OriginalLos zapatos rojos
12 min de lectura10–16 años
Una niña pobre recibe unos hermosos zapatos rojos que le roban la atención en momentos sagrados, llevándola a abandonar el cuidado de la anciana que la acogió para asistir a un baile donde los zapatos la obligan a bailar sin cesar. Condenada a bailar sin descanso por montes, campos y caminos, Karen sufre terriblemente hasta que busca al verdugo para que le ampute los pies, encontrando después el difícil camino hacia el arrepentimiento y la redención.
Érase una vez una niña delicada y muy bonita. Pero era pobre, de modo que en verano iba siempre descalza, y en invierno calzaba unos grandes zuecos de madera que le dejaban los pies rojos, del todo enrojecidos por el frío.
En mitad de la aldea vivía una vieja zapatera. Sentada a su labor, cosió lo mejor que supo, con tiras de un viejo paño encarnado, un par de zapatitos. Le salieron toscos, pero estaban hechos con buena voluntad, y eran para la pequeña. La niña se llamaba Karen.
El mismo día en que enterraron a su madre, Karen recibió los zapatos rojos y se los puso por primera vez. Claro que no eran cosa para llevar de luto; pero no tenía otros, así que metió en ellos sus pies descalzos y caminó detrás del pobre ataúd.
En eso pasó un carruaje grande y antiguo, y dentro iba una anciana señora. Se fijó en la niña, sintió compasión de ella y le dijo al párroco: «Oíd, dadme a esta pequeña, que yo me haré cargo de ella.»
Karen creyó que todo aquello ocurría por sus zapatos rojos; pero la anciana los encontró horribles, y mandó quemarlos. A Karen, en cambio, la vistieron con ropa limpia y bonita; le enseñaron a leer y a coser, y la gente decía que era linda. Pero el espejo decía: «Eres más que linda: eres hermosa.»
Sucedió que la reina viajaba por el país y llevaba consigo a su pequeña hija, que era princesa. La gente acudió en tropel al palacio, y entre ellos también fue Karen. La princesita, con un fino vestido blanco, se asomó a una ventana para dejarse admirar. No llevaba cola ni corona de oro, pero calzaba unos preciosos zapatos rojos de tafilete, mucho más hermosos que los que la zapatera había cosido para Karen. Nada en el mundo puede compararse con unos zapatos rojos.
Karen tenía ya edad de recibir la confirmación. Le hicieron ropa nueva, y también le harían zapatos nuevos. El rico zapatero de la ciudad le tomó medida del piececito; fue en su propio taller, donde había grandes vitrinas llenas de lindos zapatos y botas relucientes. Era un primor verlas, pero la anciana señora veía mal y no disfrutaba de ello. En medio de todos había un par de zapatos rojos, iguales a los que había lucido la princesa. ¡Qué bonitos eran! El zapatero contó que los había hecho para la hija de un conde, pero que no le habían quedado bien.
—¿Son de charol? —preguntó la anciana—. ¡Cómo brillan!
—Sí, brillan —dijo Karen. Los zapatos le quedaban bien y los compraron. Pero la anciana señora no supo que eran rojos, pues jamás habría permitido que Karen fuese a la confirmación con zapatos rojos; y sin embargo así lo hizo.
Todos le miraban los pies. Y cuando cruzó el umbral de la iglesia camino del coro, le pareció que hasta las viejas figuras de las lápidas, los retratos de párrocos y de sus esposas con rígidas golas y largos vestidos negros, clavaban los ojos en sus zapatos rojos. Y solo en ellos pensaba mientras el sacerdote le ponía la mano en la cabeza y hablaba del santo bautismo, de la alianza con Dios y de que ya era una cristiana adulta. El órgano sonaba solemne, cantaban las hermosas voces de los niños y cantaba el viejo chantre; pero Karen solo pensaba en los zapatos rojos.
Por la tarde la anciana señora supo, por boca de todos, que los zapatos eran rojos. Dijo que aquello era feo, que no estaba bien, y que en adelante, cuando Karen fuese a la iglesia, iría siempre con zapatos negros, aunque estuviesen viejos.
El domingo siguiente había comunión. Y Karen miró los zapatos negros, miró los rojos, los volvió a mirar… y se puso los rojos.
Hacía un sol espléndido. Karen y la anciana señora fueron por el sendero que atravesaba el trigal, y allí se levantaba un poco de polvo.
A la puerta de la iglesia había un viejo soldado inválido, con una muleta y una barba asombrosamente larga, más roja que blanca. Se inclinó hasta el suelo y preguntó a la anciana si le permitía limpiarle los zapatos. También Karen adelantó su piececito. «¡Mira qué zapatos tan bonitos de baile! —dijo el soldado—. ¡Sujetaos bien cuando bailéis!» Y con la mano dio un golpecito en las suelas.
La anciana señora dio una limosna al soldado y entró con Karen en la iglesia.
Y todos allí miraban los zapatos rojos de Karen, y todas las figuras los miraban; y cuando Karen se arrodilló ante el altar y acercó a los labios el cáliz de oro, solo pensaba en los zapatos rojos; le parecía que flotaban dentro del cáliz, y olvidó cantar el salmo, y olvidó rezar el padrenuestro.
Al salir todos de la iglesia, la anciana señora subió a su carruaje. Karen levantó el pie para subir también, y el viejo soldado dijo: «¡Mira qué zapatos tan bonitos de baile!» Y Karen no pudo evitarlo: tuvo que dar unos pasos de baile, y en cuanto empezó, las piernas siguieron bailando. Era como si los zapatos hubiesen tomado poder sobre ella. Bailó dando vuelta a la esquina de la iglesia, sin poder parar; el cochero tuvo que correr tras ella y agarrarla, y la subió al carruaje, pero los pies seguían bailando, de modo que golpeaba con fuerza a la buena anciana. Al fin le quitaron los zapatos, y las piernas descansaron.
En casa guardaron los zapatos en la vitrina, pero Karen no podía dejar de contemplarlos.
La anciana señora cayó enferma; decían que ya no se levantaría. Había que cuidarla y velarla, y a nadie correspondía hacerlo más que a Karen. Pero en la ciudad había un gran baile, y Karen estaba invitada. Miró los zapatos rojos y pensó que no había pecado en ello; se puso los zapatos rojos, que bien podía hacerlo; y luego fue al baile y empezó a bailar.
Pero cuando quería ir a la derecha, los zapatos bailaban a la izquierda; cuando quería subir por el salón, los zapatos bajaban, escaleras abajo, calle abajo, y salieron por la puerta de la ciudad. Bailaba y tenía que bailar, hasta salir al bosque oscuro.
Entonces brilló algo allá arriba, entre los árboles, y creyó que era la luna, pues era un rostro. Pero era el viejo soldado de la barba roja; estaba sentado, asentía con la cabeza y decía: «¡Mira qué zapatos tan bonitos de baile!»
Karen se asustó y quiso arrancarse los zapatos rojos, pero estaban pegados. Se quitó las medias de golpe, pero los zapatos se habían soldado a sus pies. Y bailaba, y tenía que bailar por campos y praderas, bajo la lluvia y bajo el sol, de noche y de día; pero de noche era lo más espantoso.
Bailó hasta el cementerio abierto; pero los muertos allí no bailaban, tenían mejores cosas que hacer que bailar. Quiso sentarse sobre la tumba del pobre, donde crece el helecho amargo, pero para ella no había descanso ni sosiego. Y cuando bailó hacia la puerta abierta de la iglesia, vio allí a un ángel con largas vestiduras blancas y alas que le llegaban desde los hombros hasta el suelo. Su rostro era severo y grave, y en la mano sostenía una espada ancha y reluciente.
«¡Bailarás! —dijo—. Bailarás con tus zapatos rojos hasta quedar pálida y fría, hasta que tu piel se encoja sobre los huesos. Bailarás de puerta en puerta, y allí donde vivan niñas orgullosas y vanidosas, llamarás para que te oigan y te teman. ¡Bailarás, bailarás…!»
«¡Piedad!», gritó Karen. Pero no oyó lo que el ángel respondía, porque los zapatos la arrastraron por la puerta, hacia el campo, por caminos y senderos, y siempre debía bailar.
Una mañana pasó bailando ante una puerta que conocía muy bien; dentro sonaba un canto de salmos, y sacaban un ataúd adornado con flores. Entonces supo que la anciana señora había muerto, y sintió que estaba abandonada de todos y condenada por el ángel de Dios.
Y bailaba, y tenía que bailar en la noche oscura. Los zapatos la llevaban por espinos y tocones; se hería y sangraba; bailó por el brezal hasta llegar a una casita solitaria. Allí, sabía, vivía el verdugo; y golpeó con los dedos en los cristales y dijo:
—¡Sal! ¡Sal! No puedo entrar, ¡porque tengo que bailar!
Y el verdugo dijo:
—Seguramente no sabes quién soy. Yo corto la cabeza a los malvados, y noto que mi hacha ya suena.
—¡No me cortes la cabeza! —dijo Karen—, porque entonces no podría arrepentirme de mi pecado. Pero córtame los pies con los zapatos rojos.
Y confesó entonces todo su pecado, y el verdugo le cortó los pies con los zapatos rojos; pero los zapatos, con los piececitos dentro, siguieron bailando por el campo y se adentraron en el bosque profundo.
El verdugo le talló unos pies de madera y unas muletas, le enseñó un salmo de los que cantan siempre los pecadores, y ella besó la mano que había empuñado el hacha y se marchó por el brezal.
«Ya he sufrido bastante por los zapatos rojos —se dijo—. Ahora iré a la iglesia, para que puedan verme.» Y se dirigió con paso decidido a la puerta de la iglesia; pero, al llegar, los zapatos rojos bailaban delante de ella, y se asustó y dio media vuelta.
Toda la semana estuvo afligida y lloró muchas lágrimas amargas; pero cuando llegó el domingo, dijo: «Ya he sufrido y he luchado bastante. Creo que soy tan buena como muchos de los que se sientan en la iglesia y se pavonean.» Y se puso en camino con ánimo; pero no llegó más allá de la puerta del cementerio, pues vio los zapatos rojos bailando delante de ella; se llenó de espanto, dio media vuelta y se arrepintió de todo corazón de su pecado.
Fue a la casa del párroco y pidió que la tomaran a su servicio; sería diligente y haría cuanto pudiese, no reparaba en el salario, solo quería un techo y vivir entre buenas personas. La esposa del párroco tuvo compasión de ella y la acogió a su servicio. Y Karen era diligente y reflexiva. Se sentaba en silencio y escuchaba cuando el párroco, por las tardes, leía en voz alta la Biblia. Todos los pequeños la querían mucho; pero cuando hablaban de galas, de lujos y de hermosura, ella movía la cabeza.
El domingo siguiente todos fueron a la iglesia, y le preguntaron si quería ir con ellos; pero ella miró con tristeza, con lágrimas en los ojos, sus muletas. Y los demás fueron a oír la palabra de Dios, mientras ella se quedó sola en su pequeño cuarto, tan estrecho que apenas cabían una cama y una silla. Allí se sentó con su libro de himnos; y mientras leía con piadoso corazón, el viento le trajo desde la iglesia los sonidos del órgano; entonces alzó el rostro bañado en lágrimas y dijo: «¡Oh, Dios, ayúdame!»
Y el sol brilló muy claro; y justo delante de ella se apareció el ángel de Dios con las vestiduras blancas, el mismo que había visto aquella noche a la puerta de la iglesia. Pero ya no sostenía la afilada espada, sino una espléndida rama verde llena de rosas; tocó con ella el techo, y el techo se levantó muy alto, y donde lo había tocado brilló una estrella de oro. Tocó las paredes, y estas se ensancharon, y Karen vio el órgano que resonaba; vio las viejas figuras de párrocos y de sus esposas; los feligreses estaban sentados en los bancos adornados y cantaban con sus libros de himnos. La iglesia misma había venido al estrecho cuarto de la pobre muchacha, o quizá era ella la que había llegado hasta allí. Estaba sentada en un banco, junto a los demás de la casa del párroco; y cuando terminaron el salmo y alzaron la vista, le sonrieron y le dijeron: «Bien hiciste en venir, Karen.»
«Esto es la gracia de Dios», dijo ella.
El órgano sonaba, y las voces de los niños en el coro se elevaban dulces y hermosas. El sol entraba claro y cálido por la ventana, hasta el banco donde Karen estaba sentada; y su corazón se llenó de tanto sol, de tanta paz y alegría, que se rompió; su alma voló en los rayos del sol hacia Dios, y allí no hubo nadie que le preguntara por los zapatos rojos.