Saltar al contenido
Un muchacho japonés con abanico de hierro camina entre arrozales al atardecer; delante un perro lleva la bandera, un mono la espada y arriba vuela un faisán.Original

Momotaro, el niño durazno

Anónimo

23 min de lecturaa partir de 6 años

Una viejita campesina saca del río un durazno enorme, y cuando su marido va a partirlo la fruta se abre y sale de ella un niño al que llaman Momotaro. Ya muchacho, Momotaro navega a la isla de los ogros con un perro, un mono y un faisán, vence a su rey y vuelve con un tesoro que a los viejitos les alcanza de por vida.


Hace muchos, muchos años, vivían un viejito y una viejita. Eran campesinos y tenían que trabajar duro para ganarse su plato de arroz de cada día. Él salía a cortar zacate para los labradores de los alrededores, y mientras él andaba fuera ella hacía el quehacer de la casa y atendía el pedacito de arrozal que era de ellos.

Un día el viejito se fue al monte, como siempre, a cortar zacate, y la viejita se llevó al río un bulto de ropa para lavar.

Ya casi era verano y el campo se veía hermoso de puro verde mientras los dos viejitos iban camino a su trabajo. El pasto de las orillas del río parecía un terciopelo verde esmeralda, y los sauces junto al agua sacudían sus brotes suaves como pelusa.

Soplaba el aire y rizaba en olitas la superficie lisa del agua, y al pasar les rozaba las mejillas a los dos viejos, que por alguna razón que ellos mismos no sabrían explicar amanecieron muy contentos esa mañana.

La viejita encontró un buen lugar en la ribera y puso su canasta en el suelo. Luego se puso a lavar: sacaba la ropa pieza por pieza, la mojaba en el río y la tallaba contra las piedras. El agua era clara como un cristal y se veían los pececitos yendo y viniendo, y las piedritas del fondo.

Estaba en lo mejor de su lavada cuando vino un durazno enorme dando tumbos por la corriente. La viejita levantó la vista de su trabajo y lo vio venir. Tenía sesenta años cumplidos y en toda su vida había visto un durazno así de grande.

—¡Qué rico ha de estar! —se dijo—. Tengo que sacarlo y llevárselo a mi viejo.

Estiró el brazo para alcanzarlo, pero pasaba demasiado lejos. Buscó una vara con la mirada y no vio ninguna, y si se iba a buscarla se le perdía el durazno.

Una anciana de kimono azul, arrodillada en la orilla entre sauces junto a su canasta de ropa, estira las manos hacia un durazno gigante que flota en el río.

Se quedó un momento pensando qué hacer y se acordó de un conjuro antiguo, de esos que se cantan en verso. Empezó a dar palmadas al compás del durazno que rodaba en la corriente, y mientras palmeaba cantó así:

El agua de lejos es amarga,el agua de cerca es dulce;pasa de largo la amargay vente por la más dulce.

Y sucedió algo que nadie creería: apenas empezó a repetir la cancioncita, el durazno se fue acercando poco a poco a la orilla donde estaba la viejita, hasta que se detuvo justo enfrente de ella y lo pudo levantar con las dos manos. La viejita estaba feliz. De la pura emoción ya no fue capaz de seguir lavando, así que echó toda la ropa otra vez en su canasta de bambú, se la puso a la espalda y se fue de prisa a su casa con el durazno en brazos.

La espera se le hizo larguísima. El viejito llegó por fin cuando se estaba metiendo el sol, con un bulto de zacate a la espalda tan grande que casi lo tapaba y apenas se le veía. Venía muy cansado y usaba la hoz de bastón, recargándose en ella para caminar.

En cuanto lo vio, la viejita le gritó desde la puerta:

—¡Ay, viejo! ¡Llevo todo el día esperando a que llegues!

—¿Qué pasó? ¿Por qué tanta prisa? —preguntó el viejito, extrañado de tanto apuro—. ¿Sucedió algo mientras no estuve?

—¡Nada, nada! —contestó ella—. No pasó nada, solo que te tengo un buen regalo.

—Eso está bien —dijo el viejito.

Se lavó los pies en una palangana con agua y subió al corredor de la casa.

La viejita corrió al cuartito y sacó de la alacena el durazno enorme. Le pesaba todavía más que en la mañana. Se lo levantó a la altura de los ojos y le dijo:

—¡Mira nada más! ¿Habías visto en toda tu vida un durazno de este tamaño?

El viejito lo miró con los ojos muy abiertos.

—¡Es el durazno más grande que he visto en mi vida! ¿En dónde lo compraste?

—No lo compré —contestó la viejita—. Me lo encontré en el río, mientras lavaba.

Y le contó la historia completa.

—Qué bueno que te lo encontraste. Vamos a comérnoslo ahorita mismo, que vengo con hambre —dijo el viejito.

Fue por el cuchillo de la cocina, puso el durazno sobre una tabla y ya iba a partirlo cuando, aunque nadie lo crea, la fruta se abrió sola en dos mitades y una voz clarita dijo desde adentro:

—¡Espérate tantito, viejo!

Y del durazno salió un niño precioso.

Los dos viejitos se asustaron tanto con lo que estaban viendo que se fueron de espaldas al suelo. El niño volvió a hablar:

—No tengan miedo. No soy un espanto ni un duende. Les voy a decir la verdad: el Cielo tuvo compasión de ustedes. Todos los días y todas las noches se lamentaban de no tener un hijo. Su llanto fue escuchado, y el Cielo me manda a ser el hijo de su vejez.

Dentro de la casa, dos ancianos echados hacia atrás con las manos en alto miran un durazno partido en dos sobre una tabla, con un bebé sentado adentro.

Al oír aquello, los dos viejitos se pusieron muy contentos. Habían llorado noche y día de tristeza por no tener un hijo que los acompañara en la soledad de su vejez, y ahora que su ruego había sido escuchado no cabían en sí de la alegría. Primero lo cargó el viejito, luego lo cargó la viejita, y como había salido de un durazno le pusieron Momotaro, que quiere decir «hijo del durazno».

Los años se fueron volando y el niño llegó a los quince. Era más alto y mucho más fuerte que cualquier muchacho de su edad, tenía la cara bonita y el corazón lleno de valor, y era muy juicioso para los años que tenía. A los dos viejitos se les llenaba el pecho de orgullo cuando lo miraban, porque era igualito a como ellos se imaginaban que debía ser un héroe.

Un día Momotaro se presentó ante su padre adoptivo y le habló muy serio:

—Padre, por una casualidad extraña usted y yo llegamos a ser padre e hijo. Lo que ustedes han hecho por mí es más alto que el zacate del monte que usted corta todos los días y más hondo que el río donde mi madre lava la ropa. No sé cómo darles las gracias.

—Pues mira —contestó el viejito—, lo natural es que un padre críe a su hijo. Cuando estés grande te va a tocar cuidarnos a nosotros, así que al final no hay ganancia ni pérdida entre los dos: todo queda parejo. La verdad me sorprende que me lo agradezcas de esta manera.

Y el viejito se quedó con cara de apuro.

—Le pido que me tenga paciencia —dijo Momotaro—, porque antes de empezar a pagarles su bondad quiero pedirle un permiso, y le ruego que me lo dé por encima de cualquier otra cosa.

—Te dejo hacer lo que tú quieras, porque no eres como los demás muchachos.

—Entonces déjeme partir ahora mismo.

—¿Cómo dices? ¿Quieres dejar a tus padres viejos e irte de tu casa?

—Voy a regresar, se lo prometo, si me deja ir ahora.

—¿Y adónde piensas ir?

—Le ha de parecer raro que me quiera ir —dijo Momotaro—, porque todavía no le he dicho el motivo. Lejos de aquí, al noreste de Japón, hay una isla en medio del mar. Esa isla es la fortaleza de una banda de ogros. Muchas veces he oído cómo invaden nuestra tierra, cómo matan y roban a la gente y cómo se llevan todo lo que encuentran. No nada más son malvados: tampoco le son fieles al Emperador ni obedecen sus leyes. Y además comen carne humana, porque matan y se comen a los pobres infelices que tienen la mala suerte de caer en sus manos. Son unos seres odiosos. Tengo que ir a vencerlos y traer de vuelta todo el botín que le han robado a esta tierra. Por eso quiero irme un tiempo.

Al viejito le sorprendió mucho oír todo aquello de un muchacho de quince años, pero pensó que lo mejor era dejarlo ir. Momotaro era fuerte y no le tenía miedo a nada, y además el viejito sabía que no era un niño cualquiera, porque el Cielo se los había mandado de regalo, y estaba seguro de que los ogros no iban a poder hacerle ningún daño.

—Todo lo que dices me parece muy bien, Momotaro —dijo el viejito—. No voy a estorbar tu decisión. Puedes irte si así lo quieres. Ve a esa isla en cuanto gustes, acaba con los ogros y devuélvele la paz a esta tierra.

—Gracias por su bondad —dijo Momotaro.

Y ese mismo día empezó a prepararse para el viaje. Iba lleno de valor y no sabía lo que era el miedo.

Los dos viejitos se pusieron enseguida a moler arroz en el mortero de la cocina para hacerle pastelitos a Momotaro y que se los llevara de camino.

Cuando los pastelitos estuvieron hechos, Momotaro quedó listo para empezar su largo viaje.

Las despedidas siempre son tristes, y aquella no fue la excepción. A los dos viejitos se les llenaron los ojos de lágrimas y les tembló la voz al decirle:

—Ve con mucho cuidado y no te tardes. ¡Te esperamos de vuelta y victorioso!

En la puerta de una casa de paja, dos ancianos con lágrimas entregan un bulto blanco al muchacho que se va; detrás, el sol se mete tras los cerros.

A Momotaro le dolía dejar a sus padres viejos, aunque sabía que volvería en cuanto pudiera, porque pensaba en lo solos que se iban a quedar sin él. Aun así se despidió con mucho valor.

—Ya me voy. Cuídense mucho mientras no estoy. ¡Hasta pronto!

Y salió de la casa a paso rápido. En silencio, los ojos de Momotaro y los de sus padres se encontraron para decirse adiós.

Momotaro apuró el paso y caminó hasta el mediodía. Le empezó a dar hambre, así que abrió su morral, sacó uno de los pastelitos de arroz y se sentó a comérselo bajo un árbol, a la orilla del camino. Estaba en eso cuando de entre el zacate alto salió corriendo un perro casi tan grande como un potrillo. Se le fue derechito, le enseñó los dientes y le dijo de muy mal modo:

—Qué poca educación la tuya, pasar por mi campo sin pedir permiso. Déjame todos los pastelitos que traes en el morral y te dejo ir; si no, te muerdo hasta matarte.

En un camino de tierra, un perro grande de color canela le enseña los dientes al muchacho, que está sentado bajo un pino con un pastelito de arroz en la boca.

Momotaro nada más se rio con burla.

—¿Qué estás diciendo? ¿Sabes quién soy? Soy Momotaro y voy camino a la isla del noreste de Japón, a someter a los ogros que se esconden ahí. Si tratas de detenerme, te parto en dos de la cabeza para abajo.

Al perro se le cambió el modo en un instante. Metió la cola entre las patas, se acercó y se inclinó tanto que tocó el suelo con la frente.

—¿Qué estoy oyendo? ¿El nombre de Momotaro? ¿De veras eres tú Momotaro? Muchas veces he oído hablar de tu gran fuerza. Como no sabía quién eras me porté como un tonto. ¿Me perdonas la grosería? ¿De verdad vas camino a la isla de los ogros? Si te llevas de acompañante a un grosero como yo, te lo voy a agradecer toda la vida.

—Creo que te puedo llevar, si eso quieres —dijo Momotaro.

—¡Gracias! —dijo el perro—. Por cierto, traigo muchísima hambre. ¿Me das uno de los pastelitos que llevas?

—Estos son los mejores pastelitos de arroz que hay en Japón —dijo Momotaro—. Uno entero no te lo puedo dar; te doy la mitad de uno.

—Muchas gracias —dijo el perro, y atrapó en el aire el pedazo que le aventó.

Momotaro se levantó y el perro lo siguió. Caminaron un buen rato por cerros y valles. Iban en eso cuando un animal bajó de un árbol, un poco adelante de ellos. La criatura los alcanzó enseguida y le dijo a Momotaro:

—¡Buenos días, Momotaro! Bienvenido por estos rumbos. ¿Me dejas ir contigo?

El perro contestó, celoso:

—Momotaro ya tiene un perro que lo acompaña. ¿Para qué sirve un mono como tú en una batalla? ¡Vamos camino a pelear con los ogros! ¡Lárgate!

El perro y el mono se agarraron a pleitos y a mordidas, porque esos dos animales siempre se han odiado.

—¡Ya, no peleen! —dijo Momotaro, metiéndose entre los dos—. Espérate tantito, perro.

—No es nada digno de ti andar con semejante criatura detrás —dijo el perro.

—¿Y tú qué sabes de eso? —le preguntó Momotaro, y haciendo a un lado al perro le habló al mono—. ¿Tú quién eres?

—Soy un mono que vive en estos cerros —contestó el mono—. Supe de tu expedición a la isla de los ogros y vine para ir contigo. Nada me daría más gusto que seguirte.

—¿De verdad quieres ir a la isla de los ogros y pelear a mi lado?

—Sí, señor —dijo el mono.

—Admiro tu valor —dijo Momotaro—. Toma un pedazo de mis buenos pastelitos de arroz. ¡Vámonos!

Así fue como el mono se unió a Momotaro. El perro y el mono no se llevaban nada bien: iban gruñéndose todo el camino y a cada rato se querían pelear. Aquello puso de malas a Momotaro, y al final mandó al perro adelante con una bandera, puso al mono atrás con una espada y él se colocó en medio de los dos con un abanico de guerra, de esos que son de hierro.

Al poco rato llegaron a un llano grande. Ahí bajó volando un pájaro y se paró en el suelo justo enfrente de la pequeña compañía. Era el pájaro más hermoso que Momotaro había visto en su vida: en el cuerpo traía cinco mantos distintos de plumas y la cabeza la llevaba cubierta con una gorra escarlata.

El perro se le fue encima de inmediato y trató de agarrarlo y matarlo. Pero el pájaro sacó los espolones y se le lanzó a la cola, y el pleito se les puso duro a los dos.

Momotaro los miraba y no podía evitar admirar al pájaro, que peleaba con mucho brío. Seguro sería un buen guerrero.

Se acercó a los dos peleoneros, detuvo al perro y le dijo al pájaro:

—¡Atrevido! Me estás estorbando el camino. Ríndete ahora mismo y te llevo conmigo. Si no lo haces, le ordeno a este perro que te arranque la cabeza de una mordida.

El pájaro se rindió en el acto y pidió que lo dejara entrar en la compañía de Momotaro.

—No sé con qué disculparme por haber peleado con el perro, que es tu criado, pero es que a ti no te vi. Soy un pobre pájaro al que llaman faisán. Es muy generoso de tu parte perdonarme la grosería y llevarme contigo. Déjame ir detrás del perro y del mono.

—Te felicito por haberte rendido tan pronto —dijo Momotaro, sonriendo—. Ven y únete a nuestro ataque contra los ogros.

—¿También te vas a llevar a este pájaro? —interrumpió el perro.

—¿Para qué preguntas algo tan inútil? ¿No oíste lo que acabo de decir? Me llevo al pájaro porque se me da la gana.

—Mmm —gruñó el perro.

Entonces Momotaro se puso de pie y dio esta orden:

—Óiganme bien todos. Lo primero que necesita un ejército es armonía. Bien dice el dicho que «más vale ventaja en la tierra que ventaja en el Cielo»: estar unidos entre nosotros vale más que cualquier ganancia de este mundo. Cuando no hay paz en la tropa no es cosa fácil vencer a un enemigo. De hoy en adelante, ustedes tres, el perro, el mono y el faisán, tienen que ser amigos y tener un solo pensamiento. Al primero que empiece un pleito lo despido en el acto.

Los tres prometieron no pelear. El faisán quedó admitido en la comitiva de Momotaro y recibió medio pastelito.

Tanta era la autoridad de Momotaro que los tres se hicieron buenos amigos y siguieron adelante de prisa, con él como jefe.

Anduvieron días y días sin descanso, hasta que por fin salieron a la orilla del mar del noreste. Hasta donde alcanzaba la vista no se veía nada, ni rastro de isla alguna. Lo único que rompía el silencio era el golpe de las olas en la playa.

El perro, el mono y el faisán habían hecho todo el camino con mucho valor, por valles largos y por cerros, pero nunca habían visto el mar, y por primera vez desde que salieron se quedaron desconcertados, mirándose unos a otros sin decir nada. ¿Cómo iban a cruzar toda esa agua para llegar a la isla de los ogros?

Momotaro se dio cuenta enseguida de que el mar los tenía acobardados y, para probarlos, les habló fuerte y de mal modo:

—¿Por qué se detienen? ¿Le tienen miedo al mar? ¡Ay, qué cobardes son! No puedo llevar conmigo a unas criaturas tan débiles a pelear con los ogros. Me va a ir mucho mejor solo. Quedan los tres despedidos ahora mismo.

Aquel regaño dejó helados a los tres animales, que se agarraron de su manga, rogándole que no los corriera.

—¡Por favor, Momotaro! —dijo el perro.

—¡Ya llegamos hasta aquí! —dijo el mono.

—¡Es una crueldad dejarnos aquí! —dijo el faisán.

—Al mar no le tenemos ni tantito miedo —dijo otra vez el mono.

—Llévanos contigo, por favor —dijo el faisán.

—Ándale, llévanos —dijo el perro.

Como ya habían recobrado un poco de valor, Momotaro les dijo:

—Está bien, los llevo conmigo. ¡Pero mucho cuidado!

Momotaro consiguió un barco chico y todos subieron a bordo. El viento y el tiempo les favorecieron, y el barco iba sobre el mar como una flecha. Era la primera vez que los tres andaban en el agua, así que al principio les dieron miedo las olas y el bamboleo de la embarcación, pero poco a poco se fueron acostumbrando y volvieron a estar contentos. Todos los días se paseaban por la cubierta buscando con los ojos la isla de los ogros.

El muchacho va en la proa de un barquito de vela, con un pie en la borda; atrás, el mono sostiene una espada, el perro mira al frente y el faisán descansa.

Cuando se cansaban de eso, se contaban unos a otros las hazañas de las que estaban orgullosos y luego jugaban juntos. A Momotaro le divertía mucho oírlos y verlos hacer sus travesuras, y así se le olvidaba que el camino era largo y que ya estaba cansado del viaje y de no hacer nada. Lo que él quería era ponerse a trabajar, es decir, acabar con los monstruos que tanto daño le habían hecho a su país.

Como el viento sopló a favor y no encontraron ninguna tormenta, el barco hizo un viaje rápido, y un día de mucho sol los cuatro, que no se despegaban de la proa, vieron por fin tierra.

Momotaro supo enseguida que aquello era la fortaleza de los ogros. Arriba de la costa, que caía a pico sobre el mar, había un castillo enorme que miraba hacia el agua. Ahora que ya tenía la pelea encima, se quedó pensativo, con la cabeza recargada en las manos, dándole vueltas a cómo empezar el ataque. Sus tres seguidores lo miraban, esperando órdenes. Al fin llamó al faisán.

—Es una gran ventaja para nosotros tenerte aquí —le dijo al pájaro—, porque tienes buenas alas. Vuela ahora mismo al castillo y reta a los ogros a pelear. Nosotros vamos detrás de ti.

El faisán obedeció al instante. Se echó a volar desde el barco batiendo las alas con gusto. Llegó pronto a la isla, se paró en medio del techo del castillo y desde ahí gritó con toda su fuerza:

—¡Óiganme bien, ogros todos! El gran general japonés Momotaro ha venido a pelear con ustedes y a quitarles su fortaleza. Si quieren salvar la vida, ríndanse ahora mismo, y en señal de sumisión tienen que romperse los cuernos que les crecen en la frente. Si no se rinden en este momento y deciden pelear, nosotros, el faisán, el perro y el mono, los vamos a matar a todos a mordidas y a picotazos.

Los ogros levantaron la vista y, al ver que se trataba nada más de un faisán, se soltaron riendo.

—¡Vaya, un faisán del monte! Es ridículo oír semejantes palabras de una cosa tan insignificante como tú. Espérate nomás a que te demos un golpe con una de nuestras barras de hierro.

Y sí que estaban furiosos. Sacudieron los cuernos y sus greñas rojas, y corrieron a ponerse los pantalones de piel de tigre para verse más terribles. Luego sacaron unas barras de hierro grandotas y se fueron adonde el faisán estaba parado sobre sus cabezas, para tumbarlo de ahí. El faisán se hacía a un lado para esquivar el golpe y luego les picoteaba la cabeza, primero a uno y después a otro. Les daba vueltas y más vueltas, batiendo el aire con las alas tan fuerte y sin descanso que los ogros empezaron a preguntarse si estaban peleando con un pájaro o con muchos.

Mientras tanto, Momotaro ya había arrimado el barco a tierra. Al acercarse vio que la costa era un despeñadero y que el castillo grande estaba rodeado de murallas altas y de portones de hierro, muy bien fortificado.

Momotaro desembarcó y, con la esperanza de encontrar alguna entrada, subió por el sendero hacia lo alto, seguido del mono y del perro. Al poco rato se toparon con dos muchachas hermosas que lavaban ropa en un arroyo. Momotaro vio que la ropa estaba manchada de sangre y que a las dos les rodaban las lágrimas por las mejillas mientras lavaban. Se detuvo y les habló:

—¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué lloran?

—Somos cautivas del rey de los ogros. Nos trajeron de nuestras casas a esta isla y, aunque somos hijas de grandes señores, aquí estamos obligadas a servirle. Un día nos va a matar —y las dos levantaron la ropa manchada de sangre— y nos va a comer, y no hay nadie que nos pueda ayudar.

Y de solo pensar en algo tan horrible se les soltó el llanto otra vez.

—Yo las voy a rescatar —dijo Momotaro—. No lloren más; nada más enséñenme por dónde puedo entrar al castillo.

Entonces las dos muchachas lo llevaron y le mostraron una puertecita en la parte más baja de la muralla del castillo, tan chiquita que Momotaro apenas pudo meterse arrastrándose.

El faisán, que todo ese tiempo había estado peleando duro, alcanzó a ver que Momotaro y su pequeña tropa entraban por atrás.

El faisán se lanza contra unos ogros que le tiran golpes con barras de hierro en el tejado; abajo, el perro y el mono se meten por una puertecita de madera.

La embestida de Momotaro fue tan furiosa que los ogros no pudieron sostenerse contra él. Al principio su enemigo había sido un solo pájaro, el faisán; ahora que también habían llegado Momotaro, el perro y el mono, los ogros se hicieron bolas, porque aquellos cuatro enemigos peleaban como cien, de tan fuertes que eran. Unos ogros cayeron desde el pretil del castillo y se hicieron pedazos contra las rocas de abajo; otros se fueron al mar y se ahogaron; a muchos los mataron a golpes los tres animales.

Al final quedó vivo nada más el rey de los ogros. Se decidió a rendirse, porque entendió que aquel enemigo era más fuerte que cualquier hombre.

Se acercó humildemente a Momotaro, tiró su barra de hierro y, arrodillado a los pies del vencedor, se rompió los cuernos de la cabeza en señal de sumisión, porque esos cuernos eran la marca de su fuerza y de su poder.

—Te tengo miedo —dijo con voz mansa—. No puedo contra ti. Te doy todo el tesoro escondido en este castillo si me perdonas la vida.

El jefe de los ogros, pelirrojo y de rodillas, agacha la cabeza ante el muchacho del abanico; entre ellos hay dos cuernos rotos y monedas de oro regadas.

Momotaro se rio.

—No es propio de ti, ogro grandote, andar pidiendo clemencia, ¿o sí? Por más que ruegues no le puedo perdonar la vida a alguien tan malvado como tú, porque has matado y atormentado a mucha gente y le has robado a nuestro país durante años.

Entonces Momotaro amarró al rey de los ogros y se lo entregó al mono para que lo cuidara. Hecho esto, recorrió todos los cuartos del castillo, liberó a los prisioneros y juntó todo el tesoro que encontró.

El perro y el faisán cargaron el botín hasta la casa, y así fue como Momotaro volvió triunfante a su tierra, llevándose preso al rey de los ogros.

Las dos pobres muchachas, hijas de grandes señores, y todos los demás que aquel ogro malvado se había llevado para hacerlos sus esclavos, regresaron sanos y salvos a sus casas y sus padres los recibieron de vuelta.

Todo el país hizo un héroe de Momotaro a su regreso, y la gente festejó verse libre por fin de los ogros ladrones que durante tanto tiempo habían sido el terror de aquella tierra.

La alegría de los dos viejitos fue más grande que nunca, y con el tesoro que Momotaro trajo a casa pudieron vivir en paz y sin que les faltara nada hasta el último de sus días.

Adaptado por Talerie, Fuente: Japanese Fairy Tales (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público