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De noche, en la sala de un castillo en ruinas, Juan sonríe en un banco junto al tajo con el cuchillo, y uno de dos gatos negros le tiende cartas ante la lumbre.

Juan sin miedo

Hermanos Grimm

12 min de lectura a partir de 7 años

Juan, el hijo menor de un campesino, no sabe lo que es miedo y quiere aprenderlo como un oficio. Ni el fantasma de la escalera ni siete ahorcados en una noche de viento logran asustarlo. Una posadera le habla de un castillo encantado: quien pase ahí tres noches ganará la mano de la princesa.


Había una vez un campesino que tenía dos hijos. El mayor era listo y trabajador, pero el menor, Juan, era tan torpe que no aprendía nada. Si había que ir de noche cerca del camposanto, el mayor contestaba: «Ay, no, papá, allá no voy. ¡Me da miedo!».

Cuando junto al fuego contaban historias de fantasmas, todos decían: «¡Qué miedo!». Juan, en su rincón, no sabía de qué hablaban.

«Siempre dicen «¡qué miedo!»», se decía. «Ha de ser algún oficio del que no entiendo ni jota».

Un día su padre le dijo:

—Oye, tú, que te la pasas en el rincón: ya estás grande y tienes que aprender algo para ganarte la vida.

—Con gusto, papá —contestó Juan—. Lo que más quisiera aprender es lo que es miedo.

El hermano mayor se echó a reír. «¡Qué tonto es mi hermano! Nunca va a ganarse el pan», pensó.

—Lo que es miedo ya lo aprenderás —dijo el padre con un suspiro—, pero con eso no vas a comer.

En una casa de campesinos, junto al fuego, Juan le habla con la mano abierta a su padre, cansado y canoso, mientras el hermano mayor se ríe apoyado en la mesa.

Poco después llegó de visita el sacristán, y el padre le contó que su hijo menor solo quería saber lo que es miedo.

—Si no es más que eso, yo se lo enseño —respondió el sacristán—. Mándemelo a mi casa.

Una noche, el sacristán mandó a Juan a tocar las campanas y salió detrás de él a escondidas. Cuando el muchacho iba a tomar la cuerda, el sacristán se paró en la escalera, frente a la puerta, envuelto en una sábana blanca.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Juan.

La figura no contestó ni se movió.

—¿Quién eres? —preguntó Juan por segunda vez—. Habla, o te aviento escaleras abajo.

De noche en la torre, Juan sujeta la cuerda de las campanas en la escalera y voltea hacia el sacristán, quieto ante una puerta y cubierto con una sábana blanca.

El sacristán siguió quieto como una estatua. Juan preguntó por tercera vez y, como nadie le respondió, empujó al fantasma, que rodó diez escalones hasta un rincón. Luego el muchacho tocó las campanas y se fue a dormir.

La mujer del sacristán, preocupada porque su marido no volvía, despertó a Juan.

—¿No sabes dónde está mi marido? Subió a la torre detrás de ti.

—No, señora. En la escalera había alguien que no quiso hablar ni irse, y lo aventé escaleras abajo. Si era él, lo siento mucho.

La mujer encontró a su marido quejándose en un rincón, con una pierna rota, y fue corriendo a ver al padre de Juan.

—¡Señor, su hijo aventó a mi marido por la escalera y le rompió una pierna!

El padre fue a regañar a Juan.

—No tengo la culpa, papá. Estaba ahí parado como un alma en pena, y tres veces le dije que hablara o se fuera.

—No me das más que disgustos —dijo el padre—. Toma cinco monedas de plata y vete, y no le digas a nadie de dónde eres ni quién es tu padre, porque me da vergüenza.

—Como tú digas, papá. Me voy a aprender lo que es miedo, y así tendré un oficio.

Al amanecer, Juan salió al camino real con las cinco monedas en el bolsillo, repitiendo una y otra vez:

—¿Quién me enseña lo que es miedo?

Un hombre lo oyó y, al llegar a un lugar desde donde se veía una horca con siete ahorcados, le dijo:

—Siéntate debajo de esos siete, espera a que caiga la noche y vas a saber lo que es miedo.

—Si lo aprendo, le doy mis cinco monedas —dijo Juan—. Venga a verme mañana temprano.

Juan se sentó bajo la horca y prendió una fogata. A medianoche soplaba un viento helado que mecía a los ahorcados y los hacía chocar unos con otros. «Si yo tengo frío junto a la lumbre, ¡cuánto tendrán ellos allá arriba!», pensó, y como tenía buen corazón, los descolgó y sentó a los siete alrededor del fuego.

En lo alto de un cerro, bajo la luna llena, Juan se calienta las manos en una fogata y mira hacia arriba a los siete ahorcados que cuelgan de la horca.

Pero ellos seguían quietos, sin arrimarse a la lumbre, y no se calentaban.

—Arrímense a la lumbre, o los vuelvo a colgar.

Los muertos no oían, y Juan se enojó.

—Pues si no quieren hacerme caso, ya no se calientan.

Los colgó otra vez y se durmió junto al fuego. En la mañana llegó el hombre por sus monedas.

—¿Ya sabes lo que es miedo?

—No. Esos de allá arriba son tan tontos que ni siquiera quieren calentarse.

El hombre vio que no iba a sacar nada y se fue. Juan siguió su camino.

—¿Quién me enseña lo que es miedo?

Un carretero le preguntó quién era y de dónde venía, pero Juan no se lo quiso decir.

—Lo único que quiero, señor, es que alguien me enseñe lo que es miedo.

—Déjate de tonterías y vente conmigo —dijo el carretero.

En la noche llegaron a una posada. Apenas cruzó la puerta, Juan dijo en voz alta:

—¿Quién me enseña lo que es miedo?

El posadero se rio y le dijo que ahí sí iba a tener su oportunidad.

—¡Cállate! —le dijo la posadera a su marido—. Muchos atrevidos ya perdieron la vida, y sería una lástima que esos ojos tan bonitos no volvieran a ver la luz.

—Por difícil que sea, quiero aprenderlo —contestó Juan.

Tanto insistió que la posadera le habló de un castillo encantado que había cerca. Quien pasara en él tres noches se casaría con la hija del rey, la muchacha más hermosa que había visto el sol, y ganaría los tesoros que guardaban los espíritus malignos.

A la mañana siguiente Juan le pidió al rey permiso para pasar tres noches en el castillo. Al rey le cayó bien el muchacho.

—Puedes llevarte tres cosas, con tal de que no tengan vida.

—Entonces, Majestad, deme leña para el fuego, un torno y una tabla de picar con su cuchillo.

Al anochecer Juan prendió un buen fuego en una sala del castillo, puso a un lado la tabla con el cuchillo y el torno, y se sentó en un banco junto a la lumbre.

—¿Quién me enseña lo que es miedo? Pero aquí tampoco lo voy a aprender.

A medianoche oyó una voz en un rincón:

—¡Miau, miau! ¡Qué frío tenemos!

—¡Qué bobos! Si tienen frío, vengan a la lumbre.

Dos enormes gatos negros se sentaron a su lado y lo miraron con ojos de fuego. Ya calentitos, le dijeron:

—Compañero, ¿jugamos a las cartas?

—¿Por qué no? Pero antes enséñenme las patas. ¡Uy, qué uñas tan largas tienen! Esperen, primero se las corto.

Los subió a la tabla y les sujetó bien las patas.

—Ya les vi las uñas, y se me quitaron las ganas de jugar.

Entonces mató a los dos gatos y los aventó al agua.

Apenas se había vuelto a sentar cuando de todos los rincones salieron gatos y perros negros con cadenas de fuego, tantos que no se podían contar. Aullaban y querían arañarlo, hasta que Juan se hartó y tomó el cuchillo.

—¡Lárguense, sinvergüenzas!

Unos huyeron; a los demás los mató con el cuchillo y los echó al estanque.

Como tenía sueño, se acostó en una cama muy bonita que había en un rincón. Pero la cama empezó a moverse sola y salió corriendo por pasillos y escaleras como si la jalaran seis caballos.

—¡Así me gusta! —dijo Juan—. ¡Más rápido!

Juan, recostado en las almohadas, ríe y saluda desde una cama de madera tallada que corre sin tocar el suelo por un pasillo del castillo con antorchas.

De pronto, ¡pum!, la cama se volteó y le cayó encima como una montaña. Juan echó a un lado cobijas y almohadas y se levantó.

—Ahora que pasee quien quiera.

Durmió junto al fuego hasta la mañana, y el rey, al verlo tendido en el suelo, creyó que estaba muerto.

—¡Qué lástima! ¡Un muchacho tan guapo!

—Todavía no hay por qué tenerme lástima —dijo Juan, y se levantó—. Una noche ya pasó, Majestad; las otras dos también pasarán.

En la posada, el posadero le preguntó si ya sabía lo que es miedo, y Juan le dijo que no.

La segunda noche volvió al castillo, se sentó junto al fuego y empezó con su cantaleta de siempre:

—¿Quién me enseña lo que es miedo?

Cerca de la medianoche se oyeron golpes cada vez más fuertes, y por la chimenea cayó medio hombre.

—¡Oye! Aquí falta la otra mitad.

Con un estruendo como de trueno cayó la otra mitad. Mientras Juan avivaba el fuego, las dos mitades se juntaron, y un hombre espantoso le ganó el banco.

—Eso no se vale. El banco es mío.

Juan lo quitó del banco de un jalón y volvió a sentarse. Luego cayeron por la chimenea otros hombres, uno tras otro, con nueve huesos y dos calaveras, y se pusieron a jugar a los bolos.

—¿Puedo jugar con ustedes?

—Sí, si traes dinero.

—Dinero tengo, pero esas calaveras no están bien redondas.

Redondeó una calavera en el torno y se puso a jugar. Cuando dieron las doce todo desapareció, y Juan se durmió muy tranquilo. En la mañana el rey le preguntó cómo le había ido.

En una sala en ruinas, Juan, de rodillas, pone la mano sobre una calavera ante nueve huesos parados como bolos; tres hombres pálidos y transparentes lo miran.

—Jugué a los bolos y perdí un par de monedas.

—¿Y no tuviste miedo?

—¡Para nada! Me divertí mucho. ¡Ojalá supiera lo que es miedo!

La tercera noche Juan se sentó de mal humor en su banco.

—¿Quién me enseña lo que es miedo?

Ya tarde entraron seis hombres altísimos cargando un ataúd.

—¡Ah! Seguro es mi primo, que se murió hace unos días. ¡Ven, primito, ven!

Juan levantó la tapa: adentro había un muerto, con la cara fría como el hielo.

—Espera, te voy a calentar un poco.

Se calentó la mano en el fuego, se la puso al muerto en la cara y le frotó los brazos; como nada servía, lo llevó a la cama y se acostó a su lado. Al poco rato el muerto entró en calor y empezó a moverse.

—¿Ves, primito? Ya te calenté.

Pero el muerto se levantó y dijo:

—Ahora te voy a estrangular.

—¿Así me das las gracias? ¡Ahorita mismo vuelves a tu caja!

Lo metió en el ataúd y cerró la tapa. Entonces volvieron los seis hombres y se lo llevaron.

Después entró un viejo enorme, de aspecto terrible y con una larga barba blanca.

—¡Bribón! Pronto vas a saber lo que es miedo, porque vas a morir.

—No tan rápido —contestó Juan—. Yo soy tan fuerte como tú, y hasta más.

—Eso lo vamos a ver.

El viejo lo llevó por un pasillo oscuro hasta una herrería y, de un hachazo, hundió un yunque en el suelo.

—Yo lo hago mejor —dijo Juan, y fue hacia otro yunque.

El viejo se acercó a mirar, con la barba colgando sobre el yunque. Juan partió el yunque de un hachazo y le dejó la barba atrapada en la grieta.

En una herrería, un viejo enorme y calvo jala su larga barba blanca, atrapada en la grieta del yunque partido; Juan, mucho más bajo, tiene una barra de hierro.

—Ya te tengo. Ahora el que se muere eres tú.

Tomó una barra de hierro y le pegó al viejo hasta que este le suplicó que lo soltara a cambio de grandes riquezas. Ya libre, el viejo lo llevó a un sótano donde había tres cofres llenos de oro.

—Uno es para los pobres, otro para el rey y el tercero para ti.

En eso dieron las doce y el espíritu desapareció. Juan volvió a tientas a su cuarto y se durmió junto al fuego.

—¿Ahora sí ya sabes lo que es miedo? —le preguntó el rey en la mañana.

—No, Majestad. Estuvo aquí mi primo muerto, y un viejo barbudo me enseñó mucho dinero, pero nadie me enseñó lo que es miedo.

—Desencantaste el castillo —dijo el rey—, y te vas a casar con mi hija.

—Todo eso está muy bien, pero todavía no sé lo que es miedo.

Celebraron la boda, y el joven rey Juan vivía muy feliz con su esposa, pero no dejaba de decir:

—¿Quién me enseña lo que es miedo?

Tanto lo repetía que la princesa acabó por cansarse, y les dijo a sus doncellas:

—Yo le voy a enseñar lo que es miedo.

Mandó traer del arroyo del jardín una cubeta de agua llena de pececitos. Esa noche, mientras el joven rey dormía, ella levantó las cobijas y le vació encima la cubeta, y los pececitos brincaban sobre él y lo salpicaban de agua fría.

En una recámara a la luz de la luna, la princesa levanta la cobija y vacía sobre la cama una cubeta de agua llena de pececitos mientras Juan duerme.

Juan despertó de un salto.

—¡Ay, qué miedo! ¡Qué miedo, mujer! ¡Ahora sí sé lo que es miedo!

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Adaptado por Talerie, fuente: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm (se abre en una ventana nueva) Dominio público