
El cuarto Rey Mago
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Artabán, un mago de Persia, vende todo lo que tiene y compra tres joyas para un Rey que está por nacer. Sus compañeros lo esperarán solo diez días en un templo junto a Babilonia, y el camino es larguísimo. A tres horas de llegar, un hombre enfermo tendido en el camino se aferra a su manto.
Todos conocen la historia de los tres Reyes Magos, que viajaron desde muy lejos para dejar sus regalos en Belén. Pero hubo un cuarto mago que también vio nacer la estrella y salió a seguirla, y que nunca llegó a ver al niño Jesús. Esta es su historia.
En los tiempos en que Herodes reinaba en Jerusalén, vivía en Ecbatana, entre las montañas de Persia, un hombre llamado Artabán. Tenía unos cuarenta años y vestía un manto de lana blanca y un gorro blanco y puntiagudo, la ropa de los magos, los antiguos sacerdotes que adoraban el fuego.
Una noche de septiembre reunió a sus amigos en la sala alta de su casa, junto a un pequeño altar donde ardía una llama. Eran nobles partos, y llevaban en el pecho un círculo de oro con alas, la señal de los seguidores de Zoroastro. Artabán avivó el fuego y todos juntos entonaron el antiguo himno:
Brilla en el campo y el huerto, brilla en la rueca y el telar, brilla en quien cree y quien duda, brilla en la noche sin cesar.
Cuando terminó el canto, Artabán se volvió hacia sus amigos y les habló:
—Amigos, nuestros libros anuncian que un día nacerá en Oriente un gran Rey, rodeado de una luz poderosa. Mis tres compañeros, Gaspar, Melchor y Baltasar, y yo hemos estudiado el cielo, y sabemos que ese tiempo llega este año. Esta noche se juntan dos grandes planetas. Mis compañeros vigilan el cielo desde el Templo de las Siete Esferas, en Borsippa, junto a Babilonia, y yo lo vigilo desde aquí. Si aparece la estrella, me esperarán diez días en el templo, y después iremos juntos a Jerusalén, a adorar al que ha de nacer Rey de Israel. Vendí mi casa y todo lo que tenía, y compré estas tres joyas para llevárselas al Rey. Les pido que vengan conmigo.
Y sacó de la faja un zafiro azul como el cielo de noche, un rubí rojo como el amanecer y una perla pura como la nieve.
Sus amigos lo miraron con extrañeza, como quien escucha un disparate.
—Artabán, eso es un sueño vano —dijo por fin Tigranes—. Te viene de mirar demasiado las estrellas. La lucha entre la luz y la oscuridad no se acabará nunca, y quien busca su fin persigue sombras. Adiós.
Los demás también se disculparon. Abdus tenía que cuidar el tesoro del rey; Rodaspes acababa de casarse y no quería dejar sola a su esposa; otro estaba enfermo. Solo el viejo Abgaro, el que más quería a Artabán, se quedó cuando los demás se fueron.
—Hijo mío —le dijo—, puede que esta señal traiga la luz de la verdad, y entonces te llevará hasta el Príncipe. O puede que sea solo una sombra, como dice Tigranes, y te esperen un camino largo y una búsqueda vacía. Pero más vale seguir aunque sea la sombra de lo mejor que conformarse con lo peor. Y quien quiere ver cosas maravillosas muchas veces tiene que viajar solo. Yo ya estoy muy viejo para acompañarte, pero mi corazón irá contigo. Ve en paz.

Artabán guardó las joyas y subió a la terraza. Ya soplaba el viento fresco que anuncia el alba. Hacia el poniente, Júpiter y Saturno se acercaban tanto que parecían dos gotas de fuego a punto de juntarse. De pronto, debajo de ellos, nació una chispa azul que se volvió roja y luego blanca, pequeñísima y perfecta, como si las tres joyas se hubieran fundido en un corazón de luz.
El mago inclinó la cabeza y se cubrió la frente con las manos.
—Es la señal —dijo—. El Rey viene, y yo voy a salir a su encuentro.
Antes de que terminaran de cantar los pájaros, Artabán ya cabalgaba hacia el poniente sobre Vasda, la más veloz de sus yeguas. El camino era larguísimo, y para llegar a tiempo tenía que avanzar cada día todo lo que la yegua aguantaba. Juntos bebían en los mismos manantiales y dormían bajo las mismas estrellas, y cruzaron llanuras, montañas y ríos.

Al anochecer del décimo día llegaron a las murallas de Babilonia. Vasda estaba casi agotada, pero aún le quedaban tres horas de camino hasta el templo, y Artabán tenía que estar allí a medianoche. No se detuvo.
En un palmar oscuro, la yegua aflojó el paso y de pronto se paró en seco, temblando. En el camino había un hombre tendido. Artabán desmontó. Por su ropa humilde, debía de ser uno de los pobres desterrados hebreos que vivían por esos rumbos, y tenía la piel amarilla de la fiebre de los pantanos. Le tomó la mano: estaba helada. Artabán lo creyó muerto y se dio la vuelta.
Pero en ese momento el hombre soltó un suspiro débil, y sus dedos huesudos se aferraron al manto del mago.

Aquel estorbo hizo enojar a Artabán. Si se detenía siquiera una hora, no llegaría a Borsippa a tiempo; sus compañeros se irían sin él, y perdería al Rey. Pero si se iba, aquel hombre moriría. ¿Debía arriesgar la recompensa de su fe por un solo acto de amor?
—Dios de la verdad y de la pureza —rezó—, guíame por el camino santo, el que solo tú conoces.
Entonces llevó al enfermo al pie de una palmera, le mojó la frente con agua de un canal y le dio una de las medicinas que llevaba siempre en la faja, porque los magos también eran médicos. Lo cuidó hora tras hora, hasta que el hombre recobró las fuerzas y se incorporó.
—¿Quién es usted, señor, y por qué me devolvió la vida?
—Soy Artabán, mago de Ecbatana, y voy a Jerusalén a buscar al que ha de nacer Rey de los judíos. Ya no puedo quedarme, o la caravana que me espera se irá sin mí. Pero tome: aquí tiene lo que me queda de pan y de vino, y una medicina de hierbas.
El hombre levantó al cielo su mano temblorosa.
—Que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob bendiga su viaje. No tengo nada que darle a cambio, más que esto: nuestros profetas dijeron que el Mesías no nacería en Jerusalén, sino en Belén de Judá. Que Dios lo lleve con bien hasta allá, porque usted tuvo compasión de un enfermo.
Vasda corrió con sus últimas fuerzas, pero cuando por fin llegaron al Templo de las Siete Esferas, el sol ya había salido y no había rastro de los otros magos. Bajo unos ladrillos rotos, Artabán encontró un pergamino:
«Te esperamos hasta pasada la medianoche y ya no podemos esperar más. Vamos a buscar al Rey. Síguenos por el desierto».
Artabán se sentó en el suelo y se cubrió la cabeza, desesperado.

—¿Cómo voy a cruzar el desierto sin comida y con una yegua agotada? Tengo que volver a Babilonia, vender mi zafiro y comprar camellos y provisiones. Tal vez nunca alcance a mis amigos. Solo Dios sabe si voy a perder al Rey por haber tenido compasión.
Y así lo hizo. Con el dinero del zafiro compró camellos y provisiones, y se adentró en el desierto. Cruzó arenas ardientes de día y heladas de noche, hasta que llegó a Belén.
Los otros tres magos habían estado allí tres días antes. Habían encontrado a María y a José con el niño Jesús y le habían dejado oro, incienso y mirra.
Las calles del pueblo estaban vacías. En una casita de piedra, Artabán encontró a una joven madre que arrullaba a su bebé. Ella le contó que unos extranjeros de Oriente habían llegado tres días antes, guiados por una estrella, a la casa donde se hospedaba José de Nazaret con su esposa y su hijo recién nacido.
—Pero esa misma noche, señor —siguió ella—, el hombre de Nazaret tomó al niño y a su madre y huyó a escondidas. Dicen que se fueron muy lejos, a Egipto. Desde entonces parece que algo malo pesa sobre el pueblo.
El bebé miró al forastero, le sonrió y estiró las manitas hacia el círculo de oro que el mago llevaba en el pecho. «¿Y si este niño fuera el Príncipe prometido?», pensó Artabán mientras le acariciaba la mejilla. «Pero no. El que busco se me adelantó, y ahora tengo que seguirlo hasta Egipto».
La joven madre acostó al bebé en la cuna y le sirvió al forastero una comida sencilla. Mientras él comía, el bebé se quedó dormido y una gran paz llenó el cuarto.
De repente estalló en la calle un gran alboroto: gritos de mujeres, trompetas, choque de espadas y una voz desesperada:
—¡Los soldados de Herodes! ¡Están matando a nuestros niños!
La madre, pálida de terror, se agazapó con su hijo en el rincón más oscuro y lo tapó con su manto para que no llorara. Artabán se plantó en la puerta y con todo su cuerpo cerró el paso.
Los soldados ya venían por la calle. El capitán se acercó para quitar de en medio al extranjero, pero Artabán no se movió. Con la cara tan tranquila como si mirara las estrellas, le dijo en voz baja:
—Estoy solo en esta casa, y tengo esta joya para el capitán prudente que me deje en paz.
Le mostró el rubí, que brillaba en su mano como una brasa. Al capitán se le abrieron los ojos de codicia. Tomó el rubí y se volvió hacia sus hombres.

—¡Sigan adelante! —les gritó—. Aquí no hay ningún niño.
Cuando el ruido de las armas se alejó, Artabán volvió a entrar, miró hacia el oriente y rezó:
—Dios de la verdad, perdóname, porque mentí para salvar la vida de un niño. Y ya perdí dos de mis regalos. Gasté en los hombres lo que era para Dios. ¿Seré digno algún día de ver la cara del Rey?
Detrás de él, en la sombra, la mujer lloraba de alegría.
—Usted salvó a mi niño, señor —dijo—. Que Dios lo bendiga y lo guarde, y que le dé su paz.
Después de aquello, los años pasaron muy rápido para Artabán. Recorrió Egipto buscando las huellas de la familia que había huido de Belén, pero se le borraban siempre, como pisadas en la arena mojada. Ante la Esfinge se preguntó si su búsqueda era un sueño vano, como había dicho Tigranes.

En Alejandría le pidió consejo a un rabino anciano.
—Recuerda, hijo mío —le dijo el rabino—, que al Rey que buscas no lo vas a encontrar en un palacio, ni entre los ricos y poderosos. Su reino será un reino de amor que nada puede vencer. Quien lo busque hará bien en buscarlo entre los pobres y los humildes, entre los que sufren y los oprimidos.
Desde entonces, Artabán anduvo de un lugar a otro. Pasó por tierras azotadas por el hambre y por ciudades enfermas de peste, por cárceles y mercados de esclavos. No encontró a nadie a quien adorar, pero encontró a muchos a quienes ayudar. Dio de comer al hambriento, vistió al desnudo, curó al enfermo y consoló al preso, y los años se le fueron como la lanzadera en el telar.
Así pasaron treinta y tres años. El cabello de Artabán, antes negro, era ahora blanco como la nieve. Cansado y a punto de morir, pero buscando todavía al Rey, llegó por última vez a Jerusalén. Era la Pascua. El cielo estaba cubierto de nubes oscuras y una multitud corría hacia la puerta de Damasco. Artabán les preguntó a unos judíos de Partia, su tierra, adónde iban.
—Al Gólgota, fuera de las murallas —le contestaron—. Van a crucificar a dos ladrones, y con ellos a Jesús de Nazaret, un hombre que hizo muchas maravillas entre el pueblo. Pilato lo mandó a la cruz porque Jesús decía ser el Rey de los judíos.
Aquellas palabras se le clavaron en el corazón cansado. ¿Sería el mismo que había nacido en Belén treinta y tres años antes? «Tal vez encuentre al fin al Rey en manos de sus enemigos», pensó, «y llegue a tiempo para ofrecer mi perla por su rescate».
Así que el anciano siguió a la multitud a paso lento. Junto a la puerta de la ciudad bajaba una tropa de soldados que arrastraban a una muchacha con el vestido roto. Al ver el gorro blanco del mago y el círculo de oro con alas, ella se soltó de golpe y se echó a sus pies.
—¡Tenga piedad de mí, señor! —gritó—. ¡Sálveme, por el Dios de la Pureza! Yo también soy de la religión de los magos. Mi padre era un comerciante de Partia, pero murió, y ahora me llevan a vender como esclava para pagar sus deudas. ¡No deje que me vendan!
Artabán se estremeció. Era la misma lucha que había sentido en el palmar de Babilonia y en la casita de Belén: la lucha entre lo que esperaba su fe y lo que le pedía el amor. Esta era la tercera prueba, y la última. No sabía si era su gran oportunidad o su última tentación. Solo sabía que salvar a aquella muchacha sería un verdadero acto de amor. ¿Y no es el amor la luz del alma?
Sacó la perla que guardaba en el pecho. Nunca le había parecido tan luminosa. La puso en la mano de la muchacha.
—Este es tu rescate, hija. Es el último de los tesoros que guardaba para el Rey.
Mientras hablaba, el cielo se oscureció todavía más y la tierra empezó a temblar. Las paredes se mecían, las piedras caían a la calle y los soldados huyeron aterrados. Artabán y la muchacha se quedaron acurrucados al pie de un muro.
Ya no le quedaba nada que dar al Rey ni esperanza de encontrarlo. Su búsqueda había fracasado. Y sin embargo, sentía paz, porque había hecho lo mejor que pudo, día tras día, y había sido fiel a la luz que le habían dado.
Entonces la tierra tembló una vez más. Una teja pesada se desprendió de un techo y golpeó al anciano en la sien. Artabán se quedó inmóvil y pálido, con la cabeza blanca recostada en el hombro de la muchacha. En ese momento se oyó en la penumbra una voz muy suave, como una música lejana. La muchacha volteó, pero no vio a nadie.

Los labios del anciano empezaron a moverse, como si contestara, y ella lo oyó decir en la lengua de Partia:
—No, Señor. ¿Cuándo te vi con hambre y te di de comer? ¿O con sed, y te di de beber? ¿Cuándo te vi forastero y te recibí en mi casa? ¿O sin ropa, y te vestí? ¿Cuándo te vi enfermo o preso, y fui a verte? Treinta y tres años te busqué, pero nunca vi tu cara ni te pude servir.
Calló, y la voz dulce se oyó otra vez. Ahora la muchacha entendió las palabras:
—Te lo aseguro: todo lo que hiciste por uno de estos hermanos míos, aunque fuera el más pequeño, lo hiciste por mí.
Una luz serena de alegría iluminó la cara pálida de Artabán, como el primer rayo del alba sobre una montaña nevada. Exhaló un último suspiro, largo y tranquilo, y murió en paz.
Su viaje había terminado. Sus tesoros habían sido aceptados. El cuarto mago había encontrado al Rey.
Adaptado por Talerie, fuente: The Story of the Other Wise Man (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)
