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Una niña no más grande que un pulgar está sentada en un tulipán abierto y mira una golondrina cruzar el cielo del amanecer.

Pulgarcita

Hans Christian Andersen

14 min de lecturaa partir de 5 años

Una niña chiquita nace dentro de un tulipán y una señora sapo se la roba de noche para dársela a su hijo. En el otoño, la golondrina que ella salvó en invierno se la lleva a los países cálidos, y ahí un rey le pone su corona de oro entre las flores blancas que crecieron en los pedazos de una columna de mármol caída.


Había una vez una mujer que quería con toda el alma una niña muy pequeñita, pero no sabía de dónde sacarla. Fue a ver a una vieja hechicera y le dijo:

—Quisiera tanto tener una niña chiquita. ¿No sabes dónde puedo conseguir una?

—Eso tiene remedio —contestó la hechicera—. Toma este grano de cebada. No es de los que crecen en los campos ni de los que comen las gallinas. Siémbralo en una maceta y verás.

La mujer le pagó doce monedas, que era lo que costaba. Sembró el grano y enseguida brotó una flor hermosa, parecida a un tulipán, con los pétalos cerrados, como si fuera un capullo.

—¡Qué flor tan bonita! —dijo la mujer, y le dio un beso en los pétalos rojos y amarillos.

Apenas la besó, la flor se abrió con un chasquido. Era un tulipán de verdad, y en medio, sobre el pistilo verde y aterciopelado, estaba sentada una niña preciosa. No medía ni la mitad de un pulgar, y por eso la llamaron Pulgarcita.

Le dieron por cuna una cáscara de nuez, por colchón hojas de violeta y por cobija un pétalo de rosa. De día navegaba en un plato de agua, sentada en un pétalo de tulipán, y cantaba con una voz dulcísima.

Una noche entró por la ventana rota una señora sapo grande y húmeda. De un salto llegó a la mesa, donde Pulgarcita dormía bajo su pétalo de rosa.

Una señora sapo enorme trepa a la mesa bajo una ventana rota; junto a ella, en media cáscara de nuez, una niña diminuta duerme bajo un pétalo de rosa.

—Sería una esposa preciosa para mi hijo —dijo.

Tomó la cáscara de nuez con la niña adentro y salió al jardín, hasta un arroyo ancho de orillas llenas de lodo donde vivía con su hijo, tan feo y pegajoso como ella.

—¡Croac, croac, brekekekex! —fue todo lo que supo decir el hijo cuando vio a la pequeña.

—No hables tan fuerte, que la despiertas —dijo su madre—. Podría escaparse, porque pesa menos que una pluma de cisne. La pondremos sobre una hoja de nenúfar: para alguien tan chiquito, eso es una isla. Mientras tanto arreglamos su cuarto.

Nadó hasta la hoja más alejada y dejó encima la cáscara de nuez. Pulgarcita despertó temprano y se puso a llorar, porque alrededor no había más que agua.

Sola en medio de una hoja de nenúfar redonda, una niña diminuta aprieta las manos contra el pecho; alrededor no hay más que agua gris y clara.

La señora sapo adornó su casa con juncos y flores amarillas para su nuera. Después nadó con su hijo hasta la hoja y se inclinó delante de la niña.

—Aquí tienes a mi hijo. Va a ser tu marido, y van a vivir de lo más bien allá abajo, en el lodo.

—¡Croac, croac, brekekekex! —fue todo lo que supo decir el hijo.

Se llevaron la camita y Pulgarcita se quedó sola sobre la hoja, llorando, porque no quería vivir en el lodo ni casarse con aquel sapo. Los pececitos lo habían oído todo, y la niña les pareció tan linda que royeron el tallo hasta cortarlo. La hoja se fue arroyo abajo, lejos, muy lejos.

Pasó frente a muchas ciudades, y los pajaritos cantaban desde los arbustos:

—¡Qué niña tan linda!

Así salió Pulgarcita de aquel país. Una mariposa blanca se posó en la hoja, y la niña se quitó el cinturón, ató un extremo a la mariposa y el otro a la hoja: empezaron a deslizarse más rápido bajo un sol que hacía brillar el agua como plata.

En eso llegó volando un abejorro grande. La agarró de la cintura y se la llevó a un árbol. La hoja y la mariposa siguieron arroyo abajo, amarradas una a la otra, y eso fue lo que más le dolió a la niña: la mariposa ya no podría soltarse. Al abejorro no le importó. La sentó en una hoja, le dio néctar de las flores y le dijo que era muy bonita, aunque no se pareciera en nada a un abejorro. Luego llegaron los demás abejorros y la miraron de arriba abajo.

Un abejorro de caparazón brillante sujeta a una niña en la rama de un árbol; abajo, una mariposa blanca sigue atada con una cinta a una hoja.

—No tiene más que dos patas. ¡Da lástima verla!

—Ni siquiera tiene antenas —dijo otro.

—¡Y esa cintura tan delgada! Parece un ser humano. ¡Qué fea es! —dijeron todas las señoras abejorro.

Y sin embargo era preciosa. El abejorro que se la había robado lo sabía, pero como todos decían que era fea, acabó por creerlo también y la dejó sobre una margarita. Ahí lloró, porque se creía tan fea que ni los abejorros la querían.

Todo el verano vivió sola en el bosque, en una cama de pasto colgada bajo una hoja de trébol, comiendo néctar de las flores y bebiendo el rocío. Pero llegó el invierno. Los pájaros se fueron volando, los árboles se quedaron sin hojas y el trébol se enrolló hasta quedar en un tallo seco. Su vestido estaba roto, y cada copo de nieve le caía encima como nos caería a nosotros una palada entera.

Descalza y con el vestido roto, una niña se abraza las rodillas bajo una hoja seca, en un bosque de árboles pelados y nieve azulada.

Junto al bosque había un campo cosechado, y el rastrojo seco era otro bosque que tenía que cruzar. Por fin llegó a la puerta de una ratona de campo y le pidió un pedacito de grano de cebada, porque llevaba dos días sin comer.

—¡Pobre criatura! —dijo la ratona, que en el fondo era una buena vieja—. Pásale a mi cuarto calientito y come conmigo.

Como la niña le cayó bien, añadió:

—Si quieres, quédate conmigo todo el invierno. Nada más tienes que mantener limpia mi casa y contarme cuentos, que a mí me encantan.

Pulgarcita lo hizo, y vivió de maravilla.

—Pronto vamos a tener visita —dijo un día la ratona—. Mi vecino viene una vez por semana. Vive mejor que yo y usa un abrigo de terciopelo negro. Si te casaras con él, tu vida estaría resuelta. Lo malo es que no ve nada, así que cuéntale tus cuentos más bonitos.

A Pulgarcita el vecino no le interesaba, porque era un topo.

Llegó de visita con su abrigo de terciopelo negro. Era rico y sabio, decía la ratona, pero no soportaba el sol ni las flores, y hablaba mal de ellas sin haberlas visto nunca. Pulgarcita tuvo que cantar, y el topo se enamoró de aquella voz, aunque no dijo nada, porque era muy prudente.

Hacía poco había cavado un túnel entre las dos casas y les dio permiso de pasear por él, eso sí, sin asustarse del pájaro muerto que estaba tirado en el pasillo. Fue adelante alumbrándolas con un pedazo de madera podrida, que en lo oscuro brilla como fuego, y donde estaba el pájaro empujó el techo con el hocico hasta abrir un agujero por donde entró la luz. Era una golondrina, tiesa y quieta: se quedó atrás cuando las demás se fueron a los países cálidos y el frío la venció. A Pulgarcita le dio mucha tristeza, porque quería a todos los pajaritos del verano.

—Ya no volverá a chiflar —dijo el topo—. ¡Qué desgracia nacer pájaro! Un animal así no tiene más que su «quivit», y en invierno se muere de hambre.

—¿Y de qué le sirve tanto «quivit» cuando llega el invierno? —dijo la ratona—. De nada: pasa hambre y frío.

Pulgarcita no dijo nada. Pero cuando los otros dos le dieron la espalda, apartó las plumas de la cabeza del pájaro y lo besó en los ojos cerrados.

«Quizá fue ella la que cantaba tan bonito en el verano», pensó. «¡Cuánta alegría me dio ese pájaro querido!».

El topo tapó el agujero y las llevó de regreso. Pero esa noche Pulgarcita no pudo dormir: tejió con heno un tapete grande, lo extendió sobre la golondrina y le acomodó a los lados el algodón que había sacado de la despensa, suave y tibio.

Arrodillada en un túnel de tierra, una niña acaricia a una golondrina tendida en el heno; al lado brilla con luz verdosa un pedazo de madera podrida.

—Adiós, pajarito hermoso —le dijo—. Gracias por tu canto del verano, cuando los árboles estaban verdes y el sol nos calentaba.

Entonces recargó la cabeza en su pecho y se llevó una sorpresa: el corazón le latía. La golondrina no estaba muerta, solo entumida por el frío, y el calor la devolvía a la vida. Pulgarcita temblaba del susto, porque aquel pájaro era enorme, pero se armó de valor y le acomodó mejor el algodón.

A la noche siguiente volvió a escaparse. La golondrina estaba viva, aunque muy débil, y apenas alcanzó a abrir los ojos para mirar a la niña, que la alumbraba con su pedacito de madera podrida, porque otra lámpara no tenía.

—Gracias, niña linda —le dijo—. ¡Qué bien me calentaste! Pronto voy a recuperar mis fuerzas y podré salir a volar al sol.

—Ay, no —dijo ella—. Afuera hace mucho frío y está nevando. Quédate en tu cama calientita, que yo te cuido.

Le llevó agua en un pétalo de flor. La golondrina bebió y le contó que se había lastimado un ala con las espinas de un arbusto y no pudo volar tan rápido como las otras; al final cayó a tierra y ya no se acordaba de más. Se quedó abajo todo el invierno, y Pulgarcita la cuidó sin que el topo ni la ratona se enteraran.

En cuanto llegó la primavera, Pulgarcita abrió el agujero del techo y entró el sol. La golondrina le preguntó si quería irse con ella al bosque verde, sentada en su lomo. Pero la niña sabía cuánto le dolería eso a la vieja ratona.

—No, no puedo —dijo.

—Adiós, adiós, niña buena y linda —contestó la golondrina, y salió volando hacia el sol.

Pulgarcita la siguió con los ojos llenos de lágrimas, porque de veras la quería.

—¡Quivit, quivit! —cantó el ave, y se perdió en el bosque verde.

Pulgarcita se quedó muy triste. No la dejaban salir al sol, y el trigo sembrado encima de la casa creció tan alto que para ella era un bosque cerrado.

—Ya estás comprometida —le dijo un día la ratona—. El vecino pidió tu mano, ¡qué suerte para una niña pobre! Ahora tienes que coser tu ajuar, porque nada debe faltarte cuando seas la esposa del topo.

Pulgarcita tuvo que hilar, y la ratona contrató a cuatro arañas para que tejieran día y noche. Cada tarde llegaba el topo y repetía que se casarían en cuanto se acabara el verano. A ella el topo aburrido no le gustaba ni tantito. Cada mañana se escapaba a la puerta, y cuando el viento separaba las espigas y dejaba ver un pedazo de cielo azul, deseaba volver a ver a su golondrina. Pero la golondrina no volvió.

Cuando llegó el otoño, el ajuar estaba listo.

—Dentro de cuatro semanas es tu boda —le dijo la ratona.

Pulgarcita lloró y dijo que no quería casarse con el topo aburrido.

—¡Tonterías! —dijo la ratona—. No te pongas necia, que te muerdo con mis dientes blancos. ¡Ni la reina tiene un abrigo de terciopelo negro como el suyo! Da gracias por lo que te toca.

Llegó el día de la boda. El topo ya estaba ahí para llevársela muy hondo bajo la tierra, donde nunca volvería a ver el sol. La pobrecita salió un momento a despedirse.

—Adiós, sol brillante —dijo, y estiró los brazos hacia arriba.

Caminó un poco más allá, hasta una florecita roja que todavía estaba abierta, y la abrazó.

—Adiós, adiós. Salúdame a la golondrina, si algún día la ves.

—¡Quivit, quivit! —se oyó de pronto sobre su cabeza.

Era su golondrina. Pulgarcita le contó llorando que tendría que casarse con el topo y vivir bajo la tierra, adonde nunca llega el sol.

—Ya viene el invierno frío —dijo la golondrina—. Yo me voy muy lejos, a los países cálidos. ¿Quieres venir conmigo, sentada en mi lomo? Volaremos por encima de las montañas, a esas tierras donde siempre es verano. Vente conmigo, Pulgarcita querida, tú que me salvaste la vida.

—Sí, me voy contigo —dijo Pulgarcita.

Se sentó en el lomo del pájaro y ató su cinturón a una pluma. La golondrina se elevó sobre bosques y lagos, por encima de las montañas donde siempre hay nieve, y Pulgarcita se metía bajo las plumas tibias y solo sacaba la cabecita para mirar.

Una niña recostada sobre el lomo de una golondrina en pleno vuelo, con el pelo y el vestido al viento; abajo, un mar azul y montañas nevadas.

Por fin llegaron a los países cálidos, donde el sol brillaba mucho más y el cielo se veía el doble de alto. En los cercos crecían las uvas más hermosas, en los bosques colgaban limones y naranjas, y por los caminos corrían niños jugando con mariposas de colores. A la orilla de un lago azul había un palacio de mármol blanco, antiquísimo, con parras trepando por sus columnas y muchos nidos allá arriba. En uno vivía la golondrina.

—Aquí está mi casa —dijo—. Pero no es lugar para ti. Escoge una de esas flores hermosas de allá abajo y yo te dejo dentro.

—¡Qué maravilla! —dijo ella, y aplaudió con sus manitas.

Abajo había una columna de mármol caída y rota en tres pedazos, y entre ellos crecían unas flores blancas preciosas. La golondrina dejó a Pulgarcita sobre un pétalo ancho, y qué sorpresa se llevó la niña: en medio de la flor estaba sentado un hombrecito transparente como el vidrio, con una corona de oro y unas alas espléndidas, y no era más grande que ella. Era el ángel de la flor, el rey de los hombrecitos que viven en cada flor.

—¡Qué guapo es! —le dijo Pulgarcita a la golondrina en voz bajita.

El principito se asustó de aquel pájaro enorme, pero en cuanto vio a Pulgarcita se puso contentísimo, porque era la niña más hermosa que había visto. Se quitó la corona de oro, se la puso a ella y le preguntó si quería ser su esposa y reina de todas las flores. Ese sí que era muy distinto del sapo del arroyo y del topo, y ella le dijo que sí.

De cada flor salió una dama y un caballero con un regalo. El mejor de todos fue un par de alas blancas y ligeras que le ataron a la espalda, para que también ella pudiera volar de flor en flor. La golondrina cantó desde su nido la canción de bodas lo mejor que pudo, aunque por dentro estaba triste, porque nunca hubiera querido separarse de Pulgarcita.

Un joven coronado le pone una corona de oro a una muchacha, los dos entre pétalos blancos junto a una columna rota; alrededor vuelan seres alados con regalos.

—No debes llamarte Pulgarcita —le dijo el ángel de la flor—. Es un nombre feo y tú eres demasiado hermosa. Te vamos a llamar Maya.

—Adiós, adiós —dijo la golondrina con el corazón encogido.

Y se fue volando de aquellas tierras cálidas, de regreso hasta Dinamarca. Allá tenía un nidito arriba de la ventana del hombre que sabe contar cuentos. A él le cantó:

—¡Quivit, quivit!

Y así fue como supimos toda esta historia.

Adaptado por Talerie, Fuente: Sämmtliche Märchen (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público