras, porque en ese momento pasaron dos carruajes a toda velocidad. Una pantufla no apareció por ningún lado; la otra se la arrebató un muchacho y se echó a correr con ella. Así que la niña iba con los pies descalzos, rojos y morados de frío. En el delantal rojo cargaba un montón de fósforos y llevaba un manojo en la mano. Nadie le había comprado nada en todo el día, nadie le había dado ni una moneda.

Temblando de frío y de hambre, seguía arrastrando los pies. ¡Pobre niña, daba lástima verla!

Los copos de nieve le cubrían el cabello largo y rubio, que le caía en rizos preciosos sobre la nuca, pero en eso no iba pensando. De todas las ventanas salía luz y la calle olía riquísimo a ganso asado, porque era la última noche del año. En eso sí pensaba.

En un rincón que formaban dos casas, una de ellas un poco más salida que la otra, se sentó y se hizo bolita. Había encogido los pies, pero aun así tenía cada vez más frío, y no se atrevía a volver a su casa: no había vendido un solo fósforo, no llevaba ni una moneda. Su papá le iba a pegar, de eso estaba segura, y además en la casa también hacía frío, porque arriba no había más que el techo, y el viento silbaba por las rendijas aunque las más grandes estuvieran tapadas con paja y con trapos.

Tenía las manitas casi entumidas. ¡Ay, cómo le haría bien un fósforo, uno solo, si se atreviera a sacarlo del manojo, a rasparlo contra la pared y a calentarse los dedos! Sacó uno. ¡Ras! ¡Cómo chispeó, cómo ardió! Cuando puso las manos encima, sintió una llama tibia y clara, igual que una velita. ¡Era una lucecita maravillosa! A la niña de veras le pareció que estaba sentada frente a una gran estufa de hierro, con patas de latón pulido y una tapa de latón. ¡Cómo ardía el fuego adentro, qué rico calentaba! La niña ya estiraba los pies para calentarlos también, pero la llamita se apagó, la estufa desapareció y en la mano no le quedó más que el cabito quemado del fósforo.

Raspó un segundo fósforo contra la pared. Se encendió, y donde el resplandor daba en la pared, esta se volvía transparente como un velo, y ella podía ver el cuarto por dentro. Sobre la mesa había un mantel blanco extendido, y encima loza fina que brillaba, y un ganso asado que humeaba y olía delicioso, relleno de manzanas y de ciruelas pasas. Y lo más espléndido de todo fue que el ganso saltó del platón y vino bamboleándose por el piso, con el cuchillo y el tenedor clavados en la pechuga, hasta llegar a la pobre niña. Entonces el fósforo se apagó y no quedó más que la pared gruesa, húmeda y fría.

La niña, sentada en la sombra, mira con la boca abierta un ganso asado que estira el pescuezo desde el platón de una mesa puesta, bañada en luz dorada.

Encendió otro fósforo. Y ahí estaba ella, sentada debajo de un árbol de Navidad precioso, más grande todavía y mejor adornado que el que había visto por la puerta de vidrio en casa del comerciante rico. Miles de lucecitas ardían en las ramas verdes, y unas estampas de colores como las de los aparadores la miraban desde arriba. La niña estiró las manos hacia ellas, y el fósforo se apagó. Las luces de Navidad subieron más y más alto; ahora las veía como estrellas en el cielo. Una de ellas cayó y dejó una larga raya de fuego.

Un pino cubierto de velitas encendidas brilla en la noche azul; a la derecha, la niña, sentada en la nieve con su manojo de fósforos, mira caer una estrella.

—Alguien se está muriendo —pensó la niña. Su abuela, la única persona que la había querido y que ya se había muerto, le había contado que cuando cae una estrella es que un alma sube hasta Dios.

Volvió a raspar un fósforo contra el muro. Otra vez se hizo la luz, y en ese resplandor apareció su abuela, clarita y brillante, tan dulce y tan cariñosa.

—¡Abuelita! —gritó la niña—. ¡Ay, llévame contigo! Ya sé que te vas a ir cuando el fósforo se apague; vas a desaparecer como la estufa tibia, como el ganso asado y como el árbol de Navidad tan hermoso.

Y raspó a toda prisa el manojo entero de fósforos, porque quería retener a su abuela. Los fósforos brillaron con una luz tan grande que se hizo más claro que el mediodía. Nunca antes había estado la abuela tan hermosa ni tan alta. Tomó a la niña en brazos y las dos volaron envueltas en luz y alegría, muy por encima de la tierra, altísimo, hasta donde ya no hay frío ni hambre ni miedo: estaban con Dios.

Una anciana sonriente, con pañoleta y chal de flecos, abraza a la niña descalza en la calle nevada mientras un gran resplandor dorado se abre detrás de ellas.

Pero en el rincón, recargada contra la pared, la pobre niña seguía sentada en la fría madrugada, con las mejillas rojas y una sonrisa en la boca. Había muerto de frío la última noche del año viejo. El sol del año nuevo salió sobre el cuerpecito. Ahí seguía la niña, rígida, con sus fósforos, y de uno de los manojos solo quedaban los cabos quemados.

—Quiso calentarse —decía la gente.

Nadie se imaginó las cosas tan hermosas que había visto, ni con cuánto resplandor había entrado con su abuela en la alegría del año nuevo.

Adaptado por Talerie, fuente: Sämmtliche Märchen (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público