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Un hombre greñudo y barbudo, con una piel de oso sobre la casaca verde, da monedas de oro a una anciana y a un niño bajo los árboles, al anochecer.

Piel de Oso

Hermanos Grimm

7 min de lectura a partir de 8 años

Licenciado tras la guerra y sin un centavo, un soldado se sienta, muy triste, en un páramo. Un desconocido de casaca verde y pata de caballo le ofrece todo el dinero que pueda gastar si pasa siete años sin lavarse, peinarse ni cortarse las uñas. Si muere en ese tiempo, será suyo.


Había una vez un soldado valiente que siempre iba al frente cuando llovían las balas. Al firmarse la paz lo licenciaron, y como sus padres habían muerto, les pidió a sus hermanos que lo mantuvieran hasta que volviera la guerra.

—¿Y nosotros qué hacemos contigo? —le dijeron, porque tenían el corazón duro—. Arréglatelas como puedas.

El soldado se echó el fusil al hombro y llegó a un páramo donde solo había un círculo de árboles. Allí se sentó, muy triste.

«No tengo dinero y solo sé hacer la guerra», pensó. «Ahora que hay paz, nadie me necesita. Me voy a morir de hambre.»

De pronto sopló un ventarrón y apareció un desconocido de buen porte, con una casaca verde y, en lugar de un pie, una horrible pata de caballo.

—Ya sé lo que te falta —dijo—. Te daré todo el dinero que puedas gastar, pero antes quiero saber si eres miedoso.

—¿Un soldado con miedo? Ponme a prueba.

—Mira detrás de ti.

Un oso enorme se le venía encima, gruñendo. El soldado le disparó en el hocico, y el oso cayó y ya no se movió.

Un joven soldado de uniforme gris azulado, rodilla en tierra, apunta el fusil a un oso enorme; a un lado mira el desconocido de casaca verde y pata de caballo.

—Valor no te falta —dijo el desconocido—. Pero hay una condición.

El soldado ya se había dado cuenta de con quién hablaba.

—Si no pone en peligro la salvación de mi alma, acepto. Si no, no.

—Eso lo verás tú mismo —dijo el de la casaca verde—. Durante siete años no podrás lavarte, ni peinarte el pelo ni la barba, ni cortarte las uñas, ni rezar el padrenuestro. Si mueres en ese tiempo, serás mío. Si sigues vivo, quedarás libre y serás rico toda la vida.

El soldado había visto la muerte de cerca tantas veces que aceptó. Entonces el diablo le dio la casaca verde.

—Cada vez que metas la mano en el bolsillo, la sacarás llena de dinero.

Luego le quitó la piel al oso.

—Esta será tu capa y tu cama. Y desde hoy te llamarás Piel de Oso.

Y el diablo desapareció.

Piel de Oso se echó la piel encima y se fue por el mundo. Al segundo año ya parecía un monstruo: el pelo le tapaba la cara, tenía garras en vez de uñas y tanta mugre que en ella habrían podido brotar berros. La gente huía al verlo, pero él, dondequiera que iba, les daba dinero a los pobres para que le pidieran a Dios que no lo dejara morir antes de los siete años.

Al cuarto año llegó a una posada. El posadero no quería dejarlo entrar ni al establo, pero se ablandó al ver un puñado de ducados y le dio un cuarto al fondo con tal de que no se dejara ver.

Esa noche Piel de Oso oyó llorar a alguien en el cuarto de al lado. Abrió la puerta y vio a un anciano con la cabeza entre las manos. Al verlo, el anciano quiso huir, pero al oír una voz humana se calmó y le contó su pena: estaba arruinado y, como no podía pagarle al posadero, lo iban a meter a la cárcel.

—Si esa es toda su preocupación, señor —dijo Piel de Oso—, dinero tengo de sobra.

Pagó la deuda y le dio al anciano una bolsa de oro.

En un cuarto de la posada, a la luz de una vela, Piel de Oso, greñudo y cubierto con la piel, pone una bolsa de oro en las manos de un anciano que llora.

—Venga conmigo —le dijo el anciano, agradecido—. Mis hijas son hermosísimas; escoja a una por esposa.

Piel de Oso fue con él a su casa. En cuanto la mayor lo vio, pegó un grito y salió corriendo. La segunda lo miró de arriba abajo.

—¿Cómo voy a casarme con alguien que ya no tiene figura humana? Me gustaba más el oso rasurado que anduvo por aquí haciéndose pasar por hombre: por lo menos llevaba guantes blancos.

La menor, en cambio, dijo:

—Papá, ha de ser un hombre bueno, porque te sacó de apuros. Si le prometiste una novia, tienes que cumplir tu palabra.

Lástima que la mugre le tapara la cara a Piel de Oso, porque si no, se le habría notado lo contento que estaba. Partió un anillo en dos. En una mitad escribió su propio nombre y se la dio a la menor; en la otra, la que conservó, escribió el nombre de ella.

—Tengo que andar tres años más por el mundo —le dijo—. Si en ese tiempo no vuelvo, quedarás libre, porque querrá decir que estoy muerto. Pídele a Dios que me conserve la vida.

La novia se vistió de negro, y cuando pensaba en su prometido se le llenaban los ojos de lágrimas. Sus hermanas se burlaban de ella sin parar.

—Si le das la mano, te va a dar un zarpazo —decía la mayor.

—A los osos les gusta lo dulce —decía la segunda—. Si le gustas, te va a comer.

Ella callaba y no se dejaba desanimar. Piel de Oso, mientras tanto, hacía el bien donde podía y seguía dándoles dinero a los pobres para que rezaran por él.

El último día de los siete años volvió al páramo y se sentó bajo el círculo de árboles. Sopló el viento y apareció el diablo con cara de pocos amigos. Le aventó la vieja ropa de soldado y le exigió la casaca verde.

—Todavía no —contestó Piel de Oso—. Primero tienes que limpiarme.

Quisiera o no, el diablo tuvo que traer agua, lavarlo, peinarlo y cortarle las uñas. Piel de Oso quedó convertido en un soldado apuesto, más guapo que nunca.

Bajo los árboles, el diablo, con una bota y una pata de caballo, echa agua de una cubeta en la cabeza de Piel de Oso; en el pasto hay un peine y unas tijeras.

Vestido de terciopelo, llegó a casa de su novia en un carruaje con cuatro caballos blancos. Nadie lo reconoció. El padre lo tomó por un coronel y lo sentó entre las dos hijas mayores, que le servían vino y los mejores bocados. La novia, vestida de negro, estaba sentada frente a él y no levantaba los ojos.

Cuando él le pidió al padre la mano de una de las hijas, las dos mayores corrieron a arreglarse, porque cada una se creía la elegida.

A solas con su novia, él echó su mitad del anillo en una copa de vino y se la ofreció. Ella bebió, vio la mitad del anillo en el fondo y el corazón le dio un vuelco. Sacó la otra mitad, que llevaba colgada al cuello de una cinta, y las dos encajaron perfectamente.

Un joven apuesto vestido de terciopelo rojo mira a su novia, de negro, que junta las dos mitades del anillo ante una copa vacía, junto a una ventana.

—Soy tu prometido, el que conociste como Piel de Oso —dijo él—. Por la gracia de Dios recobré mi figura humana.

La abrazó y le dio un beso. En ese momento entraron las hermanas, muy arregladas, y supieron que aquel hombre tan guapo era Piel de Oso. Salieron llenas de rabia, y las dos se quitaron la vida: una se arrojó al pozo y la otra se colgó de un árbol.

Esa noche alguien tocó a la puerta. Era el diablo con su casaca verde.

—¿Ya ves? —le dijo al novio—. Me quedé sin tu alma, pero a cambio tengo dos.

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Adaptado por Talerie, fuente: Kinder- und Hausmärchen (se abre en una ventana nueva) Dominio público