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Un joven mercader con turbante está sobre un islote verde con árboles y una fogata que en realidad es el lomo de una ballena; a lo lejos espera un barco.

Simbad el marino

Antoine Galland

11 min de lecturaa partir de 7 años

Simbad, un rico mercader de Bagdad, le cuenta al pobre cargador Hindbad cómo se quedó solo en el mar cuando la isla donde había bajado resultó ser una ballena. Al final Simbad recupera sus fardos y vuelve rico a casa, y al despedirse le regala a Hindbad cien monedas de oro y lo invita a volver al día siguiente.


En Bagdad vivía un rico mercader llamado Simbad, que había navegado más lejos que nadie en toda la ciudad. Una tarde sentó a su mesa, entre todos sus invitados, a un pobre cargador llamado Hindbad, y cuando los músicos dejaron sus instrumentos, empezó a contar su historia.

De noche, recostado en cojines junto a una mesa baja, Simbad cuenta su historia a un cargador y a varios invitados, a la luz de pequeñas lámparas de aceite.

Siendo muy joven heredé de mi familia una gran fortuna y, como no tenía juicio, la fui gastando en toda clase de gustos sin pensar en el mañana. Un día conté lo que me quedaba y vi que era muy poco.

Entonces entendí que el dinero se acaba pronto cuando uno lo cuida tan mal como yo lo cuidaba, y que también estaba desperdiciando el tiempo, que vale más que cualquier tesoro. Me acordé de algo que mi padre repetía, palabras del sabio rey Salomón: que es mejor estar en la tumba que en la pobreza. Y no hay desgracia más triste que llegar a viejo sin nada.

Así que tomé una decisión. Vendí en el mercado todos mis muebles, junté lo poco que quedaba de mi herencia y me hice amigo de unos mercaderes que comerciaban por mar. Les pedí consejo a los que me parecieron más sabios, y en cuanto tuve todo listo, no perdí un solo día.

Me fui a Basora, y allí, junto con otros mercaderes, preparamos un barco entre todos y nos hicimos a la mar.

Pusimos rumbo a las Indias por el golfo Pérsico, con la costa de Arabia a la derecha y la de Persia a la izquierda. Los primeros días el vaivén del barco me mareó muchísimo, pero pronto me acostumbré, y desde entonces no me he vuelto a marear nunca.

Fuimos de isla en isla, vendiendo nuestras mercancías y cambiándolas por otras. Un día el viento se calmó por completo y nos quedamos quietos frente a una islita que apenas asomaba sobre el agua y era verde como un prado.

El capitán mandó recoger las velas y dio permiso de bajar a tierra a quien quisiera. Yo fui de los primeros en saltar a la lancha.

Paseamos un rato. Luego juntamos la leña que habíamos traído del barco, prendimos una fogata y nos sentamos a comer y a reponernos del viaje.

De pronto, la isla tembló bajo nuestros pies. Se sacudió como un animal enorme que se revuelve en sueños, y desde el barco nos gritaron:

—¡Regresen! ¡Regresen o se van a ahogar! ¡Eso no es una isla! ¡Es el lomo de una ballena!

Los que estaban más cerca de la lancha se subieron de un salto. Otros se echaron al agua y nadaron. Yo todavía corría cuando la ballena se hundió, y el mar cubrió el prado verde como si nunca hubiera existido. Mis manos encontraron uno de los troncos que habíamos traído para el fuego, y me agarré de él.

En ese momento se levantó una brisa fresca y favorable. El capitán recogió a los de la lancha y a algunos de los que nadaban, mandó izar las velas para aprovechar el viento, y nadie se dio cuenta de que yo faltaba. Vi cómo el barco se hacía cada vez más pequeño, hasta que desapareció.

Me quedé solo en el mar, abrazado a un pedazo de madera. Todo aquel día y toda la noche siguiente las olas me llevaron de un lado a otro, y yo luché por mi vida sin soltarme.

Simbad, con la ropa rota y empapada, se aferra a unos pedazos de madera en medio de un mar gris, sin barco ni tierra a la vista.

A la mañana siguiente ya no me quedaban fuerzas, y casi había perdido la esperanza, cuando una ola me arrojó contra una isla. La orilla era alta y empinada, y nunca habría podido subir si no hubiera sido por unas raíces de árboles que salían de entre las rocas. Me trepé por ellas y me dejé caer en el suelo, y ahí me quedé tendido, más muerto que vivo, hasta que el sol estuvo alto.

Con los ojos cerrados por el cansancio, Simbad trepa por una orilla de rocas agarrado a unas raíces de árboles, mientras el sol asoma sobre el mar.

Tenía mucha hambre y estaba muy débil, pero me arrastré buscando algo de comer. Encontré unas hierbas comestibles y un manantial de agua fresca y limpia, y poco a poco recobré las fuerzas.

Entonces me puse a caminar tierra adentro, sin saber a dónde iba. Llegué a una llanura muy bonita, y a lo lejos vi un caballo pastando. Me acerqué con miedo y con alegría a la vez, porque no sabía si iba a encontrar ayuda o mi perdición.

Al llegar vi que era una yegua preciosa, atada a una estaca. Me quedé mirándola, y de pronto oí la voz de un hombre que hablaba debajo de la tierra. Al momento el hombre salió, se me acercó y me preguntó quién era.

Le conté mi aventura. Él me tomó de la mano y me llevó a una cueva donde había otros hombres, tan asombrados de verme como yo de encontrarlos ahí.

Me dieron de comer, y mientras comía les pregunté qué hacían en un lugar tan solitario. Me contestaron que eran caballerizos del rey Mihrage, el señor de aquella isla. Cada año, en la misma temporada, traían a esa llanura las yeguas del rey y las ataban, porque del mar salía un caballo marino que venía a buscarlas, y los potros que nacían después eran para el rey y se llamaban caballos marinos.

—Pero ese caballo es muy bravo —me dijeron—, y a veces quiere lanzarse contra la yegua para devorarla. Entonces salimos gritando y haciendo mucho ruido, y él se regresa al agua.

Y todavía me contaban esto cuando el caballo marino salió del mar, tal como habían dicho. Se fue contra la yegua, pero los caballerizos corrieron gritando con tanto escándalo que la soltó y volvió a hundirse entre las olas.

Al anochecer, un caballo marino negro sale de las olas hacia una yegua atada a una estaca; Simbad mira asombrado y los caballerizos corren gritando con palos.

—Tuvo usted mucha suerte —me dijeron—. Mañana nos vamos. Si hubiera llegado un día después, no habría encontrado a nadie, y solo nunca habría llegado a los pueblos, que están muy lejos.

A la mañana siguiente me fui con ellos y con las yeguas a la capital, que estaba a la orilla del mar. Me llevaron ante el rey Mihrage, y cuando le conté mi historia, sintió mucha lástima por mí. Mandó que me cuidaran y que no me faltara nada, y sus sirvientes lo cumplieron tan bien que no tuve de qué quejarme.

Como yo era mercader, buscaba la compañía de otros mercaderes, sobre todo de los que venían de lejos, con la esperanza de tener noticias de Bagdad y de encontrar un barco que me llevara a casa, porque a aquel puerto llegaban naves de todos los rincones del mundo.

También me gustaba platicar con los sabios de la India y visitaba al rey con frecuencia. Los señores de su corte me hacían mil preguntas sobre mi país, y yo a ellos sobre las costumbres y las leyes del suyo.

Un día fui a conocer una islita del rey llamada Cassel. Los marineros decían que ahí vivía un espíritu maligno, porque todas las noches se oía un redoble de tambores. En el camino vi peces de cien y hasta doscientos codos de largo, que asustaban más de lo que hacían daño, y eran tan miedosos que bastaba golpear una tabla para que huyeran. Vi también otros pececitos, de un codo nada más, con cabeza de búho.

Poco después de volver, estaba yo un día en el puerto cuando llegó un barco. En cuanto echó el ancla empezaron a descargar, y los mercaderes mandaban llevar sus fardos a las bodegas. Me acerqué a mirar, y en algunos fardos vi escrito mi propio nombre.

Los revisé con cuidado y no había duda: eran las mercancías que yo había subido al barco en Basora. Y entonces reconocí también al capitán.

En un puerto lleno de barcos y palmeras, Simbad apoya la mano sobre unos fardos amarrados con cuerda y los mira con asombro.

Como él me creía muerto, me acerqué como si fuera un desconocido y le pregunté de quién eran aquellos fardos.

—Eran de un mercader de Bagdad que se llamaba Simbad —me contestó—. Un día llegamos a lo que parecía una isla, y él bajó con otros pasajeros. Pero no era una isla, sino una ballena enorme dormida sobre el agua, y en cuanto sintió el calor de la fogata en el lomo, se hundió en el mar. Muchos de los que estaban encima se ahogaron, y el pobre Simbad fue uno de ellos. Estos fardos eran suyos, y pienso ir vendiéndolos y guardar lo que gane, para entregárselo a alguien de su familia en cuanto lo encuentre.

—Capitán —le dije—, yo soy ese Simbad que usted cree muerto, y estos fardos son míos.

El capitán se me quedó viendo.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¿En quién se puede confiar hoy en día? Ya no queda gente honrada en el mundo. Simbad se ahogó cuando se hundió esa ballena, tan cierto como que estoy aquí, ¿y usted se atreve a decir que es él? Parece usted un hombre decente, y sin embargo dice una mentira terrible para quedarse con lo que no es suyo.

—Tenga paciencia —le respondí—, y hágame el favor de escuchar lo que tengo que decirle.

—Está bien —dijo él—. Hable, lo escucho.

Entonces le conté cómo me había salvado agarrado al tronco, cómo las olas me habían arrojado a aquella isla y cómo los caballerizos del rey me habían encontrado y llevado a la corte. Vi que el capitán ya no estaba tan seguro. En eso llegaron varios hombres de su barco que me reconocieron enseguida y me saludaron con mucha alegría de verme vivo, y por fin él me reconoció también.

Me abrazó con fuerza.

En la cubierta de un barco, un capitán de barba blanca abraza a Simbad mientras otros hombres sonríen y aplauden a su alrededor.

—¡Bendito sea Dios, que lo sacó con bien de tanto peligro! —me dijo—. No sabe qué gusto me da. Aquí están sus cosas, tómelas, son suyas, y haga con ellas lo que quiera.

Le di las gracias, alabé su honradez y, en prueba de mi gratitud, le pedí que aceptara algunas de mis mercancías, pero no quiso tomar nada.

De mis fardos escogí lo más valioso y se lo regalé al rey Mihrage. Como él sabía que yo lo había perdido todo, me preguntó de dónde había sacado cosas tan finas. Le conté cómo las había recuperado, y se alegró mucho por mí. Aceptó mi regalo y me dio a cambio otros mucho más valiosos.

Luego me despedí de él. Cambié el resto de mis mercancías por productos de aquella tierra: madera de áloe y de sándalo, alcanfor, nuez moscada, clavo, pimienta y jengibre. Y volví a embarcarme en el mismo barco.

Pasamos por muchas islas, y al fin llegamos a Basora, y de allí vine a esta ciudad con cerca de cien mil monedas de oro. Mi familia me recibió con una alegría tan grande como la mía. Compré buenas tierras, me hice una gran casa y me quedé a vivir en ella, decidido a olvidar todo lo que había sufrido y a disfrutar de la vida.

Aquí Simbad se detuvo y les hizo una seña a los músicos para que volvieran a tocar, y la fiesta siguió hasta la noche. Cuando llegó la hora de irse, mandó traer una bolsa con cien monedas de oro y se la puso en las manos al cargador.

—Tome, Hindbad —le dijo—. Váyase a su casa y regrese mañana a escuchar la continuación de mis aventuras.

Hindbad se fue tan conmovido por aquel honor y aquel regalo que casi no podía hablar. Cuando lo contó en su casa, su esposa y sus hijos se pusieron muy contentos y le dieron gracias a Dios por el bien que les llegaba a través de Simbad.

Al día siguiente Hindbad se puso su mejor ropa y volvió a casa del generoso viajero, que lo recibió con una sonrisa y muchas atenciones. Cuando llegaron todos los invitados, se sirvió la comida y estuvieron largo rato a la mesa.

Adaptado por Talerie, fuente: Les Mille et Une Nuits (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público