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Un pájaro rojo y verde de cuello dorado canta en una rama del enebro con una cadena de oro y unos zapatos rojos; abajo, el padre y Marlenita lo miran.Original

El enebro

Hermanos Grimm

16 min de lectura a partir de 9 años

Bajo un enebro, una mujer se corta un dedo y desea un hijo rojo como la sangre y blanco como la nieve. El niño nace, ella muere, y la segunda esposa del padre quiere toda la fortuna para su propia hija. Cuando ve al niño volver de la escuela, avienta una manzana dentro de un baúl de tapa pesada.


Había una vez, hace ya muchísimo tiempo, unos dos mil años, un hombre rico que tenía una esposa hermosa y piadosa, y los dos se querían mucho. Pero no tenían hijos, aunque los deseaban con toda el alma. La mujer rezaba por un hijo de día y de noche, y aun así no llegaba ninguno.

Delante de la casa había un patio, y en el patio crecía un enebro. Un día de invierno, la mujer estaba debajo del árbol pelando una manzana. Mientras la pelaba, se cortó un dedo y la sangre cayó sobre la nieve.

En el patio nevado, bajo el enebro, una mujer con cofia y chal pela una manzana con un cuchillo; una gota de sangre cayó sobre la nieve.

—¡Ay! —suspiró la mujer, que miraba la sangre con mucha tristeza—. ¡Ay, si tuviera un niño tan rojo como la sangre y tan blanco como la nieve!

Mientras lo decía, se le llenó el corazón de alegría, y sintió que aquello de veras iba a cumplirse. Entonces volvió a la casa.

Pasó un mes, y la nieve se fue. Pasaron dos, y todo se puso verde. Pasaron tres, y las flores brotaron de la tierra. Pasaron cuatro, y los árboles del bosque se llenaron de hojas, las ramas verdes se entrelazaron unas con otras, y los pájaros cantaban tanto que el bosque entero resonaba y las flores caían de los árboles.

Pasó el quinto mes, y la mujer fue a pararse bajo el enebro. Olía tan dulce que el corazón le dio un brinco, y cayó de rodillas sin caber en sí de alegría. Al terminar el sexto mes, los frutos del enebro ya estaban grandes y hermosos, y ella se quedó muy quieta y callada.

En el séptimo mes arrancó las bayas del enebro y se las comió con ansia, y entonces enfermó y se puso muy triste. Pasó el octavo mes, y llamó a su marido y le dijo llorando:

—Si me muero, entiérrame bajo el enebro.

Con eso se quedó tranquila y contenta hasta que terminó el mes siguiente. Entonces tuvo un niño blanco como la nieve y rojo como la sangre, y cuando lo vio se puso tan feliz que se murió.

Su marido la enterró bajo el enebro y lloró amargamente. Poco a poco se fue calmando, y aunque todavía lloraba, ya podía soportarlo. Al cabo de un tiempo volvió a casarse.

Con su segunda esposa tuvo una hija. El hijo de la primera era un niño pequeño, tan rojo como la sangre y tan blanco como la nieve. Cuando la madrastra miraba a su hija, la quería muchísimo; pero cuando miraba al niño, sentía como una puñalada en el corazón, porque se le había metido en la cabeza que él siempre le iba a estorbar.

No dejaba de pensar cómo conseguir toda la fortuna para su hija, y el Maligno le fue llenando la cabeza con esa idea hasta que llegó a odiar al niño. Le daba un manotazo aquí y un coscorrón allá, y el pobre vivía aterrado, porque cuando salía de la escuela no tenía paz en ningún rincón.

Un día la madrastra subió a su cuarto, y su hijita subió detrás de ella y le dijo:

—Mamá, dame una manzana.

—Sí, hija mía —dijo la madrastra, y le dio una manzana muy bonita que sacó del baúl.

El baúl tenía una tapa grande y pesada, y una cerradura de hierro, enorme y filosa.

—Mamá —dijo la niña—, ¿y mi hermanito no va a tener una?

Aquello hizo enojar a la madrastra, pero le contestó:

—Sí, cuando salga de la escuela.

Y cuando vio por la ventana que el niño ya venía, fue como si el diablo se le hubiera metido en el cuerpo. Le arrebató la manzana a su hija y le dijo:

—No te toca antes que a tu hermano.

Aventó la manzana dentro del baúl y lo cerró. En eso el niño entró por la puerta, y el diablo hizo que ella le hablara con mucha dulzura:

—Hijo mío, ¿quieres una manzana? —preguntó, y lo miró con maldad.

—Mamá —dijo el niño—, ¡qué cara tan horrible pones! Sí, dame una manzana.

Entonces sintió como si algo la obligara a decirle:

—Ven conmigo.

Levantó la tapa del baúl y le dijo:

—Saca tú mismo una manzana.

Y mientras el niño se agachaba para alcanzarla, el diablo la azuzó, y ¡pum!, ella dejó caer la tapa de golpe, y la cabeza del niño salió volando y cayó entre las manzanas rojas.

A la madrastra le entró un terror espantoso. «¡Si pudiera hacerles creer que no fui yo!», pensó. Así que fue a la cómoda de su cuarto, sacó un pañuelo blanco del cajón de arriba, volvió a ponerle la cabeza sobre el cuello y le amarró el pañuelo de modo que no se viera nada. Luego sentó al niño en una silla frente a la puerta y le puso la manzana en la mano.

Al rato, Marlenita entró a la cocina, donde estaba su madre junto al fuego, con una olla de agua caliente que no dejaba de revolver.

—Mamá —dijo Marlenita—, mi hermanito está sentado junto a la puerta, muy pálido, con una manzana en la mano. Le pedí que me la diera, pero no me contestó, y me dio mucho miedo.

—Vuelve con él —dijo su madre—, y si no te contesta, dale una cachetada.

Marlenita fue con él y le dijo:

—Hermanito, dame la manzana.

Un niño muy pálido, con un pañuelo blanco amarrado al cuello, está sentado en una silla junto a la puerta con una manzana; Marlenita le tiende la mano.

Pero él no dijo nada, y ella le dio una cachetada, y la cabeza se le cayó. Marlenita se asustó muchísimo, empezó a llorar y a gritar, y corrió con su madre.

—¡Ay, mamá, le tumbé la cabeza a mi hermanito! —dijo, y lloraba y lloraba, y nada la consolaba.

—Marlenita —dijo la madre—, ¿qué hiciste? Pero ya no hagas ruido, y que nadie se entere. Esto ya no tiene remedio. Lo vamos a hacer moronga.

Entonces la madre tomó al niño, lo cortó en pedazos, lo echó a la olla y lo hizo moronga. Marlenita estaba a su lado llorando y llorando, y todas sus lágrimas caían en la olla, así que no hizo falta ponerle sal.

Luego llegó el padre a casa, se sentó a la mesa y preguntó:

—¿Y dónde está mi hijo?

La madre sirvió un platón grande de moronga, y Marlenita lloraba sin poder parar. El padre volvió a preguntar:

—¿Y dónde está mi hijo?

—Ay —dijo la madre—, se fue al campo, a casa de un tío abuelo de su madre. Se va a quedar allá un tiempo.

—¿Y qué va a hacer allá? Ni siquiera se despidió de mí.

—Ay, es que tenía muchas ganas de ir, y me preguntó si podía quedarse seis semanas. Allá lo cuidan muy bien.

—Ay —dijo el padre—, me siento muy triste. Tengo miedo de que algo no ande bien. Se hubiera despedido de mí.

Dicho esto, empezó a comer.

—Marlenita, ¿por qué lloras? Tu hermano va a volver, ya verás.

Luego se volvió hacia su mujer:

—¡Ay, mujer, qué rica está esta comida! Sírveme más.

Y mientras más comía, más quería.

—Dame más, que a ti no te voy a dejar nada. Siento como si todo esto fuera mío.

Y comía y comía, y aventaba los huesos debajo de la mesa, hasta que se lo acabó todo.

Pero Marlenita fue a su cómoda, sacó del cajón de abajo su mejor pañuelo de seda, recogió todos los huesos de debajo de la mesa, los amarró en el pañuelo y los llevó afuera, hasta el enebro, llorando lágrimas de sangre. Allí los dejó.

Entonces el enebro empezó a moverse. Sus ramas se separaban y se volvían a juntar, como cuando alguien está muy contento y aplaude. Al mismo tiempo pareció que del árbol subía una neblina, y en medio de la neblina ardía algo como un fuego.

Del fuego salió volando un pájaro precioso que cantaba de maravilla, y se elevó muy alto por el aire. Cuando se fue, el enebro quedó igual que antes, y el pañuelo con los huesos ya no estaba.

Del enebro sube una neblina con fuego y de ella sale volando un pájaro rojo y verde de cuello dorado; Marlenita, llorosa, lo mira con las manos juntas.

Y Marlenita se sintió tan alegre y tranquila como si su hermano siguiera vivo. Entró contenta a la casa, se sentó a la mesa y comió.

El pájaro, mientras tanto, voló lejos, se posó sobre la casa de un orfebre y se puso a cantar:

Mi madre me mató, mi padre me comió, mi hermana, Marlenita, todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!

El orfebre estaba sentado en su taller haciendo una cadena de oro cuando oyó al pájaro que cantaba sobre su techo, y la canción le pareció hermosísima. Se levantó, y al cruzar el umbral se le salió una pantufla.

Aun así se fue derecho por la mitad de la calle, con un zapato y un calcetín. Llevaba puesto el mandil, en una mano tenía la cadena de oro y en la otra las tenazas, y el sol brillaba fuerte sobre la calle. Así llegó hasta donde estaba el pájaro, se detuvo y le dijo:

—Pájaro, ¡qué bonito cantas! Cántame otra vez esa canción.

El orfebre, con mandil de cuero, una pantufla en un pie y la otra pierna solo con media, sostiene la cadena de oro y unas tenazas y mira al pájaro del tejado.

—No —dijo el pájaro—, no canto dos veces por nada. Dame la cadena de oro y te la vuelvo a cantar.

—Ahí tienes la cadena de oro —dijo el orfebre—. Ahora cántame otra vez esa canción.

El pájaro bajó, tomó la cadena de oro con la pata derecha, se paró frente al orfebre y cantó:

Mi madre me mató, mi padre me comió, mi hermana, Marlenita, todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!

Luego voló a casa de un zapatero, se posó sobre el techo y cantó:

Mi madre me mató, mi padre me comió, mi hermana, Marlenita, todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!

El zapatero lo oyó y salió corriendo a la calle en mangas de camisa. Miró hacia su techo y tuvo que taparse los ojos con la mano para que el sol no lo deslumbrara.

—Pájaro —dijo—, ¡qué bonito cantas!

Luego gritó hacia adentro de su casa:

—Mujer, sal un momento, que aquí hay un pájaro. ¡Mira nada más ese pájaro, qué bien canta!

Después llamó a su hija, a sus hijos y a sus aprendices, muchachos y muchachas, y todos salieron a la calle y se quedaron mirando al pájaro. Vieron lo hermoso que era, qué plumas tan finas tenía, rojas y verdes, cómo le relucía el cuello igual que el oro puro y cómo le brillaban los ojos como estrellas.

—Pájaro —dijo el zapatero—, ahora cántame otra vez esa canción.

—No —dijo el pájaro—, no canto dos veces por nada. Tienes que darme algo.

—Mujer —dijo el zapatero—, sube al tapanco. En la repisa de hasta arriba hay un par de zapatos rojos. Bájalos.

La mujer fue y trajo los zapatos.

—Ahí los tienes, pájaro —dijo el zapatero—. Ahora cántame otra vez esa canción.

El pájaro bajó, tomó los zapatos con la pata izquierda, regresó volando al techo y cantó:

Mi madre me mató, mi padre me comió, mi hermana, Marlenita, todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!

Cuando terminó toda la canción, se fue volando. En la pata derecha llevaba la cadena y en la izquierda los zapatos, y voló muy lejos, hasta un molino. Y el molino hacía ¡clip, clap, clip, clap, clip, clap!

Dentro del molino había veinte molineros labrando una piedra, y la golpeaban así: ¡pic, pac, pic, pac, pic, pac!, y el molino seguía: ¡clip, clap, clip, clap, clip, clap! El pájaro fue a pararse en un tilo que estaba frente al molino y cantó:

Mi madre me mató,

Entonces uno de ellos dejó de trabajar.

Mi padre me comió,

Entonces otros dos dejaron de trabajar y se pusieron a escuchar.

Mi hermana, Marlenita,

Entonces otros cuatro se detuvieron.

Todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató,

Ya solo ocho seguían labrando.

Bajo el enebro

Ya solo cinco.

los dejó.

Y ya solo uno.

¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!

Entonces también el último se detuvo y alcanzó a oír las últimas palabras.

—Pájaro —dijo—, ¡qué bonito cantas! Yo también quiero oír toda la canción. Cántamela otra vez.

—No —dijo el pájaro—, no canto dos veces por nada. Denme la piedra de molino y la vuelvo a cantar.

—Sí —dijo el molinero—. Si fuera solo mía, te la daría.

—Sí —dijeron los demás—, si vuelve a cantar, que se la lleve.

Entonces el pájaro bajó, y los veinte molineros, con una viga, levantaron la piedra entre todos. El pájaro metió el cuello por el agujero, se puso la piedra como si fuera un collar, voló otra vez al árbol y cantó:

Mi madre me mató, mi padre me comió, mi hermana, Marlenita, todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!

Con la piedra de molino al cuello y la cadena de oro y los zapatos rojos en las patas, el pájaro canta en un tilo junto al molino; cuatro molineros lo miran.

Cuando terminó de cantar, abrió las alas. En la pata derecha llevaba la cadena, en la izquierda los zapatos y alrededor del cuello la piedra de molino, y voló muy lejos, hasta la casa de su padre.

En el comedor estaban sentados a la mesa el padre, la madrastra y Marlenita.

—¡Qué ligero me siento! —dijo el padre—. ¡Qué contento estoy!

—Pues yo no —dijo la madrastra—. Me siento muy inquieta, como si se acercara una tormenta terrible.

Marlenita, en cambio, seguía sentada llorando y llorando. Entonces llegó el pájaro volando, y cuando se posó sobre el techo, el padre dijo:

—¡Ay, me siento tan feliz, y qué bonito brilla el sol allá afuera! Siento como si estuviera a punto de volver a ver a un viejo amigo.

—Pues yo no —dijo la mujer—. Tengo tanta angustia que me castañetean los dientes, y siento como si tuviera fuego en las venas.

Y se abrió el corpiño de un tirón. Marlenita lloraba sentada en un rincón, con el plato delante de los ojos, y lo dejó empapado de lágrimas. Entonces el pájaro se posó en el enebro y cantó:

Mi madre me mató,

La madrastra se tapó los oídos y cerró los ojos para no ver ni oír nada, pero en los oídos le rugía algo como la tormenta más violenta, y los ojos le ardían y le relampagueaban como rayos.

Mi padre me comió,

—¡Ay, mujer —dijo el padre—, qué pájaro tan hermoso! Canta precioso, el sol calienta tan sabroso y huele igualito a canela.

Mi hermana, Marlenita,

Marlenita apoyó la cabeza en las rodillas y lloraba sin parar, pero el padre dijo:

—Voy a salir. Tengo que ver a ese pájaro de cerca.

—¡Ay, no vayas! —dijo la mujer—. Siento como si toda la casa temblara y estuviera ardiendo.

Pero el padre salió y se quedó mirando al pájaro:

Todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!

En eso el pájaro soltó la cadena de oro, y le cayó al padre justo alrededor del cuello, y le quedó perfecta. Él entró a la casa y dijo:

—¡Miren nada más qué pájaro tan bonito, y qué cadena de oro tan preciosa me regaló! ¡Qué lindo es!

Pero la madrastra se aterró tanto que se desplomó en el suelo del comedor, y la cofia se le cayó de la cabeza. Entonces el pájaro cantó otra vez:

Mi madre me mató,

—¡Ojalá estuviera mil metros bajo tierra para no oír eso! —gritó la madrastra.

Mi padre me comió,

Y la mujer volvió a caer al suelo como muerta.

Mi hermana, Marlenita,

—Ay —dijo Marlenita—, yo también voy a salir, a ver si el pájaro me da algo.

Y salió.

Todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató,

Entonces el pájaro le aventó los zapatos.

Bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!

Marlenita sintió el corazón ligero y muy alegre. Se puso los zapatos rojos nuevos y entró a la casa bailando y dando brincos.

—¡Ay! —dijo—. Estaba tan triste cuando salí, y ahora estoy tan contenta. ¡Qué pájaro tan maravilloso! ¡Me regaló un par de zapatos rojos!

—Pues yo —dijo la madrastra, y se levantó de un salto, con los cabellos de punta como llamas de fuego— siento como si se acabara el mundo. Yo también voy a salir, a ver si se me aligera el corazón.

Y en cuanto cruzó la puerta, ¡pum!, el pájaro le dejó caer la piedra de molino en la cabeza, y la aplastó por completo.

Entre el humo, frente a la casa, el hermanito sonríe tomado de la mano del padre, que lleva la cadena de oro, y de Marlenita, con sus zapatos rojos.

El padre y Marlenita oyeron el golpe y salieron. Del lugar subían humo y llamas, y cuando todo pasó, ahí estaba el hermanito, vivo y de pie. Tomó de la mano a su padre y a Marlenita, y los tres se pusieron muy contentos. Luego entraron a la casa, se sentaron a la mesa y comieron.

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Adaptado por Talerie, fuente: Household Tales by Brothers Grimm (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre este cuento

«El enebro» lo puso por escrito Otto Runge, en bajo alemán, a partir de la tradición oral. Los hermanos Grimm lo imprimieron en Berlín, en 1812, como cuento 47 de su primer tomo. Según Bolte y Polívka, ya se había publicado en 1808. Los Grimm anotan que en su tierra también se contaba a menudo, aunque rara vez tan completo.

De 1812 a 1857 la historia no cambia: cambian el título y la grafía del dialecto, y desde 1843 la canción del pájaro va en alto alemán. Las dos versiones que puedes leer aquí («Más suave» y «Original») son nuestras y parten de la traducción inglesa de Margaret Hunt.

Dos ediciones de los Grimm: 1812 y 1857

Grimm 1812Grimm 1857
TítuloVan den Machandel-BoomVon dem Machandelboom
Edición1.ª, Berlín7.ª, Gotinga
Lengua del cuentobajo alemánbajo alemán
Canción del pájaroen bajo alemánen alto alemán (desde 1843)
Primer verso«Min Moder de mi slacht’t»«mein Mutter der mich schlacht»
Argumentoel mismoel mismo
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Mi madre me mató, mi padre me comió, mi hermana, Marlenita, todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!
Hermanos Grimm, 1812: Min Moder de mi slacht’t, / min Vader de mi att, / min Swester de Marleeniken / söcht alle mine Beeniken, / un bindt se in een siden Dook, / legts unner den Machandelboom; / kywitt, kywitt! ach watt een schön Vagel bin ick!

Lo que cuenta nuestro texto

La mujer de un hombre rico pide, bajo el enebro del patio, un hijo rojo como la sangre y blanco como la nieve; muere al nacer el niño y la entierran bajo el árbol. El padre se vuelve a casar y tiene una hija, Marlenita. La madrastra quiere la fortuna para su hija: mata al niño con la tapa de un baúl, lo cocina y se lo sirve al padre, que come sin saberlo. Marlenita junta los huesos en un pañuelo de seda y los deja bajo el enebro. De ahí sale un pájaro que, a cambio de su canción, consigue una cadena de oro, unos zapatos rojos y una piedra de molino. La cadena es para el padre, los zapatos para Marlenita y la piedra cae sobre la madrastra. Al final el niño está vivo otra vez y los tres se sientan a comer. Hunt solo dice que la niña sacó los huesos de la casa; nuestras versiones los dejan bajo el árbol, como el texto alemán.

En las dos versiones la tapa le corta la cabeza al niño y la madrastra lo hace pedazos para preparar moronga. La «Más suave» lo cuenta en menos líneas, pero no lo quita: tenlo en cuenta si piensas leerlo en voz alta. Ninguna de las dos dice que el padre llegue a enterarse de lo que comió. La «Original» es más larga en cada escena y conserva detalles como los «unos dos mil años» del comienzo.

Cuentos emparentados y dos aclaraciones

Ya los Grimm vieron que el comienzo, en el que la mujer se corta un dedo, recuerda al de «Blancanieves»; Bolte y Polívka señalan también las gotas de sangre sobre la nieve. Los mismos autores cuentan que Goethe puso los versos del niño en boca de una infanticida que ha perdido el juicio, en la escena de la cárcel del Urfaust. Reúnen además variantes de toda Europa, muchas con su propia forma de la canción; en «The Rose-Tree», de Devonshire, quien canta tiene un hermanito y no una hermana. De España solo citan un cuento andaluz, «Ursuleta».

Los zapatos rojos que el pájaro le regala a Marlenita no tienen nada que ver con «Los zapatos rojos» de Andersen, que es otro cuento de nuestra biblioteca. Y Marlenita no es hija de la primera esposa: es hija de la madrastra y, por tanto, medio hermana del niño.

Fuentes

Textos de época

Comentario

Catálogo

Cotejado con estas fuentes el 2 de noviembre de 2026.

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