Pulgarcita
9 min de lectura5–10 años
Una mujer recibe de una bruja un grano mágico que se convierte en una flor, de la cual nace Pulgarcita, una niña pequeñita como un dedo que vive alegre en su hogar hasta que un sapo la rapta para casarla con su hijo. Pulgarcita logra escapar con la ayuda de los pececillos del arroyo y, tras vivir aventuras en el bosque y pasar un invierno difícil, encuentra refugio con una ratona que la quiere casar con un topo rico, pero una golondrina a la que ella ha cuidado con amor la salva llevándola a tierras cálidas donde conoce al rey de todas las flores y finalmente encuentra su verdadero hogar.
Había una vez una mujer que deseaba con todo el corazón tener una niña pequeña, pero no sabía cómo conseguirla. Así que fue a ver a una anciana hechicera y le pidió consejo.
—Eso tiene solución —dijo la hechicera, y le dio un grano de cebada—. Este no crece en el campo de ningún labrador. Siémbralo en una maceta y ya verás lo que sucede.
La mujer le dio las gracias, pagó lo que le pidieron y sembró el grano en su casa. Al día siguiente ya había crecido una flor hermosísima, cerrada como un capullo. La mujer besó con ternura sus pétalos rojos y amarillos, y en ese mismo instante la flor se abrió con un suave chasquido. Era un tulipán. Y en medio de él, sentada sobre el fondo verde de la flor, había una niñita no más grande que un dedo pulgar. Por eso la llamaron Pulgarcita.
Una cáscara de nuez brillante fue su cuna, hojas de violeta su colchón y un pétalo de rosa su cobija. De día jugaba sobre un plato lleno de flores, navegaba con un pétalo de tulipán y remaba con dos finos pelos de caballo. Y sabía cantar tan dulce y hermosamente como nadie había oído antes.
Pero una noche entró un sapo viejo por la ventana rota. Era grande, estaba mojado y no tenía nada de bonito. Cuando vio a Pulgarcita dormida, pensó: «Esta sería una esposa preciosa para mi hijo». Tomó la cáscara de nuez y se fue dando saltos hacia el jardín, hasta la orilla pantanosa de un arroyo, donde vivía con su hijo. El hijo se parecía mucho a su madre y solo sabía decir: «¡Croac, croac!».
Para que Pulgarcita no pudiera escapar, colocaron la cáscara sobre la hoja más grande de un nenúfar, en medio del arroyo. Cuando Pulgarcita despertó por la mañana y se vio rodeada de agua, se echó a llorar amargamente, pues no había manera de huir.
Pero los pececillos del arroyo lo habían visto y oído todo. Les pareció muy mal que aquella niña tan linda tuviera que ir a vivir con el sapo. Así que royeron el tallo de la hoja, y esta, con Pulgarcita encima, comenzó a flotar arroyo abajo, lejos, adonde el sapo ya no podría alcanzarla.
Pasó junto a muchas orillas, y los pájaros entre los arbustos cantaban: «¡Qué niña tan encantadora!». Una mariposa blanca se le acercó, y Pulgarcita la ató a la hoja con su cinturón para avanzar más rápido. Pero entonces llegó volando un gran escarabajo, la agarró y se la llevó a lo alto de un árbol. La hoja, con la pobre mariposa que no podía soltarse, siguió flotando sola.
Al principio, al escarabajo le pareció que Pulgarcita era muy bonita. Pero cuando llegaron los otros escarabajos y dijeron: «¡Pero solo tiene dos patas! ¡No tiene antenas! Parece un ser humano, ¡qué fea!», él mismo terminó por creerlo, y la dejó sobre una margarita. Pulgarcita lloró porque nadie la quería, aunque era tan delicada y hermosa como un pétalo de rosa.
Todo el verano vivió sola en el bosque. Se tejió una cama de briznas de hierba y la colgó bajo una hoja de trébol, comía el néctar de las flores y bebía el rocío de la mañana. Pero llegó el invierno. Los pájaros se marcharon, las hojas cayeron, y la hoja de trébol bajo la que vivía se secó. Pulgarcita sentía un frío terrible con su vestido fino y roto. Para ella, que no medía más que un dedo, cada copo de nieve era como una palada entera.
Al borde de un campo de trigo ya cosechado, encontró por fin la madriguera de una ratona de campo, que vivía allí calientita y cómoda. Pulgarcita le pidió un poco de grano, pues llevaba días sin comer.
—Pobrecita criatura —dijo la ratona—, entra y come conmigo. Y si quieres, puedes quedarte todo el invierno, siempre que mantengas limpia mi casa y me cuentes historias.
Pulgarcita lo hizo con gusto, y le fue bien. Pronto la ratona anunció una visita: su vecino, un topo rico con un fino abrigo de terciopelo negro. «Lástima que no puede ver», dijo la ratona, «pero si te casaras con él, estarías bien cuidada». A Pulgarcita no le gustaba la idea, pues no sentía nada por el topo.
Cuando este llegó, Pulgarcita cantó para él, y su hermosa voz le llegó al corazón, aunque no dijo nada. El topo había excavado un largo túnel entre su casa y la de la ratona. Allí, según les advirtió, había un pájaro muerto que debía haber fallecido hacía poco. Al llegar al lugar, el topo abrió un agujero en el techo de tierra para que entrara luz. Y allí estaba una golondrina, con las alas apretadas contra el cuerpo, muerta, al parecer, de frío.
A Pulgarcita le dio mucha pena, pues en verano había disfrutado tanto oír cantar a los pájaros. El topo, sin embargo, empujó al ave con la pata sin ningún cuidado y dijo que no era de extrañar que un pájaro muriera de hambre en invierno, si no sabía hacer más que cantar. Pulgarcita no dijo nada. Pero cuando los demás se dieron la vuelta, se inclinó y besó suavemente los ojos cerrados de la golondrina.
Esa noche Pulgarcita no pudo dormir. Tejió una manta de heno, la llevó hasta el pájaro y lo cubrió bien. Al acercar su cabeza al pecho de la golondrina, sintió algo: ¡su corazón todavía latía! No estaba muerta, solo se había quedado helada de frío, y poco a poco el calor la fue devolviendo a la vida.
A la noche siguiente, la golondrina ya podía abrir los ojos. «Gracias, niña buena», susurró. Durante todo el invierno, Pulgarcita la cuidó en secreto, pues sabía que a la ratona y al topo no les habría gustado. Cuando por fin llegó la primavera, la golondrina ya tenía fuerzas para volar.
—Ven conmigo —le pidió a Pulgarcita—. Puedes sentarte en mi espalda, y volaremos hasta el bosque verde.
Pero Pulgarcita no quería dejar triste a la vieja ratona, y le dijo:
—No, no puedo.
—Adiós, adiós, niña buena y querida —dijo la golondrina, y voló hacia el sol. Pulgarcita la vio alejarse con lágrimas en los ojos.
El trigo creció alto, y la ratona anunció:
—¡Ahora eres novia, Pulgarcita! El topo ha pedido tu mano.
Pulgarcita tuvo que tejer su ajuar, aunque no le gustaba nada aquel topo aburrido. Cada mañana y cada tarde se escapaba a escondidas para ver el cielo azul entre las espigas de trigo y pensar en la querida golondrina.
Cuando llegó el otoño y se acercaba la boda, Pulgarcita lloró y no quiso casarse con el topo. Pero la ratona la reprendió:
—No seas necia. Tiene la cocina y la bodega llenas. Da gracias por eso.
El día en que el topo vino a buscarla, Pulgarcita salió una vez más a despedirse del sol. Abrazó una pequeña flor roja y susurró:
—Si ves a la golondrina, dale mis saludos.
Entonces, arriba, alguien exclamó: «¡Cuivit, cuivit!». Era la golondrina, que pasaba por allí. Al oír lo triste que estaba Pulgarcita, le dijo:
—Ahora llega el invierno, y yo vuelo lejos, a tierras cálidas. Ven conmigo, lejos de ese topo tan feo, a donde el sol brilla más bonito y siempre es verano.
—Sí, me voy contigo —dijo Pulgarcita.
Se sentó sobre el lomo de la golondrina, se amarró con su cinturón, y volaron muy alto, sobre bosques, lagos y montañas, mientras Pulgarcita se refugiaba del frío bajo las cálidas plumas de su amiga.
Por fin llegaron a las tierras cálidas, donde el sol brillaba más y olían los limones y las naranjas, y crecían las flores más bellas. Allí, bajo árboles antiguos junto a un lago azul, había un palacio de mármol blanco, y en él tenía la golondrina su nido.
—Elige la flor más hermosa que encuentres —le dijo la golondrina—. Vivirás en ella tan bien como puedas desear.
Pulgarcita escogió una gran flor blanca que crecía entre las ruinas de una columna caída. Y cuál no sería su sorpresa: en medio de la flor había sentado un hombrecito, transparente como el cristal, con una corona de oro y alas delicadas. Era el rey de todas las flores.
Al principio se asustó al ver a la golondrina, tan grande, pero al ver a Pulgarcita se llenó de alegría, pues era la muchacha más hermosa que había visto jamás. Le puso su corona de oro y le preguntó si quería ser su esposa y reina de todas las flores. Este era un novio muy distinto al hijo del sapo o al topo de terciopelo negro. Y Pulgarcita dijo que sí, de corazón.
De cada flor salieron pequeñas damas y caballeros con regalos, y el más hermoso de todos fue un par de alas delicadas que le sujetaron en la espalda, para que también ella pudiera volar de flor en flor. El rey de las flores le dijo:
—Ya no debes llamarte Pulgarcita, ese nombre no te queda. Te llamaremos Maya.
La golondrina, desde lo alto de su nido, cantó la canción de bodas lo más hermoso que pudo, aunque tenía el corazón apesadumbrado, porque debía despedirse de la amiga cuya vida había salvado.
—Adiós, adiós —dijo por fin, y voló muy lejos, de vuelta al norte, donde construyó su nido sobre la ventana de un hombre que sabía contar cuentos. A él le cantó su «cuivit, cuivit», y así es como conocemos toda la historia de Pulgarcita.