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RapunzelOriginal

Rapunzel

Hermanos Grimm

8 min de lectura6–12 años

Una pareja desea un hijo y consigue uno al intercambiarlo por ruiponche robado de la huerta de una hechicera. La hechicera encierra a la niña en una torre, pero el hijo del rey la descubre por su hermoso canto y la visita en secreto.

Versión suaveVersión original

Había una vez un hombre y una mujer que deseaban desde hacía mucho tiempo, y en vano, tener un hijo. Al fin, la mujer empezó a albergar la esperanza de que el buen Dios cumpliría su deseo. En la parte trasera de su casa tenían una ventanita, y desde ella se veía un jardín magnífico, lleno de las flores y las hierbas más hermosas. Pero estaba rodeado de un muro muy alto, y nadie se atrevía a entrar en él, porque pertenecía a una hechicera de gran poder, temida por todo el mundo.

Un día estaba la mujer asomada a aquella ventana, mirando el jardín, cuando descubrió un bancal plantado de los ruiponches más hermosos. Se veían tan frescos y tan verdes que le entraron unas ganas enormes de comerlos. El antojo crecía cada día, y como sabía que no podía satisfacerlo, empezó a desmejorar y se puso pálida y ojerosa.

Su marido se asustó y le preguntó:

—¿Qué te ocurre, querida esposa?

—¡Ay! —respondió ella—. Si no puedo comer ruiponches del jardín de detrás de nuestra casa, me moriré.

El hombre, que la quería mucho, pensó: «Antes de dejar morir a mi mujer, iré a buscarle ruiponches, cueste lo que cueste». Y al caer la tarde saltó el muro del jardín de la hechicera, arrancó a toda prisa un puñado de ruiponches y se los llevó a su mujer. Ella se preparó enseguida una ensalada y se los comió con la mayor avidez. Pero le supieron tan bien, tan bien, que al día siguiente le entró un antojo tres veces mayor. Para que tuviera algo de calma, el hombre tuvo que volver a bajar al jardín.

Así que, al anochecer, volvió a saltar el muro; pero, en cuanto bajó al otro lado, se llevó un susto tremendo, pues la hechicera estaba plantada ante él.

—¿Cómo te atreves —dijo ella con una mirada furiosa— a entrar en mi jardín y robarme los ruiponches como un ladrón? Esto vas a pagarlo caro.

—¡Ay! —respondió él—. Tened piedad en vez de castigo. Lo he hecho solo por necesidad. Mi mujer vio vuestros ruiponches desde la ventana, y siente un antojo tan grande que se moriría si no comiera de ellos.

Entonces la hechicera dejó a un lado su enojo y le dijo:

—Si es como dices, te permitiré llevarte cuantos ruiponches quieras, pero con una condición: tienes que entregarme el hijo que dé a luz tu mujer. Nada le faltará, y lo cuidaré como una madre.

El hombre, atemorizado, aceptó todo. Y en cuanto la mujer dio a luz, apareció al instante la hechicera, le puso a la niña el nombre de Rapunzel y se la llevó consigo.

Rapunzel llegó a ser la niña más hermosa bajo el sol. Cuando cumplió doce años, la hechicera la encerró en una torre que se alzaba en medio de un bosque, y que no tenía ni escalera ni puerta, solo una ventanita muy arriba. Cuando la hechicera quería entrar, se colocaba abajo y llamaba:

Rapunzel, Rapunzel, suéltate el cabello, que quiero subir por él.

Pues Rapunzel tenía una cabellera larga y magnífica, fina como el oro hilado. En cuanto oía la voz de la hechicera, se desataba las trenzas, las enrollaba arriba en el gancho de la ventana, y el cabello caía veinte varas hacia abajo. Entonces la hechicera subía por él.

Al cabo de un par de años ocurrió que el hijo del rey pasó a caballo por aquel bosque y llegó junto a la torre. Oyó un canto tan dulce que se detuvo a escuchar. Era Rapunzel, que, en su soledad, pasaba el tiempo dejando resonar su hermosa voz. El príncipe quiso subir hasta ella y buscó la puerta de la torre, pero no encontró ninguna. Regresó a su casa, pero aquel canto le había llegado tan hondo al corazón que cada día salía al bosque a escucharlo.

Un día, estando escondido tras un árbol, vio llegar a la hechicera y la oyó llamar:

Rapunzel, Rapunzel, suéltate el cabello, que quiero subir por él.

Rapunzel dejó caer las trenzas, y la hechicera subió por ellas.

«Si esa es la escalera por la que se sube —pensó el príncipe—, también yo probaré mi suerte.»

Y al día siguiente, cuando empezaba a oscurecer, se acercó a la torre y llamó:

Rapunzel, Rapunzel, suéltate el cabello, que quiero subir por él.

Enseguida cayó el cabello, y el hijo del rey subió.

Al principio Rapunzel se asustó muchísimo al ver entrar a un hombre, pues sus ojos jamás habían visto a ninguno. Pero el príncipe empezó a hablarle con dulzura y le contó que su canto le había conmovido tanto el corazón que no lo había dejado en paz, y que había tenido que venir a verla. Entonces Rapunzel perdió el miedo, y cuando él le preguntó si quería tomarlo por esposo, y ella vio que era joven y apuesto, pensó: «Este me querrá mejor que la vieja señora Gothel». Y dijo que sí, y puso su mano en la mano de él.

—Me iré contigo de buena gana —dijo ella—, pero no sé cómo bajar. Cada vez que vengas, tráeme una madeja de seda; con ellas trenzaré una escalera, y cuando esté terminada, bajaré y me llevarás en tu caballo.

Acordaron que él vendría todas las noches, pues de día venía la vieja. La hechicera no notó nada, hasta que una vez Rapunzel le dijo:

—Decidme, señora Gothel, ¿cómo es que a vos me cuesta mucho más subiros que al joven príncipe, que está conmigo en un instante?

—¡Ay, niña malvada! —gritó la hechicera—. ¿Qué es lo que oigo? Yo que creía haberte apartado del mundo entero, ¡y tú me has engañado!

En su furia agarró la hermosa cabellera de Rapunzel, se la enrolló un par de veces en la mano izquierda, tomó unas tijeras con la derecha y, ris, ras, la cortó, y las hermosas trenzas quedaron en el suelo. Y fue tan despiadada que llevó a la pobre Rapunzel a un desierto, donde tuvo que vivir en gran pena y miseria.

Aquel mismo día en que había expulsado a Rapunzel, la hechicera ató por la noche las trenzas cortadas arriba, en el gancho de la ventana. Y cuando llegó el príncipe y llamó:

Rapunzel, Rapunzel, suéltate el cabello, que quiero subir por él,

ella dejó caer el cabello. El hijo del rey subió, pero arriba no encontró a su querida Rapunzel, sino a la hechicera, que lo miró con ojos malvados y llenos de veneno.

—¡Ajá! —exclamó ella burlándose—. Vienes a buscar a tu amada, pero el hermoso pájaro ya no está en el nido y ya no canta; el gato se lo ha llevado, y a ti además te arrancará los ojos. Rapunzel está perdida para ti; nunca volverás a verla.

El príncipe, fuera de sí de dolor, saltó de la torre en su desesperación. Salvó la vida, pero las zarzas sobre las que cayó le atravesaron los ojos. Ciego, empezó a vagar por el bosque; no comía más que raíces y bayas, y no hacía otra cosa que lamentarse y llorar la pérdida de su querida esposa. Así anduvo errante varios años en la miseria, hasta que al fin llegó al desierto donde Rapunzel malvivía, en angustia continua, con los dos gemelos que había dado a luz, un niño y una niña.

Oyó una voz, y le pareció tan conocida que fue derecho hacia ella. Al acercarse, Rapunzel lo reconoció, se le echó al cuello y lloró amargamente. Dos de sus lágrimas cayeron sobre los ojos del príncipe, y estos recobraron su antigua claridad, y volvió a ver como antes. Él la llevó a su reino, donde fue recibido con gran alegría, y vivieron aún muchos años felices y contentos.