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Un joven descalzo de capa blanca y banda de papel en la frente camina cabizbajo hacia una hoguera; atrás, un hombre con penacho de quetzal se detiene.

La leyenda del Sol y la Luna

Bernardino de Sahagún

8 min de lecturaa partir de 7 años

En Teotihuacán, cuando aún no hay día, los dioses preguntan quién alumbrará al mundo: el rico Tecuciztécatl se ofrece primero, pero quien se echa al fuego sin detenerse es Nanahuatzin, al que nadie toma en cuenta. Él sale hecho sol y Tecuciztécatl hecho luna; el viento echa a andar al sol y la luna camina detrás.


Cuentan que antes de que hubiera día en el mundo, cuando todo era una noche sin orillas, los dioses se juntaron en el lugar que hoy llamamos Teotihuacán.

Ahí, en lo oscuro, se hablaron unos a otros.

—Dioses, ¿quién se va a encargar de alumbrar al mundo?

Apenas lo preguntaron, se adelantó un dios que se llamaba Tecuciztécatl. Era rico, era hermoso y no le tembló la voz.

—Yo tomo a mi cargo alumbrar al mundo —dijo.

Los dioses volvieron a hablar.

—¿Y quién será el otro?

Nadie contestó. Se miraban entre ellos, se preguntaban en voz baja quién sería, y ninguno se atrevía a ofrecerse. Todos tenían miedo y todos ponían pretextos.

Un poco aparte estaba un dios al que nadie tomaba en cuenta. Tenía el cuerpo cubierto de llagas, no hablaba, solo escuchaba lo que los demás decían. Se llamaba Nanahuatzin.

Los otros se volvieron hacia él.

—Alumbra tú, enfermito —le dijeron.

Y él, de buena voluntad, obedeció.

—Les agradezco que me lo encarguen —respondió—. Que así sea.

Entonces los dos empezaron su penitencia. En una peña, en el hogar que llaman teotexcalli, encendieron un fuego, y ahí lo dejaron arder sin apagarse.

Todo lo que ofrecía Tecuciztécatl era precioso. En lugar de ramas verdes ofrecía plumas finas de quetzal. En lugar de bolas de heno, bolas de oro. En lugar de espinas de maguey, espinas labradas en piedras preciosas, y en lugar de las espinas ensangrentadas, espinas hechas de coral rojo. Su copal era el mejor que se conocía.

Nanahuatzin no tenía nada de eso. En lugar de ramas ofrecía cañas verdes atadas de tres en tres, y todas juntas llegaban a nueve. Ofrecía bolas de heno y espinas de maguey de verdad, y las teñía con su propia sangre. Y en lugar de copal quemaba las costras de sus llagas, porque no tenía otra cosa que dar.

A cada uno le levantaron una torre alta como un cerro, y en ellas pasaron cuatro noches de penitencia. Ahí siguen los dos cerros de Teotihuacán, y les dicen tzacualli.

En dos plataformas de piedra frente a las pirámides, un hombre descalzo de capa blanca acomoda cañas verdes y heno; enfrente, otro amontona plumas y oro.

Cuando se acabaron las cuatro noches, un poco antes de la medianoche, los dioses vistieron a los dos que iban a cumplir su oficio.

A Tecuciztécatl le dieron un penacho de plumas y una tilma de lienzo. A Nanahuatzin le ciñeron la cabeza con papel, le pusieron una estola de papel y un maxtle del mismo papel.

Llegada la medianoche, todos los dioses se pusieron alrededor del fuego, que llevaba cuatro noches ardiendo. Se acomodaron en dos filas, unos de un lado y otros del otro, y todos quedaron de pie.

Los dos escogidos se pusieron de frente a las llamas, en medio de las dos filas. El calor llegaba hasta muy lejos.

Los dioses hablaron primero al que se había ofrecido primero.

—¡Ánimo, Tecuciztécatl! Métete al fuego.

Él se lanzó para echarse en la lumbre. Pero el fuego era grande y estaba muy encendido, y al sentir aquel calor tuvo miedo y se volvió atrás.

Tomó fuerzas y regresó. Otra vez se acercó, y otra vez se detuvo antes de llegar a la lumbre. Cuatro veces lo intentó, y las cuatro veces se echó para atrás. La regla era que nadie podía intentarlo más de cuatro veces.

Entonces los dioses se volvieron hacia el otro.

—¡Ánimo, Nanahuatzin! Prueba tú.

Nanahuatzin no dijo nada. Cerró los ojos, tomó carrera y se echó al fuego sin detenerse ni una vez, y las llamas se cerraron sobre él.

Con los ojos cerrados y la capa ondeando, un joven descalzo corre hacia las llamas altas mientras el grupo de dioses mira desde el empedrado.

Cuando Tecuciztécatl lo vio arder, corrió también y se echó en la hoguera.

Dicen que entonces entró un águila al fuego, y por eso tiene las plumas oscuras. Y dicen que al último entró un jaguar, y como no se quemó del todo, sino que apenas se chamuscó, le quedó la piel manchada de negro sobre claro. De ahí viene que a los hombres valientes en la guerra se les llame cuauhtlocélotl, águila y jaguar: primero el águila, porque ella entró primero, y después el jaguar, porque él entró detrás.

Los dioses se sentaron a esperar. Creían que Nanahuatzin saldría enseguida.

Esperaron un buen rato. Y al cabo de ese rato el cielo empezó a ponerse colorado, y por todas partes apareció la luz del alba.

Entonces se hincaron de rodillas para ver por dónde saldría Nanahuatzin hecho sol. Miraban a un lado y al otro, daban vueltas sobre sí mismos y no acertaban a decir por dónde iba a aparecer, porque el resplandor venía de todas partes.

Unos pensaron que saldría por el norte y se quedaron mirando hacia allá. Otros miraron hacia el sur. Y otros se pusieron de cara al oriente y dijeron que por ahí tenía que salir el sol.

Esos fueron los que acertaron. Cuentan que miraron al oriente Quetzalcóatl, al que también llaman Ehécatl, y Tótec, y los Mimixcoa, que son incontables, y cuatro mujeres: Tiacapan, Teicu, Tlacoyehua y Xocóyotl.

Y cuando el sol salió, se vio muy colorado, y se mecía de un lado a otro, y nadie podía mirarlo, porque lastimaba los ojos. Resplandecía y echaba rayos, y sus rayos se derramaron por todas partes.

Un círculo de hombres y mujeres arrodillados en la plaza mira hacia un sol enorme y rojo que sube entre las pirámides, con rayos rosas y dorados.

Después salió la luna, por el mismo oriente, detrás del sol: era Tecuciztécatl. Por el orden en que entraron al fuego, por ese mismo orden salieron hechos sol y luna.

Y los que cuentan estas historias dicen que los dos alumbraban con la misma luz. Los dioses se hablaron otra vez.

—¿Cómo va a ser esto? ¿Está bien que vayan a la par? ¿Está bien que alumbren igual?

Los dioses dieron su sentencia.

—Que sea de esta manera.

Y uno de ellos fue corriendo y le dio en la cara a Tecuciztécatl con un conejo. Así le oscureció el rostro y le apagó el resplandor, y así se le quedó la cara hasta hoy. Por eso, cuando la luna está llena, todavía puede verse en ella la sombra de un conejo.

Solo en la plaza de noche, un hombre con capa de plumas y penacho lanza un conejo hacia la luna llena, y en la luna queda dibujada la sombra del conejo.

Pero el sol y la luna se quedaron quietos allá arriba, sin moverse de su lugar.

Los dioses se hablaron de nuevo.

—¿Cómo vamos a vivir así? El sol no se menea. Muramos todos nosotros, y que por nuestra muerte él tome fuerza y camine.

Entonces el aire se encargó de aquello, y los dioses fueron muriendo uno tras otro, en silencio.

Solo uno no quiso morir. Se llamaba Xólotl, y lloraba tanto que se le hincharon los ojos.

—¡Oh dioses, que no muera yo! —pedía.

Cuando le llegó su turno echó a correr y se escondió entre los maizales, y ahí se volvió una mata de maíz con dos cañas, de esas que los campesinos llaman xólotl.

Lo encontraron, y otra vez echó a correr. Se metió entre los magueyes y se volvió un maguey de dos cuerpos, de los que llaman mexólotl.

Lo vieron, y otra vez huyó. Se metió al agua y se volvió ajolote, ese animalito que llaman axólotl. Ahí lo hallaron, y también él se fue detrás de los demás dioses.

Xólotl, un joven de capa blanca y ojos enrojecidos, se agacha en la orilla; en el agua nada un ajolote pálido de branquias rosas y atrás hay maíz y un maguey.

Y dicen que, aun después de todo aquello, el sol siguió sin moverse.

Entonces el viento empezó a zumbar y a soplar con mucha fuerza, y fue él quien lo echó a andar por su camino.

Cuando el sol empezó a caminar, la luna se quedó quieta donde estaba. Solo después echó a andar ella también, detrás de él.

Así se apartaron el uno del otro, y por eso salen en tiempos distintos: el sol alumbra todo el día, y la luna trabaja de noche.

De aquí viene lo que se dice: que Tecuciztécatl habría sido el sol si se hubiera echado primero al fuego, porque él fue el primero en ofrecerse y el que llevó cosas preciosas a su penitencia. Pero el primero en atreverse fue Nanahuatzin, el dios que nadie tomaba en cuenta, y por eso es él quien nos alumbra el día.

Adaptado por Talerie, fuente: Historia general de las cosas de Nueva España (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público