OriginalLa bella durmiente
7 min de lectura6–12 años
En su bautizo, un hada agraviada condena a la princesa a pincharse con un huso y morir; otra hada suaviza la maldición convirtiéndola en un sueño de cien años. Cuando pasan los cien años, un príncipe atraviesa el seto de espinos florecido y despierta a la Bella Durmiente con un beso.
Hace muchos años vivían un rey y una reina que todos los días se decían: «¡Ay, si tuviéramos un hijo!». Pero nunca les nacía ninguno. Sucedió entonces que, estando un día la reina en el baño, una rana salió del agua y se arrastró hasta la orilla, y le dijo:
—Tu deseo se cumplirá: antes de que pase un año, traerás al mundo una hija.
Lo que la rana había dicho, así ocurrió, y la reina dio a luz una niña tan hermosa que el rey, loco de alegría, no cabía en sí de contento y dispuso una gran fiesta. Invitó no solo a sus parientes, amigos y conocidos, sino también a las hadas, para que fueran favorables a la niña y le dieran su cariño. Había trece en su reino; pero como solo tenía doce platos de oro en los que ellas debían comer, una de las hadas tuvo que quedarse en casa.
La fiesta se celebró con toda pompa, y al terminar, las hadas obsequiaron a la niña con sus dones maravillosos: una le dio la virtud, otra la hermosura, la tercera las riquezas, y así todo cuanto puede desearse en el mundo. Cuando once de ellas acababan de pronunciar sus hechizos, entró de repente la decimotercera. Quería vengarse por no haber sido invitada y, sin saludar ni mirar a nadie, exclamó en alta voz:
—Al cumplir los quince años, la princesa se pinchará con un huso y caerá muerta.
Y sin decir una palabra más, dio media vuelta y salió de la sala. Todos quedaron aterrados; pero entonces se adelantó la duodécima hada, que aún no había ofrecido su regalo. Como no podía deshacer el mal hechizo, sino solo suavizarlo, dijo:
—No será la muerte, sino un profundo sueño de cien años en el que caerá la princesa.
El rey, que deseaba proteger a su querida hija de aquella desgracia, dio orden de que se quemaran todos los husos del reino. En la niña se cumplieron, mientras tanto, todos los dones de las hadas, pues era tan hermosa, discreta, amable y despierta que cuantos la veían no podían menos que quererla.
Sucedió que, justamente el día en que cumplía quince años, el rey y la reina no estaban en casa, y la muchacha se quedó sola en el palacio. Entonces se puso a recorrerlo todo, mirando salas y aposentos a su antojo, hasta que al fin llegó a una torre antigua. Subió por la estrecha escalera de caracol y llegó a una puertecita. En la cerradura había una llave herrumbrosa; la hizo girar, la puerta se abrió de golpe, y allí, en un cuartito, había una anciana con un huso, hilando afanosamente su lino.
—Buenos días, abuelita —dijo la princesa—. ¿Qué haces?
—Estoy hilando —respondió la anciana, moviendo la cabeza.
—¿Y qué es esa cosa que da vueltas tan alegremente? —dijo la muchacha, y tomó el huso para hilar ella también.
Pero apenas lo hubo tocado, se cumplió el hechizo y se pinchó el dedo.
En el mismo instante en que sintió el pinchazo, cayó sobre la cama que allí había y quedó sumida en un profundo sueño. Y aquel sueño se extendió por todo el palacio: el rey y la reina, que acababan de regresar y entraban en la sala, empezaron a dormirse, y con ellos toda la corte. Se durmieron también los caballos en la cuadra, los perros en el patio, las palomas en el tejado, las moscas en la pared; hasta el fuego que ardía en el hogar se aquietó y se durmió, y el asado dejó de chisporrotear, y el cocinero, que iba a tirar de los pelos al pinche por haber cometido un descuido, lo soltó y se durmió. Y el viento se calmó, y en los árboles frente al palacio no volvió a moverse ni una sola hoja.
Alrededor del palacio empezó entonces a crecer un seto de espinos que cada año se hacía más alto, hasta que rodeó por completo el edificio y creció aún más arriba, de modo que ya nada se veía de él, ni siquiera la bandera del tejado. Pero por todo el país corría la leyenda de la Bella Durmiente, pues así llamaban a la princesa. De tiempo en tiempo venían hijos de reyes que querían atravesar el seto para entrar en el palacio. No lo lograban, sin embargo, pues los espinos, como si tuvieran manos, se cerraban con fuerza, y los jóvenes quedaban prendidos en ellos, sin poder soltarse, y morían de muerte lastimosa.
Al cabo de muchos, muchos años, llegó de nuevo al país el hijo de un rey y oyó a un anciano contar la historia del seto de espinos: detrás había un palacio en el que dormía desde hacía cien años una princesa maravillosa, llamada Bella Durmiente, y con ella dormían el rey, la reina y toda la corte. Sabía también, por su abuelo, que muchos hijos de reyes habían intentado atravesar el seto de espinos, pero que habían quedado prendidos en él y habían muerto de triste muerte. Entonces dijo el joven:
—No tengo miedo. Quiero ir a ver a la Bella Durmiente.
Por más que el buen anciano quiso disuadirlo, él no escuchó sus palabras.
Pero justamente entonces se habían cumplido los cien años, y había llegado el día en que la Bella Durmiente debía despertar. Cuando el príncipe se acercó al seto de espinos, este no era más que grandes y hermosas flores que se apartaron por sí solas para dejarle pasar sin daño, y detrás de él volvieron a cerrarse como un seto. En el patio del palacio vio a los caballos y a los perros de caza, con sus manchas, tendidos y dormidos; en el tejado estaban las palomas con la cabecita bajo el ala. Y cuando entró en la casa, las moscas dormían en la pared, el cocinero de la cocina tenía todavía la mano alzada como para agarrar al pinche, y la criada estaba sentada delante de la gallina negra que iba a desplumar.
Siguió adelante y vio en la sala a toda la corte tendida y dormida, y arriba, junto al trono, al rey y a la reina. Continuó aún más allá, y todo estaba tan silencioso que podía oírse la propia respiración. Al fin llegó a la torre y abrió la puerta del cuartito donde dormía la Bella Durmiente. Allí estaba, tan hermosa que no pudo apartar de ella los ojos; se inclinó y le dio un beso. Y en cuanto la rozó con sus labios, la Bella Durmiente abrió los ojos, despertó y lo miró con dulzura.
Bajaron entonces juntos, y despertaron el rey y la reina, y toda la corte, y se miraron unos a otros con grandes ojos de asombro. Los caballos del patio se levantaron y se sacudieron; los perros de caza saltaron y menearon la cola; las palomas del tejado sacaron la cabecita de debajo del ala, miraron en torno y echaron a volar hacia el campo; las moscas de las paredes reanudaron su camino; el fuego de la cocina se avivó, chisporroteó y coció la comida; el asado volvió a crepitar; el cocinero le dio al pinche tal bofetada que lo hizo gritar; y la criada terminó de desplumar la gallina.
Y entonces se celebró con toda pompa la boda del príncipe con la Bella Durmiente, y vivieron felices hasta el fin de sus días.