Saltar al contenido
Un cuervo negro, parado en el borde de una jarra de barro, suelta una piedrita del pico sobre el agua que brilla casi al ras; más piedritas en el suelo.

El cuervo y la jarra

Esopo

2 min de lectura3–8 años

Un cuervo muerto de sed encuentra una jarra olvidada con muy poquita agua en el fondo, y por más que estira el cuello, su pico no llega. Entonces se le ocurre echar piedritas adentro, una tras otra, y el agua sube hasta quedar al alcance de su pico, y el cuervo por fin bebe despacio.


Un cuervo llevaba media mañana volando bajo el sol sin encontrar una sola gota de agua. Tenía tanta sed que ya casi no le salía la voz.

Al fin vio una jarra olvidada en el patio de una casa y se posó en el borde. Adentro quedaba agua, pero muy poquita, allá en el fondo. El cuervo metió el pico cuanto pudo. Estiró el cuello, ladeó la cabeza para un lado y para el otro, y nada: por más que se esforzaba, el pico no llegaba.

Un cuervo agarrado del borde de una jarra de barro mete la cabeza adentro, con la cola en alto, frente a una pared encalada y agrietada con pasto seco al pie.

Era como para desesperarse. El agua estaba ahí, a la vista, y él se moría de sed sin poder tomar ni una gota.

Entonces se quedó quieto un momento y se le ocurrió algo. Junto a la jarra, en la tierra, había piedritas. Tomó una con el pico y la dejó caer adentro. Fue por otra, y luego por otra más, y con cada piedrita el agua subía un poquito.

El cuervo no se cansó de ir y venir. Piedra tras piedra, el agua fue subiendo y subiendo hasta quedar al alcance de su pico. Y entonces bebió despacio, hasta que se le quitó la sed.

Adaptado por Talerie, Fuente: Aesop's Fables: a new translation (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público