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Un joven de capa verde, con una pluma de oro en la mano, va sentado en la cola de un zorro que corre entre piedras; al fondo, un castillo al atardecer.

El pájaro de oro

Hermanos Grimm

10 min de lectura a partir de 6 años

Cada noche falta una manzana de oro en el jardín del rey, y el hijo menor ve al ladrón: un pájaro de oro. Para conseguirlo, el muchacho cuenta con un zorro que lo lleva sentado en la cola y le da consejos sensatos. Pero cuando llega el momento, al joven le gana lo que le parece más bonito.


Había una vez un rey que tenía en su jardín un árbol que daba manzanas de oro. Cada noche desaparecía una, así que el rey mandó vigilar el árbol.

Primero vigiló el hijo mayor, pero a medianoche se quedó dormido, y al segundo le pasó lo mismo. Luego le tocó al más chico, aunque el rey no le tenía mucha confianza. El muchacho no se durmió, y al dar las doce vio llegar, a la luz de la luna, un pájaro con plumas de oro que brillaban. Le disparó una flecha; el pájaro escapó, pero una pluma de oro cayó al suelo.

En un jardín de noche, el hijo menor del rey sostiene el arco bajo un árbol de manzanas de oro; el pájaro de oro huye con una manzana y cae una pluma de oro.

Los consejeros del rey dijeron que aquella pluma valía más que el reino entero.

—Entonces quiero el pájaro completo —dijo el rey—, cueste lo que cueste.

El hijo mayor salió a buscarlo. A la orilla de un bosque vio un zorro y le apuntó con la escopeta.

—¡No me dispares! —gritó el zorro—. A cambio te daré un consejo. Esta noche llegarás a un pueblo con dos posadas. No entres en la que tiene fiesta, sino en la otra, aunque se vea pobre.

«¿Qué consejo sensato me va a dar un animal tan tonto?», pensó el mayor, y disparó, pero falló. Esa noche escogió la posada alegre, se la pasó de fiesta y se olvidó del pájaro y de su padre. Al cabo de un tiempo salió el segundo hijo, que tampoco hizo caso al zorro. Cuando su hermano lo llamó desde la ventana de la posada alegre, entró y ya no pensó más que en divertirse.

Por último quiso probar suerte el menor. El rey no quería dejarlo ir, pero el muchacho insistió tanto que al final su padre cedió. A la orilla del bosque estaba otra vez el zorro, que le rogó por su vida y le dio el mismo consejo.

—Tranquilo, zorrito, no te voy a hacer nada —le dijo el joven, que tenía buen corazón.

—No te vas a arrepentir —contestó el zorro—. Súbete en mi cola.

El zorro estiró la cola, el hijo del rey se sentó en ella, y allá se fueron, por piedras y matorrales, tan rápido que el viento les silbaba en el pelo.

En el pueblo, el joven durmió tranquilo en la posada pobre. A la mañana siguiente, el zorro ya lo estaba esperando.

—Sigue derecho y llegarás a un castillo —le dijo—. Los soldados de la entrada estarán dormidos. Adentro encontrarás el pájaro de oro en una jaula de madera, y al lado una jaula de oro vacía. No lo pases a la jaula bonita, porque te iría mal.

El zorro estiró la cola, el hijo del rey se sentó en ella, y allá se fueron, por piedras y matorrales, tan rápido que el viento les silbaba en el pelo.

Todo estaba como había dicho el zorro. Pero el joven pensó: «Sería ridículo dejar un pájaro tan hermoso en una jaula tan fea». Lo pasó a la jaula de oro, y el pájaro soltó un chillido agudísimo. Los soldados despertaron y se llevaron al joven a la cárcel. Al día siguiente lo condenaron a muerte, pero el rey del castillo le prometió la vida, y además el pájaro de oro, si le traía el caballo de oro, que corría más rápido que el viento.

En un cuarto del castillo, el joven alza la mano hacia el pájaro de oro en la jaula de madera, junto a una jaula de oro vacía; afuera duermen dos soldados.

El joven iba muy triste cuando vio al zorro a la orilla del camino.

—¿Ya ves? Esto te pasó por no hacerme caso —dijo el zorro—. Pero anímate. Sigue derecho y llegarás al castillo del caballo de oro. Los caballerangos estarán dormidos. Ponle la silla corriente, de madera y cuero, y no la de oro, porque te iría mal.

El zorro estiró la cola, el hijo del rey se sentó en ella, y allá se fueron, por piedras y matorrales, tan rápido que el viento les silbaba en el pelo.

Pero en la caballeriza el joven pensó: «Un animal tan hermoso merece la silla buena». Apenas la silla de oro tocó al caballo, este se puso a relinchar. Los caballerangos despertaron y echaron al joven a la cárcel. Otra vez lo condenaron a muerte, y otra vez el rey le prometió la vida, y el caballo de oro, si le traía a la hermosa princesa del castillo de oro.

En la caballeriza, el joven le pone la silla de oro al caballo de oro; la silla corriente cuelga a un lado y dos caballerangos duermen en la paja.

Con el corazón encogido, el joven se puso en camino, y pronto encontró al fiel zorro.

—Debería dejarte con tu mala suerte —dijo el zorro—, pero me das lástima. A medianoche, la princesa irá a la casa de baños. Dale un beso y te seguirá. Pero no dejes que antes se despida de sus papás, porque te iría mal.

El zorro estiró la cola, el hijo del rey se sentó en ella, y allá se fueron, por piedras y matorrales, tan rápido que el viento les silbaba en el pelo.

A medianoche el joven le dio un beso a la princesa, y ella le dijo que se iría con él, pero le rogó llorando que la dejara despedirse de sus papás. Lloró y suplicó tanto, echada a sus pies, que al final él cedió. Apenas ella se acercó a la cama de su padre, el rey despertó, y con él todo el castillo, y el joven fue a dar a la cárcel.

—Esto te va a costar la vida —le dijo el rey a la mañana siguiente—. Solo te perdonaré si en ocho días quitas la montaña que tengo frente a la ventana y me tapa la vista. Si lo logras, te daré a mi hija.

El joven cavó y paleó sin descanso, pero a los siete días apenas había avanzado, y perdió toda esperanza. Esa tarde apareció el zorro.

—No mereces que te ayude —dijo—, pero vete a dormir, que yo haré el trabajo por ti.

El joven duerme en la hierba bajo la luna; más atrás, el zorro escarba la tierra frente a una montaña cuyas rocas se derrumban entre nubes de polvo.

Al otro día la montaña ya no estaba, y el rey, quisiera o no, tuvo que darle a su hija.

Iban los dos juntos cuando se les acercó el zorro.

—Falta el caballo de oro —dijo—. Llévale la princesa al rey y te dará el caballo. Móntalo, despídete de todos dándoles la mano y a la princesa déjala al final: cuando la tengas de la mano, súbela y vete al galope. Luego, cerca del castillo del pájaro, déjala conmigo y entra al patio sin bajarte; te sacarán el pájaro y, en cuanto tengas la jaula, regresa al galope por ella.

Todo salió bien. Después, cerca del castillo del pájaro, el joven dejó a la princesa al cuidado del zorro y entró al patio montado en el caballo de oro. Todos se pusieron tan contentos que le sacaron el pájaro de oro, y en cuanto tuvo la jaula en la mano, regresó al galope por la princesa.

—Ahora tienes que pagarme por mi ayuda —dijo el zorro—. Cuando lleguemos a aquel bosque, mátame de un tiro y córtame la cabeza y las patas.

—¡Bonita manera de darte las gracias! —dijo el hijo del rey—. Eso no te lo puedo hacer.

—Entonces tengo que dejarte —dijo el zorro—. Pero cuídate de dos cosas: no compres carne de horca y no te sientes en el borde de ningún pozo.

Y se metió corriendo al bosque.

«Qué animal tan raro», pensó el joven. «¿Quién va a comprar carne de horca?».

El camino lo llevó otra vez por el pueblo de las dos posadas, donde había mucho alboroto: iban a ahorcar a dos hombres. Eran sus hermanos, que habían hecho toda clase de fechorías y se habían gastado todo lo que tenían.

—Si usted paga, los sueltan —le dijo la gente—. Pero ¿para qué va a gastar su dinero en esos malvados?

El joven pagó sin pensarlo dos veces, y los tres siguieron juntos. Llegaron al bosque donde habían visto por primera vez al zorro. Allí hacía fresco, y como el sol quemaba, los hermanos propusieron descansar junto a un pozo. Mientras platicaban, al joven se le olvidó la advertencia y se sentó en el borde. Entonces los hermanos lo empujaron, y cayó de espaldas al fondo. Luego se llevaron a la princesa, el caballo y el pájaro, y se presentaron ante el rey, su padre, como si los hubieran ganado ellos.

En el palacio todos se alegraron mucho. Pero el caballo no comía, el pájaro no cantaba y la princesa no hacía más que llorar, porque los hermanos la habían amenazado de muerte si contaba la verdad.

Por suerte el pozo estaba seco, y el joven había caído sobre musgo blando, pero no podía salir. Tampoco esta vez lo abandonó el fiel zorro: bajó de un salto, lo regañó por no haberle hecho caso, le tendió la cola y lo sacó de un jalón.

Desde el borde de un pozo seco cubierto de musgo, en el bosque, el zorro le tiende la cola al joven, que se agarra de ella con las dos manos para salir.

—Todavía no estás a salvo —le advirtió—. Tus hermanos pusieron guardias en el bosque para matarte si te ven.

El joven cambió de ropa con un pobre hombre que estaba a la orilla del camino, y así llegó al palacio sin que nadie lo reconociera. Pero en cuanto entró, el pájaro empezó a cantar, el caballo empezó a comer y la princesa dejó de llorar.

—¿Qué significa esto? —preguntó el rey, asombrado.

—No lo sé, Majestad —dijo la princesa—, pero estaba muy triste y ahora estoy contenta. Es como si hubiera llegado mi verdadero novio.

Y le contó todo al rey, aunque los hermanos la habían amenazado. El rey mandó llamar a todas las personas del palacio, y entre ellas llegó el joven vestido con harapos, pero la princesa lo reconoció enseguida y le echó los brazos al cuello. Apresaron a los dos hermanos malvados y los ejecutaron, y el hijo del rey se casó con la princesa y fue nombrado heredero del reino.

En el salón del palacio, el joven vestido con harapos y la princesa se abrazan; el rey, de barba blanca, mira desde el trono junto al pájaro de oro en su jaula.

¿Y qué fue del zorro? Mucho tiempo después, el hijo del rey volvió al bosque, y allí le salió al encuentro el zorro.

—Ya tienes todo lo que podrías desear —le dijo—, pero mi desdicha no se acaba nunca, y en tus manos está liberarme.

Y otra vez le rogó que lo matara y le cortara la cabeza y las patas. Esta vez el hijo del rey lo hizo, y en ese mismo instante el zorro se convirtió en un hombre: era el hermano de la princesa, por fin libre del hechizo que pesaba sobre él. Y desde entonces vivieron felices, sin que les faltara nada, toda la vida.

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Adaptado por Talerie, fuente: Kinder- und Hausmärchen (se abre en una ventana nueva) Dominio público