
Una rana ve a un buey enorme que pasta en el prado y decide inflarse hasta igualarlo, preguntando a sus hijos si ya es tan grande como él. A la tercera vez que toma aire con todas sus fuerzas la piel ya no resiste y, allí mismo, en el pasto, a la rana se le acaba la vida.
Una rana vio a un buey que pastaba en el prado y se quedó mirándolo un buen rato. Era enorme, ancho y tranquilo, y a su lado la rana se sintió muy poca cosa.
Entonces se le ocurrió algo. Si estiraba bien su piel arrugada, quizá podría llegar a ser tan grande como él.
Tomó aire y se infló. Después llamó a sus hijos.
—¿Ya soy tan grande como el buey? —les preguntó.
—Todavía no —le respondieron.
La rana tomó más aire y se infló de nuevo, hasta que la piel se le puso tirante y brillante.
—¿Ya soy tan grande como el buey? —preguntó otra vez.
—Todavía no —le respondieron sus hijos.

La rana respiró hondo por tercera vez y se infló con todas sus fuerzas. Su piel no resistió más: la rana reventó y allí mismo, en el pasto, se le acabó la vida.
Adaptado por Talerie, Fuente: Fábulas de Esopo (se abre en una ventana nueva)
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