OriginalLa pequeña vendedora de fósforos
6 min de lectura8–14 años
En la noche de Año Nuevo, una niña pobre vaga descalza por las calles heladas vendiendo fósforos, sin haber logrado vender ni uno solo durante todo el día. Acurrucada en un rincón entre dos casas, enciende sus fósforos uno tras otro y cada llama le regala visiones maravillosas: una estufa caliente, un ganso asado, un árbol de Navidad resplandeciente, y finalmente a su querida abuela que la envuelve en luz y amor infinito.
Hacía un frío terrible. Nevaba mucho y ya empezaba a oscurecer, porque era la última noche del año. En medio de ese frío y esa oscuridad caminaba por la calle una niña pequeña y pobre, sin gorro y con los pies desnudos. Es cierto que había salido de su casa con unas pantuflas, pero de poco le sirvieron: eran las pantuflas de su madre, tan grandes que le quedaban enormes. Las perdió al cruzar corriendo la calle, cuando dos carruajes pasaron a toda velocidad. Una de las pantuflas no volvió a encontrarla, y la otra se la arrebató un niño que salió corriendo con ella. Así que la pequeña siguió su camino con los pies desnudos, rojos y morados de frío.
En un delantal viejo llevaba un montón de fósforos, y en la mano sostenía un manojo de ellos. Durante todo el largo día nadie le había comprado nada, nadie le había regalado siquiera una moneda.
Temblando de frío y de hambre, iba arrastrándose por las calles, pobrecita, era la viva imagen de la desdicha.
Los copos de nieve caían sobre su cabello largo y rubio, que le caía en lindos rizos sobre el cuello, pero ella ni siquiera pensaba en eso. De todas las ventanas salía una luz cálida, y el aire olía deliciosamente a ganso asado, porque era la víspera de Año Nuevo. Sí, en eso sí pensaba, y muy bien que lo pensaba.
En un rincón entre dos casas, donde una sobresalía un poco más que la otra, se sentó y se acurrucó, encogiendo sus piecitos todo lo que pudo. Pero no le sirvió de nada: el frío la calaba cada vez más. No se atrevía a volver a casa, porque no había vendido un solo fósforo y no llevaba ni un centavo. Su padre seguramente le pegaría, y además en su casa también hacía frío, pues el viento silbaba por el techo aunque las rendijas más grandes estaban tapadas con paja y trapos.
Sus manitas estaban casi entumecidas de frío. Ay, un fósforo tal vez podría darle un poco de calor, pensó, si se atrevía a sacar uno solo del manojo, encenderlo contra la pared y calentarse los dedos con él. Sacó uno. ¡Rich! Cómo chisporroteó, cómo ardió. Dio una llama cálida y brillante, como una lucecita, y la niña puso las manos sobre ella. Era una luz maravillosa. Le pareció estar sentada frente a una gran estufa de hierro con patas relucientes de bronce y un remate también de bronce. Qué hermoso ardía el fuego dentro, qué bien calentaba. La pequeña ya estiraba los pies para calentarlos también, pero entonces la llamita se apagó, la estufa desapareció, y ella se quedó solo con el pedacito de palo quemado en la mano.
Encendió un segundo fósforo contra la pared. Brilló, y donde su luz tocaba el muro, este se volvió transparente como un velo: podía ver hacia el interior de un cuarto. Sobre la mesa había un mantel blanco, y encima, una vajilla de porcelana reluciente, y en medio humeaba el ganso asado, relleno de manzanas y ciruelas pasas. Y lo más maravilloso de todo: el ganso saltó de la fuente y se echó a andar, con paso de pato, por el piso, con el cuchillo y el tenedor en la espalda, directo hacia la niña pobre. Entonces el fósforo se apagó, y frente a ella solo quedó la pared gruesa, fría y húmeda.
Encendió otro. Y entonces se encontró sentada bajo el árbol de Navidad más hermoso que había visto jamás, más grande y más adornado que el que una vez había admirado a través de la vidriera del comerciante rico. Miles de lucecitas ardían en las ramas verdes, y figuras de colores, como las que se veían en los aparadores, la miraban desde lo alto. La pequeña estiró las manos hacia ellas, y entonces el fósforo se apagó. Las luces del árbol siguieron subiendo, más y más arriba, hasta que se convirtieron en estrellas en el cielo. Una de ellas cayó, dejando tras de sí una larga estela de fuego.
«Ahora alguien va a morir», pensó la niña, porque su abuela, la única persona que la había querido de verdad y que ya había muerto, le había contado una vez que cuando cae una estrella, un alma sube hacia Dios.
Encendió otro fósforo contra la pared, y en su resplandor apareció su abuela, clara y radiante, tan dulce y llena de amor.
—¡Abuela! —exclamó la pequeña—. ¡Ay, llévame contigo! Sé que te vas a ir en cuanto se apague el fósforo, así como desaparecieron la estufa caliente, el hermoso ganso asado y el gran árbol de Navidad.
Y encendió a toda prisa el resto del manojo entero, porque quería retener a su abuela con todas sus fuerzas. Y los fósforos brillaron con tal resplandor que se hizo más claro que el día. Nunca antes había sido su abuela tan hermosa, tan grande. Tomó a la niña en brazos, y las dos, envueltas en luz y alegría, volaron muy alto, muy alto sobre la tierra, cada vez más arriba. Y allá arriba ya no había frío, ni hambre, ni miedo: estaban con Dios.
Pero al amanecer, en el rincón entre las dos casas, seguía sentada la niña, con las mejillas sonrosadas y una sonrisa en los labios. Durante la noche fría se había quedado dormida y ya no despertó. El sol del Año Nuevo brilló sobre la pequeña, quieta ahí sentada, con los fósforos quemados todavía en la mano, un manojo entero consumido. «Quiso calentarse», dijeron las personas que la encontraron. Nadie supo jamás las cosas maravillosas que había visto, ni con qué esplendor había entrado, junto a su abuela, en la alegría del año nuevo.