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El muñeco de madera, con su ropa de papel floreado y su nariz larga, está parado en el taller mientras Gepeto se inclina hacia él con el cuchillo en la mano.

Pinocho

Carlo Collodi

15 min de lectura a partir de 6 años

Gepeto talla un muñeco en un leño que se ríe, y mientras más le recorta la nariz, más larga se le pone. Lo llama Pinocho y vende su abrigo en plena nevada para comprarle una cartilla. Camino a la escuela pasa por un teatro de títeres, y lo único que puede vender para entrar es esa cartilla.


Hace muchos años, en un pueblo junto al mar, vivía un carpintero pobre que se llamaba Gepeto. Toda su casa era un cuarto con una chimenea pintada en la pared.

Un vecino le regaló un leño. Cuando Gepeto lo tomó entre las manos, el leño soltó una risita.

—Con esta madera voy a hacer un muñeco que baile y dé maromas —dijo el viejo—. Le pondré Pinocho, que es nombre de buena suerte.

Talló los ojos, y los ojos se pusieron a mirarlo. Talló la nariz, y mientras más la recortaba, más larga se le ponía.

Apenas le hizo la boca, el muñeco se rio y le sacó la lengua. Apenas le hizo las manos, le arrancó la peluca de un jalón y se la puso él.

—Todavía no estás terminado y ya le faltas al respeto a tu padre —le dijo Gepeto, y se limpió una lágrima.

Las piernas las talló al último. Pinocho las estrenó con una patada en la nariz del viejo y, en cuanto vio la puerta abierta, se echó a la calle.

—¡Deténganlo! ¡Deténganlo! —gritaba Gepeto detrás de él.

La gente se asomaba a las puertas, muerta de risa. Un soldado lo atajó, lo agarró de la nariz y se lo devolvió al viejo.

Pinocho se tiró al suelo y se puso a berrear, y los vecinos empezaron a compadecerlo.

—Pobre muñequito —decía uno—. Quién sabe cómo lo tratará ese viejo en su casa.

Tanto alegaron que el soldado soltó a Pinocho y se llevó preso a Gepeto, que de puros nervios no atinaba a defenderse.

Pinocho llegó solo a la casa, muy contento de sí mismo. Pero al rato le empezó a sonar la panza, y no había ni una migaja.

—Cri-cri-cri —se oyó en la pared.

—¿Quién anda ahí?

—Soy el Grillo Parlante y llevo cien años viviendo en este cuarto.

—Pues hoy el cuarto es mío. Vete por donde viniste.

—Me voy, pero antes te digo una verdad. Pobres de los niños que no quieren ir a la escuela y nomás piensan en comer, jugar y dormir. Tarde o temprano acaban en la cárcel o en el hospital, y de tanto no aprender nada se vuelven burros.

—A mí solo me acomoda un oficio en el mundo —contestó Pinocho—: comer, beber, dormir y pasear de la mañana a la noche.

—El que vive así siempre acaba mal —dijo el grillo—. Me das lástima, Pinocho. Eres un muñeco de madera, y lo peor es que tienes la cabeza dura.

A Pinocho se le subió el coraje, agarró un martillo y se lo aventó. No quería pegarle, pero le pegó, y el grillo alcanzó a decir cri y ya no dijo más.

Al día siguiente volvió Gepeto de la cárcel. Traía tres peras y se las dio a Pinocho. Después le hizo ropa de papel, zapatos de corteza y una gorra de migajón.

—Ahora ya puedes ir a la escuela —le dijo.

—Sí, pero me falta la cartilla para aprender a leer.

Gepeto se quedó callado, porque no tenía ni un centavo. Se puso su abrigo remendado y salió. Volvió al rato con la cartilla bajo el brazo, en mangas de camisa, y afuera estaba nevando.

—¿Y tu abrigo, papá?

—Lo vendí.

—¿Por qué lo vendiste?

—Porque me daba calor.

Pinocho entendió en el acto y se le colgó del cuello a besos.

Al otro día salió muy formal con su cartilla bajo el brazo. Pero a media calle oyó un tambor y una flauta, y se le olvidaron sus buenos propósitos.

En la plaza habían armado una carpa. El letrero decía: Gran Teatro de Títeres.

—¿Cuánto cuesta entrar? —le preguntó a un muchacho.

—Cuatro centavos.

Pinocho no tenía nada que vender más que su cartilla. Se la compró un ropavejero por cuatro centavos, mientras su padre se quedaba en la casa tiritando de frío.

Sobre unas tablas frente al teatro de títeres, Pinocho se inclina para entregarle su cartilla a un ropavejero encorvado con un bulto de trapos a la espalda.

Adentro, los títeres reconocieron a Pinocho desde el escenario y dejaron la función a medias para abrazarlo.

Entonces salió el dueño del teatro, un hombrón de barba negra al que le decían Tragafuego.

—Este muñeco es de madera bien seca —dijo—. Me sirve para acabar de asar mi borrego. Échenlo a la lumbre.

—¡No quiero morirme! ¡Papá, papacito! —lloraba Pinocho.

A Tragafuego se le ablandó el corazón y soltó un estornudo tremendo. Así estornudaba cuando le daba lástima alguien.

—Está bien, tú te salvas —refunfuñó—. Pero alguien tiene que ir al fuego. Traigan a Arlequín.

Pinocho se hincó delante de él.

—¡Piedad, su excelencia! Amárrenme a mí. No es justo que Arlequín acabe en la lumbre por mi culpa.

Tragafuego estornudó cuatro o cinco veces seguidas.

—Eres un muchacho valiente —dijo al fin—. Nadie va al fuego esta noche. Me comeré mi borrego a medio asar.

A la mañana siguiente llamó aparte a Pinocho.

—¿Cómo se llama tu padre?

—Gepeto. Es tan pobre que vendió su abrigo para comprarme una cartilla.

—Llévale estas cinco monedas de oro.

Pinocho iba corriendo de gusto cuando se topó con una Zorra coja y un Gato ciego. La Zorra se apoyaba en el Gato y el Gato se dejaba guiar por ella. Pinocho, muy orgulloso, les enseñó sus cinco monedas de oro.

Pinocho va por el camino entre la Zorra y el Gato, los dos erguidos y con abrigos rotos, con las monedas de oro brillando en su mano abierta.

—¿Y si esas cinco monedas se te volvieran mil? —le dijo la Zorra.

—¿Y cómo le hago?

—Aquí cerca hay un terreno bendito, el Campo de los Milagros. Siembras tus monedas, las riegas, te duermes, y en la mañana hay un árbol cargado de oro.

—Cargado de oro —repitió el Gato.

Pinocho se olvidó de su padre y se fue con ellos. Cenaron en una posada, él pagó con una moneda, y a medianoche sus amigos ya se le habían adelantado.

Se echó a andar solo, con las otras cuatro monedas en la bolsa, y ya muy noche vio una lucecita entre los árboles. Era una casita blanca.

Le abrió la puerta una niña de cabellos azules que no era una niña, sino un hada que llevaba mil años en aquel bosque. Lo metió a la casa, le dio de cenar y le hizo contarlo todo.

—¿Y las cinco monedas de oro que llevabas a tu papá? —le preguntó.

—Me las robaron unos ladrones —dijo Pinocho.

En ese momento la nariz le creció dos dedos.

—¿Y dónde te las robaron?

—Aquí cerquita, en el bosque.

La nariz le creció otro tanto.

—Mejor dicho, se me cayeron al río —se corrigió.

Entonces la nariz le creció tanto que no podía ni voltearse: de un lado le pegaba a la ventana y del otro a la puerta.

El muñeco de madera está sentado en la cama con la nariz tan larga que cruza el cuarto hasta la ventana, y una niña de cabellos azules se ríe señalándolo.

El hada se rio.

—¿Qué es tan chistoso? —preguntó él, con los ojos llenos de lágrimas.

—Tus mentiras —contestó ella—. Las mentiras se conocen luego luego, hijo. Hay mentiras de patas cortas y mentiras de nariz larga; las tuyas son de las de nariz larga.

Pinocho bajó la cabeza, sacó las cuatro monedas y dijo la verdad: que nadie se las había robado, que pensaba sembrarlas para volverlas mil y que le daba vergüenza.

Mientras hablaba, la nariz se le fue acortando hasta quedar como antes.

—Quédate conmigo —le dijo el hada—. Yo voy a ser tu mamá.

—¿Y algún día podré dejar de ser un muñeco de palo?

—El día que te lo ganes. Los niños de verdad obedecen, estudian, trabajan y dicen la verdad. De ti depende.

A los pocos días le salieron al paso otra vez la Zorra y el Gato.

—El Campo de los Milagros se vende mañana —dijo la Zorra—. Es hoy o nunca.

Pinocho se acordó del hada, y aun así se fue con ellos.

Llegaron al campo. Hizo un hoyo con las manos, enterró sus cuatro monedas, trajo agua del pozo en un zapato y las regó. Luego se fue a dar la vuelta.

Hincado en el campo, bajo la luna, Pinocho vacía el agua de un zapato sobre el hoyo donde están sus cuatro monedas; uno de sus pies de madera va descalzo.

Cuando volvió, un perico lo miraba desde una rama, muerto de risa.

—¿De qué te ríes?

—De los que creen que el dinero se siembra como el maíz —dijo el perico—. Mientras tú no estabas, la Zorra y el Gato desenterraron tus monedas y se fueron con ellas.

Pinocho escarbó y escarbó, y no había nada.

Fue a quejarse con el juez, que en lugar de buscar a los ladrones lo mandó cuatro meses a la cárcel por tonto.

Así se cumplió lo que había dicho el Grillo Parlante. Cuando soltaron a Pinocho, volvió con la cabeza gacha a contárselo al hada, que lo perdonó por esa vez.

Pinocho cumplió su palabra un año entero. Fue a la escuela todos los días, aprendió a leer y escribir y sacó el primer lugar en los exámenes.

—Mañana dejas de ser un muñeco de madera —le dijo el hada—. Mañana amaneces siendo un niño de verdad.

Esa tarde Pinocho salió a ver a sus amigos. Al último buscó a Mecha, flaco y seco como la mecha de una vela, y lo encontró detrás de un corral.

—¿Qué haces ahí?

—Espero a que den las doce para irme muy lejos.

—¿A dónde?

—Al País de los Juguetes. Allá no hay escuelas, no hay maestros, no hay libros. La semana tiene seis sábados y un domingo, y las vacaciones empiezan el primero de enero y acaban el treinta y uno de diciembre.

—Yo no voy —dijo Pinocho—. Mañana voy a ser un niño de verdad.

—Tú te lo pierdes.

A medianoche llegó una carreta tirada por burritos calzados con botas blancas. La manejaba un hombre redondo como una bola de manteca. Adentro venían cien niños, apretados como sardinas.

Pinocho se quedó mirando. Suspiró una vez. Suspiró otra. A la tercera dijo:

—Háganme un lugarcito. Yo también voy.

En el País de los Juguetes se jugaba de la mañana a la noche, y en la noche se dormía para volver a jugar. Así pasaron cinco meses, sin abrir un libro.

Una mañana se rascó la cabeza y se encontró dos orejas largas y peludas. Se asomó a una cubeta de agua y se soltó llorando.

Pinocho, sentado en la cama, se toca con las dos manos las orejas largas y peludas que le salieron a los lados de la gorra, con la boca abierta del susto.

Fue a buscar a Mecha con un gorro calado hasta las cejas. Mecha le abrió con otro gorro igualito. Se miraron sin decirse nada.

—A las tres nos lo quitamos —dijo Pinocho—. A la una, a las dos y a las tres.

Se quitaron los gorros al mismo tiempo y, al verse las orejas, se rieron hasta doblarse. Pero la risa se les acabó pronto: cayeron en cuatro patas, les salió cola y, al quejarse, lo que soltaron fue un rebuzno.

Se habían vuelto burros, tal como lo había dicho el Grillo Parlante.

El de la carreta ya estaba tocando la puerta. Ese era su negocio: juntaba niños flojos, se los llevaba a jugar y, en cuanto se volvían burros, los vendía en la plaza. Así se había hecho rico.

A Mecha lo compró un campesino. A Pinocho lo compró el dueño de un circo, que a puro latigazo lo enseñó a bailar.

Tres meses le costó aprender a dar vueltas y pararse en dos patas. La noche del estreno el circo estaba lleno.

Pero al primer salto a Pinocho le falló una pata y cayó al suelo. Se levantó cojeando y ya no pudo bailar más.

Al otro día el dueño lo mandó vender.

—Te doy veinticinco centavos —dijo un hombre—. No lo quiero para cargar nada, lo quiero por el cuero, que se ve bueno para un tambor.

El hombre se lo llevó a un peñasco, le amarró una piedra al pescuezo y lo echó al mar. Luego se sentó a esperar con la cuerda en la mano.

Al rato jaló la cuerda, y en lugar de un burro salió del agua un muñeco de madera, vivito y coleando.

—¿Y mi burro? —gritó el hombre.

—Yo era su burro —dijo Pinocho—. Mi mamá, que es un hada, mandó un cardumen de peces a buscarme. Se comieron todo lo que en mí era de burro, y debajo no había más que madera.

Antes de que el hombre saliera de su asombro, Pinocho se zafó y se echó a nadar.

Iba mar adentro cuando el agua se abrió delante de él. Era el Tiburón, un pez tan grande como una casa de cinco pisos, que se lo tragó de un sorbo.

Adentro todo era oscuridad. Pinocho caminó a tientas hasta que al fondo vio una lucecita.

Era una vela metida en una botella verde, y detrás de la mesita había un viejito comiendo pescaditos, con su mandil de carpintero.

En la panza del Tiburón, Gepeto está de pie con las manos en la mesita, junto a la vela metida en una botella verde, y Pinocho llega con los brazos abiertos.

—¡Papá! —gritó Pinocho, y se le colgó del cuello.

—¿Serás tú, Pinocho de mi vida?

Gepeto llevaba dos años ahí dentro. El Tiburón se había tragado también la barquita en la que el viejo había salido a buscarlo, y Gepeto había vivido todo ese tiempo de sus provisiones. Ya nada más le quedaba una vela.

—Vámonos, papá.

—¿Por dónde? Yo no sé nadar.

—Yo sí. Súbete a mi espalda.

El Tiburón dormía con la boca abierta, porque era viejo y le faltaba el aire. Pinocho tomó a su padre de la mano y lo llevó de puntitas por la garganta, hasta ver la luna.

Lo cargó en la espalda y nadó toda la noche, hasta tocar la arena.

Ya en tierra, Gepeto no podía tenerse en pie. Encontraron una cabaña vacía y Pinocho lo acostó en una cama de zacate.

Luego fue con un campesino.

—¿Me regala un vaso de leche para mi papá?

—Un vaso de leche cuesta un centavo.

—No tengo ni uno.

—Entonces sácame cien cubetas de agua del pozo y te lo doy.

Pinocho sacó las cien cubetas. Terminó empapado en sudor, temblando. Nunca en su vida había trabajado así.

Con la ropa de papel deshilachada, Pinocho jala la cuerda para subir una cubeta que escurre agua del pozo de piedra; otras cubetas esperan en el suelo.

Y volvió al otro día, y al otro, y así cada madrugada durante cinco meses. Aprendió a tejer petates para venderlos, y le hizo a su papá un carrito para sacarlo a tomar el aire.

En las noches, a la luz de una vela, practicaba la lectura y la escritura.

Una tarde, en el establo, vio al burro que antes sacaba el agua del pozo. Estaba flaco y enfermo, y Pinocho le habló en lengua de burros.

—¿Mecha?

El burro abrió los ojos un momento.

—Soy Mecha —contestó, y los volvió a cerrar.

Pinocho se sentó junto a él y le acercó un poco de heno. Mecha nunca volvió a ser niño.

Pinocho juntó cuarenta centavos, moneda por moneda, para comprarse por fin una chamarra, una gorra y unos zapatos.

Iba camino al mercado cuando lo llamó un Caracol que vivía en casa del hada.

—¿Te acuerdas de mí?

—¡Claro que sí! ¿Dónde está mi mamá?

—Está en un hospital, muy enferma y tan pobre que apenas come un pedazo de pan al día.

A Pinocho se le fue el alma a los pies. Sacó sus cuarenta centavos y se los entregó al Caracol.

—Llévaselos todos, y córrele —le dijo—. Yo aguanto otro rato con estos trapos.

El Caracol se apuró todo lo que puede apurarse un caracol.

Esa noche Pinocho trabajó hasta medianoche tejiendo petates. Cuando por fin se durmió, soñó con el hada, que le dio un beso y le dijo:

—Bien hecho, Pinocho. A los niños que ayudan a sus padres con tanto cariño se les perdonan todas sus travesuras.

Al despertar, Pinocho se llevó la sorpresa de su vida. Ya no era un muñeco de madera: era un niño de carne y hueso, de pelo castaño y ojos vivos.

El cuarto tampoco era el mismo: tenía muebles nuevos y, sobre la silla, ropa nueva.

En la bolsa del pantalón Pinocho encontró una bolsita de nácar que decía: «El Hada de los Cabellos Azules le devuelve sus cuarenta centavos a su querido Pinocho y le da las gracias de todo corazón». Adentro había cuarenta monedas de oro.

—¿Y mi papá? —gritó.

Gepeto estaba en el cuarto de al lado, sano y fuerte, tallando madera otra vez.

—¿Y todo esto, papá?

—Es lo que te ganaste —dijo el viejo—. Cuando los hijos malcriados se vuelven buenos, hasta la casa cambia de cara.

—¿Y el muñeco de palo, dónde quedó?

—Ahí está.

Recargado en una silla había un muñeco de madera, con la cabeza caída, los brazos colgando y las piernas cruzadas. Pinocho se le quedó viendo.

—¡Qué chistoso era yo cuando era de palo! —dijo—. Y qué contento estoy ahora que soy un niño de verdad.

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Adaptado por Talerie, fuente: The Adventures of Pinocchio (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre este cuento

«Pinocho» lo escribió Carlo Lorenzini, que firmaba como C. Collodi. Empezó a publicarse por entregas en julio de 1881 en el Giornale per i bambini, un semanario infantil de Roma, con el título «La storia di un burattino», es decir, la historia de un títere. En 1883 salió como libro en Florencia.

El libro se tituló «Le avventure di Pinocchio» y llevaba dibujos de E. Mazzanti. Nuestra versión no parte del italiano, sino de la traducción inglesa de Walter S. Cramp (1904). De ahí viene el «niño de verdad» del final: Collodi había escrito «ragazzino perbene», un niño bien portado.

El libro de Collodi y nuestra versión para leer en familia

CollodiNuestra versión
El leñoya habla en otro taller, antes de que lo tallenregalo de un vecino; suelta una risita
El Grillo Parlantemuere del martillazo y luego reapareceya no dice más y no vuelve a salir
Los asesinoslo cuelgan de un gran robleno aparecen; llega a la casita blanca
La narizmil pájaros carpinteros la recortanse encoge mientras dice la verdad
El monstruoel «Pesce-cane», un tiburónel Tiburón, grande como una casa de cinco pisos
Fuera del tiburónun atún los lleva a la orillaPinocho nada hasta la arena con Gepeto a cuestas
Mecha (Lucignolo)muere en el establoenfermo en el establo; nunca vuelve a ser niño
Al final«ragazzino perbene»«un niño de verdad»
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Las mentiras se conocen luego luego, hijo. Hay mentiras de patas cortas y mentiras de nariz larga; las tuyas son de las de nariz larga.
Carlo Collodi, 1892: Le bugie, ragazzo mio, si riconoscono subito, perchè ve ne sono di due specie: vi sono le bugie che hanno le gambe corte, e le bugie che hanno il naso lungo: la tua per l'appunto è di quelle che hanno il naso lungo.

Lo que cuenta nuestra versión

Es un relato largo, contado con palabras de México («maromas», «luego luego», «chamarra»). Un vecino le regala a Gepeto un leño que suelta una risita, y al muñeco le crece la nariz mientras Gepeto se la talla. Pinocho vende la cartilla que su papá le compró vendiendo su abrigo; un ropavejero le da por ella cuatro centavos, lo que cuesta entrar al teatro de títeres. Tragafuego le regala cinco monedas de oro para su papá, y la Zorra coja y el Gato ciego le hablan del Campo de los Milagros. En una casita blanca lo recibe el hada de los cabellos azules. Pinocho le dice tres mentiras y la nariz se le alarga con cada una; cuando por fin dice la verdad, el hada le promete: «Yo voy a ser tu mamá».

En el País de los Juguetes pasa cinco meses, hasta que a él y a Mecha les salen orejas de burro y acaban convertidos en burros. A Pinocho lo compra el dueño de un circo; ahí se lastima una pata, y un hombre que lo quiere por el cuero lo echa al mar con una piedra al cuello. Los peces se comen lo que tenía de burro; Pinocho, otra vez de madera, se escapa nadando y mar adentro se lo traga el Tiburón. En la oscuridad encuentra a Gepeto, que llevaba dos años ahí. Hay momentos duros, como Gepeto preso sin culpa o Mecha enfermo en el establo, pero el cuento termina bien para Pinocho y para su papá.

Los nombres italianos y una confusión

Pinocho es una novela para niños de un solo autor, en 36 capítulos, y no un cuento de tradición oral. Tragafuego es Mangiafoco en italiano, Mecha es Lucignolo y el País de los Juguetes es el Paese dei balocchi. En el teatro de títeres de Collodi salen Arlequín y Pulcinella. Gepeto escoge el nombre porque trae buena suerte: en la traducción de Cramp dice que conoció a toda una familia llamada Pinocchio.

En la biblioteca también está «Jonás y la ballena», otra historia en la que un animal se traga a alguien y este sigue vivo en su vientre. No hay que confundirlos: el animal de Collodi es un «Pesce-cane», un tiburón, y no leímos nada que relacione a los dos. «El pastor mentiroso» es otra historia sobre las mentiras, no un pariente de Pinocho.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 30 de octubre de 2026.

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