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Una princesa duerme en una cama con dosel en una alcoba cubierta de rosas silvestres y espinos, con un huso cerca.

La bella durmiente

Hermanos Grimm

5 min de lecturaa partir de 4 años

El hada decimotercera, no invitada, condena a la princesa a picarse con un huso a los quince años y morir, pero la duodécima cambia la sentencia por un sueño de cien años. Un príncipe la encuentra dormida y le da un beso; ella despierta, y con ella el rey, la reina, la corte y hasta el cocinero, y se celebra una boda.


Hace muchos años, un rey y una reina se decían todos los días lo mismo:

—¡Ay, si tuviéramos un hijo!

Pero no les nacía ninguno. Un día, mientras la reina se bañaba, una rana salió del agua y le dijo:

—Antes de que termine el año verás cumplido tu deseo: tendrás una hija.

Y así fue. La reina dio a luz una niña tan hermosa que el rey, de pura alegría, organizó una gran fiesta e invitó a sus parientes, a sus amigos y a las hadas del reino, para que quisieran bien a la niña. Había trece hadas en el país, pero solo doce platos de oro, y una tuvo que quedarse en casa.

Al terminar el banquete, las hadas le dieron sus regalos: bondad, hermosura, riqueza, todo cuanto se puede desear. Cuando once habían hablado, entró de pronto la decimotercera, que venía a vengarse por no haber sido invitada:

—Al cumplir quince años, la princesa se picará con un huso y caerá muerta.

En un salón con antorchas, una anciana encapuchada de capa oscura señala a un bebé dormido en una cuna dorada; el rey, la reina y la corte retroceden.

Salió sin decir más. Todos se quedaron helados, pero la duodécima aún no había dado su regalo, y aunque no podía deshacer el maleficio, sí podía suavizarlo:

—No será la muerte, sino un sueño profundo de cien años.

El rey mandó quemar todos los husos del reino. La niña creció con los dones de las hadas: hermosa, amable y despierta, y todo el que la veía la quería.

El día en que cumplió quince años, sus padres salieron y ella se quedó sola. Recorrió el castillo a su antojo hasta llegar a una torre vieja, subió la escalera de caracol, giró la llave oxidada de una puertecita y encontró a una anciana hilando lino con su huso.

—Buenos días, abuelita —dijo la princesa—. ¿Qué haces?

—Estoy hilando —respondió la anciana, y asintió con la cabeza.

—¿Y qué es esa cosa que da vueltas tan alegre? —preguntó la muchacha.

La princesa, de vestido verde, sostiene un huso cuyo hilo llega a una anciana sentada que sujeta en la mano una rueca con un copo de lino; detrás, una escalera.

Tomó el huso para hilar ella también, y apenas lo tocó se cumplió el hechizo: se picó el dedo.

En ese mismo instante cayó sobre una cama que había allí y se quedó dormida, y el sueño se extendió por todo el castillo: el rey y la reina, recién llegados, la corte, los caballos, los perros del patio, las palomas y las moscas de la pared. El fuego se quedó quieto, el asado dejó de chisporrotear y el cocinero se durmió antes de regañar al muchacho de la cocina. Hasta el viento se calmó y no se movió ni una hoja.

Alrededor del castillo creció un zarzal de espinas, más alto cada año, hasta que lo cubrió por completo. En el país se contaba la historia de la Bella Durmiente, pues así llamaban a la princesa, y de vez en cuando algún hijo de rey intentaba cruzar el zarzal; pero las espinas se agarraban unas a otras como si tuvieran manos, y allí quedaba prendido para siempre.

Muchos, muchos años después, otro hijo de rey llegó al país y oyó a un anciano hablar del zarzal.

—Detrás de esas espinas hay un castillo donde duerme desde hace cien años una princesa a la que llaman la Bella Durmiente, y con ella toda la corte. Muchos quisieron entrar y ninguno volvió.

—Yo no tengo miedo —dijo el joven—. Quiero ver a la Bella Durmiente.

El anciano quiso detenerlo, pero fue inútil. Justo entonces se cumplían los cien años, el día en que la princesa debía despertar: al acercarse el príncipe, el zarzal se llenó de flores hermosas que se apartaron solas para dejarlo pasar y se cerraron detrás de él.

Un joven con capa y botas de viaje avanza solo por el hueco abierto en un zarzal cubierto de rosas rosadas y azules; al fondo, entre la niebla, un castillo.

Todo el castillo seguía dormido: los caballos y los perros en el patio, las palomas con la cabecita bajo el ala y el cocinero con la mano en el aire. En el salón dormía la corte, con el rey y la reina junto al trono. Por fin el príncipe abrió la puerta del cuartito de la torre, donde dormía la Bella Durmiente.

Era tan hermosa que él no pudo apartar los ojos de ella. Se inclinó y le dio un beso, y la princesa despertó y lo miró con dulzura.

Bajaron juntos, y el rey, la reina y la corte despertaron y se miraron con los ojos muy abiertos. Los caballos se sacudieron, los perros saltaron, las palomas volaron al campo, las moscas echaron a andar por la pared, el fuego se levantó, el asado volvió a chisporrotear y el cocinero regañó al muchacho de la cocina.

Se celebró una boda espléndida, y el príncipe y la Bella Durmiente vivieron felices hasta el fin de sus días.

Adaptado por Talerie, fuente: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público

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Sobre este cuento

«La bella durmiente» es el cuento número 50 de los hermanos Grimm. Lo publicaron en Berlín en 1812, en el tomo primero de los Kinder- und Haus-Märchen, bajo el título «Dornröschen». Según Bolte y Polívka, se lo contó Marie, en casa de la familia Wild, en Kassel.

Los Grimm fueron cambiando detalles: en 1812 anuncia el nacimiento un cangrejo y las invitadas son hadas; en 1819 ya son «mujeres sabias», y en 1837 aparece la rana. Nuestras versiones, «Más suave» y «Original», parten de la traducción de Sánchez Biedma (1879) y siguen el argumento de la 7.ª edición (1857).

Dos ediciones de los Grimm comparadas: 1812 y 1857

Grimm 1812Grimm 1857
Quién anunciaun cangrejouna rana
Las invitadashadas («Feen»)mujeres sabias («weise Frauen»)
Los husos del reinose suprimense queman
La llave de la torreamarillaoxidada
Dónde cae dormidano se menciona ninguna camaen la cama que había en el cuartito
Los cien añosel príncipe llega tras «largos, largos años»se cumplen justo el día en que llega
Para qué vapara liberarlapara verla
El despertarun besoun beso
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Al cumplir quince años, la princesa se picará con un huso y caerá muerta.
Hermanos Grimm, 1857: die Königstochter soll sich in ihrem funfzehnten Jahr an einer Spindel stechen und todt hinfallen.

Qué cuenta nuestro texto

Una rana le anuncia a la reina que tendrá una hija. El rey invita a la fiesta a las hadas del reino, pero son trece y solo tiene doce platos de oro, así que una se queda en casa. La decimotercera se presenta sin invitación y anuncia que la princesa morirá al pincharse con un huso a los quince años; la duodécima no puede deshacer el maleficio, pero lo suaviza: en lugar de la muerte, un sueño de cien años. El día en que cumple quince años, la muchacha sube a una torre vieja y encuentra a una anciana hilando; la saluda llamándola «abuelita», toma el huso y se pincha el dedo. Se duerme, y con ella todo el castillo, incluidos el rey y la reina. Cien años después llega un hijo de rey; el zarzal de espinas se cubre de flores y se abre a su paso, y él despierta a la princesa con un beso. En alemán, la princesa se llama «Dornröschen», un nombre que alude al zarzal; Biedma la llamó «Rosa-con-espinas», y en nuestras versiones es la Bella Durmiente.

Lo más duro para leer en voz alta es la maldición de muerte, que la duodécima hada suaviza enseguida, y la suerte de los príncipes que intentaron cruzar antes: en la versión «Original» mueren entre las espinas; en la «Más suave», se quedan prendidos para siempre. El cuento termina con la boda y no tiene una segunda parte.

Cuentos emparentados y una confusión

En «La belle au bois dormant» de Charles Perrault (París, 1697), las madrinas son siete hadas, y la vieja hada a la que no invitan llevaba más de cincuenta años sin salir de una torre y la creían muerta o hechizada. El rey y la reina no se duermen, y no hay beso: la princesa despierta porque ha llegado el fin del encantamiento. Después de la boda viene una segunda parte en la que la madre del príncipe, que es una ogresa, manda guisar a sus nietos y a la joven reina, pero el mayordomo los salva sirviéndole un cordero, un cabrito y una cierva. Bolte y Polívka resumen también «Sole, Luna e Talia», de Basile: allí a Talia se le clava en un dedo una brizna de lino y cae como muerta; sin despertar, da a luz mellizos, hijos de un rey, y vuelve en sí cuando los bebés, al chuparle los dedos, le sacan la brizna; después, la esposa del rey intenta que guisen a los niños. Los propios Grimm señalaron que el relato italiano y el francés tienen ese final, que falta en el alemán. Bolte y Polívka citan además un cuento español, «El rey durmiente en su lecho», en el que los papeles se invierten y el que duerme es un rey. Al hablar de las hadas que acuden a un nacimiento, recogen también el verso «siete fadas me fadaron», del «Romance de la infantina».

«El príncipe rana» también empieza con una rana junto al agua, pero es otro cuento; en «La bella durmiente», la rana solo anuncia el nacimiento.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 13 de octubre de 2026.

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