OriginalEl cuarto Rey Mago
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Artabán, un mago persa de Ecbatana, vende su casa para seguir la estrella que anuncia a un Rey. Lleva un zafiro, un rubí y una perla como tributo, y tiene diez días para alcanzar a sus tres compañeros en Babilonia. En un palmar, cerca de la cita, un desterrado hebreo que se muere le agarra el manto.
Seguramente conoces la historia de los tres Reyes Magos de Oriente, que viajaron desde muy lejos para ofrecer sus regalos ante el pesebre de Belén. Pero ¿has oído alguna vez la historia del otro mago, el cuarto, que también vio la estrella cuando salía y se puso en camino para seguirla, y que sin embargo no llegó con sus hermanos ante el niño Jesús?
Quiero contar cuál fue el gran deseo de este cuarto peregrino, cómo le fue negado y cómo, aun así, se cumplió en esa misma negación; sus muchos viajes y las pruebas de su alma; su larga búsqueda y la extraña manera en que al fin encontró a quien buscaba. Lo contaré tal como oí la historia, a pedazos, en la Sala de los Sueños, en el palacio del Corazón del Hombre.
En los días en que César Augusto era señor de muchos reyes y Herodes reinaba en Jerusalén, vivía en la ciudad de Ecbatana, entre las montañas de Persia, un hombre llamado Artabán, el medo. Su casa estaba junto a la muralla exterior, la primera de las siete que rodeaban el tesoro real. Desde su azotea podía mirar por encima de las almenas, que subían negras y blancas, carmesíes, azules y rojas, plateadas y doradas, hasta la colina donde el palacio de verano de los emperadores partos brillaba como una joya en una corona de siete aros.
Alrededor de la casa de Artabán se extendía un hermoso jardín, una maraña de flores y árboles frutales, regado por una veintena de arroyos que bajaban de las laderas del monte Orontes y lleno del canto de innumerables pájaros.
Pero todo color se perdía en la oscuridad suave y perfumada de aquella noche de finales de septiembre, y todos los sonidos callaban bajo el hondo encanto de su silencio, menos el rumor del agua, que sonaba entre las sombras como una voz que medio sollozaba y medio reía. En lo alto, por encima de los árboles, brillaba una luz tenue entre las cortinas de los arcos de la sala de arriba, donde el dueño de la casa se reunía en consejo con sus amigos.
Artabán estaba de pie junto a la puerta para recibir a sus invitados. Era un hombre alto y moreno, de unos cuarenta años, de ojos brillantes y muy juntos bajo la frente ancha, con líneas firmes marcadas alrededor de los labios finos: la frente de un soñador y la boca de un soldado, un hombre de sentimientos delicados pero de voluntad inquebrantable. Era de esos hombres que, en cualquier época, nacen para la lucha interior y para una vida de búsqueda.
Llevaba un manto de lana blanca y pura sobre una túnica de seda, y sobre el largo cabello negro, un gorro blanco y puntiagudo, con dos bandas largas que le caían a los lados. Era el traje del antiguo sacerdocio de los magos, a quienes llamaban los adoradores del fuego.
—¡Bienvenidos! —decía con su voz grave y agradable, a medida que entraban uno tras otro—. Bienvenido, Abdus; la paz sea contigo, Rodaspes, y contigo, Tigranes, y con usted, padre Abgaro. Todos son bienvenidos, y esta casa se ilumina con la alegría de su presencia.
Eran nueve hombres, de edades muy distintas, pero parecidos en la riqueza de sus ropas de seda de muchos colores, en los pesados collares de oro que llevaban al cuello, señal de que eran nobles partos, y en los círculos alados de oro que descansaban sobre el pecho, el emblema de los seguidores de Zoroastro.
Ocuparon sus lugares alrededor de un pequeño altar negro, al fondo de la sala, donde ardía una llamita. Artabán, de pie junto al altar, agitaba sobre el fuego un barsom de delgadas ramas de tamarisco y lo alimentaba con astillas secas de pino y aceites perfumados. Luego empezó el antiguo canto del Yasna, y las voces de sus compañeros se unieron en el hermoso himno a Ahura Mazda:
Adoramos al Espíritu divino, lleno de sabiduría y de bondad, rodeado de los santos inmortales que dan bendición y prosperidad; nos alegran las obras de sus manos, confesamos su poder y su verdad.
Alabamos todo lo que es puro, pues solo eso es su creación: los pensamientos que son verdaderos, las palabras y obras de buen corazón; todo eso lo sostiene su mano, y por eso le damos adoración.
¡Escúchanos, oh Mazda, que vives en la verdad y en la dicha del cielo! Límpianos de toda mentira, guárdanos del mal y su cautiverio, y derrama la luz de tu vida sobre nuestra noche y nuestro duelo.
Brilla en la huerta y el campo, brilla en el telar y en la labor; brilla sobre todos los hombres, sobre el que cree y el que no; brilla esta noche en nosotros, brilla con todo tu fulgor, y recibe la llama de nuestro amor y el canto con que te adoramos hoy.
El fuego subía con el canto y palpitaba como si la música misma ardiera en él, hasta que llenó de luz toda la sala y dejó ver su sencillez y su esplendor.
El piso era de mosaicos azul oscuro con vetas blancas; de las paredes azules sobresalían pilastras de plata retorcida; las ventanas de arco redondo, en lo alto de los muros, tenían cortinas de seda celeste, y el techo abovedado parecía cubierto de zafiros, claro como el mismo cielo y sembrado de estrellas de plata. De las cuatro esquinas colgaban cuatro ruedas mágicas de oro, a las que llamaban las lenguas de los dioses.
En el extremo oriental, detrás del altar, había dos columnas de pórfido rojo oscuro, y encima un dintel de la misma piedra, donde estaba tallada la figura de un arquero alado, con la flecha en la cuerda y el arco tenso.
La puerta que había entre las columnas, y que daba a la terraza de la azotea, estaba cubierta por una pesada cortina del color de una granada madura, bordada con innumerables rayos de oro que subían desde el suelo. Así, la sala parecía una noche serena y estrellada, toda azul y plata, con un rubor rosado en el oriente que prometía el amanecer. Como debe ser la casa de un hombre, era el reflejo del carácter y del espíritu de su dueño.
Cuando terminó el canto, Artabán se volvió hacia sus amigos y los invitó a sentarse en el diván, en el extremo occidental de la sala.
—Esta noche han venido a mi llamado —dijo, recorriendo el círculo con la mirada— como fieles discípulos de Zoroastro, para renovar su culto y reavivar su fe en el Dios de la Pureza, así como este fuego se ha reavivado en el altar. No adoramos el fuego, sino a aquel de quien el fuego es el símbolo elegido, porque es la más pura de todas las cosas creadas. Nos habla de alguien que es Luz y Verdad. ¿No es así, padre?
—Bien dicho, hijo mío —respondió el venerable Abgaro—. Los que tienen la mente iluminada nunca son idólatras. Levantan el velo de la forma y entran al santuario de la realidad, y por medio de los viejos símbolos les llegan siempre nueva luz y nueva verdad.
—Escúchenme, entonces, padre y amigos míos —dijo Artabán con mucha calma—, mientras les cuento la nueva luz y la nueva verdad que me llegaron por medio de la más antigua de todas las señales. Juntos estudiamos los secretos de la naturaleza y las virtudes curativas del agua, del fuego y de las plantas. También leímos los libros de las profecías, donde el futuro se anuncia en penumbra, con palabras difíciles de entender. Pero el más alto de todos los saberes es el conocimiento de las estrellas. Seguir su curso es desenredar los hilos del misterio de la vida, del principio al fin. Si pudiéramos seguirlas a la perfección, nada se nos ocultaría. Pero ¿no es todavía incompleto lo que sabemos de ellas? ¿No hay muchas estrellas más allá de nuestro horizonte, luces que solo conocen los que viven en las lejanas tierras del sur, entre los árboles de especias de Punt y las minas de oro de Ofir?
Entre los que escuchaban se oyó un murmullo de aprobación.
—Las estrellas —dijo Tigranes— son los pensamientos del Eterno. No tienen número. Pero los pensamientos del hombre se pueden contar, como los años de su vida. La sabiduría de los magos es la mayor de todas las sabidurías de la tierra, porque conoce su propia ignorancia. Y en eso está el secreto del poder. Nosotros hacemos que los hombres sigan siempre mirando al cielo, esperando un nuevo amanecer. Pero sabemos que la oscuridad es igual a la luz, y que la lucha entre las dos no se acabará nunca.
—Eso no me basta —respondió Artabán—, porque si la espera no tuviera fin, si nunca pudiera cumplirse, no sería sabio mirar y esperar. Seríamos como esos nuevos maestros de los griegos, que dicen que no existe la verdad y que los únicos sabios son los que se pasan la vida descubriendo y denunciando las mentiras que el mundo ha creído. Pero el nuevo amanecer llegará sin falta, a su debido tiempo. ¿No nos dicen nuestros propios libros que así sucederá, y que los hombres verán el resplandor de una gran luz?
—Es verdad —dijo Abgaro—. Todo discípulo fiel de Zoroastro conoce la profecía del Avesta y guarda esas palabras en el corazón: «En aquel día, Sosiosh el Victorioso se levantará de entre los profetas, en el país del oriente. A su alrededor brillará un resplandor poderoso, y él hará la vida eterna, incorruptible e inmortal, y los muertos resucitarán».
—Esas son palabras oscuras —dijo Tigranes—, y puede que nunca las entendamos. Más vale ocuparnos de lo que tenemos cerca y aumentar la influencia de los magos en su propio país, en lugar de buscar a alguien que tal vez sea un extranjero y a quien tendríamos que entregarle nuestro poder.
Los demás parecían pensar lo mismo. Entre ellos se notaba un asentimiento callado; en sus miradas había esa expresión difícil de definir que aparece siempre cuando alguien dice en voz alta lo que dormía en el corazón de quienes lo escuchan. Pero Artabán se volvió hacia Abgaro con el rostro encendido y dijo:
—Padre, yo he guardado esta profecía en lo más secreto de mi alma. Una religión sin una gran esperanza sería como un altar sin fuego vivo. Y ahora la llama ardió con más fuerza, y a su luz leí otras palabras, que también vienen de la fuente de la Verdad y que hablan todavía más claro de la venida del Victorioso en todo su resplandor.
Sacó de la túnica, de junto al pecho, dos rollitos de lino fino cubiertos de escritura y los desenrolló con cuidado sobre las rodillas.
—En años que ya se pierden en el pasado, mucho antes de que nuestros padres llegaran a la tierra de Babilonia, había en Caldea unos sabios de quienes los primeros magos aprendieron el secreto de los cielos. Y uno de los más poderosos fue Balaam, hijo de Beor. Escuchen las palabras de su profecía: «Saldrá una estrella de Jacob, y se levantará un cetro de Israel».
Tigranes torció la boca con desprecio y dijo:
—Judá estuvo cautiva junto a los ríos de Babilonia, y los hijos de Jacob fueron esclavos de nuestros reyes. Las tribus de Israel andan dispersas por las montañas como ovejas perdidas, y del puñado que vive en Judea bajo el yugo de Roma no saldrá ni estrella ni cetro.
—Y sin embargo —respondió Artabán—, fue el hebreo Daniel, el gran intérprete de sueños, el consejero de reyes, el sabio Beltsasar, a quien más honró y quiso nuestro gran rey Ciro. Daniel demostró ante nuestro pueblo que era profeta de cosas ciertas y que sabía leer los pensamientos de Dios. Y estas son las palabras que escribió.
Desenrolló el segundo rollo y leyó:
—Sepan, pues, y entiendan que, desde que salga la orden de reconstruir Jerusalén hasta el Ungido, el Príncipe, pasarán siete semanas y sesenta y dos semanas.
—Pero, hijo mío —dijo Abgaro, no muy convencido—, esos son números misteriosos. ¿Quién puede interpretarlos? ¿Quién puede encontrar la llave que abra su sentido?
—Eso es lo que se nos dio a conocer a mí y a mis tres compañeros magos: Gaspar, Melchor y Baltasar —respondió Artabán—. Examinamos las antiguas tablillas de Caldea y calculamos el tiempo: cae en este año. Estudiamos el cielo, y en la primavera vimos que dos de las estrellas más grandes se acercaban en el signo de los Peces, que es la casa de los hebreos. Allí vimos también una estrella nueva, que brilló una noche y luego desapareció. Ahora los dos grandes planetas vuelven a encontrarse. Esta noche es su conjunción. Mis tres hermanos están velando en el antiguo Templo de las Siete Esferas, en Borsippa, en Babilonia, y yo velo aquí. Si la estrella vuelve a brillar, me esperarán diez días en el templo, y luego partiremos juntos hacia Jerusalén para ver y adorar al prometido, al que nacerá Rey de Israel. Creo que la señal vendrá. Ya tengo todo listo para el viaje. Vendí mi casa y todo lo que tenía, y compré estas tres joyas, un zafiro, un rubí y una perla, para llevárselas al Rey como tributo.
Mientras hablaba, metió la mano en el pliegue más hondo de su cinturón y sacó tres piedras grandes: una azul como un pedazo del cielo de noche, otra más roja que un rayo del amanecer y otra tan pura como la cumbre de una montaña nevada al atardecer. Y las puso sobre los rollos de lino extendidos delante de él.
—Y les pido que vengan conmigo en esta peregrinación —siguió—, para que tengamos juntos la alegría de encontrar al Príncipe que es digno de ser servido.
Pero sus amigos lo miraban como si de pronto fuera un desconocido. Un velo de duda y desconfianza les cubrió la cara, como una niebla que sube de los pantanos y esconde las colinas. Se miraron unos a otros con asombro y con lástima, como quien acaba de oír cosas increíbles, el relato de una visión descabellada o la propuesta de una empresa imposible.
Por fin Tigranes dijo:
—Artabán, esto es un sueño vano. Viene de mirar demasiado las estrellas y de alimentar pensamientos muy elevados. Sería más sensato dedicar el tiempo a reunir dinero para el nuevo templo del fuego en Chala. Del pueblo deshecho de Israel no saldrá nunca ningún rey, y la lucha eterna entre la luz y la oscuridad no tendrá fin. El que espera ese fin persigue sombras. Adiós.
Y otro dijo:
—Artabán, yo no sé nada de estas cosas, y mi cargo de guardián del tesoro real me obliga a quedarme aquí. Esta búsqueda no es para mí. Pero si tienes que seguirla, que te vaya bien.
Y otro dijo:
—Acabo de casarme, y mi esposa duerme en mi casa; no puedo dejarla ni llevarla conmigo en un viaje tan extraño. Esta búsqueda no es para mí. Pero que te vaya bien dondequiera que vayas. Adiós.
Y otro dijo:
—Yo estoy enfermo y ya no aguanto las fatigas de un viaje, pero entre mis criados hay un hombre al que mandaré contigo cuando partas, para que me traiga noticias de cómo te va.
Pero Abgaro, el más viejo de todos y el que más quería a Artabán, se quedó cuando los demás ya se habían ido, y le dijo con gravedad:
—Hijo mío, puede ser que en esta señal que apareció en el cielo esté la luz de la verdad, y entonces sin duda te llevará hasta el Príncipe y su gran resplandor. O puede ser que sea solo una sombra de la luz, como dijo Tigranes, y entonces el que la siga no tendrá más que una larga peregrinación y una búsqueda vacía. Pero más vale seguir aunque sea la sombra de lo mejor que conformarse con lo peor. Y quien quiere ver cosas maravillosas muchas veces tiene que estar dispuesto a viajar solo. Yo ya estoy muy viejo para este viaje, pero mi corazón te acompañará de día y de noche, y sabré cómo termina tu búsqueda. Ve en paz.

Así, uno por uno, salieron todos de la sala azul de estrellas de plata, y Artabán se quedó solo.
Recogió las joyas y las guardó otra vez en el cinturón. Durante un largo rato se quedó mirando la llama, que temblaba y se iba apagando en el altar. Luego cruzó la sala, levantó la pesada cortina y salió entre las columnas de pórfido rojo oscuro a la terraza de la azotea.
Ya había empezado ese estremecimiento que recorre la tierra antes de que despierte de su sueño, y el viento fresco que anuncia el alba bajaba de las altas barrancas del monte Orontes, surcadas de nieve. Los pájaros, medio despiertos, se movían y piaban entre las hojas, y de los emparrados llegaba de vez en cuando el olor de las uvas maduras.
A lo lejos, sobre la llanura del oriente, una neblina blanca se extendía como un lago. Pero donde la cumbre lejana del Zagros recortaba el horizonte de poniente, el cielo estaba despejado. Júpiter y Saturno avanzaban juntos, como dos gotas de fuego a punto de fundirse en una sola.
Mientras Artabán los miraba, de pronto nació de la oscuridad, debajo de ellos, una chispa azul, que se fue redondeando entre resplandores morados hasta volverse una esfera carmesí, y luego subió entre rayos de azafrán y de naranja hasta quedar convertida en un punto de luz blanca. Pequeñísima e infinitamente lejana, pero perfecta en cada parte, latía en la inmensa bóveda como si las tres joyas que el mago llevaba en el pecho se hubieran mezclado hasta volverse un corazón vivo de luz.
Inclinó la cabeza. Se cubrió la frente con las manos.
—Es la señal —dijo—. El Rey viene, y yo iré a su encuentro.
Toda la noche, Vasda, la yegua más veloz de Artabán, había esperado en su establo, ensillada y con la brida puesta. Escarbaba el suelo con impaciencia y sacudía el freno, como si compartiera el afán de su amo, aunque no supiera a qué se debía.
Antes de que los pájaros despertaran del todo para su canto de la mañana, fuerte, agudo y alegre, y antes de que la neblina blanca empezara a levantarse perezosa de la llanura, el otro mago ya iba en la silla, cabalgando a toda prisa hacia el oeste por el camino real que bordeaba la falda del monte Orontes.
¡Qué cercana, qué íntima es la amistad entre un hombre y su caballo preferido en un largo viaje! Es una amistad callada que lo comprende todo, un trato que no necesita palabras.
Beben en los mismos manantiales del camino y duermen bajo las mismas estrellas que los cuidan. Juntos sienten la calma que trae la noche y la alegría que despierta con el alba. El amo comparte su cena con su compañero hambriento y siente los labios suaves y húmedos que le acarician la palma de la mano cuando toman el pedazo de pan.
En el alba gris lo despierta un aliento tibio y dulce que le roza la cara dormida, y al abrir los ojos ve los ojos de su fiel compañero de viaje, listo y esperando el trabajo del día. Seguramente, a menos que sea un pagano y un incrédulo, sea cual sea el nombre con que invoque a su Dios, le dará gracias por esta compañía sin voz, por este cariño mudo, y su oración de la mañana pedirá una doble bendición: ¡Dios nos bendiga a los dos, y guarde nuestros pies de caer y nuestras almas de la muerte!
Y luego, en el aire fresco de la mañana, los cascos veloces de Vasda tocaban su música briosa por el camino, al compás de dos corazones que latían con el mismo deseo impaciente: vencer el espacio, devorar la distancia, llegar a la meta del viaje.
Artabán tenía que medir muy bien sus jornadas si quería llegar a la hora fijada con los otros magos, porque el camino era de ciento cincuenta parasangas, y quince era lo más que podía recorrer en un día. Pero conocía la fuerza de Vasda y siguió adelante sin inquietarse. Cada día cubría la distancia fijada, aunque tuviera que viajar hasta muy entrada la noche y ponerse en marcha por la mañana mucho antes de que saliera el sol.
Recorrió las laderas pardas del monte Orontes, surcadas por los cauces pedregosos de cien torrentes.
Cruzó las llanuras de Nisea, donde las famosas manadas de caballos que pastaban en las anchas praderas levantaban la cabeza al ver acercarse a Vasda y se alejaban al galope con un trueno de cascos. Desde los pastizales pantanosos alzaban el vuelo de golpe bandadas de aves silvestres, y daban grandes vueltas en el aire, entre el brillo de innumerables alas y chillidos de sorpresa.

Atravesó los campos fértiles de Concabar, donde el polvo de las eras llenaba el aire de una neblina dorada que casi ocultaba el enorme templo de Astarté, con sus cuatrocientas columnas.
En Baghistán, entre ricos jardines regados por fuentes que brotaban de la roca, levantó la vista hacia la montaña que asomaba su enorme frente escarpada sobre el camino. Allí vio la figura del rey Darío pisoteando a sus enemigos vencidos, y la orgullosa lista de sus guerras y conquistas grabada muy alto en la pared del eterno acantilado.
Pasó por muchos puertos de montaña fríos y desolados, subiendo con trabajo por las lomas azotadas por el viento; bajó por muchas gargantas negras, donde el río rugía y corría delante de él como un guía salvaje; cruzó muchos valles risueños, con terrazas de piedra caliza amarilla llenas de viñas y árboles frutales. Atravesó los encinares de Carine y las oscuras Puertas del Zagros, encerradas entre precipicios, y entró en la antigua ciudad de Chala, donde mucho tiempo atrás habían tenido cautivo al pueblo de Samaria.
Salió de nuevo por el gran portal abierto entre los cerros que rodeaban la ciudad, y allí vio la imagen del Sumo Sacerdote de los magos esculpida en la pared de roca, con la mano levantada como para bendecir a los peregrinos de todos los siglos. Pasó por la entrada del estrecho desfiladero, lleno de punta a punta de huertos de duraznos y de higueras, por donde el río Gindes bajaba espumoso a su encuentro, y por los anchos arrozales, donde los vapores del otoño extendían sus nieblas mortales.
Siguió el curso del río bajo la sombra temblorosa de álamos y tamarindos, entre las colinas más bajas, y salió a la llanura, donde el camino corría derecho como una flecha entre rastrojos y prados resecos. Dejó atrás la ciudad de Ctesifonte, donde reinaban los emperadores partos, y la inmensa Seleucia, que fundó Alejandro, y cruzó las aguas revueltas del Tigris y los muchos brazos del Éufrates, que corrían amarillos entre los trigales.
Así siguió adelante Artabán, hasta que llegó, al anochecer del décimo día, al pie de las murallas en ruinas de la populosa Babilonia.
Vasda estaba casi agotada, y él habría entrado con gusto en la ciudad a buscar descanso y alimento para los dos. Pero sabía que todavía faltaban tres horas de camino hasta el Templo de las Siete Esferas, y que tenía que llegar antes de la medianoche si quería encontrar a sus compañeros esperándolo. Así que no se detuvo y siguió cabalgando sin parar entre los rastrojos.
Un bosquecillo de palmeras datileras formaba una isla de sombra en aquel mar amarillo pálido. Al entrar en la sombra, Vasda aflojó el paso y empezó a escoger con más cuidado dónde pisaba.
Cerca del otro extremo de aquella oscuridad, a Vasda pareció invadirla una cautela repentina. Olía algún peligro o algún tropiezo; no era de su naturaleza huir, sino estar preparada y enfrentarlo con prudencia, como debe hacerlo un buen caballo. El palmar estaba cerrado y callado como una tumba: no se movía una hoja, no cantaba un pájaro.
Avanzaba tanteando el suelo con delicadeza, la cabeza baja, y de vez en cuando resoplaba inquieta. Por fin soltó un resoplido rápido de alarma y se detuvo en seco, temblando de pies a cabeza, delante de un bulto oscuro a la sombra de la última palmera.
Artabán desmontó. La débil luz de las estrellas le dejó ver el cuerpo de un hombre tendido de través en el camino. Por su ropa humilde y su cara demacrada, debía de ser uno de los pobres desterrados hebreos que todavía vivían en gran número por esa región. Tenía la piel pálida, seca y amarilla como pergamino, con la marca de la fiebre mortal que en otoño asolaba los pantanos. El frío de la muerte estaba en su mano flaca, y cuando Artabán la soltó, el brazo cayó sin fuerza sobre el pecho inmóvil.
El mago se apartó con lástima, dispuesto a dejar el cuerpo para aquel extraño entierro que los magos consideraban el más digno: el funeral del desierto, en el que bajan los milanos y los buitres con sus alas oscuras y rondan a escondidas las fieras, hasta que no queda más que un montón de huesos blancos sobre la arena.
Pero al volverse, de los labios del hombre salió un suspiro largo, débil, como de fantasma. Los dedos morenos y huesudos se cerraron de golpe sobre el borde del manto del mago y lo sujetaron con fuerza.

A Artabán le dio un vuelco el corazón, no de miedo, sino de un enojo sordo contra aquel estorbo ciego que lo retrasaba.
¿Cómo iba a quedarse allí, en la oscuridad, a cuidar a un extraño que se moría? ¿Qué derecho tenía aquel pedazo desconocido de vida humana a su compasión o a su ayuda? Si se detenía aunque fuera una hora, difícilmente llegaría a Borsippa a tiempo. Sus compañeros pensarían que había abandonado el viaje. Se irían sin él, y todo su viaje habría sido en vano.
Pero si seguía adelante, el hombre moriría sin remedio. Si se quedaba, tal vez pudiera devolverle la vida. Su espíritu latía y se agitaba ante la urgencia de aquel momento. ¿Debía arriesgar la gran recompensa de su fe por un solo acto de amor humano? ¿Debía apartarse, aunque fuera un momento, del camino de la estrella para darle un vaso de agua fresca a un pobre hebreo moribundo?
—Dios de la verdad y la pureza —rezó—, guíame por el camino santo, el camino de la sabiduría que solo tú conoces.
Luego volvió con el enfermo. Le soltó la mano del manto y lo llevó a un montículo al pie de la palmera.
Le desató los gruesos pliegues del turbante y le abrió la ropa sobre el pecho hundido. Trajo agua de uno de los canalitos cercanos y le mojó la frente y la boca. Preparó una bebida con uno de esos remedios sencillos pero poderosos que siempre llevaba en el cinturón, porque los magos eran médicos además de astrólogos, y se lo dio despacio, gota a gota, entre los labios sin color.
Trabajó hora tras hora, como solo sabe hacerlo un buen curandero, y por fin el hombre recobró las fuerzas, se sentó y miró a su alrededor.
—¿Quién es usted, señor —preguntó en la tosca lengua del lugar—, y por qué vino a buscarme aquí para devolverme la vida?
—Soy Artabán, el mago, de la ciudad de Ecbatana, y voy a Jerusalén en busca del que va a nacer Rey de los judíos, un gran Príncipe y Libertador de todos los hombres. No me atrevo a retrasarme más, porque la caravana que me esperaba puede irse sin mí. Pero mire, aquí tiene todo el pan y el vino que me quedan, y aquí tiene una pócima de hierbas curativas. Cuando recobre las fuerzas, podrá encontrar las casas de los hebreos entre las de Babilonia.
El desterrado levantó solemnemente al cielo la mano temblorosa.
—Que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob bendiga el viaje del hombre compasivo, que le dé buen camino y lo lleve en paz al puerto que desea. Pero espere: no tengo nada que darle a cambio, salvo esto: puedo decirle dónde hay que buscar al Mesías. Nuestros profetas dijeron que no nacería en Jerusalén, sino en Belén de Judá. Que Dios lo lleve con bien a ese lugar, porque tuvo compasión de un enfermo.
Ya hacía mucho que había pasado la medianoche. Artabán cabalgó a toda prisa, y Vasda, repuesta por el breve descanso, corrió con ganas por la llanura silenciosa y cruzó a nado los canales del río. Sacó lo que le quedaba de fuerzas y voló sobre la tierra como una gacela.
Pero el primer rayo del sol ya proyectaba su sombra delante de ella cuando entró en el último tramo del camino, y los ojos de Artabán, que recorrían con angustia el gran montículo de Nimrod y el Templo de las Siete Esferas, no pudieron descubrir ni rastro de sus amigos.
Las terrazas de muchos colores, negras y naranjas, rojas, amarillas, verdes, azules y blancas, quebradas por los temblores de la tierra y desmoronadas bajo los golpes repetidos de la violencia de los hombres, todavía brillaban a la luz de la mañana como un arcoíris en ruinas.
Artabán rodeó la colina al galope. Desmontó y subió hasta la terraza más alta, y desde allí miró hacia el poniente.
La inmensa soledad de los pantanos se extendía hasta el horizonte y el borde del desierto. Había garzas junto a los charcos de agua estancada y chacales que se escurrían entre los matorrales, pero ni cerca ni lejos se veía señal de la caravana de los magos.
En la orilla de la terraza vio un montoncito de ladrillos rotos, y debajo, un pedazo de pergamino. Lo tomó y leyó: «Esperamos hasta pasada la medianoche y no podemos tardar más. Vamos a buscar al Rey. Síguenos por el desierto».
Artabán se sentó en el suelo y se cubrió la cabeza, desesperado.

—¿Cómo voy a cruzar el desierto —dijo— sin comida y con una yegua agotada? Tengo que volver a Babilonia, vender el zafiro y comprar una recua de camellos y provisiones para el viaje. Tal vez nunca alcance a mis amigos. Solo Dios, que es misericordioso, sabe si no perderé la oportunidad de ver al Rey por haberme detenido a tener compasión.
Hubo un silencio en la Sala de los Sueños, donde yo escuchaba la historia del otro mago. Y a través de ese silencio vi, aunque muy borrosa, su figura, que avanzaba por las tristes ondulaciones del desierto en lo alto de su camello, meciéndose sin parar como un barco sobre las olas.
La tierra de la muerte tendía a su alrededor su red cruel. Los pedregales no daban más fruto que zarzas y espinas. Aquí y allá asomaban sobre el suelo crestas oscuras de roca, como los huesos de monstruos muertos hace mucho. Delante de él se alzaban cordilleras áridas e inhóspitas, surcadas por los cauces secos de antiguos torrentes, blancos y espantosos como cicatrices en la cara de la naturaleza. Colinas de arena traicionera, que el viento cambiaba de lugar, se amontonaban como tumbas a lo largo del horizonte.
De día, el calor feroz echaba su peso insoportable sobre el aire tembloroso, y nada vivo se movía sobre la tierra muda, como desmayada, salvo los diminutos jerbos que corrían entre los arbustos resecos o las lagartijas que desaparecían en las grietas de la roca. De noche, los chacales rondaban y aullaban a lo lejos, y el león hacía retumbar los barrancos negros con su rugido hueco, mientras un frío amargo y cortante seguía a la fiebre del día. Con calor y con frío, el mago seguía avanzando sin descanso.
Luego vi los jardines y los huertos de Damasco, regados por los ríos Abana y Farfar, con sus prados en pendiente salpicados de flores y sus matorrales de mirra y de rosas. Vi también la larga cresta nevada del Hermón, y los bosques oscuros de cedros, y el valle del Jordán, y las aguas azules del lago de Galilea, y la fértil llanura de Esdrelón, y los montes de Efraín, y las tierras altas de Judá.
Por todos esos lugares seguí la figura de Artabán, que avanzaba sin descanso, hasta que llegó a Belén. Habían pasado tres días desde que los otros tres magos llegaron allí, encontraron a María y a José con el niño Jesús y pusieron a los pies del niño sus regalos de oro, incienso y mirra.
Entonces el otro mago se acercó, cansado pero lleno de esperanza, con su rubí y su perla para ofrecérselos al Rey.
—Ahora por fin —dijo— lo voy a encontrar, aunque sea solo y más tarde que mis hermanos. Este es el lugar del que me habló el desterrado hebreo, el que anunciaron los profetas, y aquí veré nacer la gran luz. Pero tengo que preguntar por la visita de mis hermanos, a qué casa los llevó la estrella y a quién le ofrecieron su tributo.
Las calles del pueblo parecían desiertas, y Artabán se preguntó si todos los hombres habrían subido a los pastos de los cerros a bajar sus ovejas. Por la puerta abierta de una casita baja de piedra oyó la voz de una mujer que cantaba bajito. Entró y encontró a una joven madre que arrullaba a su bebé para dormirlo.
Ella le habló de los extranjeros del lejano Oriente que habían aparecido en el pueblo tres días antes. Le contó que decían que una estrella los había guiado hasta el lugar donde se hospedaba José de Nazaret con su esposa y el niño recién nacido, y que le habían rendido homenaje al niño y le habían dado muchos regalos valiosos.
—Pero los viajeros desaparecieron —siguió ella— tan de repente como habían llegado. Nos dio miedo lo extraño de esa visita. No la entendíamos. El hombre de Nazaret tomó al niño y a su madre y huyó a escondidas esa misma noche, y se decía en voz baja que se iban lejos, a Egipto. Desde entonces es como si el pueblo estuviera embrujado; algo malo flota sobre él. Dicen que los soldados romanos vienen de Jerusalén a cobrarnos un nuevo impuesto, y los hombres se llevaron los rebaños lejos, a los cerros, y se escondieron para librarse.
Artabán escuchaba su voz suave y tímida, y el niño que ella tenía en brazos lo miró a la cara, le sonrió y estiró sus manitas sonrosadas para agarrar el círculo de oro alado que el mago llevaba en el pecho. A Artabán se le enterneció el corazón con aquel contacto. Era como un saludo de amor y de confianza para quien había viajado tanto tiempo solo y sin saber adónde iba, luchando contra sus propias dudas y temores y siguiendo una luz escondida entre nubes.
«¿No podría ser este niño el Príncipe prometido?», se preguntó, mientras le acariciaba la mejilla suave. «Ya han nacido reyes en casas más humildes que esta, y el elegido de las estrellas puede salir hasta de una choza. Pero al Dios de la sabiduría no le ha parecido bien premiar mi búsqueda tan pronto y tan fácilmente. El que busco se me adelantó, y ahora tengo que seguir al Rey hasta Egipto».
La joven madre acostó al niño en la cuna y se levantó para atender a aquel huésped extraño que el destino había traído a su casa. Le sirvió la comida sencilla de los campesinos, pero se la ofreció de tan buena gana que reconfortaba el alma tanto como el cuerpo. Artabán la aceptó agradecido, y mientras comía, el niño se quedó dormido, feliz, y murmuraba dulcemente en sueños, y una gran paz llenó el cuarto tranquilo.
Pero de pronto se oyó en las calles del pueblo un alboroto salvaje, gritos y lamentos de mujeres, un estruendo de trompetas de bronce y un choque de espadas, y un grito desesperado:
—¡Los soldados! ¡Los soldados de Herodes! ¡Están matando a nuestros niños!
A la joven madre se le puso la cara blanca de terror. Apretó al niño contra su pecho y se acurrucó sin moverse en el rincón más oscuro del cuarto, y lo tapó con los pliegues de su ropa para que no despertara y llorara.
Pero Artabán fue deprisa a pararse en la puerta de la casa. Sus anchos hombros llenaban el umbral de lado a lado, y la punta de su gorro blanco casi tocaba el dintel.
Los soldados bajaban corriendo por la calle con las manos ensangrentadas y las espadas chorreando. Al ver al desconocido con su traje imponente, se detuvieron sorprendidos. El capitán de la tropa se acercó al umbral para apartarlo de un empujón. Pero Artabán no se movió.
Tenía la cara tan tranquila como si estuviera mirando las estrellas, y en sus ojos ardía esa luz firme ante la que se encoge hasta el leopardo de caza a medio domar y se frena a mitad del salto el sabueso más feroz. Sostuvo en silencio la mirada del soldado un instante y luego dijo en voz baja:
—Estoy completamente solo en este lugar, y esta joya es para el capitán prudente que me deje en paz.
Le mostró el rubí, que brillaba en el hueco de su mano como una gran gota de sangre.

El capitán se quedó deslumbrado por el esplendor de la piedra. Se le dilataron las pupilas de deseo, y las duras arrugas de la codicia se le marcaron alrededor de los labios. Estiró la mano y tomó el rubí.
—¡Adelante! —les gritó a sus hombres—. Aquí no hay ningún niño. En esta casa no se oye nada.
El ruido y el estruendo de las armas se alejaron calle abajo, como pasa la furia de una cacería junto al matorral escondido donde tiembla un venado. Artabán entró de nuevo en la casa. Se volvió hacia el oriente y rezó:
—¡Dios de la verdad, perdona mi pecado! Dije algo que no es cierto para salvar la vida de un niño. Y dos de mis regalos ya no están. Gasté en los hombres lo que estaba destinado a Dios. ¿Seré digno algún día de ver el rostro del Rey?
Pero la voz de la mujer, que lloraba de alegría en la sombra, detrás de él, le dijo con mucha dulzura:
—Porque salvó la vida de mi pequeño, que Dios lo bendiga y lo guarde; que Dios haga brillar su rostro sobre usted y le tenga compasión; que Dios vuelva hacia usted su mirada y le dé la paz.
Luego hubo otra vez silencio en la Sala de los Sueños, más hondo y más misterioso que el primero, y comprendí que los años de Artabán corrían muy deprisa bajo la quietud de aquella niebla espesa. Solo alcanzaba a ver, aquí y allá, el río de su vida, que brillaba entre las sombras que ocultaban su curso.
Lo vi recorrer las multitudes del populoso Egipto, buscando por todas partes las huellas de la familia que había bajado de Belén. Las encontró bajo los grandes sicomoros de Heliópolis y al pie de las murallas de la fortaleza romana de Nueva Babilonia, junto al Nilo; pero eran huellas tan débiles y borrosas que se le desvanecían una y otra vez, como las pisadas en la arena dura del río, que brillan un momento con la humedad y luego desaparecen.
Lo vi otra vez al pie de las pirámides, que alzaban sus puntas afiladas en el intenso resplandor de azafrán del cielo del atardecer, monumentos inmutables de la gloria pasajera y de la esperanza imperecedera del hombre. Levantó los ojos hacia el rostro enorme de la Esfinge echada y trató en vano de leer el sentido de sus ojos tranquilos y de su boca sonriente.

¿Sería de verdad la burla de todo esfuerzo y de todo anhelo, como había dicho Tigranes, la broma cruel de un acertijo sin respuesta, de una búsqueda que nunca puede tener éxito? ¿O había en aquella sonrisa indescifrable un poco de compasión y de aliento, la promesa de que hasta los vencidos alcanzarían una victoria, y los desengañados encontrarían un premio, y los ignorantes se volverían sabios, y los ciegos verían, y los que andan perdidos llegarían por fin a puerto?
Lo vi otra vez en una casa humilde de Alejandría, pidiendo consejo a un rabino hebreo. El anciano venerable, inclinado sobre los rollos de pergamino donde estaban escritas las profecías de Israel, leía en voz alta las palabras conmovedoras que anunciaban los sufrimientos del Mesías prometido: el despreciado y rechazado por los hombres, el varón de dolores que conoció el sufrimiento.
—Y recuerda, hijo mío —le dijo, clavando sus ojos hundidos en la cara de Artabán—, que el Rey que buscas no se encuentra en un palacio, ni entre los ricos y los poderosos. Si la luz del mundo y la gloria de Israel hubieran tenido que llegar con la grandeza del esplendor de la tierra, ya habrían aparecido hace mucho. Porque ningún hijo de Abraham volverá a igualar el poder que tuvo José en los palacios de Egipto, ni la magnificencia de Salomón, sentado en su trono entre los leones de Jerusalén. Pero la luz que el mundo espera es una luz nueva, la gloria que nacerá de un sufrimiento paciente y victorioso. Y el reino que va a durar para siempre es un reino nuevo, la realeza de un amor perfecto e invencible.
—No sé cómo sucederá esto —siguió el rabino—, ni cómo los reyes y los pueblos revoltosos de la tierra llegarán a reconocer al Mesías y a rendirle homenaje. Pero esto sí lo sé: los que lo busquen harán bien en buscarlo entre los pobres y los humildes, entre los que sufren y los oprimidos.
Así vi al otro mago una y otra vez, viajando de un lugar a otro y buscando entre los judíos dispersos por el mundo, con quienes tal vez la pequeña familia de Belén había encontrado refugio. Pasó por países donde el hambre pesaba sobre la tierra y los pobres pedían pan a gritos. Vivió en ciudades azotadas por la peste, donde los enfermos languidecían en la amarga compañía de una miseria sin remedio. Visitó a los oprimidos y a los afligidos en la oscuridad de las cárceles subterráneas, entre la multitud miserable de los mercados de esclavos y en el trabajo agotador de las galeras.
En todo aquel mundo de angustia, tan poblado y tan enredado, aunque no encontró a nadie a quien adorar, encontró a muchos a quienes ayudar. Dio de comer al hambriento, vistió al desnudo, curó al enfermo y consoló al cautivo; y sus años pasaron más rápido que la lanzadera del tejedor, que va y viene por el telar mientras crece la tela y se completa un dibujo que nadie ve.
Casi parecía que hubiera olvidado su búsqueda. Pero una vez lo vi un momento, solo, al amanecer, esperando a la puerta de una cárcel romana. Había sacado la perla, la última de sus joyas, del escondite secreto que llevaba junto al pecho. Mientras la miraba, una luz más suave temblaba en su superficie, un brillo tornasolado, lleno de reflejos cambiantes azules y rosados. Parecía haber guardado algo de los colores del zafiro y del rubí perdidos.
Así, el propósito profundo y secreto de una vida noble atrae hacia sí los recuerdos de las alegrías y de las penas pasadas. Todo lo que lo ayudó y todo lo que lo estorbó se funde, por una magia sutil, en su misma esencia. Y se vuelve más luminoso y más precioso mientras más tiempo se lleva cerca del calor del corazón que late.
Entonces, por fin, mientras yo pensaba en esta perla y en lo que significaba, oí el final de la historia del otro mago.
Habían pasado treinta y tres años de la vida de Artabán, y seguía siendo un peregrino que buscaba la luz. Su cabello, antes más oscuro que los peñascos del Zagros, estaba ahora blanco como la nieve de invierno que los cubría. Sus ojos, que antes brillaban como llamas, estaban apagados como brasas que se consumen entre la ceniza.
Gastado, cansado y a punto de morir, pero todavía en busca del Rey, había llegado por última vez a Jerusalén. Muchas veces había visitado ya la ciudad santa, y había recorrido todas sus callejuelas, sus chozas atestadas y sus cárceles negras sin encontrar rastro de la familia de Nazaret que había huido de Belén tantos años atrás. Pero ahora le parecía que tenía que hacer un último esfuerzo, y algo le susurraba en el corazón que esta vez, por fin, podría lograrlo.
Era el tiempo de la Pascua. La ciudad estaba llena de forasteros. Los israelitas que vivían dispersos en tierras lejanas por todo el mundo habían vuelto al Templo para la gran fiesta, y desde hacía muchos días se oía una mezcla de lenguas en las calles estrechas.
Pero aquel día se notaba en la multitud una agitación extraña. El cielo estaba cubierto de una oscuridad que no presagiaba nada bueno, y la emoción parecía recorrer a la gente como el estremecimiento que sacude el bosque antes de una tormenta. Una corriente secreta los arrastraba a todos hacia el mismo lado. El ruido de las sandalias y el rumor sordo de miles de pies descalzos sobre las piedras corrían sin parar por la calle que lleva a la puerta de Damasco.
Artabán se unió a un grupo de gente de su propio país, judíos de Partia que habían subido a celebrar la Pascua, y les preguntó qué era aquel alboroto y adónde iban.
—Vamos —le contestaron— al lugar que llaman Gólgota, fuera de las murallas, donde va a haber una ejecución. ¿No se enteró de lo que pasó? Van a crucificar a dos ladrones famosos, y con ellos a otro, llamado Jesús de Nazaret, un hombre que hizo muchas obras maravillosas entre el pueblo, y por eso la gente lo quiere mucho. Pero los sacerdotes y los ancianos dijeron que tenía que morir, porque decía que era el Hijo de Dios. Y Pilato lo mandó a la cruz porque Jesús decía que era el «Rey de los judíos».
¡Qué extrañas sonaron aquellas palabras tan conocidas en el corazón cansado de Artabán! Lo habían guiado toda una vida por tierra y por mar. Y ahora le llegaban oscuras y misteriosas, como un mensaje de desesperación. El Rey había aparecido, pero lo habían negado y echado fuera. Estaba a punto de morir. Tal vez ya se estaba muriendo. ¿Podría ser el mismo que había nacido en Belén treinta y tres años atrás, cuando la estrella apareció en el cielo, aquel cuya venida habían anunciado los profetas?
A Artabán le latía el corazón sin compás, con esa inquietud llena de dudas que es la emoción de los viejos. Pero pensó: «Los caminos de Dios son más extraños que los pensamientos de los hombres, y tal vez encuentre por fin al Rey en manos de sus enemigos, y llegue a tiempo para ofrecer mi perla por su rescate antes de que muera».
Así que el anciano siguió a la multitud con pasos lentos y dolorosos hacia la puerta de Damasco. Apenas cruzó el cuerpo de guardia de la puerta, una tropa de soldados macedonios bajó por la calle arrastrando a una muchacha con el vestido roto y el cabello revuelto. Cuando el mago se detuvo a mirarla con compasión, ella se soltó de pronto de las manos de quienes la maltrataban y se arrojó a sus pies, abrazada a sus rodillas. Había visto su gorro blanco y el círculo alado de su pecho.
—¡Tenga compasión de mí —gritó— y sálveme, por el Dios de la Pureza! Yo también soy hija de la verdadera religión que enseñan los magos. Mi padre era un comerciante de Partia, pero murió, y me agarraron por sus deudas para venderme como esclava. ¡Sálveme de algo peor que la muerte!
Artabán se estremeció.
Era la vieja lucha de su alma, la misma que había sentido en el palmar de Babilonia y en la casita de Belén: la lucha entre lo que la fe esperaba y lo que el amor le pedía. Dos veces el regalo que había consagrado al culto se le había ido de las manos para servir a los hombres. Esta era la tercera prueba, la última, la decisión final y sin vuelta atrás.
¿Era su gran oportunidad o su última tentación? No podía saberlo. Solo una cosa estaba clara en la oscuridad de su mente: no había manera de escapar de aquello. ¿Y no viene de Dios lo que no se puede evitar?
Solo una cosa era segura para su corazón dividido: rescatar a esta muchacha indefensa sería un verdadero acto de amor. ¿Y no es el amor la luz del alma?
Artabán sacó la perla de junto al pecho. Nunca le había parecido tan luminosa, tan radiante, tan llena de un brillo tierno y vivo. La puso en la mano de la esclava.
—Este es tu rescate, hija. Es el último de los tesoros que guardaba para el Rey.
Mientras hablaba, la oscuridad del cielo se hizo más espesa, y unos temblores recorrieron la tierra, que se agitaba con sacudidas, como el pecho de alguien que lucha con un dolor muy grande.
Las paredes de las casas se mecían de un lado a otro. Las piedras se desprendían y caían con estruendo en la calle. Nubes de polvo llenaban el aire. Los soldados huyeron aterrados, tambaleándose como borrachos. Pero Artabán y la muchacha a la que había rescatado se quedaron agazapados, sin fuerzas, al pie del muro del Pretorio.
¿Qué tenía que temer? ¿Para qué iba a vivir? Había dado lo último que le quedaba de su tributo para el Rey. Había renunciado a la última esperanza de encontrarlo. La búsqueda había terminado, y había fracasado. Pero aun en ese pensamiento, aceptado y abrazado, había paz. No era resignación. No era sumisión. Era algo más hondo, que llegaba más adentro.
Sabía que todo estaba bien, porque había hecho lo mejor que podía, día tras día. Había sido fiel a la luz que se le había dado. Había buscado más. Y si no lo había encontrado, si de su vida solo había salido un fracaso, sin duda no había sido posible nada mejor. No había visto la revelación de la «vida eterna, incorruptible e inmortal». Pero sabía que, aunque pudiera vivir otra vez su vida en la tierra, no podría ser distinta de como había sido.
Una última sacudida del terremoto hizo temblar el suelo. Una teja pesada se desprendió del techo, cayó y le pegó al anciano en la sien. Quedó tendido, pálido y sin aliento, con la cabeza canosa apoyada en el hombro de la muchacha y la sangre escurriéndole de la herida.
Mientras ella se inclinaba sobre él, con miedo de que estuviera muerto, se oyó una voz en la penumbra, muy suave y tranquila, como una música que suena a lo lejos, cuyas notas llegan claras pero cuyas palabras se pierden. La muchacha se volvió para ver si alguien había hablado desde la ventana de arriba, pero no vio a nadie.
Entonces los labios del anciano empezaron a moverse, como si respondieran, y ella lo oyó decir en la lengua de Partia:
—No es así, Señor. ¿Cuándo te vi con hambre y te di de comer? ¿O con sed, y te di de beber? ¿Cuándo te vi forastero y te recibí en mi casa? ¿O desnudo, y te vestí? ¿Cuándo te vi enfermo o en la cárcel, y fui a verte? Treinta y tres años te he buscado, pero nunca he visto tu rostro ni te he servido, Rey mío.
Calló, y la voz dulce volvió a sonar. La muchacha la oyó otra vez, muy débil y lejana. Pero ahora le pareció que entendía las palabras:
—Te lo digo de verdad: todo lo que hiciste por uno de los más pequeños de estos hermanos míos, por mí lo hiciste.
Una serena luz de asombro y de alegría iluminó la cara pálida de Artabán, como el primer rayo del alba sobre la cumbre de una montaña nevada. De sus labios salió suavemente un último y largo suspiro de alivio.

Su viaje había terminado. Sus tesoros habían sido aceptados. El otro mago había encontrado al Rey.
Adaptado por Talerie, fuente: The Story of the Other Wise Man (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)
