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La Bella y la BestiaOriginal

La Bella y la Bestia

Jeanne-Marie Leprince de Beaumont

27 min de lectura8–15 años

Una bella joven de corazón generoso acompaña a su padre a una vida humilde en el campo después de que pierde su fortuna, demostrando virtud y paciencia mientras sus hermanas se quejan de su desgracia. Cuando su padre corre peligro en un castillo encantado por haber cortado una rosa para ella, Bella se ofrece voluntariamente a ocupar su lugar con la Bestia que habita en ese misterioso lugar.

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Había una vez un comerciante muy rico que tenía seis hijos: tres varones y tres mujeres. Como aquel comerciante era hombre de buen juicio, no escatimó nada para la educación de sus hijos y les puso toda clase de maestros. Sus hijas eran muy hermosas, pero la menor se hacía admirar sobre todas. Cuando era pequeña, todos la llamaban simplemente «la niña bella», y ese nombre se le quedó, lo cual daba mucha envidia a sus hermanas. Esta menor, más hermosa que sus hermanas, era también mejor que ellas. Las dos mayores tenían mucho orgullo por ser ricas; se daban aires de grandes señoras y se negaban a recibir a otras hijas de comerciantes: necesitaban gente de calidad para su compañía. Iban todos los días al baile, al teatro, al paseo, y se burlaban de su hermana menor, que pasaba la mayor parte del tiempo leyendo buenos libros. Como se sabía que aquellas muchachas eran muy ricas, varios comerciantes importantes las pidieron en matrimonio, pero las dos mayores respondieron que jamás se casarían a menos de encontrar un duque, o cuando menos un conde. Bella, que así se llamaba la más joven, agradecía con mucha cortesía a quienes querían desposarla, pero les decía que era demasiado joven y que deseaba hacerle compañía a su padre unos años más.

Un día el comerciante perdió toda su fortuna de golpe, y no le quedó más que una casita en el campo, muy lejos de la ciudad. Anunció a sus hijos, llorando, que sería necesario irse a vivir allá y trabajar como campesinos para poder subsistir. Sus dos hijas mayores respondieron que no querían dejar la ciudad, y que tenían varios pretendientes demasiado felices de casarse con ellas aun sin fortuna. Las pobres muchachas se equivocaban: sus pretendientes no quisieron volver a mirarlas en cuanto se enteraron de que eran pobres. Como nadie las quería, a causa de su orgullo, la gente decía: «No merecen que las compadezcan; nos da mucho gusto ver su orgullo por el suelo. Que vayan a hacerse las damas cuidando ovejas.» Pero siempre agregaban: «Con Bella es distinto; nos entristece mucho su desgracia. Es una muchacha tan buena, hablaba con la gente pobre con tanta amabilidad, era tan dulce, tan honesta.» Varios caballeros incluso quisieron casarse con ella, aunque ya no tuviera ni un centavo; pero ella les decía que no podía resolverse a abandonar a su padre en su desgracia, y que lo seguiría al campo para consolarlo y ayudarlo a trabajar. La pobre Bella se había afligido mucho al principio por perder su fortuna, pero se dijo: «Aunque llore muchísimo, mis lágrimas no me devolverán mis bienes; hay que tratar de ser feliz sin fortuna.»

Cuando llegaron a su casa de campo, el comerciante y sus tres hijos se pusieron a labrar la tierra. Bella se levantaba a las cuatro de la mañana, se apresuraba a limpiar la casa y a preparar la comida para toda la familia. Al principio le costaba mucho, pues no tenía costumbre de trabajar como sirvienta, pero al cabo de dos meses se hizo más fuerte, y el cansancio le dio una salud perfecta. Cuando terminaba sus labores, leía, tocaba el clavecín o cantaba mientras hilaba. Sus dos hermanas, en cambio, se morían de aburrimiento: se levantaban a las diez de la mañana, se paseaban todo el día y pasaban el tiempo lamentando sus vestidos hermosos y sus antiguas amistades. «Miren a nuestra hermana menor», se decían entre ellas, «tiene el alma vulgar, es tan tonta que se contenta con su miserable situación.» El buen comerciante no pensaba como sus hijas. Sabía que Bella estaba mucho mejor hecha que sus hermanas para brillar en sociedad. Admiraba la virtud de aquella joven, y sobre todo su paciencia, pues sus hermanas, no contentas con dejarla hacer todo el trabajo de la casa, la insultaban a cada momento.

Llevaba un año la familia viviendo así, en aquella soledad, cuando el comerciante recibió una carta anunciándole que un barco cargado de sus mercancías había llegado a buen puerto. Esta noticia casi les hizo perder la cabeza a sus dos hijas mayores, que pensaron que por fin podrían dejar ese campo donde tanto se aburrían; y cuando vieron a su padre listo para partir, le rogaron que les trajera vestidos, pieles, tocados y toda clase de cosillas. Bella no le pidió nada, pues pensaba que todo el dinero de las mercancías no bastaría para comprar lo que sus hermanas deseaban.

—¿Tú no me pides nada? —le dijo su padre.

—Ya que tiene usted la bondad de pensar en mí —respondió ella—, le ruego que me traiga una rosa, porque aquí no crecen.

No era que Bella tuviera tanto apego a una rosa, sino que no quería, con su ejemplo, poner en evidencia la conducta de sus hermanas, quienes habrían dicho que ella no pedía nada solo para distinguirse.

El buen hombre partió; pero al llegar, le entablaron un juicio por sus mercancías, y después de muchos pesares volvió tan pobre como antes. No le quedaban más que treinta millas para llegar a casa, y ya se alegraba pensando en volver a ver a sus hijos; pero había que atravesar un gran bosque antes de llegar, y se perdió en él. Nevaba terriblemente; el viento era tan fuerte que lo tiró dos veces del caballo, y cuando cayó la noche, creyó que moriría de hambre, de frío, o que sería devorado por los lobos que oía aullar a su alrededor. De pronto, al fondo de una larga alameda, vio una gran luz que, sin embargo, parecía muy lejana. Caminó hacia ella y vio que aquella luz venía de un gran palacio iluminado por completo. El comerciante dio gracias al cielo por aquel socorro y se apresuró hacia el castillo, pero se sorprendió mucho de no encontrar a nadie en los patios. Su caballo, que lo seguía, al ver una gran caballeriza abierta, entró en ella, y al encontrar heno y avena, la pobre bestia, muerta de hambre, se echó sobre todo aquello con avidez. El comerciante lo dejó atado ahí y se dirigió hacia la casa, donde tampoco encontró a nadie; pero al entrar en un gran salón, descubrió un buen fuego y una mesa cargada de manjares, dispuesta para un solo comensal. Calado hasta los huesos por la lluvia y la nieve, se acercó al fuego para secarse, diciéndose: «El dueño de la casa, o sus criados, me perdonarán la libertad que me he tomado; sin duda no tardarán en llegar.» Esperó largo rato, pero sonaron las once sin que viera a nadie, y no pudo resistir el hambre: tomó un pollo que se comió en dos bocados, temblando. Bebió también unos tragos de vino y, envalentonado, salió del salón para atravesar varias habitaciones grandes y magníficamente amuebladas. Terminó por encontrar una alcoba con una buena cama; como ya había pasado la medianoche y estaba agotado, cerró la puerta y se acostó.

Eran las diez de la mañana cuando despertó al día siguiente, y se sorprendió mucho al encontrar un traje limpio en lugar del suyo, que estaba todo estropeado. «Sin duda», se dijo, «este palacio pertenece a alguna buena hada que se ha compadecido de mi situación.» Miró por la ventana: ya no había nieve, sino enramadas de flores que encantaban la vista. Volvió al gran salón donde había cenado la noche anterior y encontró ahí una mesita servida con chocolate. «Le agradezco, señora hada», dijo en voz alta, «que haya tenido la bondad de pensar en mi desayuno.» Después de tomar su chocolate, el buen hombre salió a buscar su caballo, y al pasar bajo una enramada de rosas, se acordó de que Bella le había pedido una, y cortó una rama en la que había varias. En ese mismo instante oyó un gran ruido y vio venir hacia él a una Bestia tan horrible que casi se desmaya.

—Es usted muy ingrato —le dijo la Bestia con voz terrible—. Le salvé la vida al acogerlo en mi castillo, y en agradecimiento me roba usted mis rosas, que amo más que a nada en el mundo. Debe morir para reparar esta falta; solo le doy un cuarto de hora para pedir perdón a Dios.

—Señor, perdóneme —dijo el comerciante, cayendo de rodillas y juntando las manos—. No pensé ofenderlo al cortar una rosa para una de mis hijas, que me había pedido una.

—No me llamo señor —respondió el monstruo—, sino la Bestia. No me gustan los cumplidos, quiero que se diga lo que se piensa; no crea que va a conmoverme con sus halagos. Pero me ha dicho que tiene hijas: estoy dispuesto a perdonarlo, con la condición de que una de ellas venga por su propia voluntad a morir en su lugar. No discuta; parta, y si sus hijas se niegan a morir por usted, júreme que volverá dentro de tres meses.

El buen hombre no tenía intención de sacrificar a ninguna de sus hijas a aquel horrible monstruo, pero pensó: «Al menos tendré el gusto de abrazarlas una última vez.» Juró entonces que volvería, y la Bestia le dijo que podía partir cuando quisiera.

—Pero —añadió—, no quiero que te vayas con las manos vacías. Vuelve a la alcoba donde has dormido: ahí encontrarás un cofre grande y vacío; pon en él lo que te plazca, yo haré que lo lleven a tu casa.

Y la Bestia se retiró de inmediato. El buen hombre se dijo: «Si he de morir, al menos tendré el consuelo de dejarles pan a mis pobres hijos.»

Volvió a la alcoba, encontró en ella gran cantidad de monedas de oro, llenó con ellas el cofre del que la Bestia le había hablado, lo cerró, recuperó su caballo en la caballeriza y salió del palacio tan triste como había estado alegre al entrar. El caballo tomó por su cuenta un camino del bosque, y en pocas horas el buen hombre llegó a su casa. Sus hijos lo rodearon; pero en lugar de alegrarse con sus caricias, se puso a llorar mirándolos. Llevaba en la mano la rama de rosas que traía para Bella: se la entregó diciendo:

—Bella, toma estas rosas; le costarán muy caro a tu desdichado padre.

Y de inmediato contó a toda su familia la terrible aventura que le había ocurrido.

Ante este relato, sus dos hijas mayores lanzaron grandes gritos e insultaron a Bella, que no llegó a llorar.

—Miren lo que produce el orgullo de esta pequeña criatura —decían—. ¿Por qué no pedía adornos como nosotras? Pero no, la señorita quería distinguirse; va a causar la muerte de nuestro padre, y ni siquiera llora.

—Eso sería completamente inútil —respondió Bella—. ¿Por qué habría de llorar la muerte de mi padre? Él no va a morir. Puesto que el monstruo acepta a una de sus hijas, quiero entregarme yo misma a su furia, y me siento muy feliz, pues al morir tendré la dicha de salvar a mi padre y probarle mi amor.

—No, hermana —dijeron sus tres hermanos—, tú no morirás; iremos a buscar a ese monstruo y pereceremos bajo sus golpes si no logramos matarlo.

—No cuenten con eso, hijos míos —les dijo el comerciante—; el poder de esa Bestia es tan grande que no me queda ninguna esperanza de matarla. Me conmueve el buen corazón de Bella, pero no quiero exponerla a la muerte. Soy viejo, me queda poco tiempo de vida; así que solo perderé unos años, que lamento únicamente por ustedes, hijos míos.

—Le aseguro, padre —dijo Bella—, que usted no irá a ese palacio sin mí; no puede impedir que lo siga. Aunque soy joven, no estoy tan apegada a la vida, y prefiero ser devorada por ese monstruo antes que morir del dolor de perderlo a usted.

Por más que discutieron, Bella se empeñó en partir hacia el hermoso palacio, y sus hermanas se alegraron de ello, pues las virtudes de su hermana menor les daban mucha envidia. El comerciante estaba tan abrumado por el dolor de perder a su hija que ya no pensaba en el cofre lleno de oro; pero apenas se encerró en su alcoba para dormir, se sorprendió mucho de encontrarlo al pie de su cama. Decidió no decirles nada a sus hijos sobre su nueva riqueza, pues sus hijas habrían querido volver a la ciudad, mientras que él estaba decidido a morir en el campo; pero le confió el secreto a Bella, quien le contó que algunos caballeros habían venido durante su ausencia, y que dos de ellos amaban a sus hermanas. Le rogó a su padre que las casara, pues era tan buena que las quería y les perdonaba de todo corazón el mal que le habían hecho.

Aquellas dos malvadas muchachas se frotaron los ojos con una cebolla para llorar cuando Bella partió con su padre; pero sus hermanos llo­raban de verdad, igual que el comerciante: solo Bella no llo­raba, pues no quería aumentar su pena. El caballo tomó el camino del palacio, y hacia el anochecer lo vieron iluminado como la primera vez. El caballo fue solo hasta la caballeriza, y el buen hombre entró con su hija en el gran salón, donde encontraron una mesa magníficamente servida, dispuesta para dos. El comerciante no tenía ánimo para comer; pero Bella, esforzándose por parecer tranquila, se sentó y lo sirvió, diciéndose para sí: «La Bestia quiere engordarme antes de comerme, ya que me trata tan bien.»

Cuando terminaron de cenar, oyeron un gran ruido, y el comerciante se despidió de su pobre hija llorando, pues pensó que era la Bestia. Bella no pudo evitar temblar al ver aquella figura espantosa, pero se sobrepuso lo mejor que pudo, y cuando el monstruo le preguntó si había venido por su propia voluntad, ella le respondió, temblando, que sí.

—Es usted muy buena —dijo la Bestia—, y se lo agradezco mucho. Buen hombre, parta mañana por la mañana, y cuídese de no volver jamás por aquí. Adiós, Bella.

—Adiós, Bestia —respondió ella.

Y de inmediato el monstruo se retiró.

—Ah, hija mía —dijo el comerciante abrazando a Bella—, estoy muerto de miedo. Créeme, déjame quedarme aquí.

—No, padre —dijo Bella con firmeza—, usted partirá mañana por la mañana y me dejará al cuidado del cielo; tal vez tenga compasión de mí.

Se fueron a dormir convencidos de que no podrían pegar el ojo toda la noche; pero apenas estuvieron en sus camas, se les cerraron los ojos. Mientras dormía, Bella vio a una dama que le dijo: «Estoy contenta de tu buen corazón, Bella; la buena acción que haces, al dar tu vida para salvar la de tu padre, no quedará sin recompensa.» Al despertar, Bella le contó ese sueño a su padre; eso lo consoló un poco, pero no le impidió lanzar grandes gritos cuando llegó el momento de separarse de su hija querida.

Cuando él se fue, Bella se sentó en el gran salón y también se puso a llorar; pero como tenía mucho valor, se encomendó a Dios y decidió no afligirse por el poco tiempo que le quedaba de vida, pues creía firmemente que la Bestia la devoraría esa misma noche. Decidió pasear mientras tanto, y visitar aquel hermoso castillo. No podía dejar de admirar su belleza. Pero se sorprendió mucho al encontrar una puerta en la que estaba escrito: «Aposento de Bella». La abrió con impaciencia, y quedó deslumbrada por la magnificencia que reinaba ahí; pero lo que más la impresionó fue una gran biblioteca, un clavecín y varios libros de música. «No quieren que me aburra», se dijo en voz baja. Luego pensó: «Si solo debiera quedarme un día aquí, no me habrían preparado semejante provisión.» Este pensamiento le devolvió el valor.

Abrió la biblioteca y vio un libro en el que estaba escrito con letras de oro: «Desea, ordena; aquí eres la reina y la dueña.» «Ay», dijo suspirando, «no deseo nada más que volver a ver a mi pobre padre, y saber qué está haciendo ahora.» Había dicho esto para sí misma. Cuál no fue su sorpresa al mirar un gran espejo y ver en él su propia casa, adonde llegaba su padre con el rostro marcado por una tristeza extrema. Sus hermanas salían a su encuentro, y a pesar de las muecas que hacían para parecer afligidas, la alegría que les causaba la pérdida de su hermana se les leía en la cara. Un instante después todo desapareció, y Bella no pudo dejar de pensar que la Bestia era muy complaciente, y que no tenía nada que temer de ella.

Al mediodía encontró la mesa servida, y durante la comida escuchó un excelente concierto sin ver a nadie. Por la noche, cuando iba a sentarse a la mesa, oyó el ruido que hacía la Bestia y no pudo evitar temblar.

—Bella —le dijo el monstruo—, ¿me permites verte cenar?

—Tú eres el amo —respondió Bella, temblando.

—No —respondió la Bestia—, aquí no hay más dueña que tú. Solo tienes que decirme que me vaya si te molesto, y me iré al instante. Dime, ¿no me encuentras muy feo?

—Es verdad —dijo Bella—, pues no sé mentir; pero creo que eres muy bueno.

—Tienes razón —dijo el monstruo—; pero además de feo, no tengo ingenio: bien sé que no soy más que una bestia.

—No es tonto —replicó Bella— quien cree que no tiene ingenio; un necio nunca lo ha sabido.

—Come, pues, Bella —dijo la Bestia—, y procura no aburrirte en tu casa, porque todo esto es tuyo; me apenaría que no estuvieras contenta.

—Eres muy bueno —dijo Bella—. Confieso que me conmueve tu corazón; cuando lo pienso, ya no me pareces tan feo.

—Ay, a fe mía, sí —respondió la Bestia—; tengo buen corazón, pero soy un monstruo.

—Hay muchos hombres que son más monstruos que tú —dijo Bella—; y te prefiero con tu figura a quienes, bajo apariencia humana, esconden un corazón falso, corrupto e ingrato.

—Si tuviera ingenio —repuso la Bestia—, te haría un bonito cumplido para agradecerte; pero soy solo un torpe, y todo lo que puedo decirte es que te estoy muy agradecido.

Bella cenó con buen apetito. Ya casi no tenía miedo del monstruo; pero casi murió de espanto cuando él le dijo:

—Bella, ¿quieres ser mi esposa?

Ella se quedó un momento sin responder: temía provocar su ira si se negaba. Al final le dijo, temblando:

—No, Bestia.

Al oír esto, el pobre monstruo quiso suspirar, y de su pecho salió un silbido tan espantoso que todo el palacio tembló; pero Bella se tranquilizó pronto, porque la Bestia, diciéndole con tristeza: «Adiós, entonces, Bella», salió de la habitación volviéndose de vez en cuando para mirarla otra vez. Al quedarse sola, Bella sintió una gran compasión por aquel pobre monstruo. «Ay», se decía, «qué lástima que sea tan feo, siendo tan bueno.»

Bella pasó tres meses en aquel palacio con bastante tranquilidad. Cada noche la Bestia la visitaba y conversaba con ella durante la cena, con bastante sentido común, aunque nunca con lo que en el mundo se llama ingenio. Cada día Bella descubría nuevas bondades en aquel monstruo. La costumbre de verlo la había acostumbrado a su fealdad; y lejos de temer el momento de su visita, miraba a menudo el reloj para ver si pronto darían las nueve, pues la Bestia nunca dejaba de venir a esa hora. Solo una cosa le causaba pena: el monstruo, antes de retirarse, siempre le preguntaba si quería ser su esposa, y parecía abrumado de dolor cuando ella le decía que no.

Un día ella le dijo:

—Me haces sufrir, Bestia; quisiera poder casarme contigo, pero soy demasiado sincera para dejarte creer que eso llegará a suceder jamás. Seré siempre tu amiga; trata de contentarte con eso.

—No tengo más remedio —repuso la Bestia—; me hago justicia, sé que soy horrible; pero te amo mucho. Ya soy demasiado feliz con que quieras quedarte aquí; prométeme que nunca me abandonarás.

Bella se sonrojó ante estas palabras. Había visto en su espejo que su padre estaba enfermo de pena por haberla perdido, y tenía muchísimas ganas de volver a verlo.

—Podría prometerte —le dijo a la Bestia— no abandonarte del todo jamás; pero tengo tal deseo de volver a ver a mi padre que moriré de pena si me niegas este gusto.

—Prefiero morir yo mismo —dijo el monstruo— antes que causarte pena. Te enviaré a casa de tu padre; te quedarás ahí, y tu pobre Bestia morirá de dolor.

—No —dijo Bella llorando—, te quiero demasiado para causar tu muerte. Te prometo volver dentro de ocho días. Me has mostrado que mis hermanas están casadas y que mis hermanos se fueron al ejército. Mi padre está solo; déjame quedarme con él una semana.

—Estarás ahí mañana por la mañana —dijo la Bestia—; pero recuerda tu promesa. Bastará con que pongas tu anillo sobre una mesa al acostarte, la noche que quieras volver. Adiós, Bella.

La Bestia suspiró como de costumbre al pronunciar estas palabras, y Bella se acostó triste de verla tan afligida. Cuando despertó a la mañana siguiente, se encontró en casa de su padre; y habiendo hecho sonar una campanilla junto a su cama, vio venir a la sirvienta, que lanzó un gran grito al verla. El buen hombre acudió a ese grito, y casi murió de alegría al reencontrar a su hija querida; se quedaron abrazados más de un cuarto de hora. Después de los primeros arrebatos, Bella pensó que no tenía nada que ponerse; pero la sirvienta le dijo que acababa de encontrar en la habitación vecina un gran cofre lleno de vestidos, todos bordados de oro y adornados con diamantes. Bella agradeció a la buena Bestia sus atenciones; escogió el vestido menos rico y le pidió a la sirvienta que guardara los demás, que quería regalar a sus hermanas; pero apenas dijo estas palabras, el cofre desapareció. Su padre le explicó que la Bestia quería que se quedara con todo aquello para ella sola, y al instante los vestidos y el cofre reaparecieron en el mismo lugar.

Bella se vistió, y mientras tanto avisaron a sus hermanas, que llegaron corriendo con sus esposos; ambas eran muy desdichadas. La mayor se había casado con un caballero hermoso como el día, pero tan enamorado de su propia figura que no se ocupaba de otra cosa de la mañana a la noche, y despreciaba la belleza de su esposa. La segunda se había casado con un hombre muy ingenioso, pero que solo usaba su ingenio para hacer enojar a todo el mundo, y a su esposa primero que a nadie. Las hermanas de Bella casi murieron de rabia al verla vestida como una princesa, más hermosa que el día. Por mucho que ella las llenara de cariño, nada pudo ahogar su envidia, que aumentó todavía más cuando les contó lo feliz que era.

Las dos envidiosas bajaron al jardín a llorar a sus anchas, y se dijeron:

—¿Por qué habría de ser esta pequeña criatura más feliz que nosotras? ¿No somos más agradables que ella?

—Hermana —dijo la mayor—, se me ocurre una idea: tratemos de retenerla aquí más de ocho días; su tonta bestia se pondrá furiosa por su falta de palabra, y tal vez la devore.

—Tienes razón —respondió la otra—. Para eso hay que hacerle mil demostraciones de cariño.

Habiendo tomado esta decisión, subieron y se mostraron tan afectuosas con su hermana que Bella llo­ró de alegría. Cuando pasaron los ocho días, las dos hermanas se arrancaron los cabellos y fingieron tan bien su aflicción por la partida de Bella, que ella prometió quedarse otros ocho días.

Sin embargo, Bella se reprochaba la pena que causaba a su pobre Bestia, a quien amaba de todo corazón, y sentía nostalgia de no verla. La décima noche que pasó en casa de su padre, soñó que estaba en el jardín del palacio y que veía a la Bestia tendida en la hierba, a punto de morir, reprochándole su ingratitud. Bella se despertó sobresaltada, llorando. «¿No soy muy malvada», se decía, «al hacer sufrir a una Bestia que ha tenido tanta bondad conmigo? ¿Es culpa suya ser feo y tener poco ingenio? Es bueno, y eso vale más que todo lo demás. ¿Por qué no quise casarme con él? Sería más feliz con él que mis hermanas con sus esposos. No es la belleza ni el ingenio de un marido lo que hace feliz a una mujer, sino la bondad de carácter, la virtud, la atención; y la Bestia tiene todas esas cualidades. No siento amor por él, pero siento estima, cariño, gratitud. Vamos, no debo hacerlo infeliz: me lo reprocharía toda mi vida.»

Al decir esto, Bella se levantó, puso su anillo sobre la mesa y volvió a acostarse. Apenas estuvo en la cama, se quedó dormida; y cuando despertó por la mañana, vio con alegría que estaba de vuelta en el palacio de la Bestia. Se vistió con gran esmero para complacerlo, y esperó todo el día, muriendo de impaciencia, la hora de las nueve de la noche; pero el reloj dio las nueve y la Bestia no apareció. Bella temió entonces haber causado su muerte. Corrió por todo el palacio dando grandes gritos, desesperada. Después de buscar por todas partes, se acordó de su sueño y corrió al jardín, hacia el canal donde la había visto dormida. Encontró a la pobre Bestia tendida, sin sentido, y creyó que estaba muerta. Se echó sobre su cuerpo, sin sentir horror por su figura, y al notar que su corazón todavía latía, tomó agua del canal y se la echó en la cabeza.

La Bestia abrió los ojos y le dijo a Bella:

—Has olvidado tu promesa; el dolor de haberte perdido me llevó a dejarme morir de hambre; pero muero contento, pues tengo el gusto de verte una última vez.

—No, mi querida Bestia, no morirás —le dijo Bella—; vivirás para convertirte en mi esposo; desde este instante te doy mi mano, y juro que seré solo tuya. Ay, creía que solo sentía amistad por ti, pero el dolor que siento me muestra que no podría vivir sin verte.

Apenas Bella pronunció estas palabras, vio el castillo resplandecer con luces; fuegos artificiales, música, todo anunciaba una fiesta; pero todo aquel esplendor no retuvo su mirada: se volvió hacia su querida Bestia, cuyo peligro la hacía temblar. ¡Cuál no fue su sorpresa! La Bestia había desaparecido, y a sus pies no había más que un príncipe más hermoso que el Amor mismo, que le agradecía haber puesto fin a su hechizo. Aunque aquel príncipe merecía toda su atención, ella no pudo dejar de preguntarle dónde estaba la Bestia.

—La tienes a tus pies —le dijo el príncipe—. Una hada malvada me había condenado a permanecer bajo esa forma hasta que una joven hermosa aceptara casarse conmigo, y me había prohibido mostrar mi ingenio. Así que tú eras la única en el mundo lo suficientemente buena para dejarte conmover por la bondad de mi carácter; y al ofrecerte mi corona, todavía no puedo pagarte todo lo que te debo.

Bella, gratamente sorprendida, tendió la mano al hermoso príncipe para ayudarlo a levantarse. Fueron juntos hacia el castillo, y Bella casi murió de alegría al encontrar, en el gran salón, a su padre y a toda su familia, a quienes la hermosa dama aparecida en el sueño había hecho llevar hasta el castillo.

—Bella —le dijo aquella dama, que era una gran hada—, ven a recibir la recompensa de tu buena elección: has preferido la virtud a la belleza y al ingenio, y mereces encontrar todas esas cualidades reunidas en una misma persona. Vas a convertirte en una gran reina; espero que el trono no destruya tus virtudes.

Luego, volviéndose hacia las dos hermanas de Bella:

—En cuanto a ustedes, señoritas, conozco su corazón y toda la maldad que encierra. Conviértanse en dos estatuas; pero conserven toda su conciencia bajo la piedra que las envolverá. Vivirán a la puerta del palacio de su hermana, y no les impongo otro castigo que ser testigos de su felicidad. No podrán recuperar su forma anterior hasta el momento en que reconozcan sus faltas; pero mucho me temo que permanecerán como estatuas para siempre. Uno se corrige del orgullo, de la ira, de la gula y de la pereza; pero es una especie de milagro la conversión de un corazón malvado y envidioso.

En ese instante, el hada dio un golpe de varita que trasladó a todos los que estaban en aquel salón hasta el reino del príncipe. Sus súbditos lo recibieron con alegría, y él se casó con Bella, quien vivió con él muchos años en una felicidad perfecta, porque estaba fundada en la virtud.