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Un conejito café con chamarra azul de botones de latón, sentado entre lechugas y rábanos con un rábano en las patas; atrás, un muro de piedra y un portón.

El cuento de Peter Rabbit

Beatrix Potter

6 min de lectura a partir de 3 años

Peter es el más travieso de cuatro conejitos que viven bajo la raíz de un abeto muy grande. La señora Coneja les pide que no se metan al huerto del señor McGregor, pero Peter se escurre por debajo del portón. Después de comer lechugas y rábanos, se encuentra de frente con el señor McGregor.


Había una vez cuatro conejitos que se llamaban Flopsy, Mopsy, Colita de Algodón y Peter.

Vivían con su mamá en una madriguera de arena, debajo de la raíz de un abeto muy grande.

Una mañana, la vieja señora Coneja les dijo:

—Mis queridos, pueden ir al campo o bajar por el camino, pero no se metan al huerto del señor McGregor. Allí su papá tuvo un accidente: la señora McGregor lo metió en un pastel. Ahora vayan a jugar y no hagan travesuras. Yo voy a salir.

Entonces la vieja señora Coneja tomó una canasta y su paraguas, y atravesó el bosque hasta la panadería. Compró un pan integral y cinco panes con pasas.

Flopsy, Mopsy y Colita de Algodón, que eran unas conejitas muy buenas, se fueron por el camino a recoger zarzamoras.

Pero Peter, que era muy travieso, corrió derechito al huerto del señor McGregor ¡y se escurrió por debajo del portón!

Primero comió lechugas y ejotes, y luego rábanos.

Después, como sentía el estómago revuelto, fue a buscar un poco de perejil.

Pero al dar la vuelta al semillero de los pepinos, ¿con quién se encontró? ¡Con el señor McGregor!

El señor McGregor estaba de rodillas, plantando coles chiquitas, pero se levantó de un salto y corrió tras Peter, agitando un rastrillo y gritando:

—¡Al ladrón!

Peter se asustó muchísimo. Corrió por todo el huerto, de un lado a otro, porque se le había olvidado el camino de regreso al portón.

Perdió un zapato entre las coles y el otro entre las papas.

Sin zapatos, echó a correr en cuatro patas y fue más rápido; yo creo que hasta habría logrado escapar si, por mala suerte, no se hubiera topado con la red que cubría las grosellas. Ahí se le atoraron los grandes botones de latón de su chamarra azul, que estaba nuevecita.

El señor McGregor corre gritando con el rastrillo en alto tras Peter, que huye en cuatro patas con su chamarra azul entre coles y rábanos.

Peter se dio por perdido y le rodaron unas lágrimas enormes. Pero unos gorriones amables oyeron sus sollozos, volaron hacia él muy alborotados y le rogaron que no se rindiera y que hiciera un esfuerzo.

Peter, con lágrimas en la cara, está atorado en la red de las grosellas, que le cubre la chamarra y una pata trasera; dos gorriones aletean junto a él.

El señor McGregor llegó con un cedazo, dispuesto a dejárselo caer encima a Peter, pero el conejito se zafó justo a tiempo y dejó atrás la chamarra.

Corrió al cuarto de las herramientas y se metió de un brinco en un bote. Habría sido un escondite perfecto si no hubiera tenido tanta agua.

El señor McGregor estaba seguro de que Peter andaba en algún lugar del cuarto de las herramientas, quizá escondido debajo de una maceta. Empezó a voltear las macetas con mucho cuidado, una por una, para mirar debajo.

Peter, mojado, está metido en el agua de una regadera de jardín oxidada; junto a él, un hombre con botas voltea macetas de barro sobre una mesa.

De pronto, Peter estornudó: ¡Achú! En un dos por tres el señor McGregor ya estaba tras él.

Intentó pisarlo, pero Peter saltó por una ventana y tiró tres plantas. La ventana era demasiado chica para el señor McGregor, que además ya estaba cansado de perseguirlo, así que volvió a su trabajo.

Peter se sentó a descansar. Le faltaba el aire, temblaba de miedo y no tenía la menor idea de por dónde ir. Además, estaba empapado por haberse metido en aquel bote.

Al rato se puso a dar saltitos de aquí para allá, sin rumbo y sin prisa, mirando a todos lados.

Encontró una puerta en un muro, pero estaba cerrada con llave, y no había espacio para que un conejo gordito se escurriera por debajo.

Una ratoncita vieja iba y venía corriendo por el escalón de piedra, cargando chícharos y frijoles para su familia, que vivía en el bosque. Peter le preguntó por dónde se llegaba al portón, pero ella llevaba en la boca un chícharo tan grande que no le pudo contestar. Nada más negó con la cabeza. Peter se puso a llorar.

Luego intentó atravesar el huerto en línea recta, pero cada vez estaba más confundido. Al poco rato llegó a un estanque donde el señor McGregor llenaba sus botes de agua. Una gata blanca miraba fijamente unos peces dorados. Estaba muy, muy quieta, pero de vez en cuando la punta de la cola se le movía como si tuviera vida propia. Peter pensó que lo mejor era irse sin decirle nada: su primo, el pequeño Benjamín, ya le había contado cómo eran los gatos.

Cuando volvía hacia el cuarto de las herramientas, Peter oyó de pronto, muy cerca, el ruido de un azadón: ras, ras, ras. Corrió a esconderse debajo de los arbustos. Como no pasó nada, al rato salió, se trepó a una carretilla y se asomó. Lo primero que vio fue al señor McGregor, que estaba deshierbando las cebollas con el azadón. Le daba la espalda a Peter, ¡y más allá se veía el portón!

Peter se bajó de la carretilla sin hacer ruido y echó a correr con todas sus fuerzas por un sendero recto, detrás de unas matas de grosellas negras.

El señor McGregor lo vio en la esquina, pero a Peter no le importó. Se deslizó por debajo del portón y por fin quedó a salvo en el bosque, fuera del huerto.

El señor McGregor colgó la chamarrita y los zapatos para hacer con ellos un espantapájaros que asustara a los mirlos.

Peter no dejó de correr ni miró hacia atrás hasta llegar a casa, al gran abeto.

Estaba tan cansado que se dejó caer sobre la arena suavecita del piso de la madriguera y cerró los ojos. Su mamá, que estaba ocupada cocinando, se preguntó qué habría hecho Peter con la ropa. ¡Era la segunda chamarrita y el segundo par de zapatos que perdía en dos semanas!

Lamento decir que esa noche Peter no se sintió muy bien.

Su mamá lo acostó, preparó un té de manzanilla y le dio a Peter su medicina:

—Una cucharada antes de dormir.

En la madriguera, Peter está acostado bajo una cobija de retazos y su mamá le acerca una cucharada de té a la luz de una lámpara.

Pero Flopsy, Mopsy y Colita de Algodón cenaron pan con leche y zarzamoras.

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Adaptado por Talerie, fuente: The Tale of Peter Rabbit (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre este cuento

«El cuento de Peter Rabbit» lo escribió e ilustró Beatrix Potter. Nació como una carta que le mandó a un niño, Noel Moore, el 4 de septiembre de 1893 desde Eastwood, Dunkeld, con la historia de cuatro conejitos. En 1901 Potter lo imprimió por su cuenta y en 1902 lo publicó Frederick Warne.

El texto de Warne es más corto que la impresión de 1901: le faltan la pesadilla entre las coles, la canción «Three blind mice» y el trabajo con que la madre de Peter se gana la vida. Nuestro texto sigue el de Warne, en la copia del Proyecto Gutenberg, sin añadirle nada.

Peter Rabbit en la impresión de 1901 y en la edición de Warne

Impresión privada de 1901Edición de Warne (base de nuestro texto)
El papá de Peteracabó en un pasteligual
Qué come Peterlechugas, habas y rábanoslechugas, ejotes y rábanos
La pesadillacientos y cientos de coles, como un mal sueñono aparece
El ruidoun ruido raro; alguien canta «Three blind mice»el ruido de un azadón, sin canción
La madreteje mitones y vende hierbas y lavandano se dice de qué vive
Por qué se enfermacomió demasiado en el huertono se dice
El finalmanzanilla para Peter; zarzamoras para los demásigual
Mostrar más
Mis queridos, pueden ir al campo o bajar por el camino, pero no se metan al huerto del señor McGregor. Allí su papá tuvo un accidente: la señora McGregor lo metió en un pastel.
Beatrix Potter, 1902: ‘Now my dears,’ said old Mrs. Rabbit one morning, ‘you may go into the fields or down the lane, but don’t go into Mr. McGregor’s garden: your Father had an accident there; he was put in a pie by Mrs. McGregor.’

Qué hace nuestra versión

Nuestro texto cuenta toda la historia de Potter y en el mismo orden: Peter se escurre por debajo del portón, come lechugas, ejotes y rábanos, huye del señor McGregor y de su rastrillo, se zafa de la red de las grosellas dejando atrás la chamarra, estornuda en el cuarto de las herramientas y por fin vuelve a casa sin ropa. No tiene ninguno de los pasajes que solo están en la impresión de 1901. Se conserva también el narrador que habla en primera persona, con frases como «yo creo» y «lamento decir».

Lo único duro se dice una sola vez y al principio: el papá de los conejitos terminó en un pastel de la señora McGregor. Después Peter se asusta y llora, pero en el cuento nadie sale lastimado y todo acaba con un té de manzanilla.

Otros libros de Potter y una confusión

No es un cuento popular recogido de viva voz, sino una historia inventada por Potter, que además hizo los dibujos. El pequeño Benjamín, el primo de Peter que le había contado cómo son los gatos, es Benjamin Bunny, y Potter siguió escribiendo libritos con estos conejos, como «The Tale of Benjamin Bunny» y «The Tale of the Flopsy Bunnies».

Peter y su familia son conejos, no liebres. «La liebre y la tortuga», que también puedes leer en Talerie, es una fábula distinta, sin relación con la historia de Peter.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 30 de octubre de 2026.

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