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Un muchacho de rizos castaños, con túnica, capa de piel de oveja y cayado, se pone un aro de rosal silvestre; a su lado, la corona y el manto. El paje lo mira.

El joven rey

Oscar Wilde

15 min de lectura a partir de 8 años

La víspera de su coronación, el joven rey solo piensa en su manto de oro y su corona de rubíes. Hace poco cuidaba cabras en el bosque, y ahora vaga por el palacio buscando belleza. Al quedarse dormido, se ve en un desván húmedo donde un tejedor flaco pasa por el telar un hilo de oro.


Era la noche antes de su coronación, y el joven rey estaba a solas en su hermosa recámara. Los cortesanos ya se habían despedido de él, y él se dejó caer con un suspiro de alivio sobre los cojines de su diván. Era apenas un muchacho de dieciséis años.

Unos cazadores lo habían encontrado, casi por casualidad, cuando iba descalzo detrás de las cabras del pobre cabrero que lo había criado y a quien siempre había tenido por su padre.

Pero la gente contaba en voz baja que era hijo de la única hija del viejo rey, casada en secreto con un hombre muy por debajo de su rango. Cuando el niño tenía apenas una semana, se lo quitaron a su madre y lo llevaron a la choza del cabrero, en lo más hondo del bosque. La princesa murió ese mismo día, y se decía que en su tumba yacía también un joven extranjero, al que habían atado las manos a la espalda y matado a puñaladas.

Lo cierto es que el viejo rey, ya en su lecho de muerte, mandó traer al muchacho y, delante del Consejo, lo reconoció como su heredero.

Desde el primer momento, el muchacho mostró una extraña pasión por la belleza. Se quitó con una alegría casi feroz la tosca túnica de cuero y la capa de piel de oveja, y el palacio le pareció un mundo nuevo hecho para su deleite. El joven rey vagaba de sala en sala, casi siempre solo, mirando cuadros y piedras preciosas como quien busca en la belleza un alivio para el dolor.

Pero lo que más lo ocupaba era lo que iba a llevar en su coronación: el manto tejido de oro, la corona de rubíes y el cetro con sus hileras y anillos de perlas. Los artesanos trabajaban en ellos día y noche. En eso pensaba esa noche, mientras se consumía en la chimenea un gran leño de pino. El muchacho se imaginaba de pie ante el altar mayor de la catedral, con las vestiduras de un rey, y una sonrisa le iluminaba los ojos oscuros.

El joven rey, con ropa azul bordada, recostado en cojines junto a la chimenea, sonríe mientras flotan ante el fuego un manto de oro, una corona y un cetro.

A lo lejos cantaba un ruiseñor. A la medianoche entraron los pajes a desvestir al joven rey y le esparcieron flores sobre la almohada. En cuanto se fueron, se quedó dormido.

Y mientras dormía, soñó un sueño, y este fue su sueño.

Soñó que estaba en un desván largo y bajo, entre el traqueteo de muchos telares. Los tejedores, flacos, se inclinaban sobre su trabajo; sobre las vigas se acurrucaban niños pálidos, con la cara afilada por el hambre, y unas mujeres demacradas cosían junto a una mesa. De las paredes escurría la humedad.

El joven rey se acercó a uno de los tejedores y se quedó mirándolo. El tejedor le dijo con enojo:

—¿Por qué me miras? ¿Eres un espía que nos mandó el amo?

—¿Quién es tu amo? —preguntó el joven rey.

—¡Nuestro amo! —exclamó el tejedor con amargura—. Es un hombre como yo, solo que él lleva ropa fina y yo ando en harapos.

—Esta tierra es libre —dijo el joven rey—, y tú no eres esclavo de nadie.

—En la guerra —contestó el tejedor—, los fuertes hacen esclavos a los débiles, y en la paz, los ricos hacen esclavos a los pobres. Trabajamos para ellos todo el día, y nuestros hijos se marchitan antes de tiempo. Pisamos las uvas, y otro se bebe el vino. Sembramos el trigo, y nuestra mesa está vacía. Tenemos cadenas, aunque nadie las vea, y somos esclavos, aunque nos digan libres.

—¿Y es así con todos? —preguntó el rey.

—Así es con todos —respondió el tejedor—. Pero ¿a ti qué te importa? Tú no eres de los nuestros. Tienes la cara demasiado feliz.

Se dio la vuelta con el ceño fruncido y pasó la lanzadera por el telar. Y el joven rey vio que la lanzadera llevaba un hilo de oro.

En un desván, un tejedor flaco pasa una lanzadera con hilo de oro y el joven rey lo mira asustado; atrás, niños pálidos en una viga y mujeres que cosen.

Un gran terror se apoderó del joven rey, que le preguntó al tejedor:

—¿Qué manto es ese que estás tejiendo?

—Es el manto para la coronación del joven rey —contestó él—. ¿A ti qué te importa?

Y el joven rey dio un gran grito y despertó. Estaba en su recámara, y por la ventana vio la gran luna color de miel.

Volvió a dormirse. Y mientras dormía, soñó un sueño, y este fue su sueño.

Soñó que estaba en la cubierta de una enorme galera, movida por los remos de cien esclavos encadenados unos a otros. A su lado estaba sentado el patrón de la galera, con una balanza de marfil en las manos. Bajo el sol ardiente, los capataces azotaban a los esclavos con látigos de cuero.

En una pequeña bahía, unos jinetes árabes les arrojaron lanzas desde la orilla, y el patrón de la galera mató a uno de ellos de un flechazo. Echaron el ancla, y los capataces agarraron al más joven de los esclavos, le quitaron los grilletes, le taparon los oídos con cera, le ataron una piedra a la cintura y lo hicieron bajar por una escalera de cuerda hasta el fondo del mar.

Al cabo de un rato, el buzo salió del agua, jadeando, con una perla en la mano. Los capataces se la arrebataron y lo empujaron de nuevo hacia el fondo. Una y otra vez volvió a subir, y cada vez traía una perla hermosa, que el patrón pesaba y guardaba en una bolsita de cuero verde.

Un buzo empapado, con una piedra a la cintura, trepa a la galera y le tiende una perla al patrón, que sostiene una balanza; atrás, esclavos y capataces.

Entonces el buzo subió por última vez, y la perla que traía tenía la forma de la luna llena y era más blanca que el lucero de la mañana. Pero él tenía la cara extrañamente pálida. Cayó sobre la cubierta, tembló un poco y se quedó quieto: estaba muerto. Los capataces se encogieron de hombros y echaron el cuerpo al mar.

El patrón de la galera se rio, tomó la perla y se la llevó a la frente.

—Será para el cetro del joven rey —dijo, y mandó levantar el ancla.

Al oír esto, el joven rey dio un gran grito y despertó. Por la ventana vio que empezaba a clarear.

Volvió a dormirse. Y mientras dormía, soñó un sueño, y este fue su sueño.

Soñó que caminaba por un bosque oscuro, lleno de flores venenosas, y a la orilla del bosque vio una inmensa multitud de hombres que trabajaban en el lecho seco de un río. Cavaban pozos hondos y escarbaban en la arena, y nadie descansaba.

Desde la oscuridad de una cueva, la Muerte y la Avaricia los observaban.

—Ya me cansé —dijo la Muerte—. Dame a una tercera parte de ellos y déjame ir.

—Son mis sirvientes —contestó la Avaricia.

—¿Qué tienes en la mano? —le preguntó la Muerte.

—Tengo tres granos de trigo. ¿A ti qué te importa?

—Dame uno para sembrarlo en mi jardín. Nada más uno, y me iré.

—No te daré nada —dijo la Avaricia, y escondió la mano entre los pliegues de su ropa.

En la entrada de una cueva, la Muerte tiende la mano abierta y la Avaricia aprieta el puño contra el pecho; abajo, una multitud cava en el lecho seco de un río.

La Muerte se rio, hundió una copa en un charco, y de la copa salió la Malaria. Pasó entre la multitud, y una tercera parte de los hombres cayó muerta.

La Avaricia se golpeó el pecho y lloró a gritos:

—¡Mataste a una tercera parte de mis sirvientes! Hay guerra en las montañas, y los reyes te llaman. ¡Vete, y no vuelvas nunca!

—No —respondió la Muerte—. Hasta que me des un grano de trigo, no me iré.

Pero la Avaricia cerró el puño y apretó los dientes.

—No te daré nada.

La Muerte se rio, aventó una piedra negra al bosque, y de un matorral de cicuta salió la Fiebre, vestida de llamas. Pasó entre la multitud, y cada hombre que tocaba moría.

La Avaricia se estremeció y se echó ceniza en la cabeza.

—¡Eres cruel! Hay hambre en Egipto. Ve con los que te necesitan, y déjame a mis sirvientes.

—No —respondió la Muerte—. Hasta que me des un grano de trigo, no me iré.

—No te daré nada —dijo la Avaricia.

La Muerte volvió a reírse y silbó entre los dedos, y por el aire llegó volando una mujer con alas, que llevaba escrita en la frente la palabra «Peste». Cubrió el valle con sus alas, y no quedó un solo hombre vivo.

La Avaricia huyó por el bosque dando alaridos, y la Muerte montó en su caballo rojo y se fue al galope, más rápido que el viento.

El joven rey lloró y dijo:

—¿Quiénes eran esos hombres, y qué buscaban?

—Rubíes para la corona de un rey —contestó alguien detrás de él.

Sobresaltado, el muchacho se volteó y vio a un hombre vestido de peregrino, con un espejo de plata en la mano. Pálido, el rey le preguntó:

—¿Para qué rey?

—Mira en este espejo, y lo verás —respondió el peregrino.

El rey se miró en el espejo, y al ver su propia cara dio un gran grito y despertó. El sol entraba a raudales en la recámara.

Un peregrino encapuchado sostiene un espejo de plata ante el joven rey, que se lleva la mano a la cara, pálido; alrededor, flores, un loro y un pavo real.

Entraron el chambelán y los altos dignatarios del reino y le hicieron una reverencia. Los pajes le trajeron el manto tejido de oro y pusieron ante él la corona y el cetro.

El joven rey los miró: eran más hermosos que todo lo que había visto en su vida. Pero se acordó de sus sueños y les dijo a los cortesanos:

—Llévense estas cosas, porque no me las voy a poner.

Algunos cortesanos se rieron, porque creyeron que era una broma. Pero él volvió a hablarles, con severidad:

—Llévense estas cosas y escóndanlas de mi vista. Aunque hoy sea el día de mi coronación, no me las voy a poner. Este manto se tejió en el telar de la Tristeza, con las blancas manos del Dolor. Hay Sangre en el corazón del rubí, y Muerte en el corazón de la perla.

Y les contó sus tres sueños.

Los cortesanos se miraron unos a otros y murmuraron:

—De seguro está loco. ¿Qué es un sueño sino un sueño?

Entonces el chambelán le dijo:

—Majestad, le ruego que se ponga este hermoso manto y esta corona. Porque ¿cómo va a saber el pueblo que usted es rey, si no lleva ropa de rey?

—¿De veras? —preguntó el joven rey—. ¿No me reconocerán como rey si no llevo ropa de rey?

—No lo reconocerán, Majestad.

—Yo creía que había hombres con porte de rey —contestó él—, pero tal vez sea como dices. Aun así, no me pondré este manto ni me coronaré con esta corona. Así como llegué al palacio, así saldré de él.

Les pidió a todos que se retiraran, menos a un paje un año menor que él, al que quiso tener de compañero. De un gran baúl sacó la túnica de cuero y la capa de piel de oveja que llevaba cuando cuidaba en el monte las cabras del cabrero. Se las puso, y tomó en la mano su cayado de pastor.

El pequeño paje abrió mucho los ojos azules y le dijo, sonriendo:

—Majestad, veo su manto y su cetro, pero ¿dónde está su corona?

El joven rey cortó una rama de rosal silvestre que trepaba por el balcón, la dobló, hizo con ella un aro y se la puso en la cabeza.

—Esta será mi corona —contestó.

Así vestido, pasó al Gran Salón, donde lo esperaban los nobles. Algunos se rieron de él y le gritaron:

—Majestad, el pueblo espera a su rey, y usted le va a mostrar a un mendigo.

Otros se enojaron y dijeron:

—Este muchacho nos avergüenza a todos, y no merece ser nuestro señor.

Pero él no les contestó ni una palabra. Bajó la escalera de pórfido, montó en su caballo y se dirigió a la catedral, con el pequeño paje corriendo a su lado.

La gente se burlaba de él y decía:

—¡Miren, ahí va el bufón del rey!

Él detuvo el caballo.

—No —dijo—. Yo soy el rey.

Y les contó sus tres sueños.

Entonces un hombre salió de entre la multitud y le habló con amargura:

—Señor, ¿no sabe usted que del lujo de los ricos vive el pobre? Trabajar para un amo duro es amargo, pero no tener amo para quien trabajar es más amargo todavía. Regrese a su palacio y póngase su púrpura. ¿Qué tiene usted que ver con nosotros?

El joven rey, con capa de piel de oveja, corona de rosal silvestre y cayado, cabalga por una calle; el paje corre a su lado y la gente se burla de él.

—¿Acaso los ricos y los pobres no son hermanos? —preguntó el joven rey.

—Sí —contestó el hombre—, y el hermano rico se llama Caín.

Al joven rey se le llenaron los ojos de lágrimas, y siguió su camino entre los murmullos de la gente. El pequeño paje tuvo miedo y lo dejó solo.

Cuando el joven rey llegó a la gran puerta de la catedral, los soldados le cerraron el paso con sus alabardas y le dijeron:

—¿Qué buscas aquí? Por esta puerta no entra nadie más que el rey.

Al muchacho se le encendió la cara de enojo.

—Yo soy el rey —les dijo, y apartó las alabardas y entró.

Cuando el viejo obispo lo vio entrar con su ropa de cabrero, se levantó asombrado de su trono y fue a su encuentro.

—Hijo mío, ¿es esta la ropa de un rey? ¿Con qué corona voy a coronarte, y qué cetro voy a ponerte en la mano? Este debería ser para ti un día de alegría, y no de humillación.

—¿Puede la Alegría vestir lo que hizo la Pena? —dijo el joven rey.

Y le contó sus tres sueños.

El obispo frunció el ceño.

—Hijo mío, estoy en el invierno de mis días, y sé que en el mundo se hacen muchas cosas malas. Los bandidos se roban a los niños y los mendigos comen con los perros. ¿Puedes tú hacer que estas cosas no existan? Regresa al palacio y ponte el manto de oro, y yo te coronaré con la corona de oro y pondré en tu mano el cetro de perlas. No pienses más en tus sueños. La carga de este mundo es demasiado grande para un solo hombre, y su dolor, demasiado pesado para un solo corazón.

—¿Y eso lo dice usted en esta casa? —preguntó el joven rey, y pasó junto al obispo sin decir más, subió las gradas del altar y se quedó de pie ante la imagen de Cristo.

Allí se arrodilló, entre las velas y el humo del incienso, e inclinó la cabeza para rezar.

De pronto, de la calle llegó un gran alboroto, y entraron los nobles con las espadas desenvainadas.

—¿Dónde está ese soñador? —gritaban—. ¿Dónde está ese rey vestido de mendigo, ese muchacho que nos avergüenza a todos? Vamos a matarlo, porque no merece gobernarnos.

El joven rey siguió rezando. Cuando terminó, se levantó, se volteó y los miró con tristeza.

Y entonces, por los vitrales, entró la luz del sol y cayó sobre él, y los rayos tejieron a su alrededor un manto más hermoso que el que habían hecho para su placer. El cayado seco floreció y dio lirios más blancos que las perlas. La rama seca de rosal floreció y dio rosas más rojas que los rubíes. Los tallos de los lirios eran de plata brillante, y las hojas de las rosas, de oro batido.

Él estaba de pie, con vestiduras de rey. La gloria de Dios llenó el templo, sonó el órgano y cantaron los niños del coro.

El pueblo cayó de rodillas, los nobles envainaron las espadas y le rindieron homenaje, y el obispo se puso pálido y le temblaron las manos.

—Alguien más grande que yo te ha coronado —exclamó, y se arrodilló ante él.

Ante el altar, el joven rey lleva un manto de luz, rosas rojas en la corona y lirios blancos en el cayado; el obispo y tres nobles con casco se arrodillan.

El joven rey bajó del altar mayor y regresó a su palacio entre la gente arrodillada. Pero nadie se atrevía a mirarlo a la cara, porque su rostro era como el de un ángel.

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Adaptado por Talerie, fuente: A House of Pomegranates (se abre en una ventana nueva) Dominio público