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Un muchacho sonriente con chaleco y gorra camina por un camino de tierra con el oro envuelto en un pañuelo al hombro; detrás trota un jinete en un caballo café.

Juan con suerte

Hermanos Grimm

7 min de lectura a partir de 4 años

Después de siete años de trabajo, Juan recibe como paga un pedazo de oro tan grande como su cabeza. Camino a casa de su madre, el oro le pesa tanto en el hombro que apenas puede caminar derecho, así que cuando un jinete le propone un cambio, Juan acepta encantado.


Había una vez un muchacho llamado Juan que había trabajado siete años para su patrón. Un día el muchacho le dijo:

—Patrón, ya cumplí mi tiempo y quiero volver a casa con mi madre. Deme mi paga, por favor.

—Me serviste bien y con honradez —contestó el patrón—, y como fue el trabajo, así será la paga.

Y le dio un pedazo de oro tan grande como la cabeza de Juan. El muchacho lo envolvió en su pañuelo, se lo echó al hombro y tomó el camino a casa.

Al rato vio venir a un jinete que trotaba muy alegre en un caballo brioso.

—¡Qué bonito es montar a caballo! —dijo Juan en voz alta—. Uno va sentado como en una silla y no gasta zapatos.

El jinete lo oyó y se detuvo.

—Oye, Juan, ¿y por qué vas a pie?

—No me queda de otra, señor. Este pedazo es oro, sí, pero me pesa en el hombro y no me deja enderezar la cabeza.

—¿Sabes qué? Te cambio mi caballo por tu pedazo de oro.

Juan aceptó con mucho gusto. El jinete tomó el oro, lo ayudó a subir y le dijo:

—Si quieres ir rápido, chasquea la lengua y grita: «¡Arre, arre!».

Juan iba feliz de la vida. Al poco rato quiso ir más rápido: chasqueó la lengua y gritó: «¡Arre, arre!». El caballo arrancó a todo trote y Juan fue a dar a la zanja junto al camino. Un campesino que venía arreando una vaca alcanzó a detener al caballo.

Juan, tirado en el pasto junto al camino y con la gorra volando, mira asombrado a un campesino que sujeta por las riendas el caballo ensillado junto a su vaca.

—Esta yegua me aventó y por poco me rompo el cuello —le dijo Juan al campesino, de muy mal humor—. Su vaca, en cambio, sí es una maravilla: da leche, mantequilla y queso todos los días. ¡Lo que yo daría por una vaca así!

—Pues si tanto le gusta, se la cambio por el caballo.

Juan aceptó encantado, y el campesino se alejó a caballo.

Muy contento con su vaca, Juan siguió adelante. En una fonda, de tanta alegría se comió todo lo que llevaba, la comida y la cena, y con sus últimas monedas pidió medio vaso de cerveza. «Total, si me da sed, ordeño a mi vaca», pensó.

Al mediodía, en un llano sin sombra, el calor apretaba y Juan tenía muchísima sed. Amarró la vaca a un árbol seco y, como no traía cubeta, puso debajo la gorra de cuero. No salió ni una gota, y la vaca, harta de tanta torpeza, le dio una patada en la cabeza que lo dejó sin sentido.

Por suerte pasó por ahí un carnicero que llevaba un cerdito en una carretilla. Ayudó a Juan a levantarse y le dio un trago de su botella.

Un carnicero con mandil le ofrece su botella a Juan, que se soba la cabeza en el llano; al lado hay un cerdito en la carretilla y la vaca echada bajo un árbol.

—Esa vaca no le va a dar leche —le dijo—. Ya está vieja y, cuando mucho, sirve para jalar una carreta o para el matadero.

—¡Mire nada más! —dijo Juan—. A mí la carne de res no me gusta mucho. Un cerdito como el suyo sí sabe rico, ¡y además da para chorizos!

—Mire, Juan, nomás por hacerle un favor, le dejo el cerdito por la vaca.

—¡Que Dios se lo pague!

Le entregó la vaca, y el carnicero le puso en la mano la cuerda con la que traía amarrado al cerdito.

Al poco rato se le juntó a Juan un muchacho que llevaba bajo el brazo un hermoso ganso blanco para la comida de un bautizo.

—Cárguelo —le dijo—. Mire lo que pesa: lo estuvieron engordando ocho semanas.

El muchacho miró para todos lados con cara de preocupación.

—Oiga, con su cerdito algo no anda bien. En el pueblo de al lado le robaron uno al alcalde, y me temo que es este. Ya mandaron gente a buscarlo. Si lo agarran con él, lo menos que le puede pasar es que lo metan al calabozo.

Al buen Juan le entró miedo.

—¡Ay, Dios mío! Sáqueme de este apuro: llévese mi cerdito y déjeme su ganso.

—Me voy a arriesgar por usted —contestó el muchacho.

Tomó la cuerda y se fue a toda prisa por una vereda. Juan, ya tranquilo, siguió con el ganso bajo el brazo.

«Pensándolo bien, salí ganando», se decía. «Primero, el asado; luego, la grasa para untarle al pan tres meses; y estas plumas blancas para mi almohada. ¡Qué gusto le va a dar a mi madre!»

En el último pueblo vio a un afilador con su carretilla. La rueda zumbaba y él cantaba:

Afilo tijeras y giro ligero, y cuelgo mi capa según sople el viento.

Un afilador de barba gris gira la manivela de la rueda en su carretilla y afila unas tijeras entre chispas, mientras Juan sonríe con un ganso blanco en brazos.

—A usted le ha de ir muy bien, se ve que trabaja contento —le dijo Juan.

—Así es. Un buen afilador encuentra dinero cada vez que mete la mano en el bolsillo. Pero ¿dónde compró ese ganso tan bonito?

—No lo compré: lo cambié por mi cerdito.

—¿Y el cerdito?

—Me lo dieron por una vaca.

—¿Y la vaca?

—Me la dieron por un caballo.

—¿Y el caballo?

—Por él di un pedazo de oro tan grande como mi cabeza.

—¿Y el oro?

—Esa fue mi paga por siete años de trabajo.

—Usted sí sabe hacer negocios —dijo el afilador—. Hágase afilador como yo. No necesita más que una piedra de afilar. Aquí tengo una, un poco gastada, y se la dejo por su ganso.

—¡Claro que sí! —respondió Juan—. Si voy a encontrar dinero cada vez que meta la mano en el bolsillo, ¿de qué me voy a preocupar?

Le dio el ganso y recibió la piedra. El afilador levantó del suelo una piedra del campo, grande y pesada.

—Llévese también esta, que sirve para enderezar clavos viejos.

Juan se echó las piedras a cuestas y siguió su camino con los ojos brillantes de alegría.

—¡Yo sí nací con estrella! —exclamó—. Todo lo que deseo se me cumple.

Pero venía caminando desde el amanecer y empezaba a cansarse. Además tenía hambre, porque se había comido todo de una vez, de puro gusto por la vaca. Apenas podía avanzar, y las piedras le pesaban muchísimo. «Qué bien estaría no tener que cargarlas», pensaba.

A paso de tortuga, llegó a un pozo en medio del campo. Para no maltratar las piedras, las puso con cuidado en el borde, a su lado. Luego se agachó para beber, pero sin querer les dio un empujoncito, y las dos cayeron al agua.

Juan se asoma con la boca abierta al borde de un pozo de piedra mientras la piedra de afilar y una piedra grande y gris caen hacia el agua.

Cuando Juan las vio hundirse, saltó de alegría. Luego se arrodilló y, con lágrimas en los ojos, le dio gracias a Dios por haberle quitado, sin que él tuviera la culpa, aquellas piedras tan pesadas, lo único que todavía le estorbaba.

—¡No hay nadie bajo el sol con tanta suerte como yo! —exclamó.

Y con el corazón ligero, libre de toda carga, se fue corriendo hasta llegar a casa de su madre.

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Adaptado por Talerie, fuente: Kinder- und Hausmärchen (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre este cuento

Los hermanos Grimm incluyeron «Juan con suerte», con el número 83, cuando reeditaron sus Kinder- und Hausmärchen en 1819. No lo recogieron ellos de viva voz: lo tomaron de August Wernicke, que lo había publicado en 1818 en la revista Wünschelruthe, de Gotinga, como relato «de boca del pueblo».

En Wernicke el héroe se llama Hans Wohlgemut y es él quien pide el cerdo y la piedra de afilar; en la versión de los Grimm se llama solo Hans y se los ofrecen el carnicero y el afilador. Seguimos el texto de 1857, el último que prepararon los hermanos, y lo hemos adaptado dos veces: puedes elegir entre «Más suave» y «Original».

Wernicke (1818) y los Grimm (1857), frente a frente

Wernicke, 1818Grimm, 1857
El héroeHans WohlgemutHans
El orolo lleva sin gran esfuerzole pesa en el hombro
Cerdo por vacaHans se lo pide al carniceroel carnicero se lo ofrece
LugaresSusewedel y Gernefraßninguno tiene nombre
La piedra de afilarHans se la ruega al afiladorel afilador se la ofrece
«Niño de domingo»Hans lo dice tras recibir el gansolo dice tras recibir las piedras
En el pozolas piedras caen sin másHans las empuja sin querer
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Afilo tijeras y giro ligero, y cuelgo mi capa según sople el viento.
Hermanos Grimm, 1857: ich schleife die Scheere und drehe geschwind, / und hänge mein Mäntelchen nach dem Wind.

Cómo lo cuenta nuestra versión

Juan recibe por siete años de trabajo un pedazo de oro tan grande como su cabeza y, de trato en trato, pasa a tener un caballo, una vaca, un cerdito, un ganso y, al final, una piedra de afilar un poco gastada, a la que el afilador añade una piedra del campo. Al agacharse a beber en un pozo, empuja las dos piedras sin querer y caen al agua. Juan da gracias a Dios por haberlo librado de ellas «sin que él tuviera la culpa»; esa precisión no está en la edición de 1819 y aparece a partir de la de 1837. La adaptación «Original» es más larga y detallada que la «Más suave», pero en las dos los trueques son los mismos y Juan vuelve feliz con su madre.

Conviene saber de antemano que la vaca le da a Juan una patada en la cabeza, y que enseguida pasa un carnicero que lo ayuda a levantarse. Más adelante, el muchacho del ganso le advierte que, si lo encuentran con el cerdito, podrían meterlo en el calabozo; a Juan se le pasa el miedo en cuanto se queda con el ganso.

Cuentos emparentados y una confusión

En la nota de 1856, los Grimm recuerdan el cuento burlesco de Block y el sastre Bock, en el que la tela comprada para un abrigo va menguando hasta dar solo para un cinturón. Entre las versiones que reúnen Bolte y Polívka hay varias en las que el hombre se deshace de lo que tiene, trato tras trato, y luego apuesta a que su mujer no lo regañará, y gana. Nuestro Juan no tiene mujer ni apuesta nada. Bolte y Polívka citan también el caso contrario, el de un pobre que empieza con un guisante y recibe cada vez algo más.

No hay que confundirlo con «Juan y los frijoles mágicos»: allí otro Juan entrega una vaca a un viejito a cambio de unos frijoles que, según el viejito, llegan al cielo en una sola noche. En «Juan con suerte», en cambio, cada trato deja a Juan con menos.

Fuentes

Textos de época

Comentario

Catálogo

Cotejado con estas fuentes el 30 de octubre de 2026.

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