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Una niña con capa roja camina por un sendero del bosque con una canasta mientras un lobo la observa entre los árboles oscuros.Original

Caperucita Roja

Hermanos Grimm

8 min de lecturaa partir de 6 años

Un lobo engaña a Caperucita Roja, se come a su abuela y después a ella, pero un cazador las salva. Cuando un segundo lobo intenta el mismo ardid, la abuela cierra la puerta y, con el olor de las salchichas, lo hace resbalar del techo a la pila, donde se ahoga, y Caperucita vuelve contenta a casa.


Había una vez una niñita muy dulce a la que quería todo aquel que la miraba, pero quien más la quería era su abuela, que ya no sabía qué más regalarle. Una vez le regaló una caperuza de terciopelo rojo, y como le quedaba tan bien y la niña no quiso volver a ponerse otra cosa, todos empezaron a llamarla Caperucita Roja.

Un día su mamá le dijo:

—Ven, Caperucita. Aquí tienes un pedazo de pastel y una botella de vino; llévaselos a tu abuela, que está enferma y débil; le van a hacer mucho bien. Sal antes de que apriete el calor, y cuando vayas por el bosque, camina con cuidado y no te salgas del camino, porque si no, te caes, se rompe la botella y tu abuela se queda sin nada. Y cuando entres a su cuarto, no se te olvide dar los buenos días, y no te pongas a curiosear por todos los rincones.

—Voy a hacerlo todo bien —dijo Caperucita, y le dio la mano a su mamá para prometérselo.

En una cocina rústica, la mamá de Caperucita le entrega una canasta con pastel y una botella de vino, señalando hacia la puerta mientras la niña escucha.

La abuela vivía allá afuera, en el bosque, a media hora del pueblo. En cuanto Caperucita entró al bosque, se encontró con el lobo. Como no sabía que era un animal malo, no le tuvo ningún miedo.

—Buenos días, Caperucita —dijo él.

—Muy buenos días, lobo.

—¿Adónde vas tan temprano?

—A casa de mi abuela.

—¿Y qué llevas ahí debajo del delantal?

—Pastel y vino. Ayer horneamos, y mi abuela, que está enferma y débil, necesita algo bueno para reponer fuerzas.

—Caperucita, ¿dónde vive tu abuela?

—Un buen cuarto de hora más adentro del bosque, debajo de los tres robles grandes. Ahí está su casa, con el seto de avellanos abajo; seguro la conoces —dijo Caperucita.

El lobo pensó: «Qué criatura tan tierna, qué buen bocado; va a saber mejor que la vieja. Tienes que hacerlo con maña para atrapar a las dos». Caminó un rato junto a ella y luego le dijo:

—Caperucita, mira qué flores tan bonitas hay por todos lados. ¿Por qué no volteas a verlas? Me parece que ni siquiera oyes lo bonito que cantan los pajaritos. Vas tan seria como si fueras camino a la escuela, y aquí afuera, en el bosque, todo está alegre.

Caperucita levantó los ojos, y cuando vio los rayos del sol bailando entre los árboles y el suelo lleno de flores hermosas, pensó: «Si le llevo a mi abuela un ramo fresco, también le va a dar mucho gusto. Es tan temprano que de todos modos voy a llegar a buena hora». Se salió del camino y se metió al bosque a buscar flores. Y cada vez que cortaba una, le parecía que más allá había otra más bonita, y corría tras ella, y así se fue metiendo cada vez más adentro del bosque.

El lobo, en cambio, se fue derecho a la casa de la abuela y tocó a la puerta.

—¿Quién anda ahí?

—Caperucita, que te trae pastel y vino. Ábreme.

—Nada más empuja el picaporte —gritó la abuela—. Estoy muy débil y no puedo levantarme.

El lobo empujó el picaporte, la puerta se abrió de golpe y él, sin decir una palabra, fue derecho a la cama y se tragó a la abuela. Después se puso la ropa y el gorro de la anciana, se acostó en su cama y corrió las cortinas.

Caperucita, mientras tanto, había andado de un lado a otro juntando flores, y cuando ya tenía tantas que no podía cargar más, se acordó de su abuela y se puso en camino. Le extrañó que la puerta estuviera abierta, y al entrar al cuarto todo le pareció tan raro que pensó: «Ay, Dios mío, qué miedo siento hoy, con lo bien que siempre me la paso en casa de mi abuela». Dio los buenos días en voz alta, pero nadie le contestó. Entonces se acercó a la cama y descorrió las cortinas: ahí estaba la abuela, con el gorro calado hasta la cara y un aspecto rarísimo.

Caperucita aparta la cortina de la cama y ve a un lobo con gorro de dormir, de dientes y orejas enormes, que sonríe bajo las cobijas de su abuela.

—¡Ay, abuelita, qué orejas tan grandes tienes!

—Para oírte mejor.

—¡Ay, abuelita, qué ojos tan grandes tienes!

—Para verte mejor.

—¡Ay, abuelita, qué manos tan grandes tienes!

—Para agarrarte mejor.

—Pero, abuelita, ¡qué boca tan espantosamente grande tienes!

—¡Para comerte mejor!

Apenas dijo esto el lobo, dio un salto fuera de la cama y se tragó a la pobre Caperucita.

Ya satisfecho su antojo, el lobo volvió a acostarse, se quedó dormido y empezó a roncar muy fuerte. Un cazador pasaba justo por delante de la casa y pensó: «Cómo ronca la anciana; hay que ver si le pasa algo». Entró al cuarto y, al llegar frente a la cama, vio que ahí estaba el lobo.

—Conque aquí te vengo a encontrar, viejo pecador —dijo—. Hace mucho que te ando buscando.

Iba a apuntarle con la escopeta cuando se le ocurrió que el lobo podía haberse comido a la abuela y que tal vez todavía estaba a tiempo de salvarla. Así que no disparó: agarró unas tijeras y empezó a abrirle la panza al lobo dormido. En cuanto dio unos cuantos cortes, vio brillar la caperuza roja, y con otros cuantos más la niña salió de un brinco y gritó:

—¡Ay, qué susto me llevé! ¡Qué oscuro estaba dentro de la panza del lobo!

Después salió también la abuela, viva todavía, aunque casi no podía respirar. Caperucita corrió a traer unas piedras grandes y entre las dos le llenaron la panza al lobo. Cuando el lobo despertó y quiso escaparse de un salto, las piedras pesaban tanto que se desplomó ahí mismo y se quedó muerto.

Frente a la casa del bosque, Caperucita está entre su abuela y un cazador con sombrero de pluma, con la canasta de pastel y vino en el suelo bajo los robles.

Los tres estaban contentos. El cazador le quitó la piel al lobo y se fue con ella a su casa; la abuela se comió el pastel y se tomó el vino que Caperucita le había llevado, y se recuperó; y Caperucita pensó: «Nunca en la vida vuelvo a salirme sola del camino para meterme al bosque, si mi mamá me lo tiene prohibido».

También se cuenta que otra vez, cuando Caperucita le llevaba de nuevo pan recién horneado a su abuela, otro lobo le habló y quiso desviarla del camino. Pero Caperucita se cuidó muy bien y siguió derecho su camino, y le contó a su abuela que se había encontrado con el lobo, que le había dado los buenos días pero la había mirado con unos ojos muy malos.

—Si no hubiera sido en pleno camino, me habría comido —dijo.

—Ven —dijo la abuela—, vamos a cerrar la puerta con llave para que no pueda entrar.

Al poco rato el lobo tocó y gritó:

—Abre, abuelita, soy Caperucita y te traigo pan recién horneado.

Pero ellas se quedaron calladas y no abrieron la puerta. Entonces el lobo gris dio varias vueltas alrededor de la casa y al final se subió de un salto al techo, dispuesto a esperar a que Caperucita se fuera a su casa en la tarde para seguirla y comérsela en la oscuridad. Pero la abuela se dio cuenta de lo que estaba tramando. Delante de la casa había una pila grande de piedra, así que le dijo a la niña:

—Agarra la cubeta, Caperucita. Ayer cocí salchichas; lleva a la pila el agua en que las cocí.

Caperucita estuvo acarreando agua hasta que la pila, que era grandísima, quedó llena. Entonces el olor de las salchichas le llegó al lobo hasta la nariz. Olfateó, se asomó, y al final estiró tanto el pescuezo que ya no pudo sostenerse y empezó a resbalarse: se resbaló del techo y cayó derechito en la pila grande, y ahí se ahogó. Y Caperucita se fue muy contenta a su casa, y nadie volvió a hacerle daño.

Adaptado por Talerie, fuente: Kinder- und Hausmärchen (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público

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Sobre este cuento

Los hermanos Grimm publicaron «Caperucita Roja» en 1812, como cuento número 26 de su colección. Se la contaron en Kassel, según Bolte y Polívka, Jeanette Hassenpflug (la parte principal) y Marie, de la casa de los Wild (el breve final del segundo lobo). Charles Perrault ya había publicado otra versión en París, en 1697.

Entre 1812 y 1857 la historia no cambió; los Grimm solo retocaron la redacción: alargaron los consejos de la madre y pusieron palabras en boca del cazador. Tanto «Más suave» como «Original», que es la más larga de nuestras dos versiones, siguen la séptima edición, de 1857, la última que prepararon los propios autores.

Dos textos de época: Perrault (1697) y los Grimm

Perrault (1697)Hermanos Grimm
La caperuzala abuela se la manda hacerregalo de la abuela, de terciopelo rojo
Lo que llevauna torta y un tarrito de mantequillapastel y vino
Advertencianinguna, la madre solo la mandano salirse del camino
Casa de la abuelaen otro pueblo, pasado el molinoen el bosque, bajo tres robles grandes
Las preguntasbrazos, piernas, orejas, ojos, dientesorejas, ojos, manos, boca
Finalel lobo se la come y ahí acabaun cazador las saca vivas de la panza
Despuésuna moraleja en versootro lobo se ahoga en una pila
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¡Para comerte mejor!
Hermanos Grimm, 1857: Daß ich dich besser fressen kann.

Qué cuenta nuestro texto

La madre manda a Caperucita con pastel y vino a casa de la abuela, que vive en el bosque, a media hora del pueblo, debajo de los tres robles grandes, y le pide que no se salga del camino. El lobo la entretiene con las flores, se adelanta y se traga a la abuela; luego se acuesta en su lugar y, cuando llega la niña, se la traga también. Un cazador oye los ronquidos, decide no disparar y saca a las dos con vida. Después le llenan la panza al lobo con piedras. En una segunda parte, otro día, un lobo intenta sacar a Caperucita del camino; ella no le hace caso, y cuando el lobo llama a la puerta de la abuela, no le abren. Mientras el lobo espera en el techo, la abuela le pide a la niña que llene la pila de piedra que hay delante de la casa con el agua de cocer unas salchichas. Atraído por el olor, el lobo cae en la pila y ya no sale.

El lobo se traga enteras a la abuela y a la niña, y las dos salen vivas. La versión «Original» cuenta sin rodeos que el cazador le abre la panza al lobo dormido y que el lobo muere, mientras que la «Más suave» solo habla de unas tijeras y de un lobo que ya no se levanta.

Cuentos emparentados y una confusión

En una nota de 1812, los Grimm escribieron que, fuera de la tradición oral, solo habían encontrado este cuento en Perrault, que había servido de base a la adaptación de Tieck (de 1800, según Bolte y Polívka). Estos dos estudiosos señalan también que el final, con la panza del lobo abierta, coincide con «El lobo y los siete cabritillos»; en nuestras versiones de ambos cuentos, además, el lobo acaba con la panza llena de piedras. Mencionan, por otra parte, un relato en latín que Egberto de Lieja escribió hacia 1023, en el que aparece una niña vestida de rojo entre lobos, y algunas versiones populares francesas en las que la niña se escapa sola.

En el cuento de Perrault nadie salva a la niña. Hay unos leñadores en el bosque, pero solo sirven para que el lobo no se atreva a comérsela allí mismo; el cazador que la rescata es de los Grimm.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 13 de octubre de 2026.

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