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Un viejo pescador llama desde la orilla de un mar que oscurece a un lenguado encantado que emerge entre las olas.Original

El pescador y su mujer

Hermanos Grimm

16 min de lecturaa partir de 6 años

Un pescador libera a un rodaballo parlante y encantado, y su mujer lo obliga a pedirle deseo tras deseo: una casita, un castillo, ser reina, emperatriz y papa. Cuando por fin exige ser como Dios, el mar se vuelve negro y el rodaballo los devuelve al cuchitril, donde siguen sentados hasta el día de hoy.


Había una vez un pescador que vivía con su mujer, Isabel, en un cuchitril, muy cerca del mar. Todos los días el pescador salía a pescar, y pescaba y pescaba sin cansarse nunca.

Un día estaba sentado junto a su caña, con la vista puesta en el agua clara, y ahí seguía, sentado y sentado. De pronto el anzuelo se fue al fondo, muy hondo, y cuando el hombre jaló el sedal sacó un rodaballo enorme. Y el rodaballo le habló.

—Óyeme, pescador, te lo ruego: déjame vivir. No soy un rodaballo de verdad, soy un príncipe encantado. ¿De qué te sirve matarme? De todos modos no te sabría bien. Devuélveme al agua y déjame nadar.

Un pescador viejo jala el sedal desde su barca y saca del agua clara un rodaballo dorado y plateado, con la boca abierta como si acabara de hablar.

—No hacía falta que gastaras tantas palabras —dijo el hombre—. A un rodaballo que sabe hablar lo habría soltado de todas maneras.

Y lo puso otra vez en el agua clara. El pez se hundió hasta el fondo y dejó tras de sí un largo hilo de sangre. Entonces el pescador se levantó y regresó al cuchitril, con su mujer.

—Marido —dijo ella—, ¿hoy no pescaste nada?

—No —dijo el hombre—. Pesqué un rodaballo que me dijo que era un príncipe encantado, y lo dejé nadar otra vez.

—¿Y no le pediste nada para ti? —dijo la mujer.

—No —dijo el hombre—. ¿Qué le iba a pedir?

—Ay —dijo la mujer—, qué triste es vivir siempre en este cuchitril, que apesta y da asco. Bien pudiste haberle pedido una casita para nosotros. Vuelve y llámalo. Dile que queremos una casita; seguro que nos la da.

—Ay —dijo el hombre—, ¿y para qué voy a ir otra vez?

—Pues porque tú lo pescaste y lo dejaste nadar —dijo la mujer—. Seguro que lo hace. Anda, ve ahora mismo.

Al hombre no le gustaba nada la idea, pero tampoco quiso contrariar a su mujer, y se fue al mar.

Cuando llegó, el mar estaba todo verde y amarillo, y ya no tan claro como antes. Se paró en la orilla y dijo:

Rodaballo, rodaballito,pez del ancho mar entero,mi mujer, doña Isabel,no quiere lo que yo quiero.

El rodaballo llegó nadando y preguntó:

—Bueno, ¿y qué quiere ella?

—Ay —dijo el hombre—, yo te pesqué, y ahora mi mujer dice que debí pedirte algo. Ya no quiere vivir en el cuchitril; le gustaría tener una casita.

—Vete tranquilo —dijo el rodaballo—, ya la tiene.

El hombre se fue, y el cuchitril ya no estaba: en su lugar había una casita, y su mujer estaba sentada en una banca junto a la puerta. Lo tomó de la mano y le dijo:

—Entra y mira: así estamos mucho mejor.

Entraron los dos. La casita tenía un zaguán pequeño, una sala preciosa y una recámara con su cama, cocina y despensa, todo con los mejores trastes y acomodado con mucho esmero, con su vajilla de peltre y de latón reluciente. Atrás había un corral con gallinas y patos, y un huertecito con verduras y árboles frutales.

La mujer del pescador, vestida de campesina, sentada en una banca junto a la puerta de una casita con techo de paja, rodeada de gallinas y patos en el patio.

—Mira —dijo la mujer—, ¿no está bonito?

—Sí —dijo el hombre—. Así se quedará, y viviremos muy contentos.

—Eso lo vamos a pensar —dijo la mujer.

Luego cenaron algo y se fueron a la cama.

Así pasaron ocho o quince días, hasta que la mujer dijo:

—Oye, marido, la casa es muy estrecha, y el corral y el huerto son muy chicos. El rodaballo bien pudo habernos regalado una casa más grande. Yo quisiera vivir en un gran castillo de piedra. Ve a ver al rodaballo: que nos regale un castillo.

—Ay, mujer —dijo el hombre—, la casita está muy bien. ¿Para qué queremos vivir en un castillo?

—Anda ya —dijo la mujer—, tú ve. El rodaballo puede hacerlo cuando quiera.

—No, mujer —dijo el hombre—. El rodaballo acaba de darnos la casa. No quiero volver tan pronto; se puede molestar.

—Ve —dijo la mujer—. Puede hacerlo muy bien, y lo hará con gusto. Tú ve.

Al hombre se le encogió el corazón y no quería ir. «Esto no está bien», se decía. Pero fue de todos modos.

Cuando llegó al mar, el agua estaba morada y azul oscura, gris y espesa, y ya no verde y amarilla; pero seguía tranquila. Se paró en la orilla y dijo:

Rodaballo, rodaballito,pez del ancho mar entero,mi mujer, doña Isabel,no quiere lo que yo quiero.

—Bueno, ¿y qué quiere ella? —dijo el rodaballo.

—Ay —dijo el hombre, medio apenado—, quiere vivir en un gran castillo de piedra.

—Vete tranquilo, que ya está parada en la puerta —dijo el rodaballo.

El hombre se fue creyendo que volvía a su casa, pero al llegar se encontró con un gran palacio de piedra, y su mujer estaba en lo alto de la escalinata, a punto de entrar. Lo tomó de la mano y le dijo:

—Pasa conmigo.

Entraron juntos. El castillo tenía un vestíbulo enorme con el piso de mármol, y muchos criados que abrían de par en par las puertas grandes; las paredes estaban relucientes, cubiertas de hermosos tapices, y en los salones no había más que sillas y mesas de oro; del techo colgaban candiles de cristal, y todas las salas y recámaras tenían alfombra. Las mesas estaban tan cargadas de comida y del mejor vino que parecía que se iban a romper. Detrás de la casa había un patio grande con establos para las vacas y caballerizas para los caballos, y carruajes de los mejores; también había un jardín espléndido con las flores más bonitas y árboles frutales finos, y un bosque de recreo de media legua de largo, con venados, corzos y liebres, y todo lo que uno pudiera desear.

La mujer, vestida de verde y dorado bajo un manto oscuro, lleva de la mano al pescador por un salón de mármol con sillas doradas, iluminado por antorchas.

—Bueno —dijo la mujer—, ¿no está hermoso?

—Ay, sí —dijo el hombre—. Así se quedará. Viviremos en este castillo tan bonito y estaremos contentos.

—Eso lo vamos a pensar —dijo la mujer—. Lo consultamos con la almohada.

Y se fueron a dormir.

A la mañana siguiente la mujer despertó primero. Ya era de día, y desde la cama veía extenderse aquella tierra espléndida. El hombre apenas se estaba desperezando cuando ella le dio un codazo en el costado.

—Marido, levántate y asómate a la ventana. Mira: ¿no podríamos ser los reyes de toda esta tierra? Ve a ver al rodaballo. Queremos ser reyes.

—Ay, mujer —dijo el hombre—, ¿para qué queremos ser reyes? Yo no quiero ser rey.

—Bueno —dijo la mujer—, si tú no quieres ser rey, yo sí quiero. Ve a ver al rodaballo: quiero ser reina.

—Ay, mujer —dijo el hombre—, ¿para qué quieres ser reina? Eso no se lo quiero decir.

—¿Y por qué no? —dijo la mujer—. Ve de inmediato. Yo tengo que ser reina.

El hombre se fue muy triste de que su mujer quisiera ser reina. «Esto no está bien, no está nada bien», pensaba. No quería ir, pero fue de todos modos.

Cuando llegó al mar, el agua estaba gris y negruzca, borbotaba desde el fondo y olía a podrido. Se paró en la orilla y dijo:

Rodaballo, rodaballito,pez del ancho mar entero,mi mujer, doña Isabel,no quiere lo que yo quiero.

—Bueno, ¿y qué quiere ella? —dijo el rodaballo.

—Ay —dijo el hombre—, quiere ser reina.

—Vete tranquilo, que ya lo es —dijo el rodaballo.

El hombre se fue, y cuando llegó vio que el castillo se había hecho mucho más grande, con una torre altísima y adornos magníficos. En la puerta había un centinela, y soldados a montones con timbales y trompetas. Al entrar en la casa encontró todo de mármol puro con oro, cortinajes de terciopelo y grandes borlas doradas. Se abrieron las puertas del salón, donde estaba reunida la corte entera, y su mujer estaba sentada en un trono altísimo de oro y diamante, con una gran corona de oro en la cabeza y en la mano un cetro de oro puro con piedras preciosas. A los dos lados, formadas en fila, había seis doncellas, cada una más chica que la anterior por una cabeza. El hombre se paró frente a ella y dijo:

—Ay, mujer, ¿ya eres reina?

—Sí —dijo ella—, ya soy reina.

Él se quedó mirándola, y cuando la hubo contemplado un rato, dijo:

—Ay, mujer, qué bonito se ve que seas reina. Ahora ya no vamos a desear nada más.

—No, marido —dijo ella, muy inquieta—. El tiempo se me hace larguísimo y ya no aguanto. Ve a ver al rodaballo: reina ya soy, ahora tengo que ser emperatriz.

—Ay, mujer —dijo el hombre—, ¿para qué quieres ser emperatriz?

—Marido —dijo ella—, ve con el rodaballo. Quiero ser emperatriz.

—Ay, mujer —dijo el hombre—, emperatriz no te puede hacer; eso no se lo quiero decir al rodaballo. Emperador no hay más que uno en todo el imperio. El rodaballo no puede hacer eso, no puede y se acabó.

—¡Cómo! —dijo la mujer—. Yo soy la reina, y tú no eres más que mi marido. ¿Vas a ir de una vez? Ve ahora mismo. Si pudo hacerme reina, también puede hacerme emperatriz. Yo quiero ser emperatriz, y lo voy a ser. Ve ahora mismo.

Tuvo que ir. Y mientras caminaba le entró mucho miedo, y pensaba: «Esto no va a acabar bien. Emperatriz es demasiado descaro; al final el rodaballo se va a cansar».

Con eso llegó al mar, y el agua estaba negra y espesa, y ya empezaba a hervir desde el fondo y a echar burbujas, y un viento racheado la revolvía; al hombre se le puso la carne de gallina. Se paró en la orilla y dijo:

Rodaballo, rodaballito,pez del ancho mar entero,mi mujer, doña Isabel,no quiere lo que yo quiero.

—Bueno, ¿y qué quiere ella? —dijo el rodaballo.

—Ay, rodaballo —dijo él—, mi mujer quiere ser emperatriz.

—Vete tranquilo —dijo el rodaballo—, ya lo es.

El hombre se fue, y cuando llegó, el castillo entero era de mármol pulido, con figuras de alabastro y adornos de oro. Frente a la puerta marchaban los soldados tocando trompetas y golpeando timbales y tambores; y dentro de la casa los barones, los condes y los duques andaban de un lado a otro como simples criados, y le abrieron las puertas, que eran de oro macizo. Al entrar vio a su mujer sentada en un trono de una sola pieza de oro, de dos leguas de alto, con una enorme corona de oro de tres codos, cuajada de brillantes y carbunclos; en una mano tenía el cetro y en la otra el globo imperial. A los dos lados formaban sus guardias en dos hileras, cada uno más chico que el anterior, desde el gigante más grande, que medía dos leguas, hasta el enano más chiquito, que no era más grande que un dedo meñique. Y delante de ella había una multitud de príncipes y de duques. El hombre se abrió paso entre ellos y dijo:

—Mujer, ¿ya eres emperatriz?

—Sí —dijo ella—, soy emperatriz.

Él se quedó parado, mirándola con calma, y después de contemplarla un rato dijo:

—Ay, mujer, qué bonito se ve que seas emperatriz.

—Marido —dijo ella—, ¿qué haces ahí parado? Ya soy emperatriz, pero ahora quiero ser papa. Ve a ver al rodaballo.

—Ay, mujer —dijo el hombre—, ¿es que nada te basta? Papa no puedes ser. Papa no hay más que uno en toda la cristiandad; eso el rodaballo no lo puede hacer.

—Marido —dijo ella—, quiero ser papa. Ve de inmediato, que hoy mismo tengo que ser papa.

—No, mujer —dijo el hombre—, eso no se lo quiero decir. No va a acabar bien; es demasiado. Papa no te puede hacer el rodaballo.

—¡Qué tonterías dices! —dijo la mujer—. Si puede hacer una emperatriz, también puede hacer un papa. Ve de inmediato. Yo soy la emperatriz y tú no eres más que mi marido. ¿Vas a ir o no?

Entonces le dio miedo y se fue, pero iba muy débil, con las rodillas flojas y las piernas temblando. Un viento barría la tierra, las nubes volaban y oscureció como al anochecer; las hojas se desprendían de los árboles, el agua bramaba como si estuviera hirviendo y golpeaba contra la orilla, y a lo lejos vio los barcos, que disparaban pidiendo auxilio y bailaban y brincaban sobre las olas. En medio, el cielo todavía tenía un poco de azul, pero por los lados subía muy rojo, como cuando se arma una tormenta grande. Él se paró en la orilla, acobardado de miedo, y dijo:

Rodaballo, rodaballito,pez del ancho mar entero,mi mujer, doña Isabel,no quiere lo que yo quiero.

—Bueno, ¿y qué quiere ella? —dijo el rodaballo.

—Ay —dijo el hombre—, quiere ser papa.

—Vete tranquilo, que ya lo es —dijo el rodaballo.

El hombre se fue, y al llegar se encontró con algo como una iglesia enorme, rodeada de puros palacios. Se abrió paso a empujones entre la gente. Adentro todo estaba iluminado con miles y miles de velas, y su mujer estaba vestida de oro puro y sentada en un trono todavía más alto, con tres grandes coronas de oro en la cabeza; a su alrededor había mucha gente de iglesia, y a los dos lados dos hileras de velas, desde la más grande, tan gruesa y tan alta como la torre más alta, hasta la más chica, del tamaño de una velita de cocina. Y todos los emperadores y todos los reyes estaban de rodillas delante de ella y le besaban la sandalia.

La mujer, vestida de oro con tres coronas, sentada en un trono entre velas encendidas, con reyes y emperadores arrodillados ante ella y un vitral rojo al fondo.

—Mujer —dijo el hombre, mirándola bien—, ¿ya eres papa?

—Sí —dijo ella—, soy papa.

Él se quedó mirándola de frente, y era como mirar el sol de lleno. Cuando la hubo contemplado un rato, dijo:

—Ay, mujer, qué bonito se ve que seas papa.

Pero ella seguía tiesa como un árbol y no se movía ni un poquito.

Entonces él dijo:

—Mujer, ya conténtate. Ahora que eres papa, ya no puedes llegar a ser nada más.

—Eso lo voy a pensar —dijo la mujer.

Y se fueron los dos a la cama; pero ella no estaba contenta, y la codicia no la dejaba dormir: no paraba de pensar en qué más podía llegar a ser.

El hombre durmió muy profundo, porque había caminado mucho ese día; la mujer, en cambio, no pudo pegar los ojos y se dio vueltas de un lado a otro toda la noche, pensando y pensando en qué más podía llegar a ser, sin encontrar nada. Ya iba a salir el sol, y cuando vio la luz roja del amanecer se enderezó en la cama y se quedó mirando aquella luz; y al ver por la ventana cómo subía el sol, pensó: «¿Y por qué no podría yo hacer salir el sol y la luna?».

—Marido —dijo, dándole un codazo en las costillas—, despierta y ve a ver al rodaballo. Quiero ser como Dios.

El hombre estaba casi dormido, pero se espantó tanto que se cayó de la cama. Creyó que había oído mal, se restregó los ojos y dijo:

—Ay, mujer, ¿qué dijiste?

—Marido —dijo ella—, si yo no puedo hacer salir el sol y la luna, y tengo que quedarme viendo cómo salen sin que yo lo mande, no lo voy a soportar, y no voy a tener una hora tranquila mientras no los pueda hacer salir yo misma.

Y lo miró de un modo tan espantoso que al hombre le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.

—Ve ahora mismo. Quiero ser como Dios.

—Ay, mujer —dijo el hombre, cayendo de rodillas delante de ella—, eso el rodaballo no lo puede hacer. Emperatriz y papa sí te pudo hacer; te lo suplico, entra en razón y quédate de papa.

Entonces a ella se le subió la rabia, el pelo se le alborotó alrededor de la cabeza, se rasgó el corpiño, le dio una patada y le gritó:

—¡No lo soporto! ¡No lo voy a soportar ni un momento más! ¿Vas a ir o no?

Él se puso los pantalones a las carreras y salió corriendo como loco.

Afuera la tormenta se había soltado y bramaba tanto que el hombre apenas podía mantenerse en pie. Las casas y los árboles se venían abajo, los cerros temblaban, pedazos de roca rodaban al mar, el cielo estaba negro como la brea, tronaba y relampagueaba, y el mar levantaba olas negras tan altas como torres de iglesia y como montañas, todas con una corona blanca de espuma en la punta. Él gritó, y ni siquiera alcanzaba a oír sus propias palabras:

Rodaballo, rodaballito,pez del ancho mar entero,mi mujer, doña Isabel,no quiere lo que yo quiero.

El pescador avanza solo por la orilla en plena tormenta, con árboles que caen, rocas que ruedan hacia el mar y un rayo que parte el cielo negro.

—Bueno, ¿y qué quiere ella? —dijo el rodaballo.

—Ay —dijo él—, quiere ser como Dios.

—Vete tranquilo, que ya está otra vez sentada en el cuchitril.

El pescador entra por la puerta baja de su choza y encuentra a su mujer sentada adentro, pobre otra vez, junto a una sola vela y una ventana agrietada.

Y ahí siguen sentados hasta el día de hoy.

Adaptado por Talerie, Fuente: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público