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Un joven de capa verde, con una pluma de oro en la mano, va sentado en la cola de un zorro que corre entre piedras; al fondo, un castillo al atardecer.Original

El pájaro de oro

Hermanos Grimm

16 min de lectura a partir de 7 años

El hijo menor del rey vigila el manzano y descubre al ladrón: un pájaro de plumas de oro. Sale a buscarlo y en el camino le perdona la vida a un zorro, que a cambio le da buenos consejos, aunque el joven no siempre les hace caso.


Había una vez un rey que tenía detrás de su palacio un hermoso jardín, y en ese jardín crecía un árbol que daba manzanas de oro. Cuando las manzanas maduraron, las contaron, pero a la mañana siguiente ya faltaba una. Se lo avisaron al rey, y él mandó que todas las noches alguien vigilara al pie del árbol.

El rey tenía tres hijos. Al caer la noche mandó al mayor al jardín, pero a la medianoche el muchacho no pudo vencer el sueño, y a la mañana siguiente faltaba otra manzana. A la noche siguiente le tocó vigilar al segundo, y no le fue mejor: en cuanto dieron las doce se quedó dormido, y por la mañana faltaba una manzana.

Entonces le llegó el turno al tercer hijo, que estaba dispuesto a vigilar. El rey, sin embargo, no le tenía mucha confianza y pensaba que lograría todavía menos que sus hermanos, pero al final le dio permiso.

El joven se acostó bajo el árbol, se quedó despierto y no dejó que el sueño lo venciera. Al dar las doce oyó un zumbido en el aire y, a la luz de la luna, vio llegar volando un pájaro con las plumas todas de oro, que relucían. El pájaro se posó en el árbol y acababa de arrancar una manzana con el pico cuando el joven le disparó una flecha.

El pájaro escapó volando, pero la flecha le había alcanzado el plumaje, y una de sus plumas de oro cayó al suelo. El joven la recogió, a la mañana siguiente se la llevó al rey y le contó lo que había visto durante la noche.

De noche, bajo un árbol de manzanas de oro, un joven con un arco mira cómo un pájaro de oro se lleva una manzana en el pico mientras cae una pluma de oro.

El rey reunió a su consejo, y todos declararon que una pluma como esa valía más que el reino entero.

—Si la pluma es tan valiosa —dijo el rey—, de nada me sirve una sola. Quiero el pájaro completo, y tiene que ser mío.

El hijo mayor se puso en camino. Confiaba en su inteligencia y creía que encontraría el pájaro de oro sin ninguna dificultad. Cuando ya llevaba un buen trecho, vio a un zorro sentado a la orilla de un bosque, levantó la escopeta y le apuntó.

—¡No me dispares! —gritó el zorro—. A cambio te daré un buen consejo. Vas en busca del pájaro de oro, y esta noche llegarás a un pueblo donde hay dos posadas, una frente a la otra. Una está toda iluminada y adentro hay fiesta; no entres a esa, sino a la otra, aunque no te guste su aspecto.

«¿Cómo va a darme un consejo sensato un animal tan tonto?», pensó el hijo del rey, y disparó. Pero falló, y el zorro estiró la cola y se metió corriendo en el bosque.

El mayor siguió su camino y al anochecer llegó al pueblo de las dos posadas. En una se cantaba y se bailaba; la otra tenía un aspecto pobre y triste. «Tendría que ser tonto para meterme en esa posada de mala muerte y dejar la bonita», pensó. Así que entró a la alegre, se dio la gran vida y se olvidó del pájaro, de su padre y de todos los buenos consejos.

Pasó un tiempo, y como el hijo mayor no volvía nunca a casa, el segundo se puso en camino para buscar el pájaro de oro. También a él le salió al paso el zorro y le dio el buen consejo, pero él no le hizo caso. Llegó a las dos posadas, y su hermano, asomado a la ventana de la que estaba llena de risas y música, lo llamó. No pudo resistirse: entró y desde entonces no pensó más que en divertirse.

Volvió a pasar un tiempo, y el hijo menor quiso salir a probar suerte, pero su padre no quería dejarlo ir.

—Es inútil —dijo el rey—. Si sus hermanos no dieron con el pájaro de oro, este todavía menos, y si le pasa una desgracia, no sabrá qué hacer. No tiene lo que hace falta.

Pero al final, como el muchacho no le daba tregua, lo dejó partir.

A la entrada del bosque estaba sentado otra vez el zorro; le rogó que no lo matara y le dio el buen consejo. El joven era de buen corazón y le dijo:

—Tranquilo, zorrito, no te voy a hacer nada.

—No te arrepentirás —contestó el zorro—. Y para que llegues más rápido, siéntate en mi cola.

En cuanto el joven se sentó, el zorro echó a correr, y allá se fueron, por piedras y matorrales, tan rápido que el viento les silbaba en el pelo.

Cuando llegaron al pueblo, el joven se bajó, siguió el buen consejo y, sin voltear a ver la otra, entró a la posada humilde, donde pasó la noche tranquilo. A la mañana siguiente, cuando salió al campo, el zorro ya estaba sentado esperándolo.

—Ahora te diré lo que tienes que hacer —le dijo—. Sigue siempre derecho y al final llegarás a un castillo; delante habrá toda una tropa de soldados tendidos en el suelo, pero no te preocupes, porque todos estarán dormidos y roncando. Pasa por en medio de ellos, entra derecho al castillo y recorre todos los cuartos.

Y el zorro siguió:

—Al final llegarás a una sala donde hay un pájaro de oro en una jaula de madera. Al lado hay una jaula de oro vacía, nada más de adorno. Pero cuídate de no sacar al pájaro de su jaula corriente para meterlo en la lujosa, porque te podría ir muy mal.

Dicho esto, el zorro volvió a estirar la cola, el hijo del rey se sentó en ella, y allá se fueron, por piedras y matorrales, tan rápido que el viento les silbaba en el pelo.

Al llegar al castillo, el joven encontró todo tal como el zorro le había dicho. Entró a la sala donde estaba el pájaro de oro en una jaula de madera, con una de oro al lado; por el cuarto estaban tiradas las manzanas de oro que habían desaparecido del jardín de su padre. Entonces pensó que sería ridículo dejar un pájaro tan hermoso en una jaula tan corriente y fea, abrió la puertita, lo agarró y lo metió en la de oro.

En una sala de piedra, el joven alza la mano hacia el pájaro de oro, en una jaula de madera junto a una jaula de oro vacía; afuera duermen dos soldados.

Pero en ese mismo instante el pájaro soltó un grito agudísimo. Los soldados despertaron, entraron corriendo y encerraron al joven en la cárcel. A la mañana siguiente lo juzgaron y, como lo confesó todo, lo condenaron a muerte. Sin embargo, el rey dijo que le perdonaría la vida con una condición: que le trajera el caballo de oro, que corría más rápido que el viento. Si lo hacía, además le daría como premio el pájaro de oro.

El hijo del rey se puso en camino, pero iba suspirando y triste, porque ¿dónde iba a encontrar el caballo de oro? De pronto vio a su viejo amigo, el zorro, sentado a la orilla del camino.

—¿Ya ves? —dijo el zorro—. Esto te pasó por no hacerme caso. Pero anímate, que yo te voy a ayudar y te diré cómo llegar hasta el caballo de oro. Sigue derecho y llegarás a un castillo donde el caballo está en la caballeriza. Delante estarán tendidos los caballerangos, pero dormidos y roncando, y podrás sacar al caballo de oro con toda calma.

Y le advirtió:

—Solo cuídate de una cosa: ponle la silla corriente, de madera y cuero, y de ningún modo la de oro que cuelga al lado, porque te podría ir muy mal.

Luego el zorro estiró la cola, el hijo del rey se sentó en ella, y allá se fueron, por piedras y matorrales, tan rápido que el viento les silbaba en el pelo.

Todo sucedió como el zorro había dicho. El joven entró a la caballeriza donde estaba el caballo de oro, pero cuando iba a ponerle la silla corriente, pensó: «Un animal tan hermoso se va a ver deslucido si no le pongo la silla buena, la que se merece».

En la caballeriza, el joven le pone una silla de oro al caballo de oro; la silla corriente de cuero cuelga al lado y dos caballerangos duermen en la paja.

Apenas la silla de oro tocó al caballo, este empezó a relinchar con fuerza. Los caballerangos despertaron, agarraron al joven y lo echaron a la cárcel. A la mañana siguiente el tribunal lo condenó a muerte, pero el rey prometió perdonarle la vida y darle además el caballo de oro si lograba traerle a la hermosa princesa del castillo de oro.

Con el corazón encogido, el joven se puso en camino, pero por suerte pronto encontró al fiel zorro.

—Debería dejarte con tu desgracia —dijo el zorro—, pero me das lástima y te voy a sacar de apuros una vez más. Este camino te lleva derecho al castillo de oro. Llegarás al anochecer, y de noche, cuando todo esté en silencio, la hermosa princesa irá a bañarse a la casa de baños. Cuando entre, acércate de un salto y dale un beso; entonces te seguirá y podrás llevártela. Pero no permitas que antes se despida de sus padres, porque te podría ir muy mal.

Luego el zorro estiró la cola, el hijo del rey se sentó en ella, y allá se fueron, por piedras y matorrales, tan rápido que el viento les silbaba en el pelo.

Cuando llegó al castillo de oro, todo era tal como el zorro le había dicho. El joven esperó hasta la medianoche, cuando todos dormían profundamente, y en cuanto la hermosa princesa se dirigió a la casa de baños, salió de su escondite y le dio un beso. Ella le dijo que con gusto se iría con él, pero le suplicó, llorando, que la dejara despedirse antes de sus padres.

Al principio él no hizo caso de sus ruegos, pero ella lloraba cada vez más y se echó a sus pies, hasta que por fin él cedió. Apenas la princesa se acercó a la cama de su padre, el rey despertó, y con él todos los que había en el castillo. Al joven lo sujetaron y lo metieron en la cárcel.

A la mañana siguiente el rey le dijo:

—Mereces la muerte, y solo podrás salvarte si quitas la montaña que está delante de mis ventanas y no me deja ver más allá. Tienes ocho días para lograrlo. Si lo consigues, como premio te daré a mi hija.

El hijo del rey se puso manos a la obra y cavó y paleó sin descanso. Pero a los siete días vio que apenas había avanzado y que todo su esfuerzo casi no se notaba, así que se puso muy triste y perdió toda esperanza. Sin embargo, la tarde del séptimo día apareció el zorro y le dijo:

—No mereces que me ocupe de ti, pero anda, vete a dormir, que yo haré el trabajo por ti.

A la luz de la luna, el joven duerme en el pasto mientras el zorro escarba la tierra y, detrás, una montaña de roca se desmorona entre nubes de polvo.

A la mañana siguiente, cuando el joven despertó y se asomó a la ventana, la montaña había desaparecido. Corrió lleno de alegría a ver al rey y le avisó que la montaña ya no estaba, y el rey, quisiera o no, tuvo que cumplir su palabra y darle a su hija.

Los dos se fueron juntos, y al poco rato se les acercó el fiel zorro.

—Ya tienes lo mejor —le dijo al joven—, pero a la princesa del castillo de oro le corresponde también el caballo de oro.

—¿Y cómo lo consigo? —preguntó el joven.

—Eso te lo voy a decir yo —contestó el zorro—. Primero lleva a la hermosa princesa con el rey que te mandó al castillo de oro. Habrá una alegría como nunca se ha visto, y con gusto te traerán el caballo de oro. Súbete en él enseguida y, para despedirte, dales la mano a todos desde arriba, a la princesa al último. En cuanto la tengas agarrada, súbela de un jalón y sal a galope: nadie podrá alcanzarte, porque ese caballo corre más rápido que el viento.

Todo salió bien, y el hijo del rey se llevó a la hermosa princesa en el caballo de oro. El zorro no tardó en alcanzarlos y le dijo al joven:

—Ahora también te ayudaré a conseguir el pájaro de oro. Cuando estés cerca del castillo donde está el pájaro, baja a la princesa del caballo, y yo me quedaré cuidándola. Luego entra con el caballo de oro al patio del castillo: al verlo, se pondrán muy contentos y te sacarán el pájaro de oro. En cuanto tengas la jaula en la mano, regresa a galope con nosotros y ven por la princesa.

Todo resultó como el zorro había dicho, y cuando el hijo del rey ya iba a volver a casa con sus tesoros, el zorro le dijo:

—Ahora tienes que pagarme por mi ayuda.

—¿Qué quieres a cambio? —preguntó el joven.

—Cuando lleguemos a aquel bosque, mátame de un tiro y córtame la cabeza y las patas.

—¡Bonita manera de darte las gracias sería esa! —dijo el hijo del rey—. Eso no puedo hacerlo.

—Si no quieres hacerlo, tengo que dejarte —dijo el zorro—. Pero antes de irme te daré otro buen consejo. Cuídate de dos cosas: no compres carne de horca y no te sientes en el borde de ningún pozo.

Y dicho esto, se fue corriendo al bosque.

«Qué animal tan raro, y qué ocurrencias tiene», pensó el joven. «¿Quién va a comprar carne de horca? Y nunca en la vida se me ha antojado sentarme en el borde de un pozo».

Siguió cabalgando con la hermosa princesa, y su camino lo llevó otra vez por el pueblo donde se habían quedado sus dos hermanos. Había mucho alboroto y gente amontonada, y cuando preguntó qué pasaba, le dijeron que iban a ahorcar a dos hombres. Al acercarse vio que eran sus hermanos, que habían hecho toda clase de fechorías y se habían gastado todo lo que tenían.

Preguntó si no había manera de liberarlos.

—Si usted paga por ellos, sí, señor —le contestó la gente—. Pero ¿para qué quiere gastar su dinero en esos malvados y comprarles la libertad?

Él no lo pensó dos veces: pagó por ellos, y cuando los soltaron, siguieron el viaje los tres juntos.

Llegaron al bosque donde se habían encontrado con el zorro la primera vez, y como adentro estaba fresco y agradable, y afuera el sol quemaba, los dos hermanos dijeron:

—Descansemos un poco aquí junto al pozo, para comer y beber algo.

El joven aceptó, y mientras platicaban se le olvidó la advertencia: se sentó en el borde del pozo sin sospechar nada malo. Pero sus dos hermanos lo empujaron de espaldas al pozo, tomaron a la princesa, el caballo y el pájaro, y volvieron a casa con su padre.

—No solo te traemos el pájaro de oro —le dijeron—: también conseguimos el caballo de oro y a la princesa del castillo de oro.

Hubo una gran alegría, pero el caballo no comía, el pájaro no cantaba, y la princesa no hacía más que llorar.

Sin embargo, el hermano menor no había muerto. Por suerte el pozo estaba seco, y él cayó sobre musgo blando sin hacerse daño, pero no podía salir. Tampoco en ese apuro lo abandonó el fiel zorro: bajó de un salto hasta él y lo regañó por haber olvidado su consejo.

—Pero no puedo dejarte así —dijo—. Te voy a sacar otra vez a la luz del día.

Le dijo que se agarrara bien fuerte de su cola, y luego lo jaló hacia arriba.

Desde el borde de un pozo seco, el zorro baja la cola y el joven, bien agarrado de ella con las dos manos, sube por las paredes de piedra cubiertas de musgo.

—Todavía no estás fuera de peligro —dijo el zorro—. Tus hermanos no estaban seguros de que hubieras muerto y pusieron guardias alrededor del bosque, con orden de matarte si te ven.

Junto al camino estaba sentado un pobre hombre; el joven cambió de ropa con él y así llegó a la corte del rey. Nadie lo reconoció, pero el pájaro empezó a cantar, el caballo empezó a comer y la hermosa princesa dejó de llorar.

El rey, asombrado, preguntó:

—¿Qué quiere decir esto?

—No lo sé, Majestad —contestó la princesa—, pero estaba muy triste y ahora estoy muy contenta. Siento como si hubiera llegado mi verdadero novio.

Le contó al rey todo lo que había pasado, aunque los otros dos hermanos la habían amenazado de muerte si decía algo. El rey mandó llamar a todas las personas que había en el castillo, y entre ellas llegó también el joven, con sus harapos de pobre; pero la princesa lo reconoció enseguida y se le echó al cuello.

En una sala del castillo, la princesa abraza al joven vestido con harapos; un rey anciano de barba blanca sonríe en su trono junto al pájaro de oro enjaulado.

A los malvados hermanos los apresaron y los ejecutaron. Al joven lo casaron con la hermosa princesa y lo nombraron heredero del rey.

¿Y qué fue del pobre zorro? Mucho tiempo después, el hijo del rey volvió un día al bosque, y allí se encontró con el zorro, que le dijo:

—Ya tienes todo lo que puedes desear, pero mi desdicha no tiene fin, y está en tus manos liberarme.

Y otra vez le suplicó que lo matara de un tiro y le cortara la cabeza y las patas. Esta vez el joven lo hizo, y en cuanto estuvo hecho, el zorro se convirtió en un hombre: era nada menos que el hermano de la hermosa princesa, libre al fin del hechizo que pesaba sobre él. Y ya nada les faltó para ser felices mientras vivieron.

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Adaptado por Talerie, fuente: Kinder- und Hausmärchen (se abre en una ventana nueva) Dominio público