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Un cervatillo rojizo con manchitas blancas, pegado a su madre bajo un gran roble, mira el prado lleno de margaritas, tréboles y dientes de león.

Bambi

Felix Salten

15 min de lecturaa partir de 8 años

Bambi, un cervatillo de pelo rojizo, crece entre el miedo al hombre, la pérdida de su madre en el invierno y las lecciones del viejo príncipe, que le enseña a estar solo. Ya viejo y canoso, Bambi encuentra entre los arbustos a dos cervatillos y le dice al pequeño, con severidad, que su madre no tiene tiempo ahora.


Nació en lo más espeso del bosque, en un rincón escondido entre los arbustos donde apenas había lugar para él y para su madre. Ahí estaba, temblando sobre sus patas delgadas, todavía aturdido.

—¡Qué niño tan bonito! —gritó la urraca desde una rama—. ¡Y ya se para solo! Con nuestros polluelos es muy distinto…

—Disculpe —contestó la madre—, no la estaba escuchando.

La urraca se fue volando, ofendida. La madre siguió lamiendo a su hijo hasta dejarlo limpio y tibio. Era un cervatillo de pelo rojizo, salpicado de manchitas blancas. Se acurrucó contra ella y encontró la leche.

—Bambi —susurró la madre—. Mi pequeño Bambi.

En aquellos días de principio de verano, Bambi caminaba detrás de su madre por las veredas angostas que cruzaban los matorrales, y le preguntaba de todo. Una mañana, la vereda terminó en una luz enorme. Era el prado. Bambi quiso salir de un salto, pero su madre lo detuvo, olfateó el aire largo rato y le habló muy seria:

—Salir al prado es peligroso. Yo saldré primero, y tú me esperas aquí sin quitarme los ojos de encima. Si me ves volver corriendo, das la vuelta y huyes. Aunque me veas caer, no me mires. Corre, corre con todas tus fuerzas. ¿Me lo prometes?

—Sí —dijo Bambi muy bajito.

—Y cuando te llame, vienes a mi lado a la primera, sin preguntar nada.

Ella salió despacio, aguzó el oído hacia todos lados y por fin estiró el cuello, contenta:

—¡Ven!

Bambi saltó al prado, lleno de una alegría inmensa. Nunca había visto el cielo entero, tan azul y tan alto. Primero solo brincaba en su lugar; luego su madre pasó a su lado como un rayo, le gritó «¡Atrápame!», y él corrió en círculos por la hierba alta hasta quedarse sin aliento.

Otra tarde conoció al amigo Liebre.

—Buenas tardes, joven señor —lo saludó, muy cortés.

Esa misma tarde aparecieron la tía Ena y sus dos hijos, Gobo y Faline. Al principio los tres niños se miraron tiesos, sin decir nada, hasta que Faline salió disparada y los otros dos detrás. Cuando se detuvieron, ya eran amigos. Gobo era tímido y débil; Faline, la más alegre de todos.

—¿Saben qué es el peligro? —preguntó Bambi en voz baja, y los tres juntaron las cabezas, temblando.

—El peligro es… cuando hay que salir corriendo —dijo Faline de pronto, y echó a correr para no tener miedo.

En eso salieron del bosque dos corzos con cuernos en la cabeza. Uno pasó muy cerca, majestuoso, sin mirar a nadie.

—Esos eran los padres —dijo la tía Ena con solemnidad.

Con el tiempo, la madre empezó a irse sin avisar. Una vez Bambi la buscó tanto que llegó a una parte del bosque que no conocía. En un claro se quedó clavado: junto a un avellano había una figura erguida, extrañamente delgada, con la cara pálida y desnuda. De ella salía un olor fuerte y raro que lo enloquecía de miedo. La figura levantó un brazo, y ese gesto bastó para que Bambi saliera disparado, ligero como una pluma en el viento.

En un claro entre avellanos, un cervatillo con manchitas mira inmóvil a un hombre de chamarra verde y sombrero, de espaldas, con un brazo en alto.

De pronto su madre corría a su lado. No pararon hasta llegar a su escondite.

—¿Lo… viste? —preguntó ella, sin aliento.

Bambi solo asintió.

—Ese… era… Él.

Y los dos se estremecieron.

Otro día, cansado de andar solo, Bambi volvió a llamar a su madre. De pronto tuvo delante a uno de los padres, más alto y más imponente que todos, con la cara ya gris como el hielo y unos cuernos oscuros y enormes.

—¿Por qué llamas? —preguntó con severidad.

Bambi no se atrevió a contestar.

—Tu madre no tiene tiempo para ti ahora. ¿No puedes estar solo? ¡Qué vergüenza!

Entre troncos grises de hayas, un corzo alto de pelo rojo oscuro, cara gris plateada y cuernos oscuros y delgados, junto a un cervatillo con la cabeza baja.

Y desapareció sin hacer ruido. Bambi se quedó muerto de vergüenza, pero con ganas de volver a verlo.

—Era el viejo príncipe —le contó Faline después, dándose importancia—. Nadie sabe cuántos años tiene ni dónde vive, y nadie se atreve a hablarle.

Una mañana de rocío, Bambi encontró a un joven príncipe junto a un avellano, tan cerca que casi podía tocarlo. Juntó valor para saludarlo; «Buenos días, mi príncipe», pensaba decirle. El príncipe salió al prado.

Entonces retumbó un trueno.

El príncipe pasó corriendo junto a Bambi hacia el bosque. Todos huían. Bambi también corrió, y a los pocos pasos encontró al príncipe tendido en el suelo, muerto, con una gran herida en el hombro.

—¡No te detengas! —le gritó su madre al pasar a todo galope—. ¡Corre!

—¿Qué fue eso, mamá?

—Fue… Él.

—El príncipe no murió por orgulloso ni por tonto —dijo más tarde la corneja desde una rama—, sino porque nadie puede escapar de Él. Mata a quien quiere.

Bambi se quedó solo, y el viejo príncipe apareció a su lado.

—¿Estabas ahí? —le preguntó—. ¿Y no llamas a tu madre?

—Puedo estar solo —dijo Bambi.

—Escucha, olfatea y mira por ti mismo —contestó el viejo—. Aprende tú solo. Adiós.

Cayeron las hojas del gran roble, y llegó el invierno. La nieve cubrió el prado y la comida escaseaba. Los corzos andaban juntos más que nunca: la tía Ena con sus hijos, Marena, una corza casi adulta, y la vieja señora Nettla, que no tenía hijos y decía que con los niños ya había tenido bastante. A veces llegaban Ronno, un príncipe imponente que cojeaba porque Él le había destrozado una pata, y el joven Karus, a quien Bambi admiraba mucho.

—Dicen que algún día Él será manso como nosotros —dijo Marena—. Vendrá al bosque a jugar con nosotros, y haremos las paces.

—¡Que se quede donde está! —dijo la señora Nettla con una risita—. ¿Hacer las paces con quien nos mata desde siempre?

Gobo temblaba todo el tiempo. Estaba cada día más débil.

Una mañana, las cornejas llegaron volando desde la orilla del bosque, y las urracas gritaron: «¡Cuidado, cuidado!». Un olor terrible llenó el aire, más fuerte que nunca. Era Él, y no venía solo. El amigo Liebre llegó brincando, con la mirada perdida.

—Estamos rodeados —dijo—. Él está por todos lados.

Se oyeron gritos y golpes contra los troncos. Un faisán levantó el vuelo, retumbó un trueno, y el faisán cayó. Luego cayeron otros.

Bambi no se apartaba de su madre, y sus palabras le daban valor:

—Quédate conmigo. Cuando crucemos el claro, corre. Y no lo olvides, Bambi: aunque me veas caer, no me mires. Corre, corre con todas tus fuerzas.

El amigo Liebre salió delante de ellos hacia el claro. Hubo un estallido, y Bambi lo vio dar una voltereta en plena carrera y quedarse tendido en la nieve.

—¡Ahora! —dijo la madre—. ¡Derecho!

Bambi corrió detrás de ella entre truenos que venían de todas partes. Le pareció verla caer, pero no supo si de verdad había caído. Solo corría. Más adelante, la esposa de la liebre, con las patas traseras heridas, le pidió ayuda con voz tranquila, como si no le pasara nada, y mientras hablaba se dobló de lado y murió. Bambi siguió corriendo.

Una corza gris y su cría, ya crecida y sin manchas, corren por un claro nevado mientras cuatro faisanes levantan el vuelo y a lo lejos sube humo gris.

—¡Bambi!

Era Gobo, hundido en la nieve, tan débil que no podía levantarse.

—Mi mamá y Faline tuvieron que irse —dijo—. Tú también tienes que irte, Bambi. Seguramente me voy a morir.

En ese momento pasó Karus al galope. «¡Sálvese quien pueda!», gritó, y arrastró a Bambi en su huida. Cuando Bambi alcanzó a decir «Adiós, Gobo», ya estaba demasiado lejos para que lo oyera.

Esa noche encontró a la señora Nettla con Faline. La vieja corza refunfuñaba porque ahora tenía que cuidar a dos niños, pero les buscó comida bajo la nieve. Después llegó la tía Ena, llorando. Había vuelto adonde se había quedado Gobo, y el lugar estaba vacío: alrededor solo había huellas de Él.

—Tía Ena… ¿no has visto a mi mamá? —preguntó Bambi.

—No —contestó ella en voz baja.

Bambi no volvió a ver a su madre nunca más.

Fue un año duro: los machos con cuernos, sobre todo Ronno y Karus, lo corrían a golpes. Pero a la primavera siguiente Bambi ya tallaba contra los avellanos unos cuernos nuevos y fuertes.

Un verano volvió a encontrar a Faline. Hablaron del pobre Gobo y jugaron a perseguirse como antes. Al fin Bambi la alcanzó.

—¿Me quieres, Faline?

—Puede que sí —dijo ella—. Si me lo pides bonito, me quedo contigo.

Bambi se lo pidió con todo el corazón, y ella echó a correr de nuevo. Entonces Karus salió de los arbustos.

—¡Lárgate! —le ordenó—. ¡Te prohíbo seguir a Faline!

Bambi se acordó de todas las veces que lo habían corrido y embistió con los cuernos bajos. Karus cayó, recibió otro golpe y huyó por los matorrales, muerto de miedo. Luego Bambi vio que Ronno perseguía a Faline.

—Vete, Ronno —le dijo—. Te lo digo por última vez.

—¿Ya se te olvidó cuántas veces te corrí? —se burló Ronno.

Chocaron con estrépito. Una punta de los cuernos de Ronno saltó en pedazos, y en un momento Ronno estaba en el suelo, pidiéndole que lo dejara. Bambi lo dejó ir, y el vencido se alejó tambaleándose.

Dos corzos rojizos chocan los cuernos en un prado de verano y levantan polvo, mientras una corza sin cuernos los mira desde debajo de un gran roble.

Faline salió del bosque. Lo había visto todo.

—Estuviste magnífico —dijo riendo, y luego, muy seria—: Te quiero.

Pasaron días muy felices. Un mediodía de calor, Bambi se despertó solo entre los arbustos. A lo lejos, una voz suave lo llamaba:

—Ven… ven…

¡Era Faline! Salió disparado, pero el viejo príncipe le cerró el paso.

—No vayas. No es ella. Si vas, no volverás nunca.

—¡Tengo que ir!

—Entonces vamos juntos. Despacio, detrás de mí, paso a paso.

El viejo avanzó dando rodeos, sin mover una hoja. La voz seguía llamando. De pronto Bambi sintió aquel olor terrible. Allí, pegado al tronco de un roble, estaba Él, y era Él quien imitaba la voz de Faline: «Ven… ven…». Bambi temblaba de pies a cabeza, pero el viejo se lo llevó de ahí sin hacer ruido.

Cuando por fin encontró a Faline, Bambi le dijo:

—Te lo suplico: nunca vuelvas a llamarme. Nos buscaremos, pero no me llames, porque no puedo resistirme a tu voz.

Pocos días después apareció en el prado un corzo que pastaba muy tranquilo, como si el peligro no existiera. Era Gobo.

—Él me salvó —les contaba a todos—. Sus perros me encontraron en la nieve, pero Él me levantó en brazos y me llevó a Su casa, donde no hacía frío, y me daba heno fresco. Él no es malo. Cuando quiere a alguien, es bueno como nadie en el mundo.

En silencio apareció el viejo príncipe y miró a Gobo largo rato.

—¿Qué es esa franja que tienes en el cuello? —preguntó.

Todos vieron entonces una línea de pelo gastado alrededor del cuello de Gobo.

—Es… de la correa que llevaba —tartamudeó Gobo—. Su correa. Es un gran honor llevarla…

—Desdichado —dijo el viejo en voz baja, y se fue.

Desde entonces Gobo andaba siempre con Marena, que lo admiraba. Paseaba de día por el prado, sin miedo.

—Para mí no hay peligro —decía—. Y si el invierno se pone difícil, me regreso con Él.

Una madrugada, el arrendajo gritó desde el otro lado del prado, y luego las urracas y las cornejas. Marena se asomó y volvió temblando: Él estaba junto a los alisos.

—Váyanse si quieren —dijo Gobo, sonriendo—. Yo voy a saludarlo.

Salió al prado. Retumbó un trueno. Gobo regresó al bosque a grandes saltos, y al poco se desplomó. La bala le había abierto el costado.

—Marena… —dijo con dificultad—. No me reconoció…

Las ramas crujieron y Él se acercó. Marena huyó hacia Bambi y Faline, y desde lejos oyeron el último grito de Gobo cuando Él lo alcanzó.

Desde entonces Bambi andaba solo. Un día el viejo príncipe lo llevó hasta una liebre que se retorcía atrapada en un lazo de alambre. Con una punta de los cuernos, el viejo aflojó el lazo hasta que la liebre quedó libre y huyó. Bambi tocó el alambre, y sonó con un tintineo que no era del bosque.

—¿Él? —preguntó.

—Él —dijo el viejo—. ¿No les decía Gobo que Él es todopoderoso y todo bondad?

—¿Y no es todopoderoso?

—Tanto como es bondadoso —gruñó el viejo—. Hay que aprender a vivir, Bambi, y estar siempre alerta.

Una noche Bambi se encontró con Faline. Ella estaba triste y hablaba bajito.

—¿Por qué ya no te quedas conmigo? ¿Todavía me quieres?

—Tengo que estar solo —contestó él—. No lo sé.

Ella se fue en silencio.

Al amanecer, Bambi salió contento al prado lleno de niebla. Retumbó un trueno y sintió un golpe que lo hizo tambalearse. Huyó al bosque, con la sangre corriéndole caliente por el muslo, hasta que se desplomó. De pronto el viejo príncipe estaba a su lado y lo empujaba:

—¡Levántate, niño! ¡Tienes que irte! Él viene detrás de ti, y no tiene piedad.

Bambi se levantó. El viejo lo llevó en grandes círculos, hasta que quedaron detrás de Él y de Su perro, y lo hizo comer unas hojitas amargas que le detuvieron la sangre. Luego cruzaron la zanja ancha que Bambi nunca había pasado y llegaron a una haya caída. Debajo del tronco había un hueco en la tierra.

En el bosque neblinoso, el viejo príncipe, de pelo rojo oscuro y cara gris, baja por una zanja hacia el hueco bajo una haya caída, y un corzo joven lo sigue.

—Aquí estás a salvo —dijo el viejo.

Durante días Bambi estuvo ahí tendido, con el viejo siempre cerca, hasta que la herida sanó. Ya no volvió al otro lado de la zanja. Vivía con el viejo príncipe, que le enseñó muchos secretos, y sobre todo uno: hay que estar solo.

Una mañana de invierno, desde su escondite, vieron pasar al zorro con una pata delantera destrozada, perseguido por un perro de patas cortas.

—Déjame —suplicó el zorro—. Somos parientes, casi hermanos… Déjame morir en paz con los míos.

—¡No, no, no! —ladraba el perro.

—¡Traidor! —le gritó el zorro, y desde los árboles los pájaros gritaron con él.

—¡Todos son de Él, igual que yo! —aulló el perro—. ¡Él es todopoderoso! ¡Él está por encima de nosotros! ¡Todo lo que tienen viene de Él, todo lo que crece y vive!

Entonces el perro se le echó al cuello, y el zorro murió.

—Lo más terrible —dijo el viejo príncipe— es que todos creen lo que dice el perro y viven con miedo; Lo odian a Él, se odian a sí mismos y se matan por Él.

Una madrugada, Bambi vio a Faline al otro lado de la zanja. Se había puesto gris, y se parecía a la tía Ena. Quiso cruzar y hablarle de cuando eran jóvenes, pero no se movió, y ella se alejó despacio entre los arbustos.

Poco después sonaron tres truenos de este lado de la zanja. En el hueco lo esperaba el viejo príncipe, muy flaco y con la cabeza toda blanca.

—Él está en el bosque —dijo—. Tenemos que ir. Me alegro de poder enseñártelo antes de irme.

Caminaron hacia el olor terrible. Ahí, en la nieve, estaba Él, tendido boca arriba. Era un cazador furtivo, con una herida en el cuello, y Su sangre había manchado la nieve. Bambi quiso huir.

—Acércate sin miedo —dijo el viejo—. Bambi, ¿te acuerdas de lo que decía Gobo, de lo que gritó el perro? Mira: Él no es todopoderoso. No está por encima de nosotros. Está a nuestro lado, y conoce el miedo, la necesidad y el dolor igual que nosotros. ¿Me entiendes?

—Hay Otro por encima de todos nosotros —dijo Bambi, temblando—. Por encima de nosotros y por encima de Él.

—Entonces ya me puedo ir.

Caminaron juntos un trecho, y al llegar a un fresno el viejo se detuvo.

—No me sigas, Bambi. Mi tiempo se acabó, y tengo que buscar un lugar para el final. En esa hora cada uno está solo. Adiós, hijo mío. Te he querido mucho.

En un bosque nevado, un corzo viejo y flaco, con la cabeza toda blanca, pasa junto a un tronco enorme mientras un corzo más joven lo mira sin moverse.

Una mañana de verano, Bambi, ya viejo y canoso, oyó entre los arbustos unas vocecitas:

—¡Mamá! ¡Mamá!

Eran dos cervatillos, un hermano y una hermana, solos y asustados. Bambi se paró frente a ellos y miró al pequeño a los ojos.

—Tu madre no tiene tiempo ahora —le dijo con severidad—. ¿No puedes estar solo?

En un matorral verde, un corzo viejo de cara y cabeza grises sale de entre las hojas frente a dos cervatillos con manchitas que lo miran desde abajo.

Los dos se quedaron mudos. Bambi se metió entre los arbustos. «El pequeño me gusta», pensó. «Quizá lo vuelva a ver cuando crezca. Y a la pequeña también; así era Faline de niña». Siguió caminando y se perdió en el bosque.

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Adaptado por Talerie, fuente: Bambi. Eine Lebensgeschichte aus dem Walde (se abre en una ventana nueva)Dominio público