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Un muchacho japonés con abanico de hierro camina entre arrozales al atardecer; delante un perro lleva la bandera, un mono la espada y arriba vuela un faisán.

Momotaro, el niño durazno

Anónimo

15 min de lecturaa partir de 6 años

Una viejita saca del río un durazno enorme y de la fruta sale un niño, que ella y el viejito crían como a su propio hijo. A los quince años, Momotaro se va a la isla de los ogros con un perro, un mono y un faisán, vence a su rey, libera a los prisioneros y vuelve a casa con el tesoro.


Hace mucho, mucho tiempo, vivían un viejito y una viejita. Eran campesinos y trabajaban duro para ganarse el sustento: él salía a cortar zacate para los labradores vecinos y ella cuidaba la casa y su pequeño arrozal.

Lo único que les faltaba era un hijo. Noche y día se lamentaban de no tener a nadie que los acompañara en su vejez, y muchas veces lloraron por eso.

Una mañana de principios de verano, el viejito se fue al monte con su hoz, como siempre, y la viejita bajó al río con una canasta de ropa para lavar.

La viejita encontró un buen lugar y se puso a lavar prenda por prenda contra las piedras. El agua iba tan clara que se veían los pececitos del fondo.

Estaba en eso cuando vio venir por la corriente un durazno enorme, dando tumbos en el agua. Tenía sesenta años y en toda su vida había visto uno igual.

—¡Qué rico ha de estar! —se dijo—. Me lo voy a llevar a mi viejo.

Estiró el brazo, pero el durazno pasaba demasiado lejos. Buscó una vara con la mirada y no había ninguna, y si se iba a buscarla se le iría.

Hincada en la orilla bajo los sauces, con su canasta de ropa al lado, una viejita estira las dos manos hacia un durazno enorme que flota en el agua.

Entonces se acordó de un verso antiguo, de esos que se le cantan al agua para pedirle un favor. Empezó a dar palmadas siguiendo el vaivén del durazno y cantó:

El agua de lejos es amarga,el agua de cerca es dulce;pasa de largo la amargay vente por la más dulce.

Y cosa extraña: apenas empezó la canción, el durazno se fue acercando poquito a poco, hasta quedarse quieto justo frente a ella. La viejita lo levantó con las dos manos.

De la pura emoción ya no pudo seguir lavando. Se echó la canasta a la espalda y se fue a su casa con el durazno en brazos.

La tarde se le hizo larguísima. El viejito llegó al ponerse el sol, con un bulto de zacate tan grande que casi no se le veía.

—¡Ay, viejo, qué ganas tenía de que llegaras! —le gritó ella desde la puerta—. Te tengo un regalo.

Corrió al cuarto y sacó el durazno, que pesaba más todavía que en la mañana.

—Mira nada más. ¿Habías visto alguna vez uno así de grande?

—En mi vida —dijo el viejito, asombrado—. ¿Dónde lo compraste?

—No lo compré —contestó la viejita—. Me lo encontré en el río, mientras lavaba.

Y le contó todo.

—Qué suerte tuviste —dijo el viejito—. Vamos a partirlo ahorita, que vengo con hambre.

Trajo el cuchillo de la cocina, puso el durazno sobre una tabla y ya iba a cortarlo cuando la fruta se abrió sola en dos mitades y una voz clarita dijo desde adentro:

—¡Espérate tantito, viejo!

Y del durazno salió un niño precioso. Los dos viejitos se quedaron sin fuerzas y se sentaron en el suelo del puro susto. El niño volvió a hablar.

En el piso de tatami, un durazno abierto en dos sobre una tabla y un bebé sentado adentro; el viejito y la viejita echan las manos al aire, boquiabiertos.

—No tengan miedo. No soy un espanto ni un duende. El Cielo tuvo compasión de ustedes: todas las noches se lamentaban de no tener un hijo, y su llanto fue escuchado. El Cielo me manda a ser el hijo de su vejez.

Al oír aquello se les fue el susto y les entró una alegría tan grande que no cabían en sí. Primero lo cargó el viejito y luego la viejita, y como había salido de un durazno le pusieron Momotaro, que quiere decir «hijo del durazno».

Los años pasaron volando. A los quince, Momotaro era más alto y más fuerte que cualquier muchacho de su edad, tenía un corazón valiente y más juicio del que se tiene a esos años. Los viejitos lo veían con orgullo.

Un día Momotaro se presentó ante su padre con mucha seriedad.

—Padre, por una casualidad extraña llegamos a ser padre e hijo. Lo que han hecho por mí es más alto que el zacate del monte y más hondo que el río donde lava mi madre. No sé cómo pagárselos.

—Un padre cría a su hijo, y ya —contestó el viejito, algo apenado—. Cuando seas grande te tocará cuidarnos a nosotros, así que entre los dos no hay deuda ni ganancia.

—Le pido paciencia —dijo Momotaro—, porque antes de empezar a pagarles quiero pedirle un permiso.

—Lo que tú quieras, hijo.

—Entonces déjeme ir.

—¿Cómo? ¿Quieres dejar a tus padres y salir de tu casa?

—Voy a volver, se lo prometo.

—¿Y adónde piensas ir?

—Le ha de parecer raro, porque todavía no le he dicho por qué —dijo Momotaro—. Lejos de aquí, hacia el noreste, hay una isla en medio del mar donde vive una banda de ogros. Vienen a nuestras tierras a robar y a matar, no obedecen al Emperador ni respetan sus leyes, y se llevan gente que ya nunca regresa, porque se la comen. Voy a vencerlos y a traerle de vuelta a este país todo lo que le han quitado.

Al viejito le sorprendió oír aquello de un muchacho de quince años, pero pensó que lo mejor era dejarlo ir: Momotaro no era un niño cualquiera, había llegado como un regalo del Cielo, y los ogros no podrían hacerle daño.

—No voy a detenerte —le dijo el viejito—. Ve a esa isla en cuanto quieras y devuélvele la paz a esta tierra.

—Gracias por su bondad —dijo Momotaro, y ese mismo día empezó a prepararse.

Los dos viejitos molieron arroz en el mortero de la cocina para hacerle pastelitos para el camino.

Cuando los pastelitos estuvieron listos llegó la hora de despedirse. A los dos se les llenaron los ojos de lágrimas y les tembló la voz.

Los dos viejitos, con lágrimas en la cara, le entregan un bulto blanco al muchacho en la puerta de su casa de paja, con el sol metiéndose detrás de los cerros.

—Ve con cuidado y no te tardes. Te esperamos de vuelta, y victorioso.

A Momotaro le dolía dejarlos, porque pensaba en lo solos que se iban a quedar, pero se despidió con valor.

—Ya me voy. Cuídense mucho mientras no estoy. ¡Hasta pronto!

Y salió de la casa a paso firme.

Caminó hasta el mediodía. Cuando le dio hambre se sentó bajo un árbol y sacó un pastelito de arroz de su morral.

Estaba en eso cuando de entre el zacate alto salió un perro grande como un potrillo. Se le fue derecho, enseñando los dientes.

—Qué poca educación, pasar por mi campo sin pedir permiso —gruñó—. Déjame todos los pastelitos que traes y te dejo ir. Si no, te muerdo hasta acabar contigo.

Sentado bajo un pino junto al camino, con un pastelito de arroz en la boca, el muchacho ve venir a un perro grande, crema y canela, que le enseña los dientes.

Momotaro se rio.

—¿Qué estás diciendo? ¿Sabes quién soy? Soy Momotaro y voy camino a la isla de los ogros. Al que se me atraviese le va a ir muy mal.

Al perro se le quitó lo bravo en un instante. Metió la cola entre las patas, se acercó y bajó la cabeza hasta tocar el suelo con la frente.

—¿Momotaro? ¿De veras eres tú? He oído hablar mucho de tu fuerza, y como no sabía quién eras me porté como un tonto. Si me aceptas entre los tuyos, te lo voy a agradecer toda la vida.

—Puedes venir, si eso quieres —dijo Momotaro.

—¡Gracias! Y oye, traigo mucha hambre. ¿Me das uno de tus pastelitos?

—Estos son los mejores pastelitos de arroz de todo Japón —dijo Momotaro—. Uno entero no te lo puedo dar. Te doy la mitad.

—Con eso me basta —dijo el perro, y atrapó el pedazo en el aire.

Anduvieron un buen rato por cerros y valles. De pronto, de un árbol bajó un animal y les salió al paso.

—¡Buenos días, Momotaro! Bienvenido por estos rumbos. ¿Me dejas ir contigo?

—Momotaro ya tiene un perro que lo acompaña —contestó el perro, celoso—. ¿Para qué sirve un mono en una batalla? ¡Vamos a pelear con los ogros! ¡Lárgate!

El perro y el mono se enredaron en un pleito a mordidas, porque esos dos nunca se han llevado bien.

—¡Ya, sin pleitos! —dijo Momotaro, metiéndose entre ellos—. Espérate, perro.

—No es digno de ti andar con semejante criatura detrás —refunfuñó el perro.

—¿Y tú qué sabes de eso? —dijo Momotaro, y haciendo a un lado al perro le habló al mono—. ¿Tú quién eres?

—Soy un mono de estos cerros. Supe de tu expedición a la isla de los ogros y vine a acompañarte. Nada me daría más gusto.

—¿De verdad quieres ir a pelear a mi lado?

—Sí, señor.

—Me gusta tu valor —dijo Momotaro—. Toma un pedazo de mis buenos pastelitos. Vámonos.

Así se les unió el mono. Pero él y el perro no se llevaban: iban gruñéndose por el camino, hasta que Momotaro puso orden. Mandó al perro adelante con una bandera, al mono atrás con una espada, y él se puso en medio con un abanico de hierro.

Al rato llegaron a un llano grande, y ahí mismo bajó volando un pájaro. Era el más hermoso que Momotaro había visto: traía cinco mantos de plumas y una gorra escarlata en la cabeza.

El perro se le fue encima. El pájaro se defendió con los espolones y le tiró a la cola, y la pelea se les puso pareja.

Momotaro no pudo evitar admirar al pájaro, que peleaba con mucho brío: sería un buen guerrero.

Se acercó, detuvo al perro y le habló al pájaro.

—¡Atrevido! Me estás estorbando el camino. Ríndete ahora mismo y te llevo conmigo. Si no, suelto al perro.

El pájaro se rindió en el acto y pidió que lo aceptara en la compañía.

—Perdona que haya peleado con el perro, tu criado, pero es que no te vi. Soy nada más un faisán, y es muy generoso de tu parte llevarme contigo. Déjame ir detrás del perro y del mono.

—Te felicito por rendirte tan pronto —dijo Momotaro, sonriendo—. Vente con nosotros a pelear con los ogros.

Entonces se paró frente a los tres y dio una orden.

—Escúchenme bien. Lo primero que necesita un ejército es armonía, y vale más que estemos unidos que cualquier ventaja que nos caiga del cielo. De hoy en adelante, el perro, el mono y el faisán van a ser amigos y van a tener un solo pensamiento. Al primero que empiece un pleito, lo despido en el acto.

Los tres prometieron no pelear. El faisán quedó admitido en la compañía y recibió su medio pastelito de arroz, y tal era la autoridad de Momotaro que los tres se hicieron buenos amigos.

Camina y camina, día tras día, salieron por fin a la orilla del mar del noreste. Hasta donde alcanzaba la vista no había nada, ni rastro de isla alguna: solo las olas rompiendo en la playa.

Los tres habían cruzado valles y cerros con mucho valor, pero nunca habían visto el mar. Por primera vez se quedaron mudos, mirándose unos a otros. ¿Cómo iban a cruzar toda esa agua?

Momotaro se dio cuenta de que el mar los tenía acobardados y, para probarlos, les habló fuerte y feo.

—¿Por qué se detienen? ¿Le tienen miedo al agua? No puedo llevar conmigo a unos animales tan débiles. Mejor voy solo, y quedan despedidos los tres.

La reprimenda los dejó fríos. Se colgaron de su manga rogándole que no los dejara y le juraron que el mar no les daba ni tantito miedo.

—Está bien, se vienen conmigo. Pero mucho cuidado.

Consiguió un barco chico y todos subieron a bordo. El viento los favoreció y el barco voló sobre el mar como una flecha. Al principio el bamboleo asustó a los tres animales, pero pronto se acostumbraron.

El muchacho va parado en la proa de un barco de vela en pleno mar, con su abanico de hierro; detrás van el perro, el mono con la espada y el faisán.

Todos los días paseaban por la cubierta buscando la isla con los ojos y se contaban sus hazañas. A Momotaro se le iban las horas oyéndolos, aunque lo que él quería era ya estar peleando con los ogros.

Un día de mucho sol, los cuatro vigías de la proa vieron tierra.

Momotaro supo enseguida que era la fortaleza de los ogros: sobre un acantilado se levantaba un castillo enorme. Se quedó pensativo, buscando por dónde empezar el ataque, mientras sus tres compañeros esperaban órdenes. Al fin llamó al faisán.

—Qué bueno que te traje —le dijo—. Tienes buenas alas. Vuela ahora mismo al castillo y reta a los ogros. Nosotros vamos detrás.

El faisán obedeció al instante. Llegó a la isla, se paró en medio del techo del castillo y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Óiganme bien, ogros! El gran general japonés Momotaro ha venido a pelear con ustedes y a quitarles su fortaleza. Si quieren salvar la vida, ríndanse ahora mismo, y en señal de sumisión rómpanse los cuernos que les crecen en la frente. Si no se rinden y prefieren pelear, nosotros, el faisán, el perro y el mono, acabaremos con todos ustedes.

Los ogros levantaron la vista y, al ver que era nada más un pájaro, se soltaron riendo.

—¡Miren nada más, un faisán del monte! Qué ridículo oír esas palabras de una cosa tan insignificante. Espérate a que te demos con una de nuestras barras de hierro.

Estaban furiosos. Sacudieron los cuernos y sus greñas rojas, se pusieron los pantalones de piel de tigre para verse más terribles y agarraron sus barras de hierro para tumbar al faisán de ahí arriba.

El faisán esquivaba los golpes y les picaba la cabeza, a uno y a otro. Daba vueltas alrededor de ellos, batiendo las alas sin descanso, hasta que los ogros ya no sabían si peleaban con un pájaro o con muchos.

Mientras tanto, Momotaro había llevado el barco a tierra. El castillo estaba rodeado de murallas altas y de portones de hierro.

Subió por el sendero con el mono y el perro, buscando por dónde entrar. Al poco rato se toparon con dos muchachas que lavaban ropa en un arroyo. La ropa estaba manchada de sangre y a ellas les caían las lágrimas. Se detuvo y les habló.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué lloran?

—Somos prisioneras del rey de los ogros. Nos trajeron de nuestras casas a esta isla y, aunque somos hijas de grandes señores, aquí tenemos que servirle. Un día nos va a matar y nos va a comer, y no hay nadie que nos ayude.

Y se les soltó el llanto otra vez.

—Yo las voy a rescatar —dijo Momotaro—. No lloren más; nada más enséñenme cómo entrar al castillo.

Las dos lo llevaron y le mostraron una puertecita en la parte más baja de la muralla, tan chiquita que Momotaro apenas pudo pasar arrastrándose.

El faisán, que seguía peleando duro, alcanzó a ver que Momotaro y los suyos entraban por atrás.

Bajo la lluvia, el perro y el mono se cuelan por una puertecita de madera en la muralla; arriba, en el tejado, unos ogros le tiran golpes al faisán.

La embestida fue tan fuerte que los ogros no pudieron sostenerse. Al principio su enemigo era un solo pájaro; ahora eran cuatro que peleaban como cien. Unos ogros cayeron del pretil a las rocas de abajo, otros se fueron al mar, y a muchos los vencieron los tres animales.

Al final quedó solo el rey de los ogros. Decidió rendirse, porque entendió que su enemigo era más fuerte que cualquier hombre.

Se acercó humildemente, tiró su barra de hierro y se hincó a los pies del vencedor. Ahí mismo se rompió los cuernos en señal de sumisión, porque eran la marca de su poder.

—Te tengo miedo —dijo—. No puedo contra ti. Te doy todo el tesoro escondido en este castillo si me perdonas la vida.

Un ogro de melena roja, hincado y cabizbajo, con los dos cuernos rotos en el suelo; frente a él el muchacho, y atrás dos muchachas entre monedas de oro.

Momotaro se rio.

—No es propio de ti, ogro grandote, andar pidiendo clemencia. Por más que ruegues no te puedo perdonar, porque durante años has hecho sufrir a mucha gente y le has robado a este país.

Entonces amarró al rey de los ogros y se lo entregó al mono. Luego recorrió uno por uno los cuartos del castillo, liberó a los prisioneros y juntó todo el tesoro.

El perro y el faisán se echaron encima el botín, y así volvió Momotaro a su casa, triunfante, llevándose preso al rey de los ogros.

Las dos muchachas, hijas de grandes señores, y todos los que aquel ogro se había llevado volvieron sanos y salvos con sus padres.

Todo el país hizo de Momotaro un héroe, y la gente festejó verse libre de los ogros que durante tanto tiempo la habían atemorizado.

La alegría de los dos viejitos fue más grande que nunca, y con el tesoro que Momotaro trajo a casa no les faltó nada hasta el último de sus días.

Adaptado por Talerie, Fuente: Japanese Fairy Tales (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público