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Una niña con capa roja cabalga sobre un reno por un paisaje nevado bajo la luna hacia un lejano palacio de hielo.Original

La reina de las nieves

Hans Christian Andersen

64 min de lecturaa partir de 8 años

Una astilla del espejo del diablo se le clava a Kay en el ojo y en el corazón, y la reina de las nieves se lo lleva en su trineo hasta su palacio de hielo. Gerda lo busca por el ancho mundo hasta los salones helados, y sus lágrimas calientes le derriten el témpano del corazón y los devuelven con la abuela y las rosas.


Primera historia: El espejo y los pedazos

¡Miren! Aquí empezamos. Cuando lleguemos al final de la historia sabremos más que ahora, porque había un duende malvado. Era de los peores de todos: era el diablo mismo. Un día estaba de muy buen humor, porque había fabricado un espejo que tenía una propiedad singular: todo lo bueno y lo hermoso que se reflejaba en él se encogía hasta quedar casi en nada, y en cambio lo que no servía y se veía feo resaltaba y se volvía todavía peor. Los paisajes más espléndidos parecían espinacas cocidas, y las mejores personas se volvían repugnantes o se quedaban de cabeza y sin cuerpo. Las caras salían tan torcidas que no había manera de reconocerlas, y si alguien tenía una peca, podía estar seguro de que la peca se le extendía por la nariz y la boca. Eso era divertidísimo, decía el diablo. Cuando a una persona le pasaba por dentro un pensamiento bueno y piadoso, en el espejo aparecía una mueca burlona, y el diablo tenía que reírse de su ingeniosa invención.

Los que iban a su escuela de duendes, porque el diablo tenía una escuela de duendes, contaban por todas partes que había ocurrido un milagro: ahora sí, decían, se podía ver cómo eran de verdad el mundo y la gente. Corrieron con el espejo por todos lados, y al final no quedó país ni persona que no se hubiera visto deformado en él. Entonces quisieron volar hasta el cielo mismo para burlarse de los ángeles y de Dios. Mientras más alto volaban con el espejo, más se reía éste con su mueca; apenas podían sostenerlo. Subieron y subieron, cada vez más cerca de Dios y de los ángeles, y de pronto el espejo tembló tan espantosamente en su mueca que se les escapó de las manos y cayó a la tierra, donde se hizo pedazos: cien millones, billones y todavía más pedazos.

Y entonces causó una desgracia mucho mayor que antes, porque algunos trozos eran apenas del tamaño de un grano de arena, y ésos salieron volando por el ancho mundo. A quien le entraba uno en el ojo, ahí se le quedaba, y esa persona veía todo al revés, o no tenía ojos más que para lo torcido de cada cosa, porque cada pedacito de espejo conservaba la misma fuerza que había tenido el espejo entero. A algunas personas les entró un pedazo en el corazón, y eso fue lo más terrible de todo: el corazón se les volvía un témpano de hielo. Algunos trozos eran tan grandes que sirvieron para vidrios de ventana, pero por esos vidrios no convenía mirar a los amigos. Otros pedazos acabaron en anteojos, y la cosa iba mal cuando la gente se ponía esos anteojos para ver bien y ser justa. El maligno se reía hasta que le temblaba la panza, y aquello le hacía unas cosquillas muy agradables. Pero afuera seguían volando por el aire los pedacitos de vidrio. ¡Ahora vamos a oír lo que pasó!

Segunda historia: Un niño y una niña

Allá en la gran ciudad, donde hay tanta gente y tantas casas que no alcanza el lugar para que todos tengan un jardincito, y donde por eso la mayoría tiene que conformarse con flores en macetas, vivían dos niños pobres que tenían un jardín un poquito más grande que una maceta. No eran hermanos, pero se querían tanto como si lo fueran. Sus padres vivían justo enfrente unos de otros, en dos buhardillas. Ahí donde el techo de una casa se juntaba con el de la otra y la canaleta corría entre los dos tejados, cada casa tenía una ventanita; bastaba con cruzar la canaleta de un paso para pasar de una ventana a la otra.

Los padres de los dos tenían afuera un cajón grande de madera, y en él crecían las hierbas de cocina que usaban y un rosal pequeño; en cada cajón había uno, y crecían de maravilla. A los padres se les ocurrió poner los cajones atravesados sobre la canaleta, de modo que casi llegaban de una ventana a la otra y parecían dos murallas de flores. Las guías de chícharo colgaban por los lados de los cajones, y los rosales echaban ramas largas que se trepaban alrededor de las ventanas y se inclinaban unas hacia otras: era casi un arco de triunfo de hojas y de flores. Como los cajones estaban muy altos y los niños sabían que no debían treparse a ellos, muchas veces les daban permiso de salir a visitarse y de sentarse en sus banquitos debajo de las rosas; ahí jugaban de lo lindo.

En invierno se acababa ese gusto. Las ventanas se cubrían de escarcha, pero entonces ellos calentaban monedas de cobre en la estufa y ponían la moneda caliente contra el vidrio helado; así se abría una mirilla preciosa, redonda, muy redonda, y detrás brillaba un ojo dulce y tierno, uno en cada ventana: eran el niño y la niña. Él se llamaba Kay y ella se llamaba Gerda. En verano podían llegar el uno al otro de un salto; en invierno tenían que bajar primero muchas escaleras y luego subir otras tantas. Afuera, la nieve se arremolinaba.

—Son las abejas blancas, que salen en enjambre —decía la abuela.

—¿Y también tienen una reina? —preguntó el niño, porque él sabía que entre las abejas de verdad hay una.

—¡Claro que la tienen! —dijo la abuela—. Vuela allí donde el enjambre es más espeso. Es la más grande de todas y nunca se queda quieta en la tierra; siempre vuelve a subir a la nube negra. Muchas noches, a la medianoche, cruza las calles de la ciudad y se asoma a las ventanas, y entonces éstas se congelan de un modo tan raro que parecen flores.

—¡Sí, eso lo hemos visto! —dijeron los dos niños, y entonces supieron que era verdad.

—¿Y puede entrar aquí la reina de las nieves? —preguntó la niña.

—¡Que venga! —dijo el niño—. Yo la pongo en la estufa caliente y se derrite.

Pero la abuela le alisó el pelo y contó otras historias.

Esa noche, cuando el pequeño Kay estaba en su casa y ya medio desvestido, se subió a la silla junto a la ventana y miró por la mirilla. Afuera caían unos cuantos copos de nieve, y uno de ellos, el más grande, se quedó posado en la orilla de uno de los cajones de flores. El copo creció y creció, hasta que se convirtió en una mujer entera, vestida con el velo blanco más fino, hecho de millones de copos en forma de estrella. Era bellísima y delicada, pero de hielo, de un hielo deslumbrante que centelleaba. Y sin embargo estaba viva: los ojos le brillaban como dos estrellas claras, pero en ellos no había ni calma ni descanso. Le hizo una seña con la cabeza hacia la ventana y lo llamó con la mano. El niño se asustó y saltó de la silla; entonces le pareció que afuera, delante de la ventana, pasaba volando un pájaro grande.

Un niño rubio pega las manos al vidrio escarchado de una buhardilla; afuera, sobre el cajón de flores nevado, una mujer de hielo le tiende la mano.

Al día siguiente hubo una helada muy clara, y después llegó la primavera. Brilló el sol, brotó el verde, las golondrinas hicieron nidos, se abrieron las ventanas y los niños volvieron a sentarse en su jardincito, allá arriba, en la canaleta, por encima de todos los pisos.

¡Qué maravilla de rosas florecieron aquel verano! La niña se había aprendido un salmo en el que también se hablaba de rosas, y al pensar en las rosas pensaba en las suyas; se lo cantó al niño, y él cantó con ella:

Las rosas florecen y se han de perder;al Niño Jesús lo hemos de ver.

Y los pequeños se tomaron de las manos, besaron las rosas, miraron el sol claro de Dios y le hablaron como si el Niño Jesús estuviera ahí. ¡Qué días de verano tan espléndidos, qué hermoso era estar afuera junto a los rosales frescos, que parecían no querer dejar de florecer nunca!

Kay y Gerda estaban viendo el libro de estampas con animales y pájaros, y justo entonces, cuando el reloj de la gran torre de la iglesia daba las cinco, Kay dijo:

—¡Ay! Algo me picó en el corazón, y algo me entró en el ojo.

La niña le echó los brazos al cuello; él parpadeó, pero no se veía nada.

—Creo que ya se fue —dijo.

Pero no se había ido. Era justamente uno de esos granos de vidrio saltados del espejo, el espejo mágico (bien nos acordamos de él), aquel vidrio horrible que empequeñecía y afeaba todo lo grande y lo bueno que se reflejaba en él, mientras que lo malo y lo torcido resaltaba, y cada defecto de una cosa se notaba de inmediato. Al pobre Kay le había entrado también un granito derecho al corazón. Muy pronto se le iba a volver un témpano de hielo. Ya no le dolía, pero el granito seguía ahí.

—¿Por qué lloras? —preguntó él—. ¡Así te ves fea!

—Si no me pasa nada.

—¡Puf! —gritó él de repente—. Esa rosa de allá tiene un gusano. Y mira, ésta otra está toda chueca. En el fondo son unas rosas feas. Se parecen al cajón donde están.

Y le dio una patada al cajón y arrancó las dos rosas.

—¡Kay! ¿Qué haces? —gritó la niña.

Sobre los tejados, entre rosales y rosas caídas, un niño se aprieta el ojo y el pecho al volar una esquirla de vidrio; la niña de capa roja se asusta.

Y cuando él vio el susto de ella, arrancó todavía otra rosa y se metió de un salto por su ventana, lejos de la dulce y pequeña Gerda.

Después, cuando ella llegaba con el libro de estampas, él decía que eso era para bebés de pecho; y cuando la abuela contaba historias, él siempre salía con un pero. Si tenía oportunidad, se ponía detrás de ella, se calaba unos anteojos y hablaba igual que ella; lo hacía con tanta puntería que la gente se reía. Pronto supo imitar el habla y el modo de andar de todos los vecinos de la calle. Todo lo que en ellos era raro y feo, Kay sabía imitarlo, y la gente decía que ese niño tenía una cabeza brillante. Pero era el vidrio que se le había metido en el corazón, y por eso mismo molestaba hasta a la pequeña Gerda, que lo quería con toda el alma.

Sus juegos también cambiaron: se volvieron muy razonables. Un día de invierno, mientras nevaba, llegó con una lupa grande, estiró la punta de su abrigo azul y dejó que los copos cayeran encima.

—Mira por el vidrio, Gerda —dijo.

Y cada copo se veía mucho más grande y parecía una flor espléndida o una estrella de diez picos; era hermoso de ver.

—¿Ves qué bien hechos están? —dijo Kay—. Esto es mucho más interesante que las flores de verdad. Y no tienen ni un solo defecto; son perfectamente regulares. ¡Lástima que se derritan!

Poco después llegó Kay con guantes grandes y su trineo a la espalda, y le gritó a Gerda al oído:

—¡Me dieron permiso de ir a la plaza grande, donde juegan los otros niños!

Y se fue.

Allá en la plaza, los muchachos más atrevidos amarraban muchas veces sus trineos a los carros de los campesinos, y así se iban un buen trecho arrastrados. Era muy divertido. Cuando estaban en lo mejor del juego, llegó un trineo grande, todo pintado de blanco, y dentro iba alguien envuelto en una piel blanca y áspera, con un gorro blanco y áspero en la cabeza. El trineo dio dos vueltas a la plaza, y Kay amarró de prisa su trineíto y se fue con él. Iban cada vez más rápido, derecho hacia la calle siguiente. El que iba manejando volteó y le hizo a Kay un gesto amable con la cabeza, como si se conocieran; cada vez que Kay quería desamarrar su trineo, el otro le hacía otra vez la seña, y Kay se quedaba sentado. Así salieron por la puerta de la ciudad.

Entonces la nieve empezó a caer tan espesa que el niño no alcanzaba a verse la mano delante de la cara, y seguían avanzando. Soltó de golpe la cuerda para librarse del trineo grande, pero no sirvió de nada: su carrito iba bien enganchado y volaban como el viento. Gritó con todas sus fuerzas, pero nadie lo oyó; la nieve se arremolinaba y el trineo corría, y de vez en cuando daba un salto, como si pasara por encima de zanjas y de setos. El niño estaba muerto de miedo; quiso rezar el padrenuestro, pero no le venía a la cabeza más que la tabla de multiplicar.

Los copos se hacían más y más grandes; al final parecían gallinas blancas y enormes. De pronto se hicieron a un lado, el trineo grande se detuvo y la persona que lo manejaba se puso de pie. La piel y el gorro eran de pura nieve. Era una dama, alta y esbelta, de un blanco resplandeciente: era la reina de las nieves.

Una mujer de hielo con corona va de pie en un gran trineo blanco sobre la nieve; el niño va sentado a sus pies y su trineíto rojo cuelga detrás.

—Hemos ido muy bien —dijo ella—. Pero ¿quién va a andar temblando de frío? Métete en mi abrigo de pieles.

Y lo sentó junto a ella en el trineo y lo envolvió en su abrigo; fue como hundirse en un montón de nieve.

—¿Todavía tienes frío? —le preguntó, y lo besó en la frente.

Ay, aquello era más frío que el hielo, y le llegó derecho al corazón, que ya estaba medio vuelto un témpano. Sintió que se moría, pero solo por un instante; después le hizo mucho bien y ya no notó el frío que había alrededor.

—¡Mi trineo! ¡No olvides mi trineo!

Eso fue lo primero en que pensó. Lo amarraron a una de las gallinas blancas, que voló detrás con el trineo a la espalda. La reina de las nieves besó a Kay otra vez, y entonces él olvidó a la pequeña Gerda, a la abuela y a todos los de su casa.

—Ya no te doy más besos —dijo ella—, porque si no, te besaría hasta matarte.

Kay la miró: ¡era tan hermosa! No podía imaginarse un rostro más inteligente ni más encantador. Ahora no le parecía de hielo como aquella vez que estaba afuera de la ventana y lo llamaba con la mano; a sus ojos era perfecta, y no sintió ningún miedo. Le contó que sabía hacer cuentas de cabeza, hasta con fracciones, y que se sabía cuántas millas cuadradas medía el país y cuántos habitantes tenía; y ella no dejaba de sonreír. Entonces a él le pareció que lo que sabía no era suficiente, y miró hacia arriba, al gran espacio del aire. Y ella voló con él hasta lo alto, hasta la nube negra, y la tormenta silbaba y rugía como si cantara canciones antiguas. Volaron sobre bosques y lagos, sobre mares y países; debajo de ellos bramaba el viento frío, aullaban los lobos, crujía la nieve; arriba volaban los cuervos negros graznando, y más arriba todavía brillaba la luna, grande y clara. Así contempló Kay la larga, larguísima noche de invierno; de día dormía a los pies de la reina de las nieves.

Tercera historia: El jardín de flores de la mujer que sabía hacer magia

Pero ¿qué fue de la pequeña Gerda cuando Kay no volvió? ¿Dónde se había metido él? Nadie lo sabía, nadie podía dar razón de él. Los muchachos solo contaron que lo habían visto amarrar su trineo a otro muy grande que se había ido calle abajo y había salido por la puerta de la ciudad. Nadie sabía dónde estaba; corrieron muchas lágrimas, y la pequeña Gerda lloró mucho y por mucho tiempo. Después dijo que estaba muerto, que se había ahogado en el río que pasaba cerca de la escuela. Ay, qué días de invierno tan largos y tan oscuros.

Luego llegó la primavera, con un sol más tibio.

—Kay está muerto y se fue —dijo la pequeña Gerda.

—Yo no lo creo —contestó el sol.

—Está muerto y se fue —les dijo a las golondrinas.

—Nosotras no lo creemos —contestaron ellas.

Y al final la pequeña Gerda tampoco lo creyó.

—Me voy a poner mis zapatos rojos nuevos —dijo una mañana—, los que Kay nunca ha visto, y voy a bajar al río a preguntarle por él.

Era muy temprano todavía. Le dio un beso a la abuela, que seguía dormida, se puso los zapatos rojos y salió ella sola por la puerta de la ciudad, camino del río.

—¿Es verdad que te llevaste a mi compañerito de juegos? Te regalo mis zapatos rojos si me lo devuelves.

Arrodillada en la orilla del río, una niña de capa roja extiende las manos hacia sus dos zapatos rojos, que flotan entre círculos en el agua.

Y le pareció que las olas le hacían señas de un modo muy raro. Entonces tomó sus zapatos rojos, que eran lo que más quería, y los tiró los dos al río; pero cayeron muy cerca de la orilla, y las olas pequeñas se los devolvieron a tierra. Era como si el río no quisiera lo más querido que ella tenía, porque no tenía al pequeño Kay. Pero ella creyó que no los había aventado lo bastante lejos, y se metió en una barca que estaba entre los juncos; caminó hasta la punta y desde ahí tiró los zapatos al agua. Solo que la barca no estaba amarrada, y con el movimiento que ella hizo se separó de la orilla. Gerda se dio cuenta y se apuró para bajar, pero antes de que llegara, la barca ya estaba a más de un metro de la tierra y se alejaba cada vez más rápido.

Entonces la pequeña Gerda se asustó mucho y se puso a llorar, pero nadie la oyó, salvo los gorriones, y ellos no podían llevarla a tierra. Volaban a lo largo de la orilla y cantaban, como para consolarla:

—¡Aquí estamos! ¡Aquí estamos!

La barca iba con la corriente. La pequeña Gerda iba quieta, sentada, con nada más las medias en los pies; sus zapatitos rojos flotaban detrás, pero no alcanzaban la barca, que iba más rápido.

Las dos orillas eran preciosas: flores hermosas, árboles viejos y laderas con ovejas y vacas; pero no se veía ni una persona.

«Tal vez el río me lleve hasta el pequeño Kay», pensó Gerda, y entonces se puso más contenta. Se levantó y estuvo horas mirando las orillas verdes y hermosas. Después llegó a un gran huerto de cerezos, donde había una casita con ventanas raras, rojas y azules; tenía techo de paja, y afuera había dos soldados de madera que presentaban armas a quien pasara navegando.

Gerda les gritó, porque creyó que estaban vivos; claro que no le contestaron. Se acercó mucho a ellos: el río empujaba la barca justo hacia la tierra.

Gerda gritó todavía más fuerte, y entonces salió de la casa una mujer viejísima que se apoyaba en un bastón; llevaba un sombrero grande para el sol, pintado con las flores más hermosas.

—¡Pobre niña! —dijo la anciana—. ¿Cómo fuiste a dar a esa corriente tan grande y tan brava, y a la deriva por el ancho mundo?

Y la anciana se metió al agua, enganchó la barca con su bastón, la jaló a la orilla y sacó a la pequeña Gerda.

Gerda se alegró de volver a pisar tierra seca, aunque le daba un poco de miedo aquella señora desconocida.

—Ven y cuéntame quién eres y cómo llegaste hasta acá —le dijo.

Y Gerda le contó todo. La anciana movía la cabeza y decía: «Hum, hum.» Y cuando Gerda terminó de contarle todo y le preguntó si no había visto al pequeño Kay, la mujer le dijo que por ahí no había pasado, pero que seguro llegaría; que no estuviera triste, que mejor probara sus cerezas y viera sus flores, que eran más bonitas que cualquier libro de estampas y que cada una sabía contar una historia. Luego tomó a Gerda de la mano, la llevó adentro de la casita y cerró la puerta.

Las ventanas estaban muy altas y los vidrios eran rojos, azules y amarillos; la luz del día entraba con todos esos colores de un modo muy extraño. Sobre la mesa había las cerezas más hermosas, y Gerda comió todas las que quiso, porque tenía permiso. Mientras comía, la anciana le peinó el pelo con un peine de oro, y el pelo se le rizó y le brilló, amarillo y precioso, alrededor de la carita amable, tan redonda y tan parecida a una rosa.

—Hace mucho que tenía ganas de una niña tan linda como tú —dijo la anciana—. Ya verás qué bien vamos a vivir juntas.

Y mientras le peinaba el pelo a la pequeña Gerda, Gerda iba olvidando cada vez más a Kay, su hermano de crianza; porque la anciana sabía hacer magia. Bruja mala no era: hacía magia nada más un poquito, para su gusto, y quería quedarse con la pequeña Gerda. Por eso salió al jardín, extendió su bastón hacia todos los rosales, y por más hermosos que estuvieran floreciendo, todos se hundieron en la tierra negra, y ya no se veía dónde habían estado. La anciana tenía miedo de que, si Gerda veía las rosas, pensara en las suyas, y entonces se acordara del pequeño Kay y se le escapara.

Luego llevó a Gerda al jardín de flores. ¡Qué perfume y qué maravilla había ahí! Todas las flores que uno pueda imaginarse, y de todas las estaciones, estaban ahí en plena flor; ningún libro de estampas podía ser más colorido ni más bonito. Gerda dio saltos de alegría y jugó hasta que el sol se metió detrás de los cerezos altos; entonces le dieron una cama preciosa con almohadas de seda roja rellenas de violetas, y ahí durmió y soñó tan lindo como una reina el día de su boda.

Al día siguiente pudo volver a jugar con las flores en el sol tibio, y así pasaron muchos días. Gerda conocía cada flor; pero, por muchas que fueran, le parecía que faltaba una, aunque no sabía cuál. Un día estaba sentada mirando el sombrero de la anciana, el de las flores pintadas, y justo la más hermosa de todas era una rosa. A la anciana se le había olvidado borrarla del sombrero cuando hundió las otras en la tierra. ¡Así pasa cuando uno no tiene la cabeza en su sitio!

—¿Cómo? ¿Aquí no hay rosas? —dijo Gerda, y corrió entre los macizos a buscar y buscar; ay, no había ninguna.

Entonces se sentó y lloró, y sus lágrimas cayeron justo en el lugar donde se había hundido un rosal; y cuando las lágrimas calientes mojaron la tierra, el rosal salió de golpe, tan florido como cuando se hundió. Gerda lo abrazó, besó las rosas y se acordó de las rosas espléndidas de su casa, y con ellas se acordó también del pequeño Kay.

—¡Ay, cuánto me he retrasado! —dijo la niña—. ¡Si yo salí a buscar al pequeño Kay! ¿No saben ustedes dónde está? —les preguntó a las rosas—. ¿Creen que esté muerto?

—Muerto no está —contestaron las rosas—. Nosotras hemos estado bajo la tierra, y ahí están todos los muertos, y Kay no estaba.

—¡Gracias! —dijo la pequeña Gerda, y se fue con las otras flores, se asomó a sus cálices y les preguntó—: ¿No saben dónde está el pequeño Kay?

Pero cada flor estaba al sol soñando su propio cuento o su propia historia. Gerda oyó muchísimas, pero ninguna sabía nada de Kay.

¿Y qué dijo el lirio de fuego?

—¿Oyes el tambor? ¡Bum, bum! Son nada más dos notas: siempre ¡bum, bum! Oye el canto de duelo de las mujeres, oye el llamado de los sacerdotes. Con su largo manto rojo, la mujer hindú está de pie sobre la pira; las llamas suben alrededor de ella y de su marido muerto. Pero la mujer hindú piensa en el que está vivo ahí en el círculo, en aquel cuyos ojos queman más que las llamas, en aquel cuyo fuego en los ojos le toca el corazón más fuerte que las llamas que muy pronto van a volver cenizas su cuerpo. ¿Puede la llama del corazón morir en la llama de la pira?

—No entiendo nada de eso —dijo la pequeña Gerda.

—Ése es mi cuento —dijo el lirio de fuego.

¿Qué dice la enredadera?

—Sobre el sendero angosto cuelga un viejo castillo de caballeros; la hiedra espesa trepa por los muros rojos y carcomidos, hoja sobre hoja, alrededor del balcón, y ahí está una muchacha hermosa. Se asoma por el barandal y mira el camino. No hay rosa más fresca en la rama que ella; ninguna flor de manzano, cuando el viento la arranca del árbol, flota más ligera que ella. ¡Cómo susurra su espléndido vestido de seda! «¿Todavía no llega?»

—¿Hablas de Kay? —preguntó la pequeña Gerda.

—Yo hablo nada más de mi cuento, de mi sueño —contestó la enredadera.

¿Qué dice la campanilla de invierno?

—Entre los árboles cuelga de unas cuerdas una tabla larga: es un columpio. Dos niñas bonitas, con vestidos blancos como la nieve y largas cintas verdes de seda que les vuelan de los sombreros, están sentadas en él y se columpian. El hermano, que es más grande que ellas, va parado en el columpio; lleva un brazo enredado en la cuerda para sostenerse, porque en una mano tiene una tacita y en la otra una pipa de barro: está haciendo pompas de jabón. El columpio sube y las pompas suben con él, con colores hermosos que cambian; la última todavía cuelga del cañón de la pipa y se mece con el viento. El columpio va y viene. El perrito negro, ligero como las pompas, se para en las patas traseras y quiere subirse también; el columpio sube, el perro se cae, ladra y se enoja; lo hacen rabiar, las pompas revientan. Una tabla que se mece, una imagen de espuma que estalla: ése es mi canto.

—Puede que sea bonito lo que cuentas, pero lo dices muy triste, y no hablas del pequeño Kay.

¿Qué dicen los jacintos?

—Había tres hermanas hermosas, transparentes y delicadas. El vestido de una era rojo, el de la otra azul, el de la tercera blanco; tomadas de la mano bailaban junto al lago tranquilo bajo la luz clara de la luna. No eran elfas, eran hijas de hombres. Allí olía muy dulce, y las muchachas desaparecieron en el bosque; el perfume se hizo más fuerte. Tres ataúdes, y dentro las hermosas muchachas, se deslizaron desde la espesura del bosque por encima del lago; las luciérnagas volaban alrededor brillando, como pequeñas luces flotantes. ¿Duermen las muchachas que bailaban, o están muertas? El perfume de las flores dice que son cadáveres; la campana de la tarde toca el canto de difuntos.

—Me pones muy triste —dijo la pequeña Gerda—. Hueles tan fuerte que no puedo dejar de pensar en las muchachas muertas. Ay, ¿de veras estará muerto el pequeño Kay? Las rosas han estado abajo, en la tierra, y dicen que no.

—¡Tilín, talán! —sonaron las campanitas de los jacintos—. Nosotros no tocamos por el pequeño Kay, no lo conocemos; nosotros cantamos nada más nuestra canción, la única que sabemos.

Y Gerda se fue con el botón de oro, que asomaba entre las hojas verdes y brillantes.

—Tú eres un solecito —dijo Gerda—. Dime, ¿sabes dónde puedo encontrar a mi compañero de juegos?

Y el botón de oro brilló muy bonito y volvió a mirar a Gerda. ¿Qué canción podía cantar el botón de oro? Tampoco hablaba de Kay.

—En un patio pequeño, el primer día de primavera, el sol querido de Dios calentaba muy rico; los rayos bajaban por las paredes blancas de la casa vecina. Ahí junto crecía la primera flor amarilla y brillaba dorada bajo los rayos tibios. La abuela estaba sentada afuera en su silla; la nieta, una sirvienta pobre y hermosa, volvía de una visita corta y le dio un beso a la abuela. En aquel beso bendito había oro, oro del corazón. ¡Oro en la boca, oro en la tierra, oro en la hora en que el día empieza! Mira, ésa es mi pequeña historia —dijo el botón de oro.

—¡Mi pobre abuelita! —suspiró Gerda—. Seguro me extraña y está sufriendo por mí, igual que sufrió por el pequeño Kay. Pero pronto voy a volver a casa, y voy a llevar a Kay conmigo. De nada sirve que les pregunte a las flores: ellas nada más saben su propia canción, no me dan ninguna razón.

Y entonces se recogió el vestidito para poder correr más rápido; pero el narciso le pegó en la pierna cuando ella saltó por encima. Se detuvo, miró la flor amarilla y larga y le preguntó:

—¿Tú sabes algo?

Y se agachó hasta el narciso. ¿Y qué dijo el narciso?

—¡Puedo verme a mí mismo! ¡Puedo verme! Ay, ay, ¡cómo huelo! Allá arriba, en el cuartito del mirador, hay una bailarina a medio vestir; se para tan pronto en un pie como en los dos; pisa el mundo entero, y no es más que un engaño de los ojos. Echa agua de la tetera sobre un pedazo de tela que sostiene: es el corsé. La limpieza es una cosa hermosa. El vestido blanco cuelga del gancho; también lo lavó en la tetera y lo secó en el techo. Se lo pone y se acomoda al cuello el pañuelo color azafrán; ahora el vestido se ve más blanco todavía. ¡La pierna estirada! ¡Mira cómo se luce sobre un solo tallo! ¡Puedo verme a mí mismo! ¡Puedo verme!

—Eso a mí no me importa nada —dijo Gerda—. No tienes que contármelo.

Y corrió hasta el final del jardín.

La puerta estaba cerrada, pero ella empujó el picaporte oxidado, que se rompió; la puerta se abrió y la pequeña Gerda salió descalza al ancho mundo. Volteó tres veces, pero nadie la seguía. Al final ya no pudo correr más y se sentó en una piedra grande; y cuando miró a su alrededor, el verano se había acabado: era otoño avanzado. Eso no se podía notar en aquel jardín hermoso, donde siempre había sol y flores de todas las estaciones.

—¡Dios mío, cuánto me tardé! —dijo la pequeña Gerda—. ¡Ya llegó el otoño! No puedo descansar.

Y se levantó para seguir.

Ay, qué doloridos y cansados tenía los piecitos. Alrededor todo se veía frío y áspero; las hojas largas de los sauces estaban amarillas y el rocío escurría en gotas de agua; caía una hoja tras otra. Solo el endrino tenía todavía frutos, pero eran ásperos y fruncían la boca. ¡Qué gris y qué pesado se veía el ancho mundo!

Cuarta historia: El príncipe y la princesa

Gerda tuvo que descansar otra vez; y ahí sobre la nieve, justo enfrente del lugar donde estaba sentada, brincó un cuervo grande. Llevaba mucho rato ahí, mirándola y moviendo la cabeza; ahora dijo:

—¡Cra! ¡Cra! ¡Buen... día! ¡Buen... día!

Mejor no le salía, pero tenía buenas intenciones con la niña y le preguntó adónde iba tan sola por el ancho mundo. La palabra sola Gerda la entendió muy bien y sintió todo lo que cabía en ella; y le contó al cuervo su vida entera y su suerte, y le preguntó si no había visto a Kay.

Y el cuervo asintió muy despacio y dijo:

—¡Podría ser! ¡Podría ser!

—¿Cómo? ¿De veras crees? —gritó la niña, y por poco lo aprieta hasta matarlo de tanto besarlo.

—Con calma, con calma —dijo el cuervo—. Creo que sé... creo que puede ser... el pequeño Kay... Pero seguro ya te olvidó por la princesa.

—¿Vive con una princesa? —preguntó Gerda.

—Sí, oye —dijo el cuervo—. Pero me cuesta mucho trabajo hablar tu idioma. ¿Entiendes el idioma de los cuervos? Así te contaría mejor.

—No, ése no lo aprendí —dijo Gerda—, pero la abuela lo entendía, y hasta lo hablaba. ¡Ojalá lo hubiera aprendido!

—No importa —dijo el cuervo—. Contaré lo mejor que pueda, aunque me va a salir mal.

Y contó lo que sabía.

—En el reino donde estamos sentados vive una princesa que es tremendamente lista; ha leído todos los periódicos que hay en el mundo, y los ha vuelto a olvidar, de tan lista que es. El otro día estaba sentada en el trono, y eso no es tan agradable como dicen; entonces se puso a cantar una canción, y era ésta:

¿Y por qué no habría yo de casarme?

—Fíjate que algo hay en eso —siguió el cuervo—. Y así fue como quiso casarse; pero quería un marido que supiera contestar cuando le hablaran, uno que no se quedara nada más ahí parado poniendo cara de importante, porque eso es muy aburrido. Mandó llamar a tambor batiente a todas las damas de la corte, y cuando ellas oyeron lo que quería, se pusieron muy contentas. «Eso me gusta mucho», dijo una; «el otro día yo pensé lo mismo.» Puedes creer que cada palabra que te digo es verdad —añadió el cuervo—. Tengo una novia amaestrada que anda suelta por el palacio, y ella me lo contó todo.

La novia era, por supuesto, un ave de su misma familia, porque cada quien busca a los suyos, y un cuervo siempre será un cuervo.

—Los periódicos salieron enseguida con una orla de corazones y las iniciales de la princesa; ahí se podía leer que cualquier joven de buena presencia era libre de ir al palacio a hablar con la princesa, y que a aquel que hablara de modo que se oyera que estaba en su casa, y que hablara mejor que los demás, la princesa lo tomaría por marido. Sí, sí —dijo el cuervo—, puedes creerme; es tan cierto como que estoy aquí sentado. Los jóvenes llegaron en tropel; hubo un apretujadero y un correr; pero no se logró nada, ni el primer día ni el segundo. Todos hablaban muy bien cuando estaban en la calle, pero en cuanto entraban por la puerta del palacio y veían a los guardias de plata, y escaleras arriba a los lacayos de oro, y los salones grandes e iluminados, se hacían bolas. Y cuando ya estaban frente al trono, donde la princesa estaba sentada, no sabían decir más que la última palabra que ella había dicho; y volver a oírla no le daba ninguna gana. Era como si a la gente, allá adentro, le hubiera caído rapé en el estómago y se hubiera quedado dormida, hasta que salía otra vez a la calle: solo entonces podían hablar de nuevo. Había una fila desde la puerta de la ciudad hasta el palacio. Yo mismo estuve adentro para verlo —dijo el cuervo—. Les daba hambre y sed, pero en el palacio no les daban ni un vaso de agua. Es verdad que algunos de los más listos habían llevado pan con mantequilla, pero no compartían con el de al lado; pensaban: «Que se vea con cara de hambre, así la princesa no lo va a escoger.»

—Pero Kay, ¡el pequeño Kay! —preguntó Gerda—. ¿Cuándo llegó él? ¿Estaba entre toda esa gente?

—¡Espérate, espérate! Ahora llegamos a él. Fue al tercer día: llegó una personita, sin caballo ni carruaje, marchando muy contenta derecho al palacio. Los ojos le brillaban como los tuyos; tenía el pelo largo y bonito, pero la ropa pobre.

—¡Ése era Kay! —gritó Gerda llena de alegría—. ¡Ay, entonces lo encontré!

Y aplaudió con las manos.

—Llevaba una mochilita a la espalda —dijo el cuervo.

—No, seguro era su trineo —dijo Gerda—, porque se fue con el trineo.

—Bien puede ser —dijo el cuervo—, no me fijé tan bien. Pero eso sí lo sé por mi novia amaestrada: cuando entró por la puerta del palacio y vio a los guardias de plata, y escaleras arriba a los lacayos de oro, no se apenó ni tantito. Les hizo un gesto con la cabeza y les dijo: «Debe de ser muy aburrido estar parados en la escalera; yo mejor entro.» Los salones brillaban de luces; consejeros privados y excelencias andaban descalzos cargando vasijas de oro. ¡Era como para ponerse solemne! Sus botas rechinaban horrible de fuerte, y ni así se acobardó.

—¡Ése es Kay, segurísimo! —dijo Gerda—. Sé que tenía botas nuevas; las oí rechinar en el cuarto de la abuela.

—Claro que rechinaban —dijo el cuervo—. Y muy animoso entró derecho hasta la princesa, que estaba sentada sobre una perla tan grande como una rueda de hilar; y alrededor estaban formadas todas las damas de la corte con sus criadas y las criadas de sus criadas, y todos los caballeros con sus sirvientes y los sirvientes de sus sirvientes, que a su vez tenían cada uno su muchacho; y mientras más cerca de la puerta estaban, más orgullosos se veían. Al muchacho del sirviente, que siempre anda en pantuflas, casi no se atreve uno ni a mirarlo, de tan orgulloso que está parado en la puerta.

—¡Debe de ser espantoso! —dijo la pequeña Gerda—. ¿Y Kay se quedó con la princesa?

—Si yo no fuera un cuervo, me habría quedado con ella yo mismo, aunque estoy comprometido. Dicen que él habló tan bien como hablo yo cuando hablo en idioma de cuervos; eso me lo contó mi novia amaestrada. Era alegre y simpático; no había venido a pedir la mano de nadie, sino nada más a oír la inteligencia de la princesa; y a él le pareció bien ella, y a ella le pareció bien él.

—¡Sí, seguro! ¡Ése era Kay! —dijo Gerda—. Era tan listo; sabía hacer cuentas de cabeza con fracciones. Ay, ¿no me quieres llevar al palacio?

—Se dice fácil —contestó el cuervo—. Pero ¿cómo le hacemos? Lo voy a hablar con mi novia amaestrada; ella nos podrá aconsejar. Porque eso sí te lo digo: a una niñita como tú nunca le van a dar permiso de entrar.

—¡Sí me lo van a dar! —dijo Gerda—. En cuanto Kay oiga que estoy aquí, va a salir enseguida a buscarme.

—Espérame allá junto a la reja —dijo el cuervo, movió la cabeza y se fue volando.

Hasta muy entrada la noche volvió el cuervo.

—¡Cra! ¡Cra! —dijo—. Te mando muchos saludos de su parte, y aquí tienes un panecito para ti; lo sacó de la cocina, allá hay pan de sobra, y seguro tienes hambre. No es posible que entres al palacio: vas descalza. Los guardias de plata y los lacayos de oro no lo permitirían. Pero no llores, que sí vas a subir. Mi novia conoce una escalerita de servicio que lleva a la alcoba, y sabe dónde conseguir la llave.

Y entraron al jardín, a la gran avenida donde caía una hoja tras otra; y cuando en el palacio se fueron apagando las luces, una tras otra, el cuervo llevó a la pequeña Gerda hasta una puerta trasera que estaba nada más entornada.

¡Ay, cómo le latía el corazón a Gerda de miedo y de ansias! Era como si fuera a hacer algo malo, y ella solo quería saber si era el pequeño Kay. Sí, tenía que ser él; se acordaba tan vivamente de sus ojos inteligentes, de su pelo largo; podía ver cómo sonreía, igual que cuando se sentaban en casa debajo de las rosas. Seguro se iba a poner contento de verla, de oír el camino tan largo que ella había hecho por él, de saber lo tristes que se habían puesto todos en casa cuando él no volvió. ¡Ay, qué miedo y qué alegría!

Ya estaban en la escalera; ahí ardía una lamparita sobre el armario, y en medio del piso estaba parada la corneja amaestrada, volteando la cabeza para todos lados y mirando a Gerda, que hizo la reverencia como le había enseñado la abuela.

—Mi prometido me ha hablado muy bien de usted, señorita —dijo la corneja amaestrada—. Su vida, como quien dice, es también muy conmovedora. ¿Quiere tomar la lámpara? Yo voy adelante. Vamos por el camino derecho, porque así no nos encontramos con nadie.

—Se me hace que alguien viene atrás de nosotras —dijo Gerda.

Y algo pasó zumbando junto a ella; eran como sombras en la pared: caballos con las crines al viento y las patas delgadas, muchachos de caza, señores y damas a caballo.

—Ésos nada más son sueños —dijo la corneja—. Vienen a llevarse de cacería los pensamientos de sus altezas. Qué bueno, así usted los puede mirar mejor en la cama. Pero espero que, si llega a tener honores y cargos, muestre un corazón agradecido.

—¡Eso ni se dice! —contestó el cuervo del bosque.

Ahora entraron al primer salón, todo de raso color de rosa, con flores artificiales trepando por las paredes; ahí ya pasaban los sueños zumbando junto a ellos, pero iban tan rápido que Gerda no alcanzó a ver a las altezas. Cada salón era más espléndido que el anterior; de veras que uno podía quedarse pasmado. Y llegaron a la alcoba. Aquí el techo parecía una palmera grande con hojas de vidrio finísimo, y en medio del piso, de un tallo grueso de oro, colgaban dos camas, cada una en forma de lirio: una era blanca, y en ella estaba la princesa; la otra era roja, y en ella tenía que buscar Gerda al pequeño Kay. Ella dobló hacia un lado uno de los pétalos rojos y vio una nuca morena. ¡Ay, era Kay! Lo llamó por su nombre en voz alta, le acercó la lámpara; los sueños volvieron a entrar al cuarto a caballo; él despertó, volteó la cabeza y no era el pequeño Kay.

El príncipe se le parecía nada más en la nuca, pero era joven y guapo. Y del pétalo blanco del lirio se asomó la princesa parpadeando y preguntó quién andaba ahí. Entonces la pequeña Gerda lloró y contó toda su historia y todo lo que los cuervos habían hecho por ella.

—¡Pobre niña! —dijeron el príncipe y la princesa.

Y felicitaron a los cuervos y dijeron que no estaban enojados con ellos, pero que no lo volvieran a hacer. De todos modos iban a recibir una recompensa.

—¿Quieren volar en libertad? —dijo la princesa—. ¿O prefieren un puesto fijo en la corte, con derecho a todo lo que sobra en la cocina?

Y los dos hicieron una reverencia y pidieron el puesto fijo, porque pensaron en la vejez y dijeron que era bueno tener algo para los años viejos, como ellos decían.

Y el príncipe se levantó de su cama y dejó que Gerda durmiera en ella; más no podía hacer. Ella juntó sus manitas y pensó: «¡Qué buenos son los seres humanos y los animales!» Luego cerró los ojos y durmió dulcemente. Todos los sueños volvieron a entrar volando; parecían ángeles de Dios y jalaban un trineíto en el que iba Kay sentado, haciéndole señas con la cabeza. Pero todo era nada más un sueño, y por eso se fue otra vez en cuanto ella despertó.

Al día siguiente la vistieron de seda y terciopelo de la cabeza a los pies. Le ofrecieron quedarse en el palacio y pasarla muy bien, pero ella solo pidió un carrito con un caballo y un par de botitas; quería salir otra vez al ancho mundo a buscar a Kay.

Y le dieron las botitas y también un manguito; la vistieron muy linda, y cuando quiso irse, en la puerta esperaba un carruaje nuevo de oro puro; el escudo del príncipe y de la princesa brillaba en él como una estrella. El cochero, los criados y los postillones, porque también había postillones, iban a caballo con coronas de oro en la cabeza. El príncipe y la princesa la ayudaron ellos mismos a subir al carruaje y le desearon toda la suerte del mundo. El cuervo del bosque, que ya se había casado, la acompañó las primeras tres millas; iba sentado a su lado, porque no soportaba viajar de espaldas. La corneja se quedó en la puerta batiendo las alas; no fue con ellos porque le dolía la cabeza desde que tenía puesto fijo y demasiado que comer. Por dentro el carruaje estaba forrado de rosquillas de azúcar, y en el asiento había fruta y galletas de especias.

—¡Adiós! ¡Adiós! —gritaron el príncipe y la princesa.

Y la pequeña Gerda lloró, y el cuervo lloró. Así fueron las primeras tres millas; entonces también el cuervo dijo adiós, y ésa fue la despedida más dura. Voló a un árbol y batió sus alas negras mientras alcanzó a ver el carruaje, que brillaba como el sol claro.

Quinta historia: La pequeña bandolera

Iban por un bosque oscuro, pero el carruaje alumbraba como una antorcha; eso les picó los ojos a los bandoleros, que no lo pudieron soportar.

—¡Es oro! ¡Es oro! —gritaron, y se lanzaron sobre él, agarraron los caballos, mataron a golpes a los pequeños postillones, al cochero y a los criados, y luego sacaron del carruaje a la pequeña Gerda.

—Está gordita, está bonita, la engordaron con nueces —dijo la vieja bandolera, que tenía una barba larga y greñuda y unas cejas que le colgaban sobre los ojos—. Está tan buena como un corderito gordo. ¡Qué rica ha de saber!

Y sacó su cuchillo reluciente, que brillaba de un modo espantoso.

—¡Ay! —gritó la vieja en ese mismo momento.

Su propia hija, que le colgaba de la espalda y era tan salvaje y tan malcriada que daba gusto verla, la había mordido en la oreja.

—¡Chamaca fea! —dijo la madre, y ya no tuvo tiempo de degollar a Gerda.

—¡Ella va a jugar conmigo! —dijo la pequeña bandolera—. Que me dé su manguito y su vestido bonito, y que duerma conmigo en mi cama.

Y volvió a morder, tan fuerte que la vieja bandolera pegó un brinco y dio vueltas sobre sí misma. Y todos los bandoleros se rieron y dijeron:

—¡Miren cómo baila con su cría!

—Me quiero meter al carruaje —dijo la pequeña bandolera.

Y tenía que hacerse su voluntad, porque era muy consentida y muy terca. Ella y Gerda se sentaron adentro, y se fueron por piedras y troncos, más adentro del bosque. La pequeña bandolera era del tamaño de Gerda, pero más fuerte, más ancha de hombros y de piel morena; tenía los ojos negros y una mirada casi triste. Agarró a la pequeña Gerda por la cintura y le dijo:

—No te van a matar mientras yo no me enoje contigo. ¿Tú eres una princesa, verdad?

—No —dijo Gerda, y le contó todo lo que había vivido y cuánto quería al pequeño Kay.

La bandolerita la miró muy seria, movió un poco la cabeza y dijo:

—No te van a matar, ni aunque me enoje contigo; entonces lo haré yo misma.

Y le secó los ojos a Gerda y metió sus dos manos en el manguito hermoso, que era suave y calientito.

Ahora el carruaje se detuvo: estaban en medio del patio de un castillo de bandoleros. El castillo estaba cuarteado de arriba abajo; por los agujeros abiertos salían volando cuervos y cornejas, y unos perrazos que parecían capaces de tragarse a un hombre daban saltos muy altos, pero no ladraban, porque estaba prohibido.

En el salón grande, viejo y lleno de humo, ardía un fuego brillante en medio del piso de piedra; el humo subía por debajo del techo y tenía que buscar solo por dónde salir. Una olla grande hervía con sopa, y en los asadores se doraban liebres y conejos.

—Esta noche vas a dormir conmigo y con todos mis animalitos —dijo la bandolerita.

Les dieron de comer y de beber, y luego se fueron a un rincón donde había paja y unos tapetes. Arriba, sobre unas varas y unos travesaños, había más de cien palomas, y todas parecían dormidas, aunque se movieron un poco cuando llegaron las dos niñas.

—¡Todas son mías! —dijo la pequeña bandolera, y agarró rápido a una de las más cercanas, la sostuvo por las patas y la sacudió hasta que aleteó—. Bésala —gritó, y le dio con ella en la cara a Gerda—. Ahí están las pícaras del bosque —siguió, y señaló detrás de unos barrotes clavados delante de un hueco, allá arriba en la pared—. Esas dos son pícaras del bosque; se echan a volar enseguida si uno no las tiene bien encerradas. Y aquí está mi viejo amor, Bé.

Y jaló de los cuernos a un reno que llevaba un aro de cobre brillante al cuello y estaba amarrado.

En un salón con antorchas y humo, una niña greñuda abraza a la de capa roja, sentada en la paja, y jala de la cornamenta a un reno; detrás ríen los bandoleros.

—A éste también hay que tenerlo corto, si no se nos escapa. Cada noche le hago cosquillas en el pescuezo con mi cuchillo filoso; eso le da un miedo horrible.

Y la niña sacó un cuchillo largo de una grieta de la pared y lo deslizó por el pescuezo del reno; el pobre animal pateó, la pequeña bandolera se rio y luego jaló a Gerda a la cama.

—¿Te quedas con el cuchillo mientras duermes? —preguntó Gerda, y lo miró con algo de miedo.

—Siempre duermo con el cuchillo —dijo la pequeña bandolera—. Nunca se sabe qué puede pasar. Pero ahora cuéntame otra vez lo que me contaste hace rato del pequeño Kay, y por qué saliste al ancho mundo.

Y Gerda contó todo desde el principio, y las palomas del bosque arrullaban allá arriba en su jaula, mientras las otras palomas dormían. La pequeña bandolera puso un brazo alrededor del cuello de Gerda, con el cuchillo en la otra mano, y se durmió tan fuerte que se le oía. Pero Gerda no podía cerrar los ojos; no sabía si iba a vivir o a morir. Los bandoleros estaban sentados alrededor del fuego, cantaban y bebían, y la vieja bandolera daba maromas. Ay, era espantoso para la niña ver aquello.

Entonces dijeron las palomas del bosque:

—¡Currú! ¡Currú! Nosotras vimos al pequeño Kay. Una gallina blanca llevaba su trineo; él iba sentado en el carro de la reina de las nieves, que pasó bajito sobre el bosque cuando nosotras estábamos en el nido. Ella sopló sobre nosotras, las palomitas, y todas se murieron menos nosotras dos. ¡Currú! ¡Currú!

—¿Qué dicen allá arriba? —gritó Gerda—. ¿Adónde iba la reina de las nieves? ¿Saben algo de eso?

—Seguramente iba a Laponia, porque allá siempre hay nieve y hielo. Pregúntale al reno que está amarrado ahí.

—Allá hay hielo y nieve; allá todo es hermoso y bueno —dijo el reno—. Allá uno anda saltando libre por los grandes valles brillantes. Allá tiene la reina de las nieves su tienda de verano; pero su mejor palacio está más al norte, hacia el polo, en la isla que llaman Spitsbergen.

—¡Ay, Kay, pequeño Kay! —suspiró Gerda.

—¡Quédate quieta —dijo la bandolerita—, o te clavo el cuchillo en la panza!

En la mañana Gerda le contó todo lo que habían dicho las palomas del bosque, y la pequeña bandolera se puso muy seria, movió la cabeza y dijo:

—Da igual. Da igual. ¿Tú sabes dónde queda Laponia? —le preguntó al reno.

—¿Quién lo va a saber mejor que yo? —dijo el animal, y le brillaron los ojos—. Ahí nací y ahí crecí; ahí anduve brincando por los campos de nieve.

—Oye —le dijo la bandolerita a Gerda—. Ya ves que todos nuestros hombres se fueron; nada más quedó mi madre, y ella se queda; pero al mediodía bebe de la botella grande y luego se echa una siestecita. Entonces voy a hacer algo por ti.

Saltó de la cama, se le colgó del cuello a su madre, la jaló de la barba y le dijo:

—¡Buenos días, mi único chivito querido!

Y la madre le dio de capirotazos en la nariz hasta que se le puso roja y morada; y todo eso era de puro cariño.

Cuando la madre bebió de su botella y se quedó dormida, la pequeña bandolera fue con el reno y le dijo:

—Me daría mucho gusto hacerte cosquillas todavía muchas veces con el cuchillo filoso, porque entonces te pones muy chistoso; pero da igual. Te voy a soltar la cuerda y te voy a ayudar a salir, para que corras a Laponia; pero tienes que mover bien las patas y llevar a esta niña al palacio de la reina de las nieves, donde está su compañero de juegos. Bien que oíste lo que contó, porque habló bastante fuerte y tú andabas con la oreja parada.

El reno pegó un salto de alegría. La pequeña bandolera subió a Gerda encima y tuvo la precaución de amarrarla bien, y hasta le dio su propio cojincito para que se sentara.

—Ahí tienes también tus botas de piel —dijo—, porque va a hacer frío; pero el manguito me lo quedo yo, está demasiado bonito. Y ni así vas a tener frío: aquí tienes los guantes grandes de mi madre, te van a llegar hasta los codos. ¡Métete en ellos! Ahora tienes las manos igualitas a las de mi madre fea.

Y Gerda lloró de alegría.

—No aguanto que hagas visajes —dijo la pequeña bandolera—. ¡Ahora tienes que verte contenta! Y aquí tienes dos panes y un jamón; así no te va a dar hambre.

Ataron las dos cosas atrás, en el reno; la pequeña bandolera abrió la puerta, hizo entrar a todos los perros grandes, cortó la cuerda con su cuchillo filoso y le dijo al reno:

—¡Corre ya! Pero cuida mucho a la niña.

Y Gerda estiró hacia la bandolerita las manos con los guantes grandes y le dijo:

—¡Adiós!

Y el reno salió disparado por piedras y troncos, por el bosque grande, por pantanos y estepas, tan rápido como pudo. Aullaban los lobos y graznaban los cuervos. «¡Fut! ¡Fut!», sonaba allá en el cielo. Era como si el cielo echara chispas de fuego.

—¡Ésas son mis viejas auroras boreales! —dijo el reno—. ¡Mira cómo brillan!

Y corrió todavía más rápido, de día y de noche. Se acabaron los panes, se acabó también el jamón, y entonces llegaron a Laponia.

Sexta historia: La lapona y la finlandesa

Se detuvieron junto a una casita muy pobre: el techo llegaba casi hasta el suelo y la puerta era tan baja que la familia tenía que meterse a gatas para entrar o salir. Adentro no había nadie más que una vieja lapona que estaba cociendo pescado en una lámpara de aceite. El reno contó toda la historia de Gerda, pero primero la suya, que le parecía mucho más importante; y Gerda estaba tan entumida por el frío que no podía hablar.

—¡Ay, pobres de ustedes! —dijo la lapona—. ¡Todavía les falta mucho por correr! Tienen que meterse más de cien millas dentro de Finmarca, porque allá vive la reina de las nieves en el campo y todas las noches quema luces de Bengala. Voy a escribir unas palabras en un bacalao seco, porque papel no tengo, y se lo llevan a la finlandesa que vive allá arriba; ella les puede dar mejores razones que yo.

Y cuando Gerda ya se había calentado y le habían dado de comer y de beber, la lapona escribió unas palabras en un bacalao seco, le pidió a Gerda que lo cuidara bien, la volvió a amarrar sobre el reno, y el animal salió corriendo. «¡Fut! ¡Fut!», sonaba allá arriba en el aire; toda la noche ardieron las auroras boreales más hermosas, todas azules. Y así llegaron a Finmarca y tocaron en la chimenea de la finlandesa, porque ni puerta tenía.

Adentro hacía un calor tal que la finlandesa andaba casi desnuda. Era chiquita y estaba sucia. Enseguida le aflojó la ropa a la pequeña Gerda y le quitó los guantes y las botas, porque si no se habría acalorado demasiado; al reno le puso un pedazo de hielo en la cabeza, y luego leyó lo que estaba escrito en el bacalao. Lo leyó tres veces, hasta que se lo supo de memoria, y echó el pescado a la olla de la sopa, porque bien se podía comer y ella nunca desperdiciaba nada.

Entonces el reno contó primero su historia y después la de la pequeña Gerda; y la finlandesa parpadeaba con sus ojos listos, pero no decía nada.

—Tú eres muy sabia —dijo el reno—. Yo sé que puedes atar todos los vientos del mundo con un hilo de coser: si el marinero desata un nudo, tiene buen viento; si desata el otro, sopla recio; y si desata el tercero y el cuarto, se arma tal tormenta que se caen los bosques. ¿No le quieres dar a la niña una bebida para que tenga la fuerza de doce hombres y venza a la reina de las nieves?

—¿La fuerza de doce hombres? —dijo la finlandesa—. Sí, eso ayudaría mucho.

Después fue hasta una cama, sacó una piel grande enrollada y la desenrolló; en ella había escritas unas letras extrañas, y la finlandesa leyó hasta que le escurrió el sudor por la frente.

Pero el reno volvió a rogar tanto por la pequeña Gerda, y Gerda miró a la finlandesa con unos ojos tan suplicantes y llenos de lágrimas, que la mujer empezó otra vez a parpadear y se llevó al reno a un rincón, donde le susurró, mientras le ponía hielo fresco en la cabeza:

—El pequeño Kay sí está con la reina de las nieves, y allá encuentra todo a su gusto y a su antojo, y cree que es el mejor lugar del mundo; pero eso viene de que tiene una astilla de vidrio en el corazón y un granito de vidrio en el ojo. Primero hay que sacárselos; si no, nunca volverá a ser un ser humano, y la reina de las nieves seguirá teniendo poder sobre él.

—¿Y no le puedes dar a la pequeña Gerda algo que le dé poder sobre todo eso?

—No le puedo dar más poder del que ya tiene. ¿No ves lo grande que es? ¿No ves cómo la gente y los animales tienen que servirle, cómo ha salido adelante en el mundo yendo descalza? No puede recibir su fuerza de nosotros; la trae en el corazón, y consiste en que es una niña buena e inocente. Si ella no puede entrar sola hasta la reina de las nieves y sacarle el vidrio al pequeño Kay, nosotros no podemos ayudar. A dos millas de aquí empieza el jardín de la reina de las nieves; hasta ahí puedes llevar a la niña. Déjala junto al arbusto grande que está en la nieve con bayas rojas; no te quedes de plática con nadie, sino apúrate a regresar.

Y entonces la finlandesa subió a la pequeña Gerda sobre el reno, que corrió todo lo que pudo.

—¡Ay, no traigo mis botas! ¡No traigo mis guantes! —gritó la pequeña Gerda.

Pronto lo sintió en aquel frío que cortaba; pero el reno no se atrevió a detenerse: corrió hasta llegar al arbusto de las bayas rojas. Ahí bajó a Gerda y la besó en la boca, y por las mejillas del animal corrieron lágrimas grandes y brillantes; y después regresó corriendo todo lo que pudo. Ahí se quedó la pobre Gerda, sin zapatos y sin guantes, en medio de aquella Finmarca espantosa y helada.

Echó a correr hacia adelante tan rápido como pudo; entonces llegó un regimiento de copos de nieve. Pero no caían del cielo, que estaba claro y brillaba con auroras boreales: los copos corrían derecho por el suelo, y mientras más se acercaban, más grandes se hacían. Gerda todavía se acordaba de lo grandes y bien hechos que se veían los copos cuando los miraba con una lupa. Pero aquí eran mucho más grandes y más espantosos; estaban vivos, eran la avanzada de la reina de las nieves y tenían las formas más raras. Unos parecían puercoespines grandes y feos; otros, nudos de serpientes que sacaban la cabeza; otros más, ositos gordos con el pelo erizado. Todos eran de un blanco brillante, todos eran copos de nieve vivos.

Entonces la pequeña Gerda rezó su padrenuestro. Hacía tanto frío que ella podía ver su propio aliento, que le salía de la boca como humo. El aliento se fue haciendo más y más espeso y tomó forma de angelitos que crecían y crecían al tocar la tierra; y todos llevaban casco en la cabeza y lanza y escudo en las manos. Eran cada vez más y más, y cuando Gerda acabó su padrenuestro tenía a su alrededor una legión entera. Los ángeles clavaron sus lanzas contra los copos horribles, que se rompieron en cien pedazos, y la pequeña Gerda siguió adelante segura y con buen ánimo. Los ángeles le acariciaron las manos y los pies, y así ella sintió menos el frío, y se apuró hacia el palacio de la reina de las nieves.

Pero antes tenemos que ver qué hace Kay. La verdad es que él no pensaba en la pequeña Gerda, y menos que ella estuviera afuera, frente al palacio.

Séptima historia: El palacio de la reina de las nieves y lo que pasó allí después

Las paredes del palacio estaban hechas de nieve arremolinada, y las ventanas y las puertas, de vientos que cortaban. Había más de cien salones, todos como los había amontonado la nieve; el más grande se extendía a lo largo de varias millas. La fuerte aurora boreal los alumbraba todos, y qué grandes y vacíos, qué helados y brillantes eran. Nunca hubo ahí ninguna fiesta, ni siquiera un bailecito de osos con la tormenta tocando la música, en el que los osos polares se pararan en dos patas y lucieran sus buenos modales; nunca una reunión de juegos con manotazos y zarpazos; nunca una tertulia de café de las señoritas zorras blancas. Vacíos, grandes y fríos eran los salones de la reina de las nieves. Las auroras boreales ardían con tanta exactitud que se podía contar cuándo llegaban a lo más alto y cuándo a lo más bajo. En medio de aquel salón de nieve vacío e infinito había un lago congelado que se había roto en mil pedazos; pero cada pedazo era igual al otro, y todo junto era una obra de arte perfecta. Y en medio del lago se sentaba la reina de las nieves cuando estaba en casa; entonces decía que estaba sentada en el espejo del entendimiento, y que aquél era el único y el mejor del mundo.

El pequeño Kay estaba azul de frío, casi negro; pero no lo notaba, porque ella le había quitado con sus besos el escalofrío, y su corazón era como un témpano de hielo. Andaba arrastrando de un lado a otro unos pedazos de hielo planos y filosos, que acomodaba de todas las maneras posibles, porque quería sacar algo con ellos. Es como cuando nosotros tenemos tablitas de madera y las acomodamos formando figuras, que es lo que se llama el juego chino. Kay también acomodaba figuras, y de las más ingeniosas: era el juego de hielo del entendimiento. A sus ojos, las figuras eran extraordinarias y de la mayor importancia, y eso lo hacía el granito de vidrio que tenía en el ojo. Formaba figuras completas que eran una palabra escrita, pero nunca lograba formar la palabra que quería, la palabra ETERNIDAD. La reina de las nieves le había dicho: «Si logras encontrar esa figura, serás tu propio dueño, y te regalo el mundo entero y unos patines nuevos.» Pero no podía.

—Ahora me voy volando a los países cálidos —dijo la reina de las nieves—. Quiero ir a asomarme a las ollas negras.

Ésos eran los montes que echan fuego, el Etna y el Vesubio, como los llaman.

—Los voy a blanquear un poco. Así debe ser; les hace bien a los limones y a las uvas.

Y la reina de las nieves se fue volando, y Kay se quedó solo en el salón de hielo vacío de muchas millas, mirando los pedazos de hielo y pensando tanto que le crujía la cabeza. Estaba sentado, tieso y quieto; cualquiera habría creído que se había muerto de frío.

Solo en un salón de hielo enorme, un niño de cara azulada se arrodilla sobre el lago congelado y acomoda placas de hielo que forman letras.

Y entonces pasó que la pequeña Gerda entró al palacio por el portón grande. Ahí reinaban vientos que cortaban, pero era como si quisieran dormirse. Y ella entró en los salones grandes, vacíos y fríos, y ahí vio a Kay. Lo reconoció, se le echó al cuello, lo abrazó fuerte y gritó:

—¡Kay! ¡Querido, pequeño Kay! ¡Por fin te encontré!

Pero él seguía sentado, quieto, tieso y frío. Entonces la pequeña Gerda lloró lágrimas calientes que le cayeron en el pecho; le llegaron al corazón, derritieron el témpano de hielo y consumieron el pedacito de espejo que había dentro. Él la miró, y ella cantó:

Las rosas florecen y se han de perder;al Niño Jesús lo hemos de ver.

Sentado y rígido en un asiento de hielo, un niño pálido recibe el abrazo de la niña de capa roja, que llora; alrededor corre luz dorada y brotan flores.

Entonces Kay se soltó llorando; lloró tanto que el granito de espejo le salió flotando del ojo. Ahora sí la reconoció y gritó lleno de alegría:

—¡Gerda! ¡Querida, pequeña Gerda! ¿Dónde estuviste tanto tiempo? ¿Y dónde estuve yo?

Y miró a su alrededor.

—¡Qué frío hace aquí! ¡Qué grande y qué vacío es esto!

Y se abrazó a Gerda, y ella reía y lloraba de alegría. Aquello era tan hermoso que hasta los pedazos de hielo bailaron de gusto alrededor de ellos, y cuando se cansaron y se acostaron, quedaron formando justamente las letras que la reina de las nieves le había dicho que encontrara para ser su propio dueño y recibir el mundo entero y unos patines nuevos.

Y Gerda le besó las mejillas, y le florecieron; le besó los ojos, y le brillaron como los suyos; le besó las manos y los pies, y quedó sano y contento. Ya podía volver la reina de las nieves: ahí estaba su carta de libertad, escrita con pedazos de hielo brillante.

Y se tomaron de las manos y salieron caminando del gran palacio. Hablaron de la abuela y de las rosas de allá arriba, en el tejado; y por donde ellos pasaban se aquietaban los vientos y salía el sol. Y cuando llegaron al arbusto de las bayas rojas, ahí estaba el reno esperándolos. Traía consigo una hembra joven, con las ubres llenas, y ella les dio a los niños su leche tibia y los besó en la boca. Después los renos llevaron a Kay y a Gerda primero con la finlandesa, donde se calentaron en el cuarto caliente y recibieron razón sobre el viaje de regreso; y luego con la lapona, que les había cosido ropa nueva y les había arreglado su trineo.

Los dos renos corrieron a su lado y los acompañaron hasta la frontera del país; ahí brotaba el primer verde. Entonces se despidieron de los renos y de la lapona.

—¡Adiós! —dijeron todos.

Y los primeros pajaritos empezaron a piar, el bosque tenía brotes verdes, y de él salió, montada en un caballo espléndido que Gerda conocía, porque había ido enganchado al carruaje de oro, una muchacha joven con una gorra roja y brillante en la cabeza y pistolas en las fundas de la silla. Era la pequeña bandolera, que se había hartado de estar en su casa y quería ir primero hacia el norte y después, si eso no le gustaba, a alguna otra parte del mundo. Reconoció enseguida a Gerda, y Gerda la reconoció a ella: fue una alegría.

—¡Bonito vagabundo estás hecho! —le dijo al pequeño Kay—. Me gustaría saber si mereces que anden corriendo por ti hasta el fin del mundo.

Pero Gerda le dio palmaditas en las mejillas y preguntó por el príncipe y la princesa.

—Se fueron de viaje a países extranjeros —dijo la bandolerita.

—¿Y el cuervo? —dijo Gerda.

—Pues el cuervo se murió —contestó ella—. La novia amaestrada se quedó viuda y anda con un pedacito de estambre negro en la pata; se queja que da lástima, y todo es puro cuento. Pero ahora cuéntame tú cómo te fue y cómo lo pescaste.

Y Gerda y Kay contaron.

—¡Snip, snap, snurre, purre, baselurre! —dijo la bandolerita, los tomó a los dos de las manos y prometió que, si algún día pasaba por su ciudad, subiría a visitarlos.

Y con eso se fue cabalgando al ancho mundo. Pero Gerda y Kay siguieron de la mano, y por donde ellos iban era una primavera espléndida con flores y verde. Sonaron las campanas de la iglesia y reconocieron las torres altas y la gran ciudad: era aquella en la que vivían. Entraron en ella y llegaron a la puerta de la abuela, subieron la escalera y entraron al cuarto, donde todo estaba en el mismo lugar que antes, y el reloj hacía «tic, tac» y las manecillas daban la vuelta. Pero al pasar por la puerta se dieron cuenta de que se habían vuelto adultos. Las rosas de la canaleta florecían entrando por la ventana abierta, y ahí estaban las sillitas de niños; Kay y Gerda se sentaron cada uno en la suya y se tomaron de las manos. Habían olvidado, como si fuera un sueño pesado, aquella magnificencia fría y vacía de la reina de las nieves. La abuela estaba sentada en el sol claro de Dios y leía en voz alta la Biblia: «Si no se hacen como niños, no entrarán en el reino de Dios.»

Y Kay y Gerda se miraron a los ojos y entendieron de golpe la vieja canción:

Las rosas florecen y se han de perder;al Niño Jesús lo hemos de ver.

Ahí estaban los dos, adultos y sin embargo niños, niños en el corazón; y era verano, verano tibio y bendito.

Adaptado por Talerie, Fuente: Sämmtliche Märchen (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público