
Los zapatos rojos
9 min de lectura10–16 años
Una niña pobre recibe unos hermosos zapatos rojos que despiertan en ella una vanidad consumidora, llevándola a desafiar a la anciana que la cuida y a olvidar sus deberes piadosos en la iglesia. Los zapatos encantados la condenan a bailar sin cesar por bosques y cementerios hasta que, con el corazón verdaderamente arrepentido, queda al fin libre de ellos y emprende un camino de humildad que la redime con la gracia divina.
Érase una vez una niña delicada y muy bonita, pero pobre. En verano iba siempre descalza, y en invierno calzaba unos zuecos de madera que le dejaban los pies rojos de frío.
En la aldea vivía una vieja zapatera. Con retales de un viejo paño encarnado, cosió lo mejor que supo un par de zapatitos. Le salieron toscos, pero estaban hechos con cariño, y eran para la niña, que se llamaba Karen.
El mismo día en que enterraron a su madre, Karen se puso por primera vez aquellos zapatos rojos y caminó con ellos detrás del pobre ataúd.
Entonces pasó un carruaje grande y antiguo, y en él iba una anciana señora. Sintió compasión de Karen y le dijo al párroco: «Dadme a esta niña, yo me haré cargo de ella.»
Karen creyó que aquello sucedía por sus zapatos rojos, pero la anciana los encontró feos y mandó quemarlos. A Karen la vistieron con ropa limpia y bonita, le enseñaron a leer y a coser, y todos decían que era linda. Pero el espejo decía: «Eres más que linda: eres hermosa.»
Un día la reina viajó por el país con su pequeña hija, la princesa, y la gente acudió al palacio para verlas. La princesita se asomó a una ventana con un vestido blanco y unos preciosos zapatos rojos, mucho más hermosos que los de Karen. Y a Karen le pareció que nada en el mundo podía compararse con unos zapatos rojos.
Llegó el día de la confirmación de Karen. Le hicieron ropa nueva y también zapatos nuevos. El zapatero de la ciudad le tomó medida, y entre las vitrinas llenas de calzado había un par de zapatos rojos, iguales a los de la princesa: los había hecho para la hija de un conde, pero no le habían quedado bien.
—¿Son de charol? —preguntó la anciana, que veía poco—. ¡Cómo brillan!
—Sí, brillan —dijo Karen. Y como le quedaban bien, los compraron, sin que la anciana supiera que eran rojos; de haberlo sabido, jamás habría dejado que Karen fuera así a la iglesia.
Pero así fue. Todos le miraban los pies, y a Karen le pareció que hasta las viejas figuras talladas en las lápidas clavaban los ojos en sus zapatos. Durante toda la ceremonia solo pensó en ellos, y olvidó escuchar las palabras del sacerdote y las voces del coro.
Por la tarde, la anciana señora se enteró de que los zapatos eran rojos, y dijo que aquello no estaba bien: de ahora en más, Karen iría a la iglesia con zapatos negros, aunque fueran viejos.
Pero el domingo siguiente, cuando había comunión, Karen miró los zapatos negros, miró los rojos… y se puso los rojos.
Hacía un sol espléndido, y fueron caminando hacia la iglesia por un sendero entre los trigales. A la puerta había un viejo soldado con muleta y una barba larga y rojiza. Se inclinó y pidió permiso para limpiarle los zapatos a la anciana; luego miró los de Karen y dijo:
—¡Mira qué zapatos tan bonitos de baile! ¡Sujetaos bien cuando bailéis!
Y dio un golpecito en las suelas con la mano.
Dentro de la iglesia, todos miraban los zapatos rojos de Karen, y a ella le pareció que hasta las figuras la miraban. Arrodillada ante el altar, con el cáliz dorado en los labios, solo pensaba en sus zapatos, y olvidó cantar el salmo y rezar el padrenuestro.
Al salir, cuando Karen subía al carruaje, el viejo soldado repitió:
—¡Mira qué zapatos tan bonitos de baile!
Y Karen no pudo evitarlo: sus piernas empezaron a bailar solas, como si los zapatos hubieran tomado el mando. Bailó dando vueltas alrededor de la iglesia sin poder detenerse, hasta que el cochero corrió tras ella, la sujetó y la subió al carruaje; pero sus pies siguieron bailando incluso allí dentro. Al fin le quitaron los zapatos, y las piernas descansaron.
En casa guardaron los zapatos en la vitrina, pero Karen no podía dejar de mirarlos.
Al poco tiempo, la anciana señora cayó enferma y hubo que cuidarla día y noche. Pero en la ciudad había un gran baile, y Karen estaba invitada. Pensó que no había mal en ir; se calzó los zapatos rojos y se marchó a bailar.
Y allí, cuando quería girar a la derecha, los zapatos la llevaban a la izquierda; cuando quería subir, bajaban las escaleras, y salieron a la calle, y cruzaron la puerta de la ciudad. Bailaba y tenía que bailar, hasta perderse en el bosque oscuro.
Entre los árboles brilló algo que parecía la luna, pero era el rostro del viejo soldado, que asentía y decía:
—¡Mira qué zapatos tan bonitos de baile!
Karen, asustada, quiso quitarse los zapatos, pero estaban pegados a sus pies como si se hubieran fundido con ellos. Y tuvo que bailar por campos y prados, bajo la lluvia y bajo el sol, de día y de noche, sin descanso.
Bailó hasta un cementerio, pero allí los muertos no bailaban con ella. Bailó hasta la puerta abierta de una iglesia, y vio a un ángel de vestiduras blancas, con una espada reluciente en la mano y el rostro grave.
—Bailarás —dijo el ángel— con tus zapatos rojos hasta quedar pálida y fría. Bailarás de puerta en puerta, para que las niñas vanidosas te vean y aprendan a temer. ¡Bailarás, bailarás!
—¡Piedad! —gritó Karen. Pero los zapatos ya la arrastraban lejos, por caminos y senderos, sin dejarla parar.
Una mañana, bailando, pasó ante una casa que conocía bien: dentro cantaban un salmo y sacaban un ataúd cubierto de flores. Comprendió que la anciana señora había muerto, y sintió que estaba sola en el mundo y castigada por el ángel.
Bailó y bailó, hiriéndose los pies entre espinos, hasta llegar a una casita apartada en medio del páramo. Allí las fuerzas la abandonaron, y cayó de rodillas ante la puerta, demasiado agotada y afligida para dar un paso más.
—¡Dios mío, ten piedad de mí! —clamó en la oscuridad—. Lo siento tanto… tanto por mi vanidad y mi orgullo. Quítame estos zapatos rojos. Preferiría no volver a bailar en toda mi vida antes que ser arrastrada lejos de todos a quienes quiero.
Y confesó todas sus culpas, una por una, llorando amargamente y sin callar nada, arrepentida desde lo más hondo del corazón.
Entonces, de pronto, fue como si un gran peso se desprendiera de ella. Los zapatos rojos se soltaron de sus pies y se marcharon bailando ellos solos, campo a través, hasta perderse en el bosque profundo, y nunca más se los volvió a ver. Karen quedó libre.
Se quedó largo rato en el silencio, con los pies doloridos y cansados, pero con una paz en el corazón que hacía mucho que no sentía. Y le vino a los labios un salmo humilde —de esos que cantan quienes se arrepienten de veras—, y lo cantó entre lágrimas.
Cuando llegó la mañana, se levantó y siguió su camino por el páramo, agradecida de todo corazón por poder caminar, sencillamente, adonde ella quisiera.
«Ya he sufrido bastante por los zapatos rojos —pensó—. Ahora iré a la iglesia, para que me vean.» Pero al acercarse a la puerta, le pareció ver los zapatos rojos bailando delante de ella, y asustada, dio media vuelta.
Toda la semana lloró amargamente. Pero llegado el domingo, se dijo: «Ya he sufrido y luchado bastante; seguro que valgo tanto como cualquiera de los que se sientan en la iglesia.» Y volvió a intentarlo con ánimo; pero, otra vez, al llegar a la puerta del cementerio, creyó ver los zapatos bailando ante ella, y el miedo la hizo volver atrás, arrepentida de corazón.
Entonces fue a la casa del párroco y pidió que la tomaran a su servicio. Prometió trabajar con diligencia, sin importarle el salario, con tal de tener un techo y vivir entre buenas personas. La esposa del párroco se compadeció de ella y la acogió.
Karen fue diligente y callada. Escuchaba con atención cuando el párroco leía la Biblia por las tardes, y los niños de la casa la querían mucho; pero cuando hablaban de vestidos bonitos y de lujos, ella bajaba la cabeza.
Un domingo, los demás se prepararon para ir a la iglesia y le preguntaron si quería acompañarlos. Pero Karen bajó la cabeza con tristeza y se quedó sola en su pequeño cuarto, tan estrecho que apenas cabían una cama y una silla. Allí, con su libro de himnos entre las manos, oyó llegar desde la iglesia el sonido del órgano, y alzó el rostro bañado en lágrimas.
—Dios mío, ayúdame —dijo.
Y el sol brilló con fuerza, y ante ella apareció el ángel de vestiduras blancas, el mismo que había visto aquella noche a la puerta de la iglesia. Pero ahora no llevaba la espada, sino una rama verde llena de rosas. Tocó el techo, y este se alzó muy alto, brillando como con una estrella dorada; tocó las paredes, y estas se abrieron, y Karen vio el órgano, y a los feligreses cantando en sus bancos. La iglesia entera parecía haber venido hasta su pequeño cuarto.
Karen se encontró sentada entre la familia del párroco, y cuando el salmo terminó y todos alzaron la vista, le sonrieron y dijeron:
—Bien hiciste en venir, Karen.
—Esto es la gracia de Dios —dijo ella.
El órgano sonaba, las voces de los niños se alzaban dulces y claras, y el sol entraba cálido por la ventana hasta el banco donde Karen estaba sentada. Su corazón se llenó de tanta paz y tanta luz que, en silencio, se quedó dormida para siempre, y su alma voló hacia Dios en aquellos rayos de sol, donde ya nadie volvió a preguntarle por los zapatos rojos.