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Un hombre con un abrigo de retazos de colores toca una flauta en una calle empedrada; lo sigue una fila de ratas. Al fondo, el puente y el río al atardecer.

El flautista de Hamelín

Hermanos Grimm

4 min de lecturaa partir de 7 años

Un flautista libra a Hamelín de las ratas y los vecinos no le pagan ni un centavo. El hombre vuelve el día de san Juan y san Pablo, se lleva a ciento treinta niños al cerro, y desde entonces los músicos callan en la calle sin tambores cada vez que pasa una novia.


En el año de 1284 apareció en la ciudad de Hamelín un hombre muy extraño.

Llevaba un abrigo cosido con telas de todos los colores, y por eso la gente le puso el Pintado. Decía que era cazador de ratas.

—Por una buena paga les limpio la ciudad de ratas y ratones —propuso—. No les dejo ni uno.

—Trato hecho —le respondieron los vecinos—. Tendrás tu paga hasta el último centavo.

En una sala de vigas, el hombre del abrigo de retazos estrecha la mano de un anciano por encima de una mesa de tablones; otros dos vecinos miran.

Hamelín estaba harta de la plaga, y aquella promesa sonó a milagro.

El hombre sacó del bolsillo una flauta pequeñita y se puso a tocar.

De todas las casas empezaron a salir ratas y ratones. Salían de los sótanos, de los graneros, de debajo de las camas, y se juntaban alrededor de él.

Cuando le pareció que ya no quedaba ninguno adentro, echó a andar hacia la puerta de la ciudad sin dejar de tocar. Todos los animales lo siguieron en tropel.

Así los llevó hasta el río Weser. Allí se arremangó la ropa y entró al agua, y todos los animales se metieron detrás de él y se ahogaron en la corriente.

Hamelín quedó limpia. Ni un ratón en los sótanos, ni una rata en los graneros.

Pero cuando llegó el día de pagar, los vecinos se arrepintieron de lo que habían prometido. Le salieron con pretextos, uno tras otro, y al final no le dieron ni un centavo.

El hombre se fue de la ciudad furioso y dolido, y a nadie le importó.

Volvió el 26 de junio, el día de san Juan y san Pablo. Eran las siete de la mañana, aunque algunos dicen que fue al mediodía.

Ahora venía vestido de cazador, con un sombrero rojo de ala ancha, y traía una cara que daba miedo. Se paró en medio de la calle y tocó su flauta.

Esta vez no salieron ratas ni ratones. Salieron niños.

Venían corriendo de todas las casas, niñas y niños desde los cuatro años, y entre ellos iba también la hija del alcalde, que ya era una muchacha.

De casaca verde, capa oscura y sombrero rojo de ala ancha, el flautista toca mientras una fila de niños sale por la puerta de la muralla y lo sigue.

Todos lo siguieron calle abajo hasta la puerta de la ciudad. El flautista los llevó al campo, y de ahí a un cerro, y allí desapareció con ellos.

Una muchacha que cuidaba niños lo vio todo de lejos. Llevaba a un bebé en brazos y los había seguido un tramo; luego dio la vuelta y corrió a la ciudad con la noticia.

Los padres salieron en montón por todas las puertas. Buscaron por los caminos con el corazón deshecho, y las madres gritaban los nombres de sus hijos y lloraban.

Ese mismo día mandaron mensajeros por tierra y por agua a todos los pueblos de la región, a preguntar si alguien había visto a los niños, aunque fuera a unos cuantos.

Nadie los había visto. En total se perdieron ciento treinta.

Dicen que dos se quedaron atrás y alcanzaron a regresar. Uno era ciego y el otro no podía hablar.

El ciego no supo señalar el lugar, pero contó cómo habían ido todos detrás del músico. El mudo no pudo contar nada, pero llevó a la gente hasta el sitio y lo señaló con la mano.

Hubo también un niño pequeño que salió corriendo en camisa y a media calle se regresó por su abrigo. Eso lo salvó.

Cuando volvió, los demás ya habían entrado en el cerro y la ladera estaba en silencio.

El cerro donde desaparecieron se llama el Poppenberg, y a los lados se levantaron dos piedras en forma de cruz.

Algunos cuentan que los niños caminaron por una cueva larguísima y salieron muy lejos, en Transilvania. Nadie ha podido comprobarlo nunca.

A la calle por donde se fueron le dicen desde entonces la calle sin tambores. En ella no se baila ni se toca ningún instrumento.

Y cuando una novia va a la iglesia con músicos, los músicos callan al entrar en esa calle y no vuelven a tocar hasta salir de ella.

Al anochecer, una novia con corona de flores y su gente caminan por la calle empedrada; delante, dos músicos llevan el violín y el tambor sin tocarlos.

En la pared del ayuntamiento de Hamelín quedaron grabados estos versos:

En el año de mil doscientos ochenta y cuatrociento treinta niños de Hamelín salieron;tras la flauta de un hombre se fueron al cerroy nunca más volvieron.

Adaptado por Talerie, Fuente: Deutsche Sagen (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público