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Un patito gris solitario flota al atardecer en un estanque de juncos y mira a lo lejos una bandada de cisnes blancos.

El patito feo

Hans Christian Andersen

12 min de lecturaa partir de 5 años

Un patito gris sale del cascarón y en el corral todos lo pican por feo, así que huye y aguanta él solo un invierno de hielo y hambre. En primavera nada hacia tres cisnes blancos, ve su propia imagen en el agua clara y descubre que él también es un cisne, y los niños del jardín gritan que el nuevo es el más hermoso.


¡Qué hermoso era el campo aquel verano! El trigo estaba dorado, la avena verde y el heno se apilaba sobre los prados. La cigüeña se paseaba con sus largas patas rojas y hablaba en egipcio, porque esa lengua se la había enseñado su madre. En una vieja casa de campo, rodeada de canales hondos y de hojas de bardana tan altas que un niño cabía de pie debajo de ellas, una pata empollaba sus huevos. Ya empezaba a aburrirse, porque casi nadie iba a visitarla: las demás preferían nadar por los canales.

Por fin se abrió un huevo, y luego otro, y luego otro.

—¡Pío, pío! —decían los patitos, y sacaban la cabeza.

—¡Cuac, cuac! —dijo la madre, y todos miraron para todos lados debajo de las hojas verdes. Los dejó mirar cuanto quisieron, porque el verde le hace bien a los ojos.

—¡Qué grande es el mundo! —decían los patitos, que ahora tenían mucho más espacio que dentro del cascarón.

—¿Creen que este es todo el mundo? —dijo la madre—. Se extiende mucho más allá del jardín, hasta el campo del señor cura, donde yo nunca he estado. ¿Están todos? —preguntó, y se levantó a contarlos—. No, falta el huevo más grande.

—¿Cómo vas? —preguntó una pata vieja que había venido de visita.

—Ese huevo no quiere abrirse —contestó ella—. Pero mira a los otros: ¿verdad que son lindísimos? Todos se parecen a su padre, el sinvergüenza, que ni siquiera viene a verme.

—Hazme caso: es un huevo de guajolote —dijo la vieja—. A mí me engañaron igual una vez, y esas crías le tienen miedo al agua. Déjalo ahí y mejor enséñales a nadar a los demás.

—Me quedo otro ratito —dijo la pata—. Después de tanta espera, unos días más no me hacen nada.

—Como gustes —dijo la vieja, y se fue.

Al fin el huevo grande se abrió.

—¡Pío, pío! —dijo el recién nacido, y salió del cascarón. Era grandote y feo.

Un patito gris sale de un cascarón roto en el nido, junto a tres patitos amarillos y a la mamá pata café, bajo hojas grandes de bardana.

—Qué patito tan enorme —dijo la madre—. ¿Será que sí es un guajolote? Al agua tiene que entrar, aunque yo misma lo empuje.

Al día siguiente bajó al canal con toda su familia y ¡plas!, se echó al agua.

—¡Cuac, cuac! —llamó, y los patitos se aventaron uno tras otro.

El agua se les cerró sobre la cabeza, pero enseguida volvieron a subir y nadaron de maravilla. El patito gris y feo nadaba con ellos.

—No es ningún guajolote —dijo la madre—. Miren qué derecho se mantiene. Es hijo mío, y hasta se ve bonito si uno lo mira con calma. ¡Cuac, cuac! Vengan, los voy a presentar en el corral, pero no se me separen y mucho cuidado con los gatos.

En el corral había un escándalo terrible, porque dos familias se peleaban por una cabeza de anguila, y al final se la llevó el gato.

—¿Ven? Así es el mundo —dijo la mamá pata, y se relamió el pico—. Ahora inclinen el cuello ante aquella pata vieja: es la más distinguida de todas y trae un trapito rojo en la pata, la mayor distinción que puede recibir una pata. Y no metan las patas hacia adentro: un patito bien educado las abre hacia afuera. ¡Ahora digan: cuac!

Eso hicieron, pero las otras patas dijeron muy fuerte:

—¡Ay, no! Ahora también tenemos que aguantar a esa parvada. ¡Y qué facha la de aquel patito! A ese no lo soportamos.

Y una pata voló hacia él y lo picó en el cuello.

—Déjenlo en paz —dijo la madre—. No le hace mal a nadie.

—Es demasiado grande y demasiado raro —contestó la otra—, y por eso hay que picarlo.

—Son bonitos los hijos de esta señora —dijo la pata vieja del trapito rojo—. Todos, menos uno. Ese no le salió.

—No es bonito, pero tiene buen corazón y nada tan bien como cualquiera —dijo la mamá pata—. Estuvo demasiado tiempo en el huevo, por eso no le quedó la forma.

Y al pobre patito que había salido al último lo picaban y se burlaban de él, las patas y las gallinas por igual.

—¡Es demasiado grande! —decían todos.

Y el guajolote, que había nacido con espuelas y por eso se creía emperador, se infló como un barco a toda vela y se le fue encima glugluteando. El patito no sabía adónde ir, y cada día era peor. Hasta sus hermanas le decían:

—¡Ojalá te agarre el gato, animal feo!

En el corral, gallinas y patos rodean al patito gris con el pico abierto, mientras un guajolote enorme despliega la cola a su lado.

Y la madre suspiraba:

—¡Ojalá estuvieras muy lejos de aquí!

Las patas lo picaban y la muchacha que les daba de comer lo apartaba con el pie. Entonces el patito echó a correr y voló por encima de la cerca, y los pajaritos salieron volando del susto.

«Es porque soy tan feo», pensó, y cerró los ojos, pero siguió corriendo. Así llegó al gran pantano de los patos silvestres, y allí pasó la noche, cansado y triste.

Por la mañana los patos silvestres se quedaron viendo al nuevo compañero.

—¿Y tú qué eres? —le preguntaron.

El patito saludaba lo mejor que podía.

—Eres feísimo —dijeron ellos—, pero eso nos da igual, mientras no te cases con nadie de la familia.

¡Pobre! Ni pensaba en casarse; le bastaba con que lo dejaran echarse entre los juncos. Allí estuvo dos días. Entonces llegaron dos gansos silvestres, jóvenes y muy atrevidos.

—Oye, amigo —le dijeron—, eres tan feo que nos caes bien. ¿Quieres venirte con nosotros y ser ave de paso? Aquí cerca hay unas gansas encantadoras. Con lo feo que eres, hasta podrías hacer fortuna.

En ese momento se oyó: ¡pum, pum! Los dos gansos jóvenes cayeron entre los juncos y ya no se levantaron. ¡Pum, pum!, se oyó otra vez, y bandadas enteras salieron volando del carrizal. Era una cacería grande: los cazadores estaban tendidos alrededor del pantano, y los perros llegaron chapoteando. El patito escondió la cabeza bajo el ala y en ese instante tenía junto a él a un perro enorme, con la lengua de fuera. El perro le enseñó los dientes y luego, chas, chas, se fue por el agua sin tocarlo.

Un perro de caza enorme enseña los dientes sobre el patito gris, agachado entre los juncos; a lo lejos brillan los fogonazos sobre el pantano.

—Gracias a Dios —suspiró el patito—. Soy tan feo que ni el perro quiere morderme.

Y se quedó muy quieto mientras los tiros silbaban entre los juncos. Hasta muy entrada la tarde volvió la calma, y aun así esperó horas antes de salir.

Al anochecer llegó a una casita tan destartalada que ni ella misma sabía para qué lado caerse, y por eso seguía de pie. La puerta colgaba chueca, y el patito se metió por la rendija.

Allí vivía una viejita con su gato y su gallina. Al gato le decía Hijito, y él sabía arquear el lomo, ronronear y hasta echar chispas. La gallina tenía las patas muy cortitas, y por eso le decían Patacorta; ponía buenos huevos y la mujer la quería como a una hija. La viejita no veía bien y creyó que el patito era una pata perdida.

—¡Qué suerte! —dijo—. Ahora voy a tener huevos de pata. Con tal de que no sea macho. Habrá que probar.

Lo aceptaron a prueba por tres semanas, pero no hubo ningún huevo. El gato era el señor de la casa y la gallina era la señora, y siempre decían: «Nosotros y el mundo», porque se creían la mitad, y por mucho la mejor mitad.

—¿Sabes poner huevos? —le preguntó la gallina.

—No.

—Entonces hazme el favor de callarte.

Y el gato dijo:

—¿Sabes arquear el lomo, ronronear y echar chispas?

—No.

—Entonces no opines cuando hablan las personas sensatas.

El patito se quedó en un rincón, de mal humor. Entró el sol y el aire fresco, y le entraron tantas ganas de nadar que se lo contó a la gallina.

Junto a la chimenea encendida de la casita, el gato arquea el lomo y la gallina café mira al patito gris, sentado aparte en la penumbra.

—Es tan bonito nadar —dijo el patito—, tan rico sentir que el agua se cierra sobre la cabeza y bajar hasta el fondo.

—Ha de ser un gustazo —dijo la gallina—. Yo creo que te volviste loco. Pregúntale al gato, que es el ser más listo que conozco, si a él le gusta el agua.

—Ustedes no me entienden —dijo el patito.

—¿Que no te entendemos? Entonces, ¿quién te va a entender? Da gracias por lo bueno que te han hecho: llegaste a un cuarto calientito y a una buena compañía. Te digo cosas desagradables, y así se reconoce a los verdaderos amigos. Nomás procura poner huevos, o aprender a ronronear.

—Creo que me voy a ir por el mundo —dijo el patito.

—Anda, vete —dijo la gallina.

Y el patito se fue. Nadaba y se hundía hasta el fondo, pero los demás animales lo hacían a un lado por lo feo que era.

Llegó el otoño. Las hojas del bosque se pusieron amarillas y cafés, y sobre la cerca el cuervo graznaba de frío.

Una tarde preciosa, cuando el sol se ponía, salió de entre los arbustos una parvada de aves grandes y hermosas, blanquísimas, con el cuello largo y suave. Eran cisnes. Lanzaron un grito muy suyo y se fueron de aquellas tierras frías hacia países más cálidos. Subían tan alto que el patito sintió algo muy extraño: dio vueltas en el agua como una rueda, estiró el cuello hacia ellos y soltó un grito tan raro que él mismo se asustó. No sabía cómo se llamaban aquellas aves ni adónde volaban, pero las quería como nunca había querido a nadie. No las envidiaba: se habría dado por contento con que las patas del corral lo dejaran estar entre ellas.

El invierno se puso muy frío. El patito tenía que nadar sin parar para que el agua no se congelara, pero cada noche el hueco se hacía más chico. Al final se quedó sin fuerzas y el hielo lo dejó atrapado.

El patito gris nada en un hueco de agua abierto en el hielo, rodeado de nieve, mientras caen copos de un cielo oscuro de invierno.

Muy temprano pasó por ahí un campesino. Rompió el hielo con su zueco y se lo llevó a su casa, con su mujer, y allí el patito volvió en sí. Los niños querían jugar con él, pero él creyó que le iban a hacer daño y del susto se metió volando en la olla de la leche. La mujer gritó, y el patito fue a dar a la mantequera y después al barril de la harina. Por suerte la puerta estaba abierta: se escapó y se quedó tirado en la nieve, sin fuerzas.

El patito gris chapotea en una olla de leche que se derrama sobre la mesa, mientras la mujer levanta las manos y dos niños se echan para atrás.

Contar todas las penas de aquel invierno sería demasiado triste. El patito estaba echado entre los juncos cuando el sol volvió a calentar y cantaron las alondras: era una primavera espléndida.

De pronto pudo abrir las alas. Sonaron más fuerte que antes y, sin darse cuenta, se encontró en un jardín grande, donde las lilas perfumaban el aire y bajaban sus ramas hasta los canales. De entre la espesura salieron tres cisnes blancos y magníficos. El patito los reconoció, y lo llenó una tristeza muy honda.

«Voy a volar hacia ellos, hacia esas aves reales. Me van a matar por atreverme a acercarme, siendo yo tan feo. Pero mejor eso que vivir picado por las patas, golpeado por las gallinas y muerto de hambre todo el invierno.»

Y voló al agua y nadó hacia los cisnes. Ellos lo vieron y se lanzaron hacia él con las plumas abiertas.

—Mátenme, si quieren —dijo el pobre animal, e inclinó la cabeza hacia el agua, esperando el final.

Pero ¿qué vio en el agua clara? Vio su propia imagen debajo de él, y ya no era un pájaro torpe y gris oscuro: era un cisne.

No importa haber nacido en un corral de patos, si uno ha salido de un huevo de cisne.

Ahora se alegraba de todas las penas pasadas, porque así entendía mejor la dicha que lo recibía. Los cisnes grandes nadaban a su alrededor y lo acariciaban con el pico.

Al jardín llegaron unos niños a echar pan y granos al agua, y el más chiquito gritó:

—¡Hay uno nuevo!

Los otros gritaron contentos y corrieron a llamar a sus papás. Echaron al agua pan y pastel, y todos decían:

—El nuevo es el más hermoso. ¡Qué joven, qué bonito!

Y los cisnes viejos se inclinaron ante él.

Tres cisnes blancos nadan en el estanque de un jardín; el más cercano baja el cuello hacia su reflejo, y en la orilla unos niños aplauden y echan pan.

Él sintió mucha pena y escondió la cabeza bajo el ala, sin saber qué hacer. Estaba demasiado feliz y, sin embargo, no estaba nada orgulloso. Se acordó de cómo lo habían perseguido y burlado, y ahora oía que era la más hermosa de todas las aves hermosas. Hasta las lilas inclinaron sus ramas hacia el agua, y el sol brillaba tibio y suave. Sus plumas se agitaron, su cuello esbelto se levantó, y el cisne dijo con el corazón lleno:

—¡Nunca soñé con tanta felicidad cuando era el patito feo!

Adaptado por Talerie, Fuente: Sämmtliche Märchen (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público