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Una niña de cabello dorado asoma con los ojos muy abiertos a la cocina de una cabaña donde humean tres cuencos de avena.

Ricitos de Oro y los tres osos

Flora Annie Steel

6 min de lecturaa partir de 3 años

Mientras los tres osos salen a caminar, una niña entra a la casa, se come la avena del Osito Chiquito, le rompe la sillita y se queda dormida en su camita. La vocecita del Osito Chiquito la despierta, y Ricitos de Oro sale de un salto por la ventana abierta del cuarto y se echa a correr entre los árboles.


Había una vez tres osos que vivían juntos en su propia casa, en medio del bosque. Uno era el Oso Grandote, otro era el Oso Mediano y el otro era el Osito Chiquito. Cada uno tenía su plato para la avena: un plato grandote para el Oso Grandote, un plato mediano para el Oso Mediano y un platito para el Osito Chiquito. Cada uno tenía su silla: una silla grandota, una silla mediana y una sillita. Y cada uno tenía su cama: una cama grandota, una cama mediana y una camita.

Una mañana prepararon la avena, la sirvieron en sus platos y salieron a caminar por el bosque mientras se enfriaba, porque eran osos bien educados y no querían quemarse la boca por empezar demasiado pronto.

El Oso Grandote, con gorra y chaleco, el Oso Mediano de saco, y el Osito Chiquito de chaleco, se alejan de su casa de piedra y techo de paja rumbo al bosque.

Mientras andaban fuera pasó por ahí una niña a la que todos llamaban Ricitos de Oro. Vivía del otro lado del bosque y esa mañana su mamá la había enviado a hacer un mandado. Ricitos de Oro se asomó por la ventana de la casa. Después se agachó a mirar por el ojo de la cerradura, cosa que una niña bien educada nunca haría. Como no vio a nadie adentro, levantó el pasador. La puerta no estaba cerrada con llave, porque los osos eran buenos, no le hacían daño a nadie y jamás se les ocurrió que alguien pudiera hacerles daño a ellos.

Así que Ricitos de Oro abrió la puerta y entró. Al ver la avena servida en la mesa se puso muy contenta. Una niña bien educada habría esperado a que los osos volvieran, y a lo mejor ellos la habrían invitado a desayunar, porque eran osos de buen corazón, un poco toscos como son todos los osos, pero muy hospitalarios. Ricitos de Oro no esperó a nadie. Se sirvió sola.

Primero probó la avena del Oso Grandote, y estaba demasiado caliente. Luego probó la avena del Oso Mediano, y estaba demasiado fría. Después probó la avena del Osito Chiquito, y no estaba ni muy caliente ni muy fría: estaba justo como a ella le gustaba. Y le gustó tanto que se la comió toda, hasta la última cucharada.

Entonces le dieron ganas de sentarse, porque venía cansada de andar persiguiendo mariposas en lugar de ir al mandado. Se sentó en la silla del Oso Grandote, y estaba demasiado dura. Se sentó en la silla del Oso Mediano, y estaba demasiado blanda. Se sentó en la sillita del Osito Chiquito, y no estaba ni muy dura ni muy blanda: estaba justo como a ella le gustaba. Ahí se quedó, muy a gusto, hasta que el asiento se rompió y ella fue a dar al suelo. Se levantó enojadísima, porque además era una niña de muy mal genio.

Ricitos de Oro cae hacia adelante, ojos muy abiertos y pelo alborotado, mientras el asiento de la sillita estalla en astillas y el armazón queda en pie.

Todavía quería descansar, así que subió la escalera hasta el cuarto donde dormían los tres osos. Se acostó en la cama del Oso Grandote, y la cabecera le quedaba muy alta. Se acostó en la cama del Oso Mediano, y los pies le quedaban muy altos. Se acostó en la camita del Osito Chiquito, y no le quedaba alta ni de la cabeza ni de los pies: estaba justo como a ella le gustaba. Se tapó bien tapadita y se quedó profundamente dormida.

Para entonces los tres osos pensaron que su avena ya estaría a buena temperatura y volvieron a casa a desayunar. Ricitos de Oro había dejado la cuchara parada en el plato del Oso Grandote.

—¡Alguien probó mi avena! —dijo el Oso Grandote con su vozarrón ronco y retumbante.

El Oso Mediano miró su plato, y ahí estaba su cuchara, también parada.

—¡Alguien probó mi avena! —dijo el Oso Mediano con su voz mediana.

El Osito Chiquito miró el suyo. La cuchara seguía adentro, pero la avena ya no estaba.

—¡Alguien probó mi avena, y se la comió toda! —dijo el Osito Chiquito con su vocecita delgadita.

Los tres osos entendieron que alguien había entrado en su casa y se había comido el desayuno del Osito Chiquito, y se pusieron a buscar por todos lados. Ricitos de Oro había dejado torcido el cojín duro del Oso Grandote.

—¡Alguien se sentó en mi silla! —dijo el Oso Grandote con su vozarrón ronco y retumbante.

Y la niña había aplastado el cojín blando del Oso Mediano.

—¡Alguien se sentó en mi silla! —dijo el Oso Mediano con su voz mediana.

Y la niña había roto el asiento de la sillita del Osito Chiquito.

—¡Alguien se sentó en mi silla, y le rompió el asiento! —dijo el Osito Chiquito con su vocecita delgadita.

Los tres osos decidieron seguir buscando, por si se trataba de un ladrón, y subieron a su cuarto. Ricitos de Oro había movido de su lugar la almohada del Oso Grandote.

—¡Alguien se acostó en mi cama! —dijo el Oso Grandote con su vozarrón ronco y retumbante.

Y la niña había movido de su lugar el almohadón del Oso Mediano.

—¡Alguien se acostó en mi cama! —dijo el Oso Mediano con su voz mediana.

Pero cuando el Osito Chiquito fue a mirar su camita, el almohadón estaba en su lugar, y la almohada estaba en su lugar encima del almohadón. Y encima de la almohada había una cabeza de rizos dorados que ahí no tenía nada que hacer.

El Osito Chiquito mira a la niña dormida en su camita; el Oso Grandote y el Oso Mediano llegan por la puerta, con la vela apagada y solo la luz de la mañana.

—¡Alguien se acostó en mi cama, y aquí sigue! —dijo el Osito Chiquito con su vocecita delgadita.

Ricitos de Oro había oído entre sueños el vozarrón ronco y retumbante del Oso Grandote, pero dormía tan profundo que le sonó como el viento entre los árboles o como un trueno muy lejos. También había oído la voz mediana del Oso Mediano, y le pareció que alguien hablaba dentro de su sueño. Pero la vocecita delgadita del Osito Chiquito era tan fina y tan aguda que la despertó de golpe. Se levantó de un salto, vio a los tres osos de un lado de la cama y se dejó caer del otro. Corrió a la ventana, que estaba abierta, porque los osos eran muy ordenados y cada mañana, al levantarse, abrían la ventana de su cuarto. Por ahí saltó Ricitos de Oro, asustada, y se echó a correr.

La niña pasa una pierna por la ventana abierta del piso de arriba, entre la hiedra del muro, con una mano en el marco y cara de susto; afuera hay árboles.

Nadie sabe qué fue de ella después: si se perdió entre los árboles, si encontró el camino de regreso a su casa o si en su casa la regañaron por andar de traviesa en lugar de ir al mandado. Lo único seguro es que los tres osos nunca la volvieron a ver.

Adaptado por Talerie, Fuente: English Fairy Tales (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público