
La bella durmiente
6 min de lectura6–12 años
Una princesa hermosa y bondadosa es condenada por un hada vengativa a pincharse con un huso en su decimoquinto cumpleaños, aunque otra hada suaviza el castigo convirtiéndolo en un sueño de cien años. Cuando el plazo se cumple, un valiente príncipe llega al palacio encantado, rompe el hechizo con un beso y despierta a la princesa y a toda la corte de su letargo profundo.
Hace muchísimos años vivían un rey y una reina que cada día se decían el uno al otro: —¡Ay, si tuviéramos un hijo!
Pero pasaban las estaciones y ningún niño llegaba. Hasta que un día, estando la reina bañándose, una rana salió del agua, se arrastró hasta la orilla y le dijo:
—Tu deseo se cumplirá. Antes de que pase un año, traerás al mundo una niña.
Y así fue. La reina dio a luz una hija tan hermosa que el rey, loco de alegría, organizó una gran fiesta. Invitó a parientes, a amigos, a todo su reino... y también a las hadas, para que fueran bondadosas con la pequeña. Había trece hadas en aquellas tierras, pero el rey solo poseía doce platos de oro para servirles, así que una de ellas se quedó sin invitación.
La fiesta fue espléndida, y al final las hadas se acercaron, una tras otra, a bendecir a la niña con sus dones: una le dio la bondad, otra la belleza, otra las riquezas, y así sucesivamente, hasta que apenas faltaba una por hablar. Pero entonces, sin que nadie la esperara, entró la decimotercera hada. Venía furiosa por no haber sido invitada, y sin saludar a nadie exclamó:
—¡Cuando cumpla quince años, la princesa se pinchará con un huso y caerá muerta!
Y dando media vuelta, se marchó tal como había llegado.
Todos se quedaron helados de espanto. Pero la duodécima hada, que aún no había pronunciado su don, dio un paso al frente. No podía deshacer el maleficio, solo suavizarlo, y dijo:
—No será la muerte. Será un sueño profundo de cien años.
El rey, para proteger a su hija, ordenó quemar todos los husos del reino. Y mientras tanto la niña crecía cumpliendo cada uno de los dones que las hadas le habían dado: era tan hermosa, tan buena, tan alegre, que quien la conocía no podía dejar de quererla.
El día en que cumplió quince años, el rey y la reina no estaban en el palacio, y la joven se quedó sola. Recorrió las salas y los aposentos a su antojo, hasta llegar a una vieja torre. Subió por una escalera de caracol estrecha y oscura y encontró una puertecita con una llave oxidada en la cerradura. La giró, la puerta se abrió, y allí, en un cuartito pequeño, vio a una anciana hilando lino con un huso.
—Buenos días, abuela —dijo la princesa—. ¿Qué haces?
—Hilo —respondió la anciana, moviendo la cabeza.
—¿Y qué es esa cosa que gira tan alegremente? —preguntó la muchacha, y tomó el huso para probar ella también.
Apenas lo tocó, se cumplió el hechizo: se pinchó el dedo.
En el instante mismo del pinchazo, cayó sobre la cama que había en el cuarto y quedó sumida en un sueño profundo. Y aquel sueño se extendió por todo el palacio. El rey y la reina, que justo entonces regresaban, empezaron a dormirse en cuanto entraron en la sala, y con ellos toda la corte. Se durmieron los caballos en el establo, los perros en el patio, las palomas en el tejado, las moscas en la pared. Hasta el fuego del hogar se apaciguó y se durmió, y el asado dejó de chisporrotear, y el cocinero, que iba a reñir al ayudante por un descuido, lo soltó y se durmió también. El viento se calmó, y en los árboles frente al palacio no volvió a moverse ni una hoja.
Alrededor del palacio empezó a crecer entonces un seto de espinos, más alto cada año, hasta cubrirlo por completo, de modo que ya no se veía ni la bandera del tejado. Pero por todo el país corría la historia de la Bella Durmiente, que así llamaban a la princesa. De vez en cuando llegaba algún príncipe que intentaba atravesar el seto para entrar en el palacio, pero los espinos parecían tener manos: se cerraban con fuerza y ninguno conseguía pasar, de modo que todos tenían que volverse atrás.
Pasaron así muchos, muchos años, hasta que llegó a esas tierras otro hijo de rey. Un anciano le contó la leyenda del seto de espinos, del palacio oculto tras él, y de la princesa que dormía desde hacía cien años junto con el rey, la reina y toda su corte. También le dijo que muchos jóvenes lo habían intentado sin conseguir atravesarlo. El príncipe respondió:
—No tengo miedo. Quiero ver a la Bella Durmiente.
El anciano intentó disuadirlo, pero él no quiso escuchar.
Y sucedió que justo entonces se cumplían los cien años, y había llegado el día en que la Bella Durmiente debía despertar. Cuando el príncipe se acercó, el seto no era ya más que un muro de flores grandes y hermosas, que se apartaron solas para dejarlo pasar, y volvieron a cerrarse tranquilamente detrás de él.
En el patio vio a los caballos y a los perros de caza tendidos y dormidos; en el tejado, las palomas con la cabeza escondida bajo el ala. Dentro del palacio, las moscas dormían en la pared, el cocinero tenía aún la mano en alto como si fuera a reñir al ayudante, y la criada seguía sentada frente a la gallina que había estado a punto de desplumar.
Siguió avanzando y encontró a toda la corte dormida en la gran sala, y junto al trono, al rey y a la reina. Todo estaba tan silencioso que se podía oír la propia respiración. Por fin llegó a la torre, abrió la puertecita del cuarto donde dormía la Bella Durmiente, y allí la vio: tan hermosa que no pudo apartar los ojos de ella. Se inclinó y le dio un beso suave. Y en cuanto sus labios la rozaron, la joven abrió los ojos, despertó, y lo miró con dulzura.
Bajaron juntos, y el rey y la reina despertaron también, y con ellos toda la corte, y todos se miraron con ojos llenos de asombro. Los caballos del patio se levantaron y se sacudieron; los perros saltaron meneando la cola; las palomas del tejado sacaron la cabeza de debajo del ala y echaron a volar hacia el campo; las moscas siguieron su camino por la pared; el fuego se avivó y cocinó de nuevo la comida; el asado volvió a chisporrotear; el cocinero terminó de reñir al ayudante, y la criada acabó de desplumar la gallina.
Y así, con toda la alegría del mundo, se celebró la boda del príncipe y la Bella Durmiente. Y vivieron felices durante muchos, muchos años.