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El pescador y su mujerOriginal

El pescador y su mujer

Hermanos Grimm

15 min de lectura8–12 años

Un pescador captura a un pez que resulta ser un príncipe encantado y lo libera sin pedir nada a cambio. Su ambiciosa esposa lo envía a pedir favores al pez mágico, exigiendo primero una casa, luego un palacio, luego ser reina, emperatriz, y finalmente desea tener el poder de Dios.

Versión suaveVersión original

Había una vez un pescador que vivía con su mujer en una cabaña miserable, justo a la orilla del mar. Todos los días iba el pescador a echar su caña, y pescaba y pescaba sin descanso.

Un día estaba sentado junto a su caña, con la mirada fija en el agua clara, y allí seguía, mirando y mirando. De pronto el anzuelo se hundió, bajó hasta lo más hondo, y cuando lo sacó, en la punta traía un gran rodaballo. Y el rodaballo le dijo:

—Escucha, pescador, te lo ruego, déjame vivir. No soy un rodaballo de verdad, soy un príncipe encantado. ¿De qué te serviría matarme? De todos modos no te sabría bien. Devuélveme al agua y déjame nadar.

—Vaya —dijo el hombre—, no hacía falta que hablaras tanto. A un pez que sabe hablar, bien lo iba yo a dejar nadar.

Y dicho esto lo devolvió al agua clara. El rodaballo se hundió hasta el fondo, dejando tras de sí un largo rastro de sangre. Entonces el pescador se levantó y volvió con su mujer a la cabaña.

—Marido —dijo la mujer—, ¿no has cogido hoy nada?

—No —contestó el hombre—. He cogido un rodaballo que decía ser un príncipe encantado, y lo he dejado nadar otra vez.

—¿Y no le has pedido nada? —dijo la mujer.

—No —respondió el hombre—. ¿Qué había de pedirle?

—Ay —dijo la mujer—, qué triste es vivir siempre en esta cabaña, que apesta y da asco. Bien podías haberle pedido una casita. Vuelve y llámalo; dile que queremos una casita, que seguro nos la da.

—Ay —dijo el hombre—, ¿y para qué he de volver?

—Anda —dijo la mujer—, tú lo pescaste y lo dejaste nadar, seguro que lo hace. Ve corriendo.

Al hombre no le apetecía, pero tampoco quería llevar la contraria a su mujer, y fue hasta el mar.

Cuando llegó, el agua estaba toda verde y amarilla, y ya no tan clara. Se acercó y dijo:

Rodaballo, rodaballo del mar, sal del agua y ven a hablar: que Ilsebil, mi mujer, no quiere lo que yo he de querer.

El rodaballo se acercó nadando y dijo:

—Bueno, ¿qué quiere ella?

—Ay —dijo el hombre—, si te he cogido yo, mi mujer dice que debía haberte pedido algo. Ya no quiere vivir en la cabaña, querría una casita.

—Vuelve a casa —dijo el rodaballo—, que ya la tiene.

Volvió el hombre, y su mujer ya no estaba en la cabaña, sino que en su lugar había una casita, y su mujer estaba sentada en un banco a la puerta. Lo tomó de la mano y le dijo:

—Entra y mira: ahora estamos mucho mejor.

Entraron los dos, y dentro de la casa había un pequeño zaguán, una salita preciosa y una alcoba con su cama, una cocina y una despensa con todos los enseres del mejor gusto, relucientes de estaño y latón. Detrás había también un corral con gallinas y patos, y un huertecillo con verduras y frutas.

—Mira —dijo la mujer—, ¿no es bonito?

—Sí —dijo el hombre—, así ha de quedarse. Ahora viviremos muy contentos.

—Ya lo pensaremos —dijo la mujer.

Después comieron algo y se acostaron.

Así pasaron unos ocho o quince días, hasta que la mujer dijo:

—Escucha, marido, esta casa es demasiado estrecha, y el corral y el huerto son muy pequeños. El rodaballo bien podía habernos dado una casa mayor. Yo querría vivir en un gran castillo de piedra. Ve al rodaballo, que nos regale un castillo.

—Ay, mujer —dijo el hombre—, la casa está bien; ¿para qué queremos un castillo?

—Anda —dijo la mujer—, ve tú, que el rodaballo bien puede hacerlo.

—No, mujer —dijo el hombre—, el rodaballo acaba de darnos la casa; no quiero volver ya, no vaya a molestarse.

—Ve de todos modos —insistió la mujer—, que puede hacerlo y lo hace de buena gana. Anda, ve.

Al hombre le pesaba el corazón y no quería ir. «Esto no está bien», se decía. Pero fue de todos modos.

Cuando llegó al mar, el agua estaba toda violeta y azul oscuro, gris y espesa, y ya no verde y amarilla, aunque seguía en calma. Se acercó y dijo:

Rodaballo, rodaballo del mar, sal del agua y ven a hablar: que Ilsebil, mi mujer, no quiere lo que yo he de querer.

—Bueno, ¿qué quiere ella? —dijo el rodaballo.

—Ay —dijo el hombre medio apenado—, quiere vivir en un gran castillo de piedra.

—Vuelve a casa —dijo el rodaballo—, que ya está a la puerta.

Se fue el hombre pensando que volvía a su casita, pero cuando llegó había allí un gran castillo de piedra, y su mujer estaba justo en la escalinata, a punto de entrar. Lo tomó de la mano y le dijo:

—Entra conmigo.

Entraron, y el castillo tenía un enorme vestíbulo con el suelo de mármol, y numerosos criados que abrían de par en par las grandes puertas. Las paredes resplandecían y estaban cubiertas de hermosas colgaduras; en las salas había sillas y mesas de oro, y del techo colgaban arañas de cristal. Todas las estancias tenían alfombras, y las mesas estaban tan cargadas de manjares y de los mejores vinos que parecían a punto de romperse. Detrás del castillo había un gran patio con establos para las vacas y caballerizas para los caballos, y magníficos carruajes; y había además un jardín precioso con las flores más hermosas y árboles frutales, y un parque de media legua de largo, con ciervos, corzos, liebres y todo cuanto se pueda desear.

—Bueno —dijo la mujer—, ¿no es hermoso?

—Ay, sí —dijo el hombre—, así ha de quedarse. Ahora viviremos en este hermoso castillo y estaremos contentos.

—Ya lo pensaremos —dijo la mujer— y lo consultaremos con la almohada.

Y con esto se acostaron.

A la mañana siguiente despertó primero la mujer, ya de día, y desde la cama vio ante sí toda aquella tierra hermosa. El marido aún se desperezaba, y ella le dio con el codo en el costado y le dijo:

—Marido, levántate y mira por la ventana. ¿No podríamos ser reyes de toda esta tierra? Ve al rodaballo: queremos ser reyes.

—Ay, mujer —dijo el hombre—, ¿para qué queremos ser reyes? Yo no quiero ser rey.

—Bueno —dijo la mujer—, si tú no quieres ser rey, quiero serlo yo. Ve al rodaballo: yo quiero ser rey.

—Ay, mujer —dijo el hombre—, ¿para qué quieres ser rey? Eso no se lo puedo decir.

—¿Y por qué no? —dijo la mujer—. Ve ahora mismo, que yo he de ser rey.

Fue el hombre, muy apenado de que su mujer quisiera ser rey. «Esto no está bien, no está nada bien», pensaba. No quería ir, pero fue de todos modos.

Cuando llegó al mar, el agua estaba negruzca y gris, y borboteaba desde el fondo, y despedía un olor fétido. Se acercó y dijo:

Rodaballo, rodaballo del mar, sal del agua y ven a hablar: que Ilsebil, mi mujer, no quiere lo que yo he de querer.

—Bueno, ¿qué quiere ella? —dijo el rodaballo.

—Ay —dijo el hombre—, quiere ser rey.

—Vuelve a casa —dijo el rodaballo—, que ya lo es.

Volvió el hombre, y cuando llegó al palacio, el castillo se había hecho mucho mayor, con una gran torre y magníficos adornos. Ante la puerta había centinelas, y multitud de soldados con timbales y trompetas. Al entrar en el edificio, todo era de puro mármol y oro, con colgaduras de terciopelo y grandes borlas doradas. Se abrieron las puertas del salón, donde estaba reunida toda la corte, y su mujer estaba sentada en un alto trono de oro y diamantes; llevaba una gran corona de oro y en la mano un cetro de oro puro con piedras preciosas, y a ambos lados, en fila, había seis doncellas, cada una la cabeza más baja que la anterior. Se acercó el hombre y dijo:

—Ay, mujer, ¿ya eres rey?

—Sí —dijo la mujer—, ya soy rey.

Se quedó mirándola, y cuando la hubo contemplado un rato, dijo:

—Ay, mujer, qué hermoso es que seas rey. Ahora ya no habremos de desear nada más.

—No, marido —dijo la mujer, muy inquieta—. El tiempo se me hace larguísimo, no lo aguanto más. Ve al rodaballo: rey ya soy, ahora he de ser emperador.

—Ay, mujer —dijo el hombre—, ¿para qué quieres ser emperador?

—Marido —dijo ella—, ve al rodaballo: quiero ser emperador.

—Ay, mujer —dijo el hombre—, emperador no puede hacerte; eso no se lo puedo decir al rodaballo. Emperador no hay más que uno en el Imperio; el rodaballo no puede, no puede de ninguna manera.

—¿Qué dices? —replicó la mujer—. Yo soy rey y tú no eres más que mi marido. ¿Vas a ir ahora mismo? Si ha podido hacerme rey, también puede hacerme emperador. Yo quiero, quiero ser emperador. Ve ahora mismo.

Tuvo que ir. Y mientras iba, el hombre estaba lleno de miedo, y pensaba para sí: «Esto no va bien, no va nada bien. Emperador es demasiado descaro; al final el rodaballo se cansará.»

Con esto llegó al mar, que estaba negro y espeso, y ya borboteaba desde el fondo levantando burbujas, y por encima soplaba un viento arremolinado que revolvía las aguas. Al hombre le entró un escalofrío. Se acercó y dijo:

Rodaballo, rodaballo del mar, sal del agua y ven a hablar: que Ilsebil, mi mujer, no quiere lo que yo he de querer.

—Bueno, ¿qué quiere ella? —dijo el rodaballo.

—Ay, rodaballo —dijo él—, mi mujer quiere ser emperador.

—Vuelve a casa —dijo el rodaballo—, que ya lo es.

Volvió el hombre, y cuando llegó, todo el castillo era de mármol pulido, con estatuas de alabastro y adornos de oro. Ante la puerta marchaban los soldados, tocando trompetas y batiendo timbales y tambores; dentro, los barones, los condes y los duques iban de un lado a otro como simples criados, y le abrieron las puertas, que eran de oro puro. Y al entrar, allí estaba su mujer sentada en un trono de una sola pieza de oro, altísimo, con una gran corona de oro de tres codos, cuajada de brillantes y carbunclos; en una mano tenía el cetro y en la otra el globo imperial, y a ambos lados, en dos filas, estaban sus guardias, cada uno más pequeño que el anterior, desde un gigante enorme, alto como una montaña, hasta el enano más diminuto, no mayor que mi dedo meñique. Y ante ella había multitud de príncipes y de duques. El hombre pasó entre ellos y dijo:

—Mujer, ¿ya eres emperador?

—Sí —dijo ella—, ya soy emperador.

Se quedó mirándola bien, y cuando la hubo contemplado un rato, dijo:

—Ay, mujer, qué hermoso es que seas emperador.

—Marido —dijo ella—, ¿qué haces ahí parado? Emperador ya soy, ahora quiero ser papa. Ve al rodaballo.

—Ay, mujer —dijo el hombre—, ¿qué más querrás? Papa no puedes ser; papa no hay más que uno en toda la cristiandad. Eso no puede hacerlo el rodaballo.

—Marido —dijo ella—, quiero ser papa. Ve ahora mismo, que hoy mismo he de ser papa.

—No, mujer —dijo el hombre—, eso no se lo puedo decir; no va bien, es demasiado. Papa no puede hacerte el rodaballo.

—Marido, ¡qué tontería! —dijo la mujer—. Si ha podido hacerme emperador, también puede hacerme papa. Ve ahora mismo. Yo soy emperador, y tú no eres más que mi marido. ¿Vas a ir de una vez?

Le entró miedo y fue, pero se sentía flojo, y temblaba y tiritaba, y las rodillas y las pantorrillas le flaqueaban. Por la tierra soplaba un viento, y las nubes volaban, y todo se oscurecía como al caer la tarde; las hojas se desprendían de los árboles, el agua bramaba y hervía y rompía contra la orilla, y a lo lejos veía barcos que disparaban en su apuro, saltando y bailando sobre las olas. En medio, el cielo aún estaba un poco azul, pero por los lados subía un rojo encendido como de una gran tormenta. Se acercó, todo acobardado por el miedo, y dijo:

Rodaballo, rodaballo del mar, sal del agua y ven a hablar: que Ilsebil, mi mujer, no quiere lo que yo he de querer.

—Bueno, ¿qué quiere ella? —dijo el rodaballo.

—Ay —dijo el hombre—, quiere ser papa.

—Vuelve a casa —dijo el rodaballo—, que ya lo es.

Volvió el hombre, y cuando llegó había allí una iglesia enorme, rodeada de palacios. Se abrió paso entre el gentío; por dentro todo estaba iluminado por miles y miles de velas, y su mujer, vestida de oro de pies a cabeza, estaba sentada en un trono mucho más alto todavía, con tres grandes coronas de oro, y en torno a ella toda la pompa eclesiástica. A ambos lados había dos filas de cirios, desde el mayor, grueso y alto como la torre más grande, hasta la vela de cocina más pequeña; y todos los emperadores y los reyes estaban de rodillas ante ella, besándole la zapatilla.

—Mujer —dijo el hombre, mirándola bien—, ¿ya eres papa?

—Sí —dijo ella—, ya soy papa.

Se quedó mirándola, y era como mirar al sol resplandeciente. Cuando la hubo contemplado un rato, dijo:

—Ay, mujer, qué hermoso es que seas papa.

Pero ella estaba tiesa como un árbol y no se movía ni se meneaba.

—Mujer —dijo él—, date por contenta ya, que eres papa; ahora ya no puedes llegar a ser nada más.

—Ya lo pensaré —dijo la mujer.

Con esto se acostaron los dos, pero ella no estaba contenta, y la codicia no la dejaba dormir, pensando siempre qué más podría llegar a ser.

El hombre durmió profundamente, pues había andado mucho aquel día, pero la mujer no pudo pegar ojo, y se revolvía de un lado a otro toda la noche pensando qué más podría llegar a ser, sin dar con nada. Con esto quiso salir el sol, y cuando ella vio la aurora, se incorporó en la cama y miró hacia allí; y al ver por la ventana asomar el sol, pensó: «¡Ah! ¿No podría yo también hacer salir el sol y la luna?»

—Marido —dijo, dándole con el codo en las costillas—, despiértate y ve al rodaballo: quiero ser como el buen Dios.

El hombre estaba todavía medio dormido, pero se asustó de tal modo que se cayó de la cama. Creyó que había oído mal, se frotó los ojos y dijo:

—Ay, mujer, ¿qué has dicho?

—Marido —dijo ella—, si no puedo hacer salir el sol y la luna, y tengo que quedarme mirando cómo salen sin más, no lo aguanto, ni tendré una hora de sosiego mientras no pueda hacerlos salir yo misma.

Y lo miró con un gesto tan espantoso que a él le recorrió un escalofrío.

—Ve ahora mismo: quiero ser como el buen Dios.

—Ay, mujer —dijo el hombre, cayendo de rodillas ante ella—, eso el rodaballo no puede hacerlo. Emperador y papa sí puede, pero te lo suplico, entra en razón y sé papa.

Entonces le entró la rabia; los cabellos le volaban en desorden alrededor de la cabeza, se desgarró el corpiño, le dio a su marido un puntapié y gritó:

—¡No lo aguanto, no lo aguanto más! ¿Vas a ir de una vez?

Se puso los pantalones a toda prisa y echó a correr como un loco.

Fuera bramaba la tempestad, tan furiosa que apenas podía tenerse en pie. Las casas y los árboles caían, las montañas temblaban, pedazos de roca rodaban al mar, y el cielo estaba negro como la pez. Tronaba y relampagueaba, y el mar levantaba olas negras, altas como campanarios y como montañas, todas con una corona blanca de espuma en la cresta. Entonces gritó, sin oír ni sus propias palabras:

Rodaballo, rodaballo del mar, sal del agua y ven a hablar: que Ilsebil, mi mujer, no quiere lo que yo he de querer.

—Bueno, ¿qué quiere ella? —dijo el rodaballo.

—Ay —dijo el hombre—, quiere ser como el buen Dios.

—Vuelve a casa —dijo el rodaballo—, que ya está otra vez en su cabaña miserable.

Y allí siguen sentados hasta el día de hoy.