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Bajo la luna llena, el joven pescador se inclina desde su barca hacia la sirenita de larguísimo cabello dorado y cola plateada; atrás, delfines y gaviotas.

El pescador y su alma

Oscar Wilde

15 min de lecturaa partir de 9 años

Un joven pescador se enamora de una sirenita y, para vivir con ella, recorta su sombra con el cuchillito de una bruja y echa a su Alma. Cuando el mar trae el cuerpo sin vida de la sirenita, el pescador muere abrazado a ella, y unas flores blancas del Campo de los Bataneros hacen que el sacerdote bendiga el mar.


Todas las tardes, el joven pescador salía al mar y echaba las redes al agua. Una tarde la red pesaba tanto que apenas pudo subirla a la barca, y no traía ni un pez: adentro, profundamente dormida, había una sirenita. Tenía el cabello como oro mojado, el cuerpo blanco como el marfil y una cola de plata y perla.

En mar abierto, al anochecer, el joven pescador jala la red desde su barca, asombrado: adentro duerme la sirenita, con el cabello dorado y la cola de plata.

Era tan hermosa que el pescador la tomó en brazos. Ella despertó con un grito de gaviota asustada, lo miró con sus ojos color amatista y quiso escaparse, pero él no la soltó.

—Te lo ruego, déjame ir. Soy la única hija de un rey, y mi padre es viejo y está solo.

—Te soltaré si me prometes que, cada vez que te llame, vendrás a cantarme —contestó el pescador—. A los peces les encanta el canto de la gente del mar, y así mis redes estarán siempre llenas.

La sirenita le hizo el juramento de la gente del mar, y él la dejó hundirse en el agua.

Desde entonces, cada tarde él la llamaba, y ella salía del agua y le cantaba sobre los tritones de barbas verdes y el palacio de ámbar del rey del mar. Los atunes subían del fondo para oírla, y las redes se llenaban. Pero ella nunca se dejaba tocar. A él su voz le parecía cada día más dulce, tan dulce que se olvidaba de las redes y se quedaba en la barca escuchándola hasta que lo envolvía la niebla.

Una tarde la llamó y le dijo:

—Sirenita, sirenita, te quiero. Acéptame por esposo.

—Tú tienes un alma humana —contestó ella, negando con la cabeza—. Solo si te deshicieras de tu alma podría quererte.

«¿Y de qué me sirve mi alma?», se dijo el pescador. «No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco». Le prometió a la sirenita que se desharía de su alma, pero cuando le preguntó cómo hacerlo, ella suspiró:

—¡Ay, no lo sé! La gente del mar no tiene alma.

A la mañana siguiente, el pescador fue a casa del sacerdote y tocó tres veces a la puerta. Un novicio le abrió y le dijo:

—Pase.

El pescador se arrodilló y le dijo al sacerdote:

—Padre, me enamoré de una sirena, y mi alma me estorba. Dígame cómo deshacerme de ella. ¿De qué me sirve mi alma? No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco.

—¡Hijo mío, estás loco! —exclamó el sacerdote—. El alma vale más que todo el oro del mundo. Y la gente del mar está perdida, como las bestias del campo. ¡Malditos sean los que cantan en el mar, y quienes tratan con ellos! ¡Fuera de aquí!

El sacerdote, canoso y de sotana negra, alza la mano en la puerta de su casa de piedra; el pescador, descalzo, se arrodilla ante él con la gorra en la mano.

Y lo echó de su casa sin darle la bendición.

En la plaza del mercado, el pescador les ofreció su alma a los mercaderes:

—Cómprenmela, que ya me cansé de ella. ¿De qué me sirve mi alma? No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco.

Pero ellos se burlaron de él: el alma de un hombre no valía ni media moneda de plata. «Qué extraño», pensó el pescador. «El sacerdote dice que vale todo el oro del mundo, y ellos, que no vale nada».

Entonces se acordó de una joven bruja que vivía en una cueva al fondo de la bahía, y corrió a buscarla. Ella lo esperaba a la entrada, con el cabello rojo suelto.

—¿Qué te falta? ¿Qué te falta? ¿Peces para tu red? Tengo una flauta de carrizo que los llama, pero tiene un precio, muchacho lindo. ¿Qué te falta? ¿Qué te falta? ¿Una tormenta que hunda los barcos? Sirvo a uno que es más fuerte que el viento, pero tiene un precio, muchacho lindo. ¿Qué te falta? ¿Qué te falta? Conozco una flor que hará que la reina te siga por todo el mundo, pero tiene un precio, muchacho lindo. ¿Qué te falta? ¿Qué te falta? Puedo bajar la luna del cielo. ¿Qué te falta? ¿Qué te falta? Dime qué deseas y te lo daré, pero tiene un precio, muchacho lindo.

—Quiero deshacerme de mi alma —dijo el pescador—. No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco.

La bruja se puso pálida. Él le ofreció su oro, sus redes y su barca, pero ella se rio y le dijo que Aquel a quien servía era más rico que todos los reyes.

—Tienes que bailar conmigo, muchacho lindo —le dijo—. Esta noche, en la cima de la montaña. Es noche de aquelarre, y Él va a estar ahí.

La bruja le juró por las pezuñas del macho cabrío que después le diría el secreto, y el pescador se fue feliz. Ella apretó los puños de rabia.

—Tendría que haber sido mío —murmuró—. Soy tan hermosa como ella.

Esa noche las brujas llegaron volando como murciélagos. La joven bruja tomó al pescador de la mano y bailaron cada vez más rápido, hasta que él vio, a la sombra de una roca, a un hombre vestido de terciopelo negro que no le quitaba los ojos de encima. Todos los que bailaban fueron a arrodillarse ante él y a besarle las manos.

En la cima de la montaña, bajo la luna, el pescador descalzo baila con la bruja pelirroja, de vestido dorado y gorrito verde; otras brujas bailan en rueda.

—Ven, vamos a adorarlo —le susurró la bruja.

El pescador la siguió, pero al acercarse, sin saber por qué, se hizo la señal de la cruz y pronunció el santo nombre. Las brujas huyeron chillando como halcones, y el hombre vestido de terciopelo negro montó en su caballo y se alejó, mirando al pescador con tristeza.

La bruja también quiso escapar, pero el pescador la agarró de las muñecas.

—Si no cumples tu promesa, te mato por bruja mentirosa.

Entonces ella, llorando, le dio un cuchillito con mango de piel verde de víbora.

—Lo que los hombres llaman sombra no es la sombra del cuerpo, sino el cuerpo del alma —le dijo—. Párate en la orilla, de espaldas a la luna, recorta la sombra alrededor de tus pies, y tu alma se irá.

En la playa, el pescador se paró de espaldas a la luna, con la sombra tendida frente a él. Entonces su Alma le habló desde adentro:

—Si de verdad tienes que echarme, no me mandes sin corazón. El mundo es cruel, y tengo miedo.

—Si te doy mi corazón, ¿con qué voy a querer a mi amada? Mi corazón es de ella. ¡Vete, que no te necesito!

Y con el cuchillito recortó la sombra alrededor de sus pies. La sombra se levantó y se paró frente a él, idéntica a él.

De noche, en la playa, el pescador mira a su Alma, idéntica a él pero gris y pálida, con los mismos rizos y la misma ropa; atrás, una capilla iluminada.

—Una vez al año vendré a este lugar y te llamaré —le dijo el Alma—. Tal vez me necesites.

El pescador se lanzó al agua, y la sirenita subió a su encuentro y lo besó. El Alma se fue llorando por los pantanos.

Al cabo de un año, el Alma bajó a la orilla del mar y llamó al joven pescador. Él salió del fondo y le dijo:

—¿Por qué me llamas?

—Acércate, que quiero hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.

Él se acercó y escuchó.

El Alma le contó que había viajado hacia el Oriente con una caravana, cuyo jefe le enseñó las cabezas de cinco enemigos clavadas en cañas. En un templo de la ciudad de Illel, ella le exigió a un sacerdote que le mostrara a su dios. Le tocó la mano, y la mano se le secó; le tocó los ojos, y el sacerdote quedó ciego; y las dos veces lo sanó con su aliento. Al fin, el sacerdote le mostró el Espejo de la Sabiduría, que lo refleja todo menos la cara de quien se mira en él.

—Lo escondí a un día de camino de aquí —dijo el Alma—. Déjame entrar otra vez en ti, y serás el más sabio de los hombres.

Pero el pescador se rio:

—El amor es mejor que la sabiduría, y la sirenita me quiere.

—No hay nada mejor que la sabiduría.

—El amor es mejor —contestó el joven pescador, y se zambulló en lo hondo.

Y el Alma se fue llorando por los pantanos.

Al cabo del segundo año, el Alma bajó a la orilla del mar y llamó al joven pescador. Él salió del fondo y le dijo:

—¿Por qué me llamas?

—Acércate, que quiero hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.

Él se acercó y escuchó.

Esta vez el Alma había ido hacia el Sur, a la ciudad de Ashter. Allí no quiso inclinarse ante el joven emperador, y este mandó a su esclavo que la atacara con una espada, pero la hoja la atravesó sin hacerle daño. Entonces, para que el esclavo no contara lo que había visto, el emperador lo mató. Asustado, le ofreció al Alma la mitad de su tesoro con tal de que se fuera, pero ella solo quiso el anillo de plomo que él llevaba en el dedo.

—Lo escondí a un día de camino de aquí —dijo el Alma—. Es el Anillo de la Riqueza, y quien lo tiene es más rico que todos los reyes. Ven a buscarlo.

Pero el pescador se rio:

—El amor es mejor que la riqueza, y la sirenita me quiere.

—No hay nada mejor que la riqueza.

—El amor es mejor —contestó el joven pescador, y se zambulló en lo hondo.

Y el Alma se fue llorando por los pantanos.

Al cabo del tercer año, el Alma bajó a la orilla del mar y llamó al joven pescador. Él salió del fondo y le dijo:

—¿Por qué me llamas?

—Acércate, que quiero hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.

Él se acercó y escuchó.

—En una posada junto a un río vi bailar a una muchacha con la cara cubierta por un velo —le dijo el Alma—. Iba descalza, y sus pies blancos se movían como dos palomas. Nunca vi nada tan maravilloso. Y esa ciudad está a un día de camino de aquí.

Entonces el pescador se acordó de que la sirenita no tenía pies y no podía bailar. «Es solo un día de camino», pensó, «y luego vuelvo con mi amada». Salió del agua riendo y le tendió los brazos a su Alma, y ella corrió a su encuentro con un grito de alegría y entró en él.

Al anochecer, el pescador sale del agua sonriendo con los brazos abiertos, y su Alma, pálida e idéntica a él, corre descalza por la arena a su encuentro.

Al atardecer llegaron a una ciudad.

—¿Es esta la ciudad donde baila la muchacha? —preguntó el pescador.

—No es esta, es otra —contestó su Alma—. Pero entremos.

Allí su Alma le mandó robar una copa de plata, y él la robó. Ya fuera de la ciudad, el pescador aventó la copa y le preguntó a su Alma por qué lo había obligado a hacer aquel mal.

—Ten paz, ten paz —contestó su Alma.

Al día siguiente llegaron a otra ciudad.

—¿Es esta la ciudad donde baila la muchacha? —preguntó el pescador.

—No es esta, es otra —contestó su Alma—. Pero entremos.

Allí su Alma le mandó pegarle a un niño, y el pescador le pegó hasta hacerlo llorar. Ya fuera de la ciudad, le reclamó a su Alma aquella maldad.

—Ten paz, ten paz —contestó su Alma.

Al tercer día llegaron a otra ciudad.

—¿Es esta la ciudad donde baila la muchacha? —preguntó el pescador.

—Tal vez sea esta —contestó su Alma—. Entremos.

Pero no encontraron la posada. Un mercader bondadoso le dio al pescador de cenar y un cuarto donde dormir, y antes del amanecer su Alma lo despertó y le mandó matar al mercader y robarle el oro. Cuando el pescador entró al cuarto del mercader, este despertó y le reprochó que le pagara el bien con el mal.

—Pégale —ordenó su Alma.

El pescador lo golpeó hasta dejarlo sin sentido, se llevó nueve bolsas de oro y huyó.

—¿Por qué me mandaste matar a ese hombre? —le gritó a su Alma cuando estuvieron lejos—. Eres mala.

—Ten paz, ten paz —contestó su Alma.

—¡No puedo tener paz! Odio todo lo que me hiciste hacer, y a ti también te odio.

—Cuando me mandaste al mundo, no me diste corazón —le contestó ella—, y así aprendí a hacer todas estas cosas y a quererlas.

El pescador aventó las bolsas de oro. Se puso de espaldas a la luna y, con el cuchillito con mango de piel verde de víbora, quiso recortar otra vez su sombra. Pero su Alma no se movió.

—Eso ya no sirve —le dijo—. Un hombre puede deshacerse de su alma una sola vez en la vida, y quien la recibe de vuelta tiene que quedarse con ella para siempre.

—¡La bruja no me lo dijo!

—Porque le fue fiel a Él, a quien sirve.

Entonces el pescador se tiró al suelo y lloró amargamente.

Al amanecer se ató las manos para no obedecer a su Alma, se selló los labios para no repetir las palabras de ella y volvió a la pequeña bahía. En la orilla se desató las manos y llamó a la sirenita, pero ella no vino.

Se hizo una choza de varas en una grieta de la roca y se quedó a vivir allí. Cada mañana llamaba a la sirenita, cada mediodía volvía a llamarla y en la noche decía su nombre. Pero ella nunca salió del mar a su encuentro. Un año su Alma lo tentó con el mal, y otro año con el bien, pero no pudo vencerlo, tan grande era su amor.

Al fin, una noche, su Alma le dijo:

—Te tenté con el mal y te tenté con el bien, y tu amor es más fuerte que yo. Déjame entrar en tu corazón, para que volvamos a ser uno.

—Claro que puedes entrar —contestó el pescador—, porque sin corazón has de haber sufrido mucho.

—¡Ay! No encuentro por dónde entrar —se lamentó su Alma—. Hay tanto amor alrededor de tu corazón.

En ese momento llegó del mar un gran lamento, como el que se oye cuando muere alguien de la gente del mar. El pescador corrió a la playa, y las olas negras dejaron a sus pies el cuerpo sin vida de la sirenita. Llorando, se tiró a su lado, la abrazó y le besó los labios fríos.

De noche, en la orilla, el pescador se arrodilla con la cabeza baja junto a la sirenita de cabello dorado, que yace inmóvil en la arena con los ojos cerrados.

El mar se acercaba cada vez más.

—Huye —le suplicó su Alma—, o el mar te va a matar.

Pero él no la escuchó, y le dijo a la sirenita:

—El amor es mejor que la sabiduría, más precioso que la riqueza y más hermoso que los pies de las hijas de los hombres. Hice mal en dejarte, pero tu amor nunca me dejó. Y ahora que estás muerta, me moriré contigo.

Las olas llegaron hasta él. Besó una vez más los labios fríos de la sirenita, y de tanto amor el corazón se le rompió. Por esa grieta el Alma encontró por dónde entrar, y volvió a ser uno con él, como antes. Y el mar cubrió al joven pescador con sus olas.

A la mañana siguiente, el sacerdote bajó a la orilla a bendecir el mar y encontró al pescador ahogado, abrazado al cuerpo de la sirenita. Se persignó y gritó:

—No bendeciré el mar. ¡Maldita sea la gente del mar, y malditos los que tratan con ella! Entiérrenlos en un rincón del Campo de los Bataneros, sin marca ni señal, para que nadie sepa dónde descansan.

Y así lo hicieron.

Tres años después, en un día de fiesta, el sacerdote subió a la capilla para hablarle al pueblo de la ira de Dios. Pero el altar estaba cubierto de unas flores blancas que nadie había visto nunca, y su belleza lo turbó tanto que, sin saber por qué, habló del Dios cuyo nombre es Amor. La gente lloró, y él también.

En una capilla de piedra, el sacerdote canoso, vestido de blanco y con una lágrima en la mejilla, alza las manos ante el altar cubierto de flores blancas.

—¿De dónde salieron esas flores? —les preguntó después a los diáconos.

—No sabemos qué flores son, padre, pero vienen del rincón del Campo de los Bataneros.

El sacerdote tembló. Al amanecer bajó a la orilla y bendijo el mar y a todas las criaturas que viven en él; bendijo también a los faunos del bosque y todas las cosas del mundo de Dios.

Pero en aquel rincón del Campo de los Bataneros nunca volvió a crecer ninguna flor. Y la gente del mar ya no volvió a la bahía: se fue a otra parte del mar.

Adaptado por Talerie, fuente: A House of Pomegranates (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público