
Aladino y la lámpara maravillosa
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Aladino, hijo flojo de un sastre pobre, conoce en la plaza a un extranjero que dice ser su tío. Es un mago llegado de África y lo lleva a un valle entre dos montañas, donde la tierra se abre y deja ver una piedra con una argolla de bronce. Solo Aladino puede bajar por la lámpara que el mago busca.
Había una vez, en la capital de un reino de China, un sastre pobre llamado Mustafá, que tenía un solo hijo, Aladino. El muchacho era flojo y desobediente, y se pasaba el día jugando en la calle. Al sastre le dolió tanto que se enfermó y murió. Su viuda se puso a hilar algodón para comprar el pan, y Aladino siguió de vago hasta los quince años.
Un día se le acercó en la plaza un extranjero. Era un mago llegado de África.
—Hijo, ¿tu padre no era Mustafá, el sastre? —preguntó.
—Sí, señor, pero ya murió.
—¡Ay, sobrino, soy tu tío!
Lo abrazó llorando, le dio dinero y esa noche fue a cenar a la casa cargado de vino y de fruta. Le contó a la viuda que llevaba cuarenta años fuera y prometió ponerle a Aladino una tienda de telas finas. Ella, conmovida, ya no dudó de que fuera su cuñado, y al día siguiente el mago le compró al muchacho ropa de rico.
El viernes se lo llevó a pasear, y caminaron hasta un valle estrecho entre dos montañas. El mago encendió una fogata, echó al fuego un perfume y dijo unas palabras mágicas. La tierra tembló y se abrió, y apareció una piedra con una argolla de bronce. Aladino quiso huir, pero el mago le dio una bofetada que lo tiró al suelo. Luego le habló con dulzura: debajo había un tesoro para él, y solo él podía levantar la piedra.

Como el mago ordenó, Aladino dijo los nombres de su padre y su abuelo, jaló la argolla y la piedra se alzó.
—Abajo hay tres salas llenas de oro —le dijo el mago—. No toques nada, ni las paredes, o morirás. Cruza el jardín, sube a la terraza y tráeme la lámpara encendida del nicho. De los árboles puedes cortar la fruta que quieras.
Le puso en el dedo su propio anillo, para protegerlo, y Aladino bajó. Atravesó las salas con cuidado, apagó la lámpara y se la guardó en la camisa. En el jardín, los árboles daban frutas de todos los colores. Eran perlas, rubíes, esmeraldas y diamantes, pero él creyó que eran vidrios. Aun así le gustaron tanto que se llenó los bolsillos, dos bolsas y el fajín.
—Tío, dame la mano para subir —pidió al llegar a la boca de la cueva.
—Primero dame la lámpara.
—Te la doy en cuanto salga.
El mago insistió, y Aladino se negó una y otra vez. Furioso, el mago echó más perfume al fuego, dijo dos palabras, y la piedra volvió a su lugar, con Aladino encerrado bajo tierra.
Aquel hombre no era tío de nadie. Con la arena de la geomancia había descubierto que bajo esa tierra de China había una lámpara que lo haría más poderoso que cualquier rey. Pero no podía tomarla él mismo: otro tenía que sacarla y ponérsela en las manos. Por eso había buscado a un muchacho de la calle. Rabioso, se volvió ese mismo día a África.
Aladino pasó dos días a oscuras, sin comer ni beber. Al tercero, seguro de que iba a morir, juntó las manos y rezó:
—¡No hay fuerza ni poder sino en Dios, el Altísimo, el Grande!
Al juntarlas frotó sin querer el anillo, y del suelo se levantó un genio enorme, de mirada espantosa, que le dijo:
¿Qué quieres? Aquí me tienes, listo para obedecer: soy esclavo de quien tiene el anillo en su poder.

—Sácame de aquí —contestó Aladino.
Al instante ya estaba afuera. Volvió a casa arrastrando los pies, comió y le contó todo a su madre. Le enseñó la lámpara y las frutas de colores, que no les parecieron gran cosa.
A la mañana siguiente no había nada que comer, y Aladino decidió vender la lámpara.
—Está muy sucia —dijo su madre—. Si la limpio, darán algo más por ella.
Apenas empezó a frotarla con arena, apareció un genio horrible y gigantesco que le dijo con voz de trueno:
¿Qué quieres? Aquí me tienes, listo para obedecer: soy esclavo de quien tiene la lámpara en su poder.

La madre cayó desmayada. Aladino tomó la lámpara y le dijo al genio:
—Tengo hambre. Tráeme de comer.
El genio volvió con doce platos de plata llenos de manjares. Cuando la madre despertó, comieron hasta hartarse. Ella le rogó que se deshiciera de la lámpara, porque los genios le daban pánico, pero Aladino se negó: por algo su falso tío la quería tanto.
Cuando se acabó la comida, Aladino fue vendiendo los platos uno por uno a un comerciante tramposo, por una sola moneda de oro cada uno. Al quedarse sin el último, frotó la lámpara, y el genio volvió a aparecer:
¿Qué quieres? Aquí me tienes, listo para obedecer: soy esclavo de quien tiene la lámpara en su poder.
El genio le trajo otra comida. Esta vez, camino del comerciante, un orfebre muy viejo y honrado detuvo a Aladino, pesó uno de los platos y le pagó setenta y dos monedas, su precio justo. Así vivieron madre e hijo varios años, sin lujos. Aladino pasaba el tiempo en las tiendas de los grandes mercaderes y aprendía sus modales, y en las de los joyeros fue descubriendo que sus vidrios eran piedras preciosas, más bellas que todas las suyas. No se lo dijo a nadie.
Un día se dio la orden de que todos se encerraran en sus casas mientras la princesa Badrulbudur, hija del sultán, iba a los baños. Aladino se escondió tras la puerta de los baños y la vio quitarse el velo. Hasta entonces solo le había visto la cara a su madre, que era vieja y nunca había sido bonita, y aquella muchacha de ojos grandes y mirada dulce lo dejó deslumbrado.
Aladino le rogó a su madre que fuera a pedirle al sultán la mano de la princesa. Ella se rio de él: era hijo de un sastre, y nadie se presentaba ante el sultán sin un regalo. Entonces Aladino acomodó sus piedras por colores en un platón de porcelana, y brillaban tanto que su madre se quedó sin habla. Por amor a su hijo, al final aceptó.
Fue al palacio y se paró frente al trono un día de consejo tras otro, hasta que el sultán se fijó en ella y la mandó acercarse. La madre se postró, pidió perdón por su atrevimiento y destapó el platón.
—¡Qué riqueza! —exclamó el sultán—. ¿No es un regalo digno de mi hija, visir?

El gran visir quería a la princesa para su hijo, y le pidió al oído tres meses para buscar un regalo mejor. El sultán aceptó y le prometió a la madre la boda para dentro de tres meses.
Pero a los dos meses la madre encontró la ciudad de fiesta: esa noche el hijo del gran visir se casaba con la princesa. Aladino se encerró en su cuarto y frotó la lámpara.
¿Qué quieres? Aquí me tienes, listo para obedecer: soy esclavo de quien tiene la lámpara en su poder.
—El sultán no cumplió su palabra —dijo Aladino—. En cuanto los novios se acuesten, tráemelos con todo y cama.
A medianoche la cama apareció en su cuarto. El genio encerró al novio en camisón en el excusado, tieso y temblando de frío. La princesa estaba muda de susto. Aladino le prometió que nunca le faltaría al respeto y se acostó de espaldas a ella, con un sable entre los dos. Al amanecer el genio devolvió la cama al palacio.
La segunda noche pasó lo mismo. Al otro día el sultán, harto del silencio de su hija, la amenazó con el sable, y ella le contó todo llorando. El hijo del gran visir confesó que había pasado dos noches congelándose de pie en un cuarto estrecho, sin poder moverse, y pidió que anularan la boda. Así se hizo, y nadie sospechó de Aladino.
Pasados los tres meses, la madre volvió al palacio. El gran visir aconsejó pedir un precio imposible, y el sultán dijo:
—Dile a tu hijo que tendrá a mi hija cuando me mande cuarenta charolas de oro macizo llenas de joyas, cargadas por cuarenta esclavos negros, con cuarenta esclavos blancos al frente, todos vestidos con lujo.
La madre volvió a casa riéndose. Pero Aladino llamó al genio, y al poco rato salían de la casa, de dos en dos, los ochenta esclavos, mientras la ciudad entera se amontonaba para verlos. Ante el trono destaparon las charolas, que brillaban como el sol, y el sultán mandó decir que esperaba a su yerno con los brazos abiertos.
Aladino le pidió al genio un traje de rey, un caballo magnífico, cuarenta esclavos y diez mil monedas de oro, y fue al palacio echando oro a la gente. El sultán bajó del trono a abrazarlo y mandó escribir el contrato de matrimonio.
Esa noche, frente al palacio del sultán, el genio construyó otro mucho más rico. En lo alto tenía una sala con cúpula y veinticuatro ventanas, con celosías cubiertas de piedras preciosas, todas menos una, que Aladino mandó dejar sin terminar. De un palacio al otro corría una alfombra de terciopelo. Por ella cruzó la princesa la noche de la boda, y al ver a Aladino quedó tan prendada que obedeció a su padre con gusto.
Al día siguiente el sultán vio la ventana sin acabar, y Aladino le dijo que la había dejado así para que él tuviera la gloria de terminarla. Los joyeros del reino trabajaron más de un mes, gastaron todas las joyas del tesoro real y no cubrieron ni la mitad. Entonces Aladino frotó la lámpara, y en un momento el genio dejó la ventana igual a las demás.

Pasaron los años, y el pueblo quería al generoso y valiente Aladino más que al propio sultán. Un día, en África, el mago extendió su arena para saber cómo había muerto el muchacho, y descubrió que estaba vivo, rico y casado con una princesa. Rojo de rabia, cabalgó hasta China.
Allí supo que Aladino se había ido ocho días de cacería. Compró una docena de lámparas de cobre nuevas y fue a gritar frente al palacio:
¡Lámparas nuevas, lámparas nuevas! ¿Quién las cambia por viejas?
Los niños lo seguían burlándose, pero él siguió gritando:
¡Lámparas nuevas, lámparas nuevas! ¿Quién las cambia por viejas?

Desde la sala de las veinticuatro ventanas, la princesa oyó el alboroto y se rio con sus esclavas. Una de ellas recordó que en la cornisa había una lámpara vieja. Era la lámpara maravillosa, que Aladino dejaba allí cuando se iba de cacería. Sin saber lo que valía, la princesa mandó a un criado a cambiarla.
El mago se la guardó en el pecho y se alejó sin decir palabra. A medianoche, fuera de la ciudad, la frotó.
¿Qué quieres? Aquí me tienes, listo para obedecer: soy esclavo de quien tiene la lámpara en su poder.
—Llévate a África el palacio de Aladino, con todos los que están adentro, y a mí con él.
Esa noche el genio se llevó el palacio con la princesa adentro. Al amanecer el sultán se asomó a su ventana y solo vio un terreno vacío. Furioso, mandó traer a Aladino encadenado y ordenó cortarle la cabeza. Aladino ya estaba de rodillas y vendado cuando el pueblo empezó a trepar por los muros del palacio. Asustado, el sultán lo soltó, pero le dio cuarenta días para traerle a su hija o perder la cabeza.
Aladino pasó días preguntando por su palacio, y la gente lo creyó loco. Una noche, desesperado, llegó a un río y decidió arrojarse al agua. Antes quiso rezar, pero al lavarse las manos resbaló, se agarró de una roca y frotó contra ella el anillo, que había olvidado.
¿Qué quieres? Aquí me tienes, listo para obedecer: soy esclavo de quien tiene el anillo en su poder.
—Devuélveme mi palacio —le pidió Aladino.
—Eso no puedo hacerlo —contestó el genio—. Solo soy esclavo del anillo. Pídeselo al esclavo de la lámpara.
—Entonces llévame adonde esté mi palacio, bajo las ventanas de la princesa.
Al instante Aladino estaba en África. Al amanecer una dama lo vio desde la celosía, y la princesa mandó que le abrieran la puerta secreta. Se abrazaron llorando, y ella le contó lo de la lámpara. El mago la llevaba en el pecho, y venía cada día a pedirle que se casara con él, jurando que el sultán había mandado matar a Aladino.
Aladino fue a la ciudad disfrazado de campesino, compró unos polvos en una botica y le explicó su plan a la princesa. A ella le costaba fingir, pero se puso su vestido más rico y esa tarde recibió al mago con una sonrisa.
—Ya lloré bastante a Aladino —le dijo—, y mis lágrimas no lo van a revivir. Cenemos juntos. Solo que nunca he probado el vino de África.
El mago corrió por un vino de siete años, y ella, mientras, echó los polvos en una copa. En la cena, a una señal suya, una esclava le sirvió esa copa a la princesa.
—En China, cuando dos se quieren, intercambian las copas —dijo la princesa.

El mago le dio la suya, se bebió la de ella de un trago y cayó muerto. Aladino subió por la puerta secreta, le sacó la lámpara del pecho y la frotó. El genio apareció con su saludo de siempre.
—Lleva este palacio de vuelta a China, a su lugar.
Al amanecer el sultán, que iba cada mañana a llorar a su ventana, vio el palacio otra vez. Corrió a abrazar a su hija, supo que Aladino no había tenido la culpa y le pidió perdón. Aladino mandó echar el cuerpo del mago al basurero, para que se lo comieran las fieras y los pájaros. Hubo diez días de fiesta.
Pero el mago tenía un hermano menor, todavía más malvado, que supo por la arena que su hermano había muerto envenenado, y fue a vengarlo. En la ciudad oyó hablar de Fátima, una santa mujer que vivía en una ermita y curaba el dolor de cabeza imponiendo las manos.
Una noche entró a la ermita, la amenazó con un puñal y la obligó a darle su ropa y su velo y a pintarle la cara como la suya. Le juró por Dios que la dejaría vivir, pero no cumplió: la mató sin derramar una gota de sangre y echó su cuerpo a la cisterna.
Vestido de Fátima, se presentó en la plaza del palacio, y la princesa, que era buena y creía que todos lo eran, mandó traer a la santa mujer y le pidió que viviera con ella. Un día le preguntó qué le parecía la sala de las veinticuatro ventanas.
—Es admirable, princesa —dijo la falsa Fátima—, pero si del centro de la cúpula colgara un huevo de roc, el ave enorme del monte Cáucaso, su palacio sería la maravilla del mundo.
Cuando Aladino volvió de cazar, la princesa le habló del huevo. Él subió a la sala, frotó la lámpara y se lo pidió al genio. El genio dio un grito tan espantoso que la sala tembló.
—¡Desgraciado! ¿Después de todo lo que hemos hecho por ti, quieres que cuelgue de esta cúpula a mi amo, el roc? Merecerías que te hiciera cenizas con tu esposa y tu palacio. Pero la idea no es tuya: es del hermano del mago africano, que está aquí vestido de Fátima, a quien asesinó. Quiere matarte. Cuídate.
Aladino bajó, se llevó la mano a la frente y dijo que le dolía la cabeza. La princesa mandó llamar a la santa mujer, que se acercó a imponerle las manos con un puñal escondido bajo la túnica. Aladino le sujetó la mano antes de que lo sacara y le dio muerte con su propia daga.
—¡Esposo mío, mataste a la santa mujer! —gritó la princesa.
—No, mi princesa —dijo Aladino, y le quitó el velo al muerto—. Este es el hermano del mago. Él mató a Fátima, y venía a matarme a mí.
Así se libró Aladino de los dos hermanos magos. Años después el sultán murió muy viejo, y la princesa Badrulbudur heredó el trono y lo compartió con Aladino. Reinaron juntos muchos años y dejaron una larga descendencia.
Adaptado por Talerie, fuente: Les Mille et Une Nuits (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)

