
Los tres cerditos
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Una cerda manda a sus tres cerditos a buscar fortuna, y el lobo derriba de un soplido la casa de paja y la de ramas. Con la de ladrillos se queda sin aire, y al no poder engañarlo tampoco, sube furioso al tejado, baja por la chimenea, cae en la olla puesta al fuego, y el cerdito vive feliz en su casa de ladrillos.
Hace mucho, mucho tiempo,cuando el cerdo hablaba en verso,el chango se ponía sombreroy la gallina, un delantal nuevo,y los patos decían cuac, cuac, cuac.
Había una vez una cerda ya viejita que tenía tres cerditos. Como no le alcanzaba para darles de comer, un día los mandó por el mundo a buscar fortuna.
El primero se fue caminando y se topó con un hombre que llevaba un bulto de paja.
—Señor, ¿me regala esa paja para hacerme una casa? —le pidió.
El hombre se la dio, y el cerdito armó su casa con ella. Todavía no acababa de acomodarse cuando llegó el lobo y tocó a la puerta.
—Cerdito, cerdito, déjame entrar.
—No, no, no, por los pelos de mi barba y de mi barbilla.
—Pues soplaré, y soplaré, y tu casa derribaré.
Y sopló, y volvió a soplar, y la casa de paja se vino abajo. Del primer cerdito nadie volvió a saber nada.

El segundo cerdito se topó con un hombre que llevaba un montón de ramas secas.
—Señor, ¿me regala esas ramas para hacerme una casa? —le pidió.
El hombre se las dio, y el cerdito levantó su casa con ellas. Al poco rato apareció el lobo.
—Cerdito, cerdito, déjame entrar.
—No, no, no, por los pelos de mi barba y de mi barbilla.
—Pues soplaré, y soplaré, y tu casa derribaré.
Sopló una vez, sopló otra vez, y a la tercera las ramas salieron volando por los aires. Del segundo cerdito tampoco se volvió a saber nada.
El tercer cerdito se topó con un hombre que llevaba un cargamento de ladrillos.
—Señor, ¿me regala esos ladrillos para hacerme una casa? —le pidió.
El hombre se los dio, y el cerdito se puso a trabajar. Fue poniendo ladrillo sobre ladrillo, con calma y con paciencia, hasta que la casa quedó firme y bien parada, con su chimenea en el techo. Y, como era de esperarse, el lobo también llegó a su puerta.
—Cerdito, cerdito, déjame entrar.
—No, no, no, por los pelos de mi barba y de mi barbilla.
—Pues soplaré, y soplaré, y tu casa derribaré.
Sopló y resopló, y volvió a soplar hasta quedarse sin aire, y la casa no se movió ni un ladrillo.
Cuando vio que por la fuerza no iba a poder, el lobo cambió de modos y habló muy amable.
—Cerdito, yo sé dónde hay un campo de nabos buenísimos.
—¿Dónde? —preguntó el cerdito.
—Allá en el terreno de don Simón. Si te levantas temprano, mañana paso por ti y vamos juntos a traer unos cuantos para la comida.
—Muy bien —dijo el cerdito—. Aquí te espero. ¿A qué hora pasas?
—A las seis.
Pero el cerdito se levantó a las cinco, se fue solito al campo y regresó con la olla llena de nabos. A las seis en punto el lobo tocó a la puerta.
—Cerdito, ¿ya estás listo?
—¿Listo? Ya fui y ya vine, y aquí tengo los nabos para la comida.
Al lobo le dio un coraje enorme, pero se aguantó, porque ya andaba pensando en otra manera de agarrarlo.
—Cerdito, yo sé dónde hay un manzano cargadito de manzanas.
—¿Dónde? —preguntó el cerdito.
—En la huerta de la loma. Mañana paso por ti a las cinco, y esta vez no me vayas a hacer trampa.
Al otro día el cerdito se levantó a las cuatro para volver antes que el lobo. Pero la huerta quedaba lejos y encima tuvo que treparse al árbol, así que todavía andaba entre las ramas cuando vio al lobo venir por el camino y se le fue el alma a los pies.

—¡Cerdito! ¿Conque llegaste antes que yo? ¿Están buenas las manzanas?
—Buenísimas —dijo el cerdito—. Te voy a aventar una.
Y la aventó tan lejos que, mientras el lobo iba por ella, el cerdito se bajó de un salto y corrió a su casa sin voltear.
Al día siguiente el lobo volvió.
—Cerdito, hoy en la tarde hay feria en el pueblo. ¿Vamos?
—Vamos —dijo el cerdito—. ¿A qué hora pasas?
—A las tres.
El cerdito salió mucho antes, como siempre. En la feria se compró una mantequera de madera y ya iba de regreso con ella cuando vio al lobo subiendo por el camino. No supo qué hacer y se metió en la mantequera para esconderse. Con el movimiento, la mantequera se ladeó, echó a rodar cuesta abajo y bajó dando tumbos con el cerdito adentro. Al lobo le dio tal susto aquella cosa redonda y ruidosa que se echó a correr a su casa y ya ni fue a la feria.
Más tarde llegó a contárselo al cerdito, todavía temblando.
—No te imaginas el susto que me llevé. Bajó rodando por la loma una cosa enorme y redonda y pasó zumbando junto a mí.
—Ah, entonces fui yo quien te asustó —dijo el cerdito, muerto de risa—. Venía de la feria con una mantequera, te vi de lejos, me metí adentro y me fui rodando por la loma.
Entonces sí el lobo se puso furioso.
—Pues de todos modos te voy a comer, y me voy a meter por la chimenea.

El cerdito lo oyó treparse al tejado. Sin perder tiempo colgó sobre el fuego su olla más grande, llena de agua, avivó la lumbre hasta que las llamas subieron bien alto y le quitó la tapa. Justo entonces el lobo venía bajando por la chimenea, cayó dentro, y el cerdito la tapó en un abrir y cerrar de ojos. Así se acabó el lobo, y nunca más volvió a asustar a nadie.
Y el tercer cerdito, el de la casa de ladrillos, vivió feliz en ella muchos, muchos años.
Adaptado por Talerie, Fuente: English Fairy Tales (se abre en una ventana nueva)
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