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Alrededor de una gran hoguera, figuras nahuas vestidas de blanco y turquesa esperan junto a las pirámides de Teotihuacán, bajo una luna con un conejo.

La leyenda del Sol y la Luna

Bernardino de Sahagún

5 min de lectura6–12 años

Esta es la leyenda mexicana de cómo Nanahuatzin, un dios humilde cubierto de llagas, se arrojó sin miedo a la hoguera sagrada de Teotihuacán y se convirtió en el sol, mientras el orgulloso Tecuciztécatl lo siguió después y se transformó en la luna. Cuenta también cómo el sol quedó inmóvil hasta que los dioses se entregaron a la muerte y el viento Ehécatl lo puso en camino, y cómo Xólotl, huyendo de morir, se convirtió primero en una planta de maíz, luego en maguey y al final en ajolote.


Antes de que hubiera día en el mundo, cuando todo era oscuridad, los dioses se reunieron en un lugar que ahora se llama Teotihuacán, y se preguntaron unos a otros:

—Dioses, ¿quién tomará a su cargo alumbrar el mundo?

Al oír esto, un dios llamado Tecuciztécatl, que era rico y orgulloso, respondió enseguida:

—Yo lo tomo a mi cargo.

Los dioses volvieron a hablar entre sí y preguntaron quién sería el otro. Se miraron unos a otros, y ninguno se atrevía a ofrecerse, porque todos tenían miedo y se disculpaban.

Había entre ellos un dios pequeño, del que nadie hacía caso, cubierto de llagas, que no hablaba y solo escuchaba lo que los demás decían. Los otros dioses se volvieron hacia él y le dijeron:

—Sé tú quien alumbre, pequeño.

Y él aceptó de buena gana.

—Con gusto recibo lo que me mandan —respondió—. Así sea.

Su nombre era Nanahuatzin.

Entonces los dos comenzaron a hacer penitencia durante cuatro días. Tecuciztécatl ofrecía cosas preciosas: en lugar de ramas, plumas finas de quetzal; en lugar de heno, bolas de oro; en lugar de espinas de maguey, espinas hechas de piedras preciosas; en lugar de espinas ensangrentadas, coral rojo; y su copal era el mejor que había. Nanahuatzin no tenía nada que ofrecer, así que ofreció lo único que poseía: cañas verdes atadas de tres en tres, bolas de heno, espinas de maguey manchadas con su propia sangre, y en vez de copal, las costras de sus llagas.

Llegada la medianoche, los dioses se colocaron en dos filas a ambos lados del gran fuego, que llevaba ya cuatro días ardiendo, y vistieron a los dos que habían de convertirse en sol.

Primero llamaron a Tecuciztécatl.

—Anda, Tecuciztécatl, entra en el fuego.

Él corrió hacia las llamas, pero el calor era tan grande que sintió miedo y se detuvo. Lo intentó una segunda vez, y una tercera, y una cuarta, y las cuatro veces el fuego lo hizo retroceder. Nadie podía intentarlo más de cuatro veces, así que ya no pudo probar de nuevo.

Entonces los dioses llamaron a Nanahuatzin.

—Anda tú, Nanahuatzin, entra en el fuego.

Él cerró los ojos, corrió y se arrojó en las llamas sin dudar. Al verlo, Tecuciztécatl se armó de valor y se lanzó también al fuego, detrás de él.

Un águila voló hacia el fuego y entró en él, y por eso sus plumas quedaron oscuras. Después llegó un jaguar, que solo se chamuscó, y por eso su piel quedó manchada de negro y blanco.

Los dioses se arrodillaron a esperar, sin saber por dónde habría de salir el nuevo sol. El cielo comenzó a teñirse de rojo por todas partes, y cada quien miraba hacia un rumbo distinto: unos hacia el norte, otros hacia el sur. Solo los que miraron hacia el oriente acertaron, y entre ellos estaba Quetzalcóatl. Allí, por el oriente, salió el sol, tan brillante que nadie podía mirarlo de frente. Y detrás de él, por el mismo rumbo, salió la luna.

Pero el sol y la luna brillaban con la misma luz, tan iguales que los dioses se preocuparon.

—Dioses, ¿está bien que los dos alumbren por igual? —se preguntaron.

Y decidieron que no debía ser así. Uno de ellos corrió y golpeó a Tecuciztécatl en la cara con un conejo, y su brillo se apagó un poco. Desde entonces su cara quedó así, más pálida que la del sol, y por eso hasta hoy puede verse la sombra de un conejo en la luna.

Aun así, el sol y la luna se quedaron quietos en el cielo, sin moverse. Los dioses se miraron unos a otros, preocupados.

—¿Cómo viviremos así, si el sol no se mueve? —dijeron—. Muramos todos, para que resucite con nuestra muerte.

Y se entregaron a la muerte, uno tras otro, para que el sol pudiera caminar.

Solo Xólotl no quería morir.

—¡Oh, dioses, que no muera yo! —suplicaba. Lloraba tanto que se le hincharon los ojos.

Cuando llegó su turno, echó a correr y se escondió entre las milpas, y se convirtió en una planta de maíz de dos cañas, la que los campesinos todavía llaman xólotl. Pero lo encontraron, y volvió a huir, y esta vez se escondió entre los magueyes, y se convirtió en un maguey de dos tallos. Lo encontraron otra vez, y huyó por última vez, y se metió al agua, y se convirtió en un pez llamado ajolote. Y allí, en el agua, por fin lo alcanzaron.

Pero ni con eso se movió el sol. Entonces se levantó el viento, Ehécatl, y sopló con toda su fuerza, y fue él quien puso al sol en camino. La luna se quedó quieta en su lugar hasta que el sol se hubo marchado, y solo entonces comenzó a caminar también. Por eso el sol y la luna cruzan el cielo en horas distintas: el sol reina el día entero, y la luna trabaja alumbrando la noche.

Y se dice que Tecuciztécatl habría sido el sol, si se hubiera arrojado primero al fuego.

Adaptado por Talerie, Fuente: Historia general de las cosas de Nueva España (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público