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Niña descalza en camisón, arrodillada ante un árbol con velas encendidas, abraza un cascanueces de madera con sable; hay ratoncitos en las sombras.

El cascanueces y el rey de los ratones

E. T. A. Hoffmann

16 min de lectura a partir de 7 años

Junto al árbol de Navidad, Marie encuentra a un hombrecito de madera que parte las nueces con los dientes. Fritz le da las más grandes y se le caen tres dientes, así que ella le venda la quijada con un listón de su vestido. Esa medianoche, del suelo sube un ratón con siete cabezas y siete coronas.


Todo el veinticuatro de diciembre los niños Stahlbaum tuvieron prohibido entrar a la sala. Fritz y Marie esperaron a oscuras, oyendo pasos y susurros tras la puerta.

El padrino Drosselmeier era pequeño y arrugado, con un parche negro en un ojo y una peluca de vidrio hilado. Entendía de relojes más que nadie en la ciudad, y cada Navidad les construía algo maravilloso.

Entonces sonó una campanita, se abrieron las puertas, y ahí estaba el árbol, cargado de manzanas doradas y plateadas, con las velas encendidas como ojos amables y los regalos abajo.

Tras una cortina esperaba el castillo del padrino, pero Fritz se aburrió pronto de él y volvió con sus soldados.

Marie se quedó junto al árbol, porque había encontrado a un hombrecito que nadie más había visto, quieto y paciente, como esperando su turno.

Tenía el cuerpo demasiado ancho para sus piernas flacas y la cabeza demasiado grande para lo demás, pero su cara estaba llena de bondad.

—Papá, ¿de quién es ese hombrecito tan lindo que está junto al árbol? —preguntó.

—Parte las nueces más duras con los dientes —dijo su padre—, y es de Fritz tanto como tuyo.

Su padre le levantó la capa de madera. Marie le metió una nuez en la boca, y crac, la cáscara se partió y la nuez pelada le cayó en la mano.

Era de la vieja familia de los Cascanueces.

El padre, hincado junto a la chimenea, sostiene el cascanueces de madera entre los dos niños sentados en el suelo, con cáscaras de nuez y cajas abiertas.

Marie le escogía las nueces más chiquitas. Fritz le escogió las más grandes, y crac, crac, se le cayeron tres dientes y la quijada le quedó colgando.

—Dámelo —dijo Fritz—. Un cascanueces con los dientes rotos no entiende de su oficio.

—No te lo voy a dar —lloró Marie, y le vendó la quijada lastimada con un listón blanco de su vestido.

Un buen soldado, dijo su padre, no le pide servicio a un herido, y le entregó el Cascanueces a Marie para que lo cuidara.

Esa noche Marie pidió quedarse despierta un rato más. Su mamá se fue a dormir y la dejó sola con la lámpara encendida, junto a la vitrina alta donde guardaban sus tesoros.

—Te voy a cuidar hasta que estés bien —le dijo al Cascanueces—, y el padrino Drosselmeier te va a poner los dientes, porque él entiende de estas cosas.

Clara, la muñeca nueva y presumida, tuvo que cederle su camita. Marie lo arropó hasta la nariz y lo acostó junto a los húsares de Fritz.

La niña, sentada en el suelo, le amarra un listón blanco a la quijada del cascanueces acostado en una colcha; al lado, una muñeca de encaje y cinco soldaditos.

Cerró la vitrina con llave, y algo empezó a moverse detrás de la chimenea. El reloj grande zumbó, pero no pudo dar la hora, porque el búho dorado había bajado las alas sobre la carátula. Y del zumbido salieron palabras:

Reloj, relojito, a ronronear, ronronea bajito, sin sonar. El rey de los ratones tiene un oído sin par; cántale la canción que le gusta escuchar. Da la hora quedito, muy quedo, no se vaya a escapar por el miedo.

Dio las doce con un sonido ahogado, y Marie vio al padrino Drosselmeier sentado donde había estado el búho, con los faldones del abrigo colgando como alas.

Empezaron los chillidos por todos lados. Los ratones salieron por las rendijas y se formaron en filas, y entonces el suelo se abrió a los pies de Marie y subió un ratón con siete cabezas y siete coronas brillantes.

El ejército se le vino encima. Marie retrocedió hasta la vitrina, se rompió un vidrio, sintió un dolor agudo en el brazo izquierdo, y los chillidos se callaron de golpe.

Detrás de ella, el Cascanueces se quitó las cobijas de un tirón, saltó con los dos pies juntos y gritó:

¡Crac, crac, pandilla tonta! ¡Que el ratón corra y se esconda! ¡Cric, crac, ratón, atrás! ¡Crac, crac, pandilla tonta!

Cuando él brincó del entrepaño, Clara lo atrapó y le ofreció su banda de lentejuelas, pero él prefirió el listón blanco de Marie. Las tapas de las cajas de Fritz se abrieron y los soldados bajaron marchando.

Los cañones dispararon confites contra los ratones.

Un ratón de siete cabezas coronadas se alza sobre las tablas rotas, los soldaditos disparan un cañón y el cascanueces salta por el aire con las manos vacías.

Aun así los ratones seguían avanzando, hasta que los húsares perdieron los cañones y se fueron al galope. El ejército fue cediendo, hasta que el Cascanueces se quedó solo y el rey de los ratones se le echó encima de un salto.

—¡Ay, mi pobre Cascanueces! —gritó Marie.

Casi sin darse cuenta, se quitó el zapato izquierdo y se lo aventó al rey con todas sus fuerzas.

La niña descalza avienta un zapato blanco que cruza el rayo de luna hacia un ratón de siete cabezas coronadas; el cascanueces espera solo en medio del piso.

Todo se dispersó. El dolor del brazo se le hizo más fuerte, y Marie cayó al suelo desmayada.

Despertó en su cama. Su mamá le dijo que seguro la había asustado un ratón perdido, que ella se había cortado el brazo con el vidrio roto y que el Cascanueces estaba a salvo.

Una tarde llegó el padrino Drosselmeier, y a Marie se le salió todo:

—Yo te vi sentado en el reloj, tapándolo con las alas. ¿Por qué no nos ayudaste?

El padrino puso una cara rarísima y cantó con una voz monótona y rasposa:

Reloj, relojito, a zumbar, zumba, ronronea, échate a andar. El péndulo se mece de aquí para allá, cansado de contar el día que se va. Din, don, tilín, talán, y el rey de los ratones se irá.

—No es más que mi canción de relojero —dijo riéndose, y sacó del bolsillo al Cascanueces en persona, con los dientes puestos y la quijada sana.

—Aunque tienes que admitir que guapo no es. ¿Quieres que te cuente cómo entró esa fealdad en su familia? Es la historia de la Nuez Dura.

Había una vez un rey cuya hija, la princesa Pirlipat, era la niña más hermosa del mundo. Y sin embargo, seis nodrizas velaban su cuna cada noche, cada una con un gato que tenía que estar siempre ronroneando en el regazo.

La razón era esta. Aquel invierno la reina picaba la manteca para un gran banquete de salchichas, y en cuanto empezó a freírse, una vocecita habló desde el fogón.

—Dame un poquito de manteca, hermana. Yo también soy reina.

Era Dama Ratonda, que tenía su corte debajo del fogón y se hacía llamar reina de los ratones. La reina la recibió con gusto, pero detrás de Dama Ratonda salieron sus siete hijos y se comieron casi toda la manteca.

En el banquete el rey lloró sobre su plato y sollozó dos palabras:

—¡Poca manteca!

Juró vengarse, y el relojero de la corte, Christian Elias Drosselmeier, armó unas trampas que le costaron a Dama Ratonda sus siete hijos.

Ella se fue del palacio, pero antes salió del fogón y se paró junto a la reina.

—Ten cuidado —dijo—, no vaya a ser que la reina de los ratones parta en dos a tu princesita.

Así que los gatos ronronearon y las nodrizas velaron, hasta que una noche se quedaron dormidas. Cuando despertaron, había un ratón enorme junto a la cuna, que se metió por un agujero del piso y desapareció.

Pirlipat estaba viva, pero ya no era la misma. Una cabeza pesada le colgaba sobre un cuerpecito flaco, tenía los ojos verdes y fijos, y la boca le llegaba de oreja a oreja.

El rey le dio cuatro semanas al relojero para devolverle la hermosura. Drosselmeier averiguó una sola cosa: la niña estaba contenta todo el día mientras tuviera nueces que partir.

Así que él y el astrónomo de la corte leyeron las estrellas a medianoche, hasta que por fin quedó claro: Pirlipat volvería a ser ella misma si se comía la nuez Krakatuk.

Pero su cáscara era tan dura que se le podía pasar un cañón por encima sin romperla. Además, solo podía partirla delante de la princesa un muchacho que nunca se hubiera afeitado ni usado botas. Y después debía dar siete pasos hacia atrás con los ojos cerrados.

Buscaron por todo el mundo durante quince años sin encontrar nada, hasta que a Drosselmeier le entró nostalgia de su tierra y el astrónomo dijo que igual podían buscar en Núremberg.

Ahí vivía el hermano de Drosselmeier, que hacía muñecos. Al oírlos, aventó el sombrero al aire. Años antes había comprado una nuez dorada, y debajo del oro decía Krakatuk.

Tenía un hijo que nunca se había afeitado ni usado botas, y que partía nueces con tanta gracia que todos le decían el guapo Cascanueces. Le sujetaron a la quijada una coleta de madera y se lo llevaron al palacio. El rey había prometido la mano de la princesa y el trono a quien partiera la nuez.

El joven Drosselmeier se puso la nuez entre los dientes, jaló la coleta, y crac, la cáscara se partió en pedazos. Le dio la nuez pelada a la princesa y cerró los ojos, y ella se la comió y quedó hermosa otra vez.

La corte bailó de alegría, y en medio del ruido el muchacho fue contando sus pasos hacia atrás. En el séptimo, Dama Ratonda salió chillando del piso y él se tropezó con ella.

Cuando se levantó estaba cambiado. La cabeza se le había vuelto enorme y el cuerpo chiquito, la boca le llegaba de oreja a oreja, y una capa angosta de madera le colgaba a la espalda para mover la quijada.

Un joven de cabeza deforme, ojos cerrados y boca abierta, se tambalea descalzo con la cáscara partida en la mano; una princesa lo mira desde su trono.

Dama Ratonda se quedó donde había caído y susurró, con una voz pequeña y rencorosa:

Krakatuk, nuez dura, nuez dura, por ti se me acaba la vida. Mi hijo, el de las siete coronas, vendrá a cobrar esta herida.

La princesa ni siquiera quiso mirar al muchacho que la había salvado.

—Llévense de aquí a ese cascanueces feo —gritó, y lo sacaron por la puerta. Los dos viajeros fueron desterrados para siempre.

Pero el astrónomo leyó las estrellas una vez más. El muchacho sería rey a pesar de su figura, y su cara le volvería cuando cayera por su mano el hijo de siete cabezas de Dama Ratonda y una niña lo quisiera aunque fuera feo.

—Y esa —dijo el padrino Drosselmeier— es la historia de la Nuez Dura, y por eso los cascanueces son feos.

Cuando Marie se alivió, se paró frente a la vitrina y lo supo. Su Cascanueces era el joven Drosselmeier, y el relojero del cuento era su padrino.

—No me puedes hablar —le dijo—, pero yo sé que me entiendes, y puedes contar con mi ayuda.

El Cascanueces no se movió. Pero en la vitrina se oyó un suspiro, y una voz sonó clara como una campanita:

Marie mía, yo seré tuyo, y tú serás mía, Marie mía.

Cuando le preguntó al padrino por qué no ayudaba a su sobrino, su mamá y Fritz se rieron. Pero el padrino le dijo bajito:

—Yo no puedo salvarlo, querida Marie. Solo tú puedes. Sé valiente y sé fiel.

Poco después, Marie despertó a medianoche. El rey de los ratones salió de un agujero de la pared y brincó a la mesita junto a su cama.

Confites y pan de jengibre, todo para mí, niñita, niñita, o te vas a arrepentir: ¡muerdo a tu cascanueces y lo parto en dos!

No se lo contó a nadie, porque nadie le habría creído. Esa tarde puso sus confites y su pan de jengibre delante de la vitrina, y en la mañana solo quedaban migajas.

La noche siguiente volvió.

Muñecas de azúcar y hombres de chocolate, todo para mí, niñita, niñita, o te vas a arrepentir: ¡muerdo a tu cascanueces y lo parto en dos!

Marie tenía pastorcitos de azúcar y corderitos blancos como la leche, y un bebé de cachetes colorados que era el que más quería. Los besó uno por uno y los dejó ahí, y en la mañana estaban mordisqueados.

La tercera noche le chilló pegadito al oído.

Libros de estampas y vestido de Navidad, todo para mí, niñita, niñita, o te vas a arrepentir: ¡muerdo a tu cascanueces y lo parto en dos!

En la mañana Marie lloró frente a la vitrina.

—Querido señor Drosselmeier, cuando se lo haya dado todo, me va a pedir a mí en lugar de a ti.

Entonces vio en el cuello del Cascanueces la marca oscura de la batalla. Se la frotó con su pañuelo, y el Cascanueces se entibió en su mano y se movió.

—Mi querida señorita Stahlbaum —dijo con muchísimo trabajo—, nada de libros de estampas, nada de vestido de Navidad. Consígueme una espada. Una espada.

Fritz acababa de jubilar a un viejo coronel de coraceros; le quitó el sable de plata y en persona se lo ciñó al Cascanueces.

Cerca de la medianoche hubo un choque de metales en la sala, un chillido agudo y luego silencio. Después alguien tocó a la puerta de Marie, y ahí estaba el Cascanueces, hincado en una rodilla, con la espada en la mano.

—Solo tú le diste valor a este brazo —dijo—. El rey de los ratones está vencido. Recibe las pruebas de su derrota, de manos de un caballero que es tuyo hasta la muerte.

Y le entregó las siete coronas.

En una puerta iluminada por la luna, el cascanueces, hincado en una rodilla, le ofrece a la niña descalza una charola con coronitas doradas.

—Ahora, si me sigues unos cuantos pasos, puedo enseñarte las cosas más hermosas del mundo.

La llevó al ropero viejo y jaló la borla del abrigo de viaje de su papá, y de la manga se deslizó una escalera de cedro.

Marie subió por la manga y salió a un prado que olía dulce. Cisnes de plata cantaban en el Lago de las Rosas, y dos delfines llevaron a Marie y al Cascanueces hasta la capital y al Castillo de Mazapán.

En un lago rosa, la niña sostiene al cascanueces en una barca de madera que jalan dos delfines; alrededor nadan cisnes y al fondo se alza un castillo claro.

Sus cuatro hermanas, las princesas, lo abrazaron, y él les contó que Marie lo había salvado: le había aventado su zapato al rey de los ratones y le había conseguido una espada.

Poco a poco la voz del Cascanueces se fue haciendo más tenue, subió una neblina plateada, y Marie sintió que se elevaba, más y más alto.

Y entonces, prrr, puf, cayó desde una altura inmensa y abrió los ojos en su propia cama.

—Tuviste un sueño precioso —le dijo su mamá cuando Marie se lo contó todo.

Así que Marie fue por las siete coronas a su cajita. Estaban trabajadas con tanta finura que ninguna mano humana habría podido hacerlas, y aun así su papá no le creyó.

Entonces entró el padrino Drosselmeier, y en cuanto vio las coronas se echó a reír.

—¡Pandilla tonta! ¡Pandilla tonta! —gritó—. Esas son las coronas que yo traía en la cadena del reloj hace años.

Pero cuando Marie le rogó que les dijera que su Cascanueces era su sobrino, la cara se le puso oscura y seria, y solo murmuró:

—¡Pandilla tonta! ¡Pandilla tonta!

—De una vez por todas, sácate esa tontería de la cabeza —dijo su papá—. Si te la vuelvo a oír, voy a tirar por la ventana a ese cascanueces feo.

Así que Marie ya no dijo nada, aunque pensaba en aquel reino todavía más. Un día, mientras el padrino arreglaba un reloj, Marie se quedó mirando al Cascanueces y las palabras se le salieron solas.

—Querido señor Drosselmeier, si de verdad estuvieras vivo, yo no sería como la princesa Pirlipat. Nunca te daría la espalda por haber perdido tu buena figura por mí.

—¡Pandilla tonta! ¡Pandilla tonta! —gritó el padrino.

Hubo un estallido y un golpe tan fuertes que Marie se resbaló de la silla y se desmayó.

Cuando abrió los ojos, su mamá estaba inclinada sobre ella.

—Aquí está el sobrino del padrino Drosselmeier, que vino desde Núremberg.

Ahí estaba un joven bien plantado, de casaca roja con galones de oro y una espada que brillaba como si fuera de joyas. Le había traído a Marie las mismas figuritas de azúcar que el rey de los ratones había mordido.

En la mesa partió las nueces más duras para todos, y después, a solas con Marie junto a la vitrina, se hincó ante ella.

—Mi querida señorita Stahlbaum, tienes a tus pies al Drosselmeier a quien le salvaste la vida en este mismo lugar. Dijiste que no me darías la espalda por ser feo, y en ese momento volví a ser yo.

—Comparte mi corona y mi reino, y gobierna conmigo en el Castillo de Mazapán, porque allá sigo siendo rey.

Marie lo levantó del suelo.

—Eres un joven bueno y amable —dijo—, y gobiernas un país tan hermoso, que voy a ser tu novia.

Un año y un día después vino por ella en una carroza de oro tirada por caballos de plata, y veintidós mil figuritas relucientes bailaron en la boda.

Y hasta el día de hoy Marie es reina de un país donde se pueden ver bosques de Navidad que echan chispas y castillos de mazapán transparentes y todas las cosas más maravillosas que existen, si tienes los ojos para verlas.

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Adaptado por Talerie, fuente: Nutcracker and Mouse-King (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre este cuento

«El cascanueces y el rey de los ratones» lo escribió E. T. A. Hoffmann y no procede de ningún relato popular. Apareció en 1816 en Kinder-Mährchen, un tomo berlinés de cuentos infantiles que reunía a tres autores (Contessa, Fouqué y el mismo Hoffmann); allí se titulaba «Nußknacker und Mausekönig».

Nuestro texto no se basa en el alemán de Hoffmann: lo contamos a partir de la traducción inglesa de Mrs. St. Simon (Nueva York, 1853). De ella vienen dos diferencias respecto a 1816: el fabricante de muñecos de Núremberg es hermano del relojero (Hoffmann escribió «Vetter», primo) y la boda se celebra al cabo de un año y un día.

El cuento de Hoffmann (1816) y nuestra versión para familias

Hoffmann (1816)Nuestra versión
La niñaMarie, recién cumplidos los siete añosMarie, no se dice su edad
Clarala muñeca nueva, «Mamsell Clärchen»la muñeca nueva y presumida
El padrinoparche en el ojo derecho, peluca de vidrioparche en un ojo, peluca de vidrio hilado
Rey de los ratonessiete cabezas y siete coronassiete cabezas y siete coronas
La nuez Krakatukle puede pasar por encima un cañón de 48 librasle puede pasar por encima un cañón
En Núrembergun primo del relojero hace muñecosun hermano del relojero hace muñecos
El plazo del reycuatro semanas, o el hacha del verdugocuatro semanas, sin verdugo
La bodaal cabo de un año; Marie, reinaal cabo de un año y un día; Marie, reina
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bosques de Navidad que echan chispas y castillos de mazapán transparentes y todas las cosas más maravillosas que existen, si tienes los ojos para verlas.
E. T. A. Hoffmann, 1816: funkelnde Weihnachtswälder, durchsichtige Marzipanschlösser, kurz, die allerherrlichsten wunderbarsten Dinge erblicken kann, wenn man nur Augen darnach hat.

Qué cuenta nuestro texto

Nuestra versión conserva la batalla de medianoche, la espada que Fritz le quita a un viejo coronel de coraceros y la historia de la Nuez Dura, que el padrino Drosselmeier relata dentro del cuento: la de la princesa Pirlipat, Dama Ratonda y la nuez Krakatuk. Las frases en las que el narrador de Hoffmann se dirige a los niños que lo escuchan no están en nuestra versión.

Al final Marie despierta en su cama y oye a su madre decir que ha tenido un sueño precioso; aun así, conserva las siete coronas del rey de los ratones y el sobrino del padrino llega de verdad desde Núremberg. El cuento deja abierto si todo fue un sueño. Hay ratones que atacan de noche, Marie se corta el brazo con un vidrio y se desmaya, y Dama Ratonda muere tras el tropiezo del joven Drosselmeier. No hay nada más duro, y la historia termina con una boda.

Parientes del cuento y una confusión

Hoffmann incluyó después el cuento en su colección «Die Serapions-Brüder». En la traducción inglesa de Alex. Ewing, «The Serapion Brethren», uno de los amigos del grupo lee el cuento en voz alta y otro objeta después que los niños no podrán seguir los hilos tan finos de la historia. Alexandre Dumas contó la historia en francés con el título «Histoire d'un casse-noisette»; en la edición parisina de 1860, el prólogo advierte que el cuento no es suyo, sino de Hoffmann. En la versión de Dumas la familia se apellida Silberhaus. El ballet «El cascanueces» de Chaikovski se representó en San Petersburgo en 1892, y según el diccionario musical de Riemann su argumento sigue la versión de Dumas. «El soldadito de plomo» es otra historia de juguetes que cobran vida de noche.

Clara no es la niña del cuento: la protagonista se llama Marie, y Clara es la muñeca nueva que le cede su camita al Cascanueces herido.

Fuentes

Textos de época

Comentario

Cotejado con estas fuentes el 31 de octubre de 2026.

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