
Las doce princesas bailarinas
8 min de lectura a partir de 5 años talerie.com/es/cuentos/las-doce-princesas-bailarinas
Las doce hijas de un rey duermen bajo llave, pero cada mañana tienen los zapatos rotos de tanto bailar. Quien descubra adónde van podrá escoger a una por esposa, y quien fracase perderá la vida. Un soldado pobre, con una capita que lo vuelve invisible, se presenta ante el rey.
Había una vez un rey que tenía doce hijas, cada una más hermosa que la otra. Dormían juntas en un gran salón, con las camas una junto a otra, y cada noche, cuando ya estaban acostadas, el rey cerraba la puerta con llave y le echaba el cerrojo.
Pero cada mañana, al abrir, encontraba los zapatos de sus hijas gastados de tanto bailar, con agujeros en las suelas. Y nadie podía explicar cómo era posible.

Entonces el rey mandó pregonar que quien averiguara dónde bailaban sus hijas por la noche podría escoger a una de ellas por esposa y sería rey después de él. Pero quien se presentara y en tres días con sus noches no lo descubriera, perdería la vida.
Al poco tiempo llegó el hijo de un rey, dispuesto a intentarlo. Lo recibieron muy bien y en la noche lo llevaron a un cuarto junto al salón de las princesas. Allí le habían preparado la cama, para que vigilara adónde iban a bailar. Y para que ellas no pudieran hacer nada a escondidas ni salir por otro lado, dejaron abierta la puerta del salón.
Pero al príncipe le empezaron a pesar los párpados como si fueran de plomo, y se quedó dormido. Cuando despertó en la mañana, las doce ya habían ido a bailar: ahí estaban sus zapatos, con las suelas agujereadas. La segunda noche y la tercera pasó lo mismo, y el rey, sin piedad, mandó que le quitaran la vida. Después vinieron muchos más a probar suerte, y todos pagaron con la vida.
Un día, un pobre soldado que por una herida ya no podía servir en el ejército iba camino a la ciudad donde vivía el rey. En el camino se encontró con una anciana, que le preguntó adónde iba.
—Ni yo mismo lo sé bien —contestó el soldado, y añadió en broma—: Me gustaría averiguar dónde bailan las hijas del rey hasta romper los zapatos, y luego ser rey.
—No es tan difícil —dijo la anciana—. No te tomes el vino que te lleven en la noche, y haz como que estás profundamente dormido.
Luego le dio una capita y le dijo:
—Si te la pones encima, nadie podrá verte, y podrás seguir a las doce sin que se den cuenta.

Con un consejo tan bueno, el soldado decidió intentarlo en serio. Se armó de valor, se presentó ante el rey y se ofreció como pretendiente. Lo recibieron tan bien como a los demás y lo vistieron con ropa de rey.
Cuando llegó la hora de dormir, lo llevaron a la antesala. Ya iba a acostarse cuando entró la mayor con una copa de vino. Pero él se había amarrado una esponja debajo de la barbilla, dejó que el vino escurriera en ella y no bebió ni una gota. Luego se acostó, y al ratito empezó a roncar como si durmiera profundamente.
Las doce princesas lo oyeron y se rieron.
—Otro que va a perder la vida por nada —dijo la mayor.
Se levantaron, abrieron roperos, cajones y baúles, y sacaron vestidos magníficos. Se arreglaron frente a los espejos, brincaban de gusto y ya se imaginaban el baile. Solo la menor dijo:
—No sé… Ustedes están muy contentas, pero yo siento algo raro. Estoy segura de que nos va a pasar una desgracia.
—Eres una miedosa —dijo la mayor—, siempre tienes miedo de todo. ¿Ya se te olvidó cuántos príncipes vinieron aquí para nada? A este soldado ni siquiera hacía falta darle nada para dormir: ese zoquete no se iba a despertar de todos modos.
Cuando estuvieron listas, fueron a ver al soldado, que tenía los ojos cerrados y no se movía para nada, así que se sintieron completamente seguras. Entonces la mayor se acercó a su propia cama y dio unos golpes en ella. De inmediato la cama se hundió en el suelo, y por la abertura bajaron una tras otra, la mayor por delante.
El soldado, que lo había visto todo, no lo pensó dos veces: se echó encima la capita y bajó detrás de la menor. A media escalera le pisó un poco el vestido, y ella se asustó y gritó:
—¿Qué es eso? ¿Quién me está agarrando el vestido?
—No seas boba —dijo la mayor—. Se te atoró en un gancho.
Bajaron hasta el final y se encontraron en un camino bordeado de árboles maravillosos: todas sus hojas eran de plata, y brillaban y relucían. «Me voy a llevar una prueba», pensó el soldado, y arrancó una ramita. En ese momento el árbol dio un tronido tremendo.
—Algo no está bien —gritó otra vez la menor—. ¿Oyeron ese tronido?
—Son salvas de alegría, porque pronto vamos a liberar a nuestros príncipes —dijo la mayor.
Luego llegaron a otro camino donde todas las hojas eran de oro. El soldado arrancó otra ramita, y otra vez tronó tan fuerte que la menor dio un brinco del susto.
—Son salvas de alegría, porque pronto vamos a liberar a nuestros príncipes —insistió la mayor.
Por último llegaron a un tercer camino, donde las hojas eran de diamante transparente. También ahí arrancó el soldado una ramita, también ahí sonó el tronido, y la menor volvió a temblar.
—Son salvas de alegría, porque pronto vamos a liberar a nuestros príncipes —repitió la mayor.
Siguieron adelante hasta un gran lago. En la orilla había doce barquitas, y en cada una esperaba un príncipe muy apuesto. Ya las estaban esperando, y cada príncipe subió a una princesa a su barca. El soldado se sentó en la de la menor.
—No sé qué pasa —dijo el príncipe—, pero hoy la barca pesa mucho más. Tengo que remar con todas mis fuerzas para que avance.

—Ha de ser el calor —respondió la menor—. Yo también estoy sofocada.
Del otro lado del lago se alzaba un castillo hermoso, todo iluminado, del que salía una música alegre de timbales y trompetas. Cruzaron remando, entraron, y cada príncipe bailó con su amada. El soldado bailaba con ellos sin que nadie lo viera.
Cada vez que una princesa tomaba una copa de vino, él se la bebía, y cuando ella se la llevaba a los labios, la encontraba vacía. A la menor eso también le daba miedo, pero la mayor siempre la hacía callar.

Bailaron hasta las tres de la madrugada, cuando todos los zapatos estaban rotos y tuvieron que parar. Los príncipes las llevaron de vuelta en sus barcas, y esta vez el soldado se sentó adelante, junto a la mayor. En la orilla, ellas se despidieron de sus príncipes y les prometieron volver la noche siguiente.
Al llegar a la escalera, el soldado se adelantó corriendo y se metió en su cama. Cuando las doce subieron despacio, cansadas, arrastrando los pies, él ya roncaba otra vez tan fuerte que todas lo oyeron.
—De este no tenemos nada que temer —dijeron.
Se quitaron los vestidos lujosos, los guardaron, pusieron los zapatos rotos debajo de la cama y se acostaron.
A la mañana siguiente, el soldado no dijo nada todavía, porque quería volver a ver aquellas maravillas. La segunda noche y la tercera bajó otra vez con ellas. Todo fue igual que la primera vez, y cada noche bailaron hasta romper los zapatos. Pero la tercera noche se llevó una copa como prueba.
Cuando llegó la hora de dar su respuesta, guardó entre la ropa las tres ramitas y la copa, y se presentó ante el rey. Las doce, mientras tanto, se quedaron detrás de la puerta para escuchar lo que iba a decir.
—¿Dónde bailan mis doce hijas por las noches hasta romper los zapatos? —preguntó el rey.
—Con doce príncipes, en un castillo bajo tierra, Majestad —contestó el soldado.
Le contó cómo había sido todo y sacó las pruebas. Entonces el rey mandó llamar a sus hijas y les preguntó si el soldado había dicho la verdad. Ellas vieron que las habían descubierto y que de nada servía negarlo, así que tuvieron que confesarlo todo.

Luego el rey le preguntó al soldado a cuál de ellas quería por esposa.
—Ya no soy joven, Majestad —respondió el soldado—, así que deme a la mayor.
Ese mismo día se celebró la boda, y al soldado le prometieron el reino para cuando muriera el rey. Pero los príncipes quedaron hechizados de nuevo, por tantos días como noches habían bailado con las doce princesas.
Adaptado por Talerie, fuente: Kinder- und Hausmärchen (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)

