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Una muchacha con zapatos rojos baila sin poder detenerse al borde de un bosque oscuro iluminado por la luna.

Los zapatos rojos

Hans Christian Andersen

8 min de lecturaa partir de 8 años

Karen se pone unos zapatos rojos para ir a la iglesia, y cuando un soldado viejo los alaba, los zapatos echan a bailar solos y no la sueltan. El verdugo le corta los pies a petición suya, y en el cuartito de la casa del pastor un ángel con una rama de rosas ensancha las paredes y la iglesia llega hasta ella.


Había una vez una niña pobre y bonita que se llamaba Karen. En verano andaba descalza y en invierno calzaba unos zuecos de madera que le dejaban los pies rojos de frío. Una vieja zapatera le cosió unos zapatitos con tiras de paño rojo: toscos, pero hechos con cariño.

Karen los estrenó el día en que enterraron a su madre. Unos zapatos rojos no son para un entierro, pero no tenía otros, así que caminó con ellos detrás del ataúd.

Por el camino pasó un carruaje viejo. Dentro iba una señora de edad que la miró con lástima.

—Deme a esa niña —le dijo al pastor—. Yo me haré cargo de ella.

Karen creyó que era por los zapatos rojos, pero la señora los llamó horribles y mandó quemarlos. La vistieron bien y le enseñaron a leer y a coser. La gente decía que era linda; el espejo decía más.

—Eres más que linda: eres hermosa.

Un día la reina pasó por el país con su hijita. La princesita se asomó a una ventana, vestida de blanco: no llevaba corona, pero calzaba unos zapatos rojos de piel brillante, más bonitos que los de Karen. Nada en el mundo se compara con unos zapatos rojos.

Cuando llegó la edad de su confirmación, Karen tuvo vestido y zapatos nuevos. En la tienda del zapatero rico había un par rojo igualito al de la princesa: lo habían hecho para la hija de un conde, pero no le había quedado.

—¿Es de charol? —preguntó la señora, que ya casi no veía—. ¡Cómo brilla!

—Sí, cómo brilla —dijo Karen.

Los zapatos le quedaron y la señora los compró sin ver que eran rojos: jamás la habría dejado ir así a la iglesia. Y así fue.

Todos le miraron los pies, y hasta los retratos de los viejos pastores parecían mirárselos. Mientras el pastor le hablaba de la alianza con Dios, Karen solo pensaba en los zapatos rojos.

Por la tarde, la señora supo de qué color habían sido. Dijo que era feo y que en adelante Karen iría a la iglesia con zapatos negros, aunque fueran viejos.

El domingo siguiente había comunión. Karen miró los zapatos negros, miró los rojos, volvió a mirar los rojos, y se puso los rojos.

A la puerta de la iglesia había un soldado viejo, con muleta y una barba larguísima y roja. Se inclinó hasta el suelo para limpiarle los zapatos a la señora, y Karen estiró también el pie.

Un viejo harapiento de barba roja, con muleta, se agacha a tocar el zapato rojo de una joven a la puerta de la iglesia; una señora con capa de piel los mira.

—¡Mira qué zapatos de baile tan bonitos! —dijo el soldado—. ¡Sujétense bien cuando bailen!

Y les dio una palmada en las suelas.

La señora le dio una limosna y entraron. Ante el altar, Karen creyó ver los zapatos rojos flotando en el cáliz dorado, y olvidó cantar su salmo y rezar el padrenuestro.

Al salir, la señora subió a su carruaje. Karen levantó el pie para subir, y el viejo soldado dijo:

—¡Mira qué zapatos de baile tan bonitos!

Karen no pudo evitarlo: dio unos pasos de baile y las piernas siguieron bailando solas, como si los zapatos se hubieran adueñado de ella. El cochero tuvo que alcanzarla y subirla al carruaje, pero los pies seguían bailando hasta que le quitaron los zapatos.

En casa los guardaron en el armario, pero Karen no dejaba de mirarlos.

Poco después la señora cayó enferma y se decía que ya no se levantaría. A nadie le tocaba cuidarla más que a Karen, pero en la ciudad había un baile. Pensó que no había ningún pecado en ponerse los zapatos rojos y se fue a bailar.

En un salón iluminado por velas, una joven gira hacia la puerta con los brazos abiertos y los zapatos rojos encendidos, mientras los bailarines se apartan.

Cuando quería ir a la derecha, los zapatos bailaban a la izquierda; bajaron la escalera, cruzaron la calle y la sacaron de la ciudad, hasta el bosque oscuro.

Algo brillaba entre los árboles: ella creyó que era la luna, pero era el rostro del viejo soldado de la barba roja.

—¡Mira qué zapatos de baile tan bonitos!

Karen quiso arrancarse los zapatos, pero estaban prendidos a los pies como si hubieran echado raíz. Bailó por campos y praderas, bajo la lluvia y bajo el sol, de día y de noche.

Un ángel serio, de alas enormes, sostiene en alto una espada ancha ante la puerta de la iglesia; la joven baila hacia las tumbas con los zapatos encendidos.

Bailó hasta el cementerio, pero los muertos no bailaban. Y cuando bailó hacia la puerta abierta de la iglesia, vio a un ángel de vestiduras blancas, con alas hasta el suelo y una espada reluciente en la mano.

—¡Bailarás! —dijo el ángel—. Bailarás con tus zapatos rojos hasta quedar pálida y fría. Bailarás de puerta en puerta, y donde vivan niños orgullosos y presumidos tocarás a la puerta, para que te oigan y te teman. ¡Bailarás, bailarás!

—¡Piedad! —gritó Karen.

Pero no alcanzó a oír la respuesta, porque los zapatos ya la llevaban lejos.

Una mañana pasó bailando frente a una puerta conocida. Adentro cantaban salmos y sacaban un ataúd cubierto de flores: la señora había muerto, y Karen se sintió abandonada.

Aquella noche los zapatos la llevaron por espinas y tocones hasta la casita del verdugo, y Karen golpeó en el vidrio de la ventana.

—¡Sal! ¡Sal! No puedo entrar, porque tengo que bailar.

—Seguro no sabes quién soy —respondió el verdugo—. Yo les corto la cabeza a los malos.

—No me cortes la cabeza —dijo Karen—, porque entonces no podré arrepentirme de mi culpa. Córtame los pies con los zapatos rojos.

Confesó todo lo que había hecho mal, y el verdugo hizo lo que ella le pidió. Los zapatos rojos se alejaron bailando hasta perderse en el bosque. Él le talló unos pies de madera y unas muletas y le enseñó un salmo; Karen le besó la mano y se fue.

—Ya sufrí bastante por los zapatos rojos —dijo—. Ahora quiero ir a la iglesia, para que me vean.

Pero al llegar a la puerta vio los zapatos rojos bailando delante de ella y dio la vuelta asustada. Lloró toda la semana. El domingo se dijo que era tan buena como muchos de los que se sientan en la iglesia muy orgullosos de sí mismos, y allá fue; no pasó de la reja del cementerio, porque los zapatos volvían a bailar. Entonces se arrepintió de todo corazón.

Fue a la casa del pastor y pidió que la tomaran a su servicio sin sueldo, con tal de tener un techo. La esposa del pastor la aceptó. Karen era callada y trabajadora, y por las noches escuchaba la lectura de la Biblia. Los niños la querían, pero cuando hablaban de galas, ella movía la cabeza.

El domingo siguiente le preguntaron si quería ir a la iglesia, y ella miró sus muletas con lágrimas. Se quedó sola en su cuartito, con su libro de cantos, y mientras leía, el viento le trajo el sonido del órgano.

—¡Dios mío, ayúdame!

Un ángel rubio con una rama de rosas toca la pared de un cuarto pobre, que se abre a una iglesia soleada llena de gente que canta; la joven mira sonriendo.

Entonces brilló una gran claridad y delante de ella se puso el ángel de Dios, el mismo de aquella noche; pero ya no llevaba espada, sino una rama verde cargada de rosas. Tocó el techo y el techo se levantó muy alto; tocó las paredes y las paredes se ensancharon, y Karen vio el órgano sonando y a los fieles cantando. La iglesia entera había venido hasta su cuartito, o quizá era ella la que había llegado allá. Cuando terminó el salmo, los de la casa del pastor la saludaron.

—Qué bueno que viniste, Karen.

—Fue la gracia de Dios —dijo ella.

Volvió a sonar el órgano y los niños cantaron suave y dulcemente. La luz del sol entró tibia hasta la banca de Karen, y el corazón se le llenó tanto de sol y de paz que se le rompió. Su alma voló en los rayos del sol hasta Dios, y allá nadie le preguntó por los zapatos rojos.

Adaptado por Talerie, Fuente: Los zapatos colorados (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público