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El león, atrapado en una red de cazadores en el bosque, mira al ratón que roe una cuerda junto a él para liberarlo.

El león y el ratón

Esopo

2 min de lectura4–9 años

Un león atrapa a un ratoncito que corría entre la hierba y, después de escuchar su súplica, lo suelta sin hacerle daño. Días después el león queda enredado en las cuerdas de una red de cazadores, y el ratón corre hasta allá, roe cada nudo con sus dientes y abre un hueco por donde el león sale, ya libre.


Un león dormía en la falda de una montaña, tendido al sol de la tarde. Cerca de ahí, unos ratones de campo jugaban entre las hierbas, y uno de ellos, sin fijarse por dónde corría, saltó justo encima del león. El león despertó y lo atrapó de un zarpazo.

El ratoncito se quedó quieto entre aquellas garras enormes, temblando.

—Perdóname, por favor —dijo—. No lo hice por malicia ni para molestarte. Fue un descuido, nada más. Ten piedad de mí.

El león estira una zarpa en el suelo y mira con calma al ratoncito, que se apoya en ella, alza las patas y suplica con la boca abierta.

El león lo miró un buen rato. Aquella criatura era tan pequeña que acabar con ella no le daría ninguna gloria, porque a nadie se le alaba por vencer a quien no puede defenderse. En cambio, pensó el león, sí tiene mérito perdonar cuando uno podría hacer daño y no lo hace.

Entonces abrió la zarpa y lo dejó ir.

—Vete tranquilo —le dijo—. No voy a hacerte daño.

El ratón le dio las gracias una y otra vez y se perdió entre la hierba.

Pasaron algunos días. El león andaba por el monte cuando cayó en una red que unos cazadores habían escondido entre los arbustos. Mientras más se movía, más se apretaban las cuerdas. Al verse atrapado empezó a rugir con toda su fuerza, y aquel rugido, lleno de rabia y de tristeza, se oyó por todo el monte.

El ratón lo escuchó y reconoció esa voz. Corrió hasta allá y encontró al león enredado en la red.

—¿Qué te pasó? —le preguntó—. ¿Por qué te quejas así?

—Mira cómo estoy —contestó el león—. De aquí no puedo salir solo.

—Ten calma —dijo el ratón—. No tienes nada que temer. Yo me acuerdo muy bien de lo que hiciste por mí, y llegó el momento de devolvértelo.

Se trepó a la red y se puso a roer con sus dientes pequeños, hilo por hilo, justo en los nudos donde hacía falta. Royó sin descansar hasta que las cuerdas fueron cediendo, una tras otra, y al final se abrió un hueco lo bastante grande. El león salió de la red y quedó libre.

Adaptado por Talerie, Fuente: Fábulas de Esopo (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público