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Una muchacha con cofia y delantal, en la puerta de una casa de piedra, abraza un cántaro de barro; de la boca le salen dos rosas, perlas y diamantes.

Las hadas

Charles Perrault

5 min de lectura a partir de 5 años

Una viuda adora a su hija mayor, Fanchon, y no soporta a la menor, dulce y honrada como su difunto padre. Dos veces al día la muchacha va por agua a una fuente del bosque, lejos de la casa. Ahí le acerca el cántaro a una pobre mujer que le pide de beber, sin saber que aquella campesina es un hada.


Había una vez una viuda que tenía dos hijas. La mayor, Fanchon, se le parecía tanto en la cara y en el carácter que quien la veía a ella veía a la madre. Las dos eran tan desagradables y tan orgullosas que nadie podía vivir con ellas.

La hija menor, en cambio, era el vivo retrato de su difunto padre, dulce y honrada como él. Y como cada quien quiere a quien se le parece, la viuda adoraba a Fanchon y no soportaba a la menor. La hacía comer en la cocina y trabajar sin descanso.

Entre muchas otras tareas, la muchacha tenía que ir dos veces al día a una fuente del bosque, bastante lejos de la casa, y traer de vuelta un cántaro de barro lleno de agua. Un día, mientras estaba en la fuente, se le acercó una pobre mujer y le pidió de beber.

—Sí, señora, con mucho gusto —le dijo la muchacha.

Enjuagó el cántaro, lo llenó donde el agua corría más clara y se lo acercó a la mujer. No lo soltó ni un momento, para que la pobre mujer pudiera beber más a gusto.

Junto a una fuente de piedra con musgo, en el bosque, la muchacha sostiene el cántaro de barro y una pobre mujer de chal raído y falda remendada bebe de él.

La mujer bebió y luego le dijo:

—Eres tan buena y tan amable que no puedo irme sin hacerte un regalo.

Y es que aquella mujer era un hada. Se había presentado como una pobre campesina para ver hasta dónde llegaba la bondad de la muchacha.

—Te concedo un don —siguió el hada—: con cada palabra que digas, te saldrá de la boca una flor o una piedra preciosa.

Cuando la muchacha llegó a casa, su madre la regañó porque había vuelto tarde de la fuente.

—Perdóname, madre, por tardarme tanto —dijo la pobre muchacha.

Y mientras lo decía, le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos diamantes enormes.

—¿Pero qué es esto? —exclamó la madre, asombrada—. ¡Te están saliendo perlas y diamantes de la boca! ¿De dónde te viene eso, hija mía?

Era la primera vez en su vida que la llamaba «hija mía».

La muchacha le contó con toda sencillez lo que le había pasado, y mientras hablaba no dejaban de caerle diamantes.

—¡Pues entonces allá tengo que mandar a mi Fanchon! —dijo la madre—. Mira, hija, mira lo que le sale de la boca a tu hermana cuando habla. ¿No te gustaría tener el mismo don? Nada más tienes que ir a sacar agua a la fuente, y cuando una pobre mujer te pida de beber, le das de beber con mucha amabilidad.

—¡Sí, cómo no! —contestó Fanchon de malos modos—. ¿Yo, ir hasta la fuente? ¡Ni loca!

—Vas a ir —replicó la madre—, y ahora mismo.

Fanchon fue, pero refunfuñó todo el camino. Se llevó el frasco de plata más fino de la casa.

Apenas llegó a la fuente, vio salir del bosque a una dama vestida con mucho lujo, que se le acercó a pedirle de beber. Era la misma hada que se le había aparecido a su hermana, pero esta vez se había vestido como una princesa, para ver hasta dónde llegaba la grosería de aquella muchacha.

—¿Y qué, usted cree que vine hasta aquí para atenderla? —le dijo Fanchon, orgullosa y grosera—. ¡Claro! Traje un frasco de plata nada más para darle de beber a la señora, ¿verdad? Si tiene sed, ahí está el frasco: beba de él usted misma.

—No eres nada amable —respondió el hada, sin enojarse—. Pues bien, ya que te cuesta tanto ayudar, te concedo un don: con cada palabra que digas, te saldrá de la boca una víbora o un sapo.

En cuanto Fanchon llegó a casa, su madre le gritó:

—¿Y bien, hija?

—¿Y bien, madre? —contestó Fanchon de mala gana, y le salieron de la boca dos víboras y dos sapos.

En la puerta de la casa, Fanchon, con vestido azul y peinado alto, mira con enojo; a sus pies hay víboras y dos sapos, y su madre retrocede asustada.

—¡Ay, Dios mío! —gritó la madre—. ¿Qué es esto? ¡La culpa es de tu hermana, y me las va a pagar!

Y en seguida corrió a buscar a la hija menor para pegarle. La pobre muchacha huyó y fue a esconderse en el bosque cercano.

El hijo del rey, que volvía de cazar, se la encontró allí. Al verla tan triste, le preguntó qué hacía sola en el bosque y por qué lloraba.

—¡Ay, señor! Mi madre me echó de la casa.

Mientras ella decía esto, le cayeron de la boca cinco o seis perlas y otros tantos diamantes. Asombrado, el hijo del rey quiso saber de dónde le venía aquello, y ella le contó toda su historia.

En el bosque, la muchacha llora y le habla al hijo del rey, que lleva el caballo de la rienda; a ella le caen de la boca perlas y diamantes.

Él pensó entonces que un don así valía más que cualquier dote que pudiera traer otra novia. Se la llevó al palacio del rey, su padre, y allí se casó con ella.

En cuanto a Fanchon, se volvió tan odiosa que hasta su propia madre la echó de la casa. Anduvo de un lado a otro sin encontrar a nadie que quisiera recibirla, y al final se murió sola, a la orilla de un bosque.

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Adaptado por Talerie, fuente: Contes de Perrault (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre este cuento

El autor de Las hadas es Charles Perrault. El cuento vio la luz en 1697, en el libro de cuentos que Claude Barbin publicó en París, justo entre El gato con botas y La Cenicienta. Aunque el título habla de hadas, en el cuento aparece una sola, que se presenta primero como una pobre mujer y después como una princesa.

Nuestro texto es una adaptación libre de la edición de 1902 preparada por el canónigo Féron, una «édition classique» católica cuyo texto, según Wikisource, se suavizó. Esa edición suprime las dos moralejas en verso, ya no dice que la menor sea hermosa y el hijo del rey no se enamora: se casa con ella por el don.

Perrault en 1697 frente a la versión de Féron (1902)

Perrault 1697Féron 1902, nuestra base
La hija menor«une des plus belles filles»nada sobre su belleza
El elogio del hada«si belle, si bonne, & si honneste»«si bonne et si honnête»
El hadauna sola: pobre mujer y luego princesaigual
El don de la menoruna flor o una piedra preciosaigual
El don de la mayoruna serpiente o un sapoigual
El hijo del reyla ve «si belle» y se enamorala ve «si triste» y se casa por el don
La hija mayorsu madre la echa y muere junto a un bosqueigual
Moralejados moralejas en versosin moraleja
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con cada palabra que digas, te saldrá de la boca una flor o una piedra preciosa.
Charles Perrault, 1697: qu'à chaque parole que vous dirés, il vous sortira de la bouche où une Fleur, où une Pierre précieuse.

Lo que hace nuestro texto

La menor es «el vivo retrato de su difunto padre», dulce y honrada como él, y en ningún momento se dice que sea guapa. Dos veces al día va con un cántaro de barro a una fuente lejana, le da de beber a una pobre campesina, que resulta ser un hada disfrazada, y desde entonces le sale de la boca una flor o una piedra preciosa con cada palabra: al llegar a casa, dos rosas, dos perlas y dos diamantes enormes. Fanchon, la mayor, se lleva el frasco de plata más fino de la casa, trata con desprecio a la misma hada, que ahora va vestida de princesa, y vuelve echando víboras y sapos. El hijo del rey encuentra a la menor llorando en el bosque y se casa con ella porque piensa que ese don vale más que cualquier dote; de amor no se habla. El cuento termina sin moraleja.

Hay dos pasajes duros, aunque el texto pasa por ellos muy deprisa: la madre corre a pegarle a la hija menor, que escapa al bosque, y al final Fanchon, echada de casa por su propia madre, muere sola a la orilla de un bosque.

Cuentos parecidos y una posible confusión

Bolte y Polívka, en sus notas a La señora Holle de los Grimm, incluyen Las hadas entre las versiones francesas de ese cuento y resumen así el tipo: una hermana buena, maltratada en casa, recibe de un ser sobrenatural una rica recompensa por su disposición a ayudar, y la envidiosa recibe un castigo. Charles Deulin escribió en 1879 que, poco antes que Perrault, Mlle Lhéritier había tratado el tema en Les Enchantements de l'éloquence, con dos hadas y una muchacha, Blanche, a la que le salen perlas y rubíes de la boca. Tanto Deulin como Bolte y Polívka mencionan también el Pentamerón de Basile, donde una muchacha recibe el premio de tres hadas. Según Deulin, Madame Leprince de Beaumont retomó el tema más tarde en La Veuve et ses deux filles.

En nuestra biblioteca está también La señora Holle, donde los Grimm cuentan la historia de dos hermanas, una buena y una mala. Pertenece al mismo tipo, pero es otro cuento, con su propio argumento, y no una versión alemana de Las hadas.

Fuentes

Textos de época

Comentario

Catálogo

Cotejado con estas fuentes el 2 de noviembre de 2026.

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