
Hermanito y hermanita
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Un hermanito y una hermanita huyen de su madrastra, que les pega, y se internan juntos en el bosque. Pero la madrastra es bruja y ha hechizado los manantiales: el agua le advierte a la niña que quien beba se volverá tigre, lobo o cervatillo, y su hermano ya no aguanta la sed.
Había una vez un niño y una niña que habían perdido a su mamá. Desde entonces la madrastra les pegaba todos los días y solo les daba las orillas duras del pan, mientras que al perrito de debajo de la mesa a veces le aventaba un buen bocado. Un día el hermanito tomó a su hermana de la mano y le dijo:
—Ven, hermanita, vámonos juntos por el mundo.
Caminaron todo el día, y al anochecer, rendidos, se quedaron dormidos en el hueco de un árbol del bosque.
A la mañana siguiente el hermanito despertó con mucha sed y fueron a buscar agua. Pero la madrastra era una bruja: los había seguido a escondidas y había hechizado todos los manantiales del bosque.
En el primer manantial que encontraron, el hermanito iba a beber, pero la hermanita oyó que el agua murmuraba:
—El que beba de mí se volverá tigre. El que beba de mí se volverá tigre.
—¡Hermanito, no bebas! —gritó ella—. Te convertirás en una fiera y me harás pedazos.

El niño no bebió. En el segundo manantial la hermanita oyó:
—El que beba de mí se volverá lobo. El que beba de mí se volverá lobo.
—¡Hermanito, no bebas, o te convertirás en lobo y me comerás!
—Está bien, espero al siguiente —contestó él—. Pero ahí sí voy a beber, digas lo que digas. Ya no aguanto la sed.
En el tercer manantial, la hermanita oyó:
—El que beba de mí se volverá cervatillo. El que beba de mí se volverá cervatillo.
—Ay, hermanito, no bebas, que te convertirás en cervatillo y te irás lejos de mí.
Pero él ya se había arrodillado junto al agua, y en cuanto las primeras gotas le tocaron los labios, quedó convertido en un cervatillo.
Los dos lloraron juntos un buen rato. Al fin ella le dijo:
—No llores, cervatillo. Nunca te voy a dejar.
Se desató la liga dorada y se la ató al cervatillo al cuello, como collar; luego trenzó una cuerda de juncos para llevarlo. Más adentro del bosque encontraron una casita vacía y allí se quedaron a vivir.
Cada mañana la hermanita buscaba raíces y moras para ella y hierba tierna para él. En la noche apoyaba la cabeza en el lomo del cervatillo y así se dormía. Si el hermanito hubiera conservado su forma de niño, aquella habría sido una vida muy bonita.

Un tiempo después, el rey salió de cacería en aquel bosque. Al oír los cuernos y los perros, el cervatillo se moría de ganas de ir, y tanto rogó que la hermanita acabó por dejarlo salir.
—Pero vuelve en la noche —le dijo—. Voy a cerrar la puerta por si vienen cazadores. Para saber que eres tú, toca y di: «Hermanita mía, déjame entrar». Si no lo dices, no abro.
Los cazadores del rey persiguieron al cervatillo todo el día sin alcanzarlo. Al oscurecer volvió a la casita, tocó y dijo:
—Hermanita mía, déjame entrar.

Ella le abrió, y él durmió toda la noche a su lado.
Al día siguiente volvió a salir, y al anochecer los cazadores lo rodearon. Uno lo hirió un poco en una pata, y el cervatillo se alejó cojeando. Ese mismo cazador lo siguió sin hacer ruido hasta la casita, oyó cómo decía «Hermanita mía, déjame entrar» y vio que la puerta se abría. Luego fue a contárselo al rey.
—Mañana salimos otra vez de cacería —dijo el rey.
Esa noche, la hermanita se asustó mucho al ver herido al cervatillo y le curó la pata con hierbas. A la mañana siguiente él ya ni sentía la herida y otra vez quería salir.
—Te van a matar, y yo me voy a quedar sola en el bosque —dijo ella llorando—. No te dejo salir.
—Entonces me voy a morir aquí de tristeza —contestó el cervatillo—. Cuando oigo el cuerno, no me puedo quedar quieto.
Con el corazón encogido, la hermanita le abrió la puerta. Cuando el rey vio al cervatillo, les dijo a los cazadores:
—Persíganlo todo el día, pero que nadie le haga daño.
Al ponerse el sol, el cazador llevó al rey hasta la casita. El rey tocó y dijo:
—Hermanita mía, déjame entrar.
La puerta se abrió, y allí estaba la muchacha más hermosa que él había visto. Ella se asustó al ver entrar a un hombre con corona y no a su cervatillo, pero el rey le tendió la mano con cariño y le preguntó:
—¿Quieres venir conmigo a mi castillo y ser mi esposa?
—Sí, Majestad —contestó ella—, pero el cervatillo tiene que venir conmigo. A él no lo dejo nunca.
—Se quedará contigo mientras vivas —dijo el rey—, y nunca le faltará nada.
En eso entró el cervatillo de un salto, y la hermanita se lo llevó de la cuerda de juncos.
En el castillo celebraron la boda con gran fiesta. La hermanita era ahora la reina, y durante mucho tiempo vivieron felices. El cervatillo corría libre por el jardín.
La madrastra, que creía muertos a los dos hermanos desde hacía tiempo, supo lo felices que eran y se llenó de envidia. Tenía una hija, fea como la noche y tuerta, que le reclamaba:
—Ser reina me tocaba a mí.
—Tú tranquila —le dijo la vieja—. Cuando llegue el momento, ahí voy a estar.
Al poco tiempo, la reina tuvo un niño. Un día que el rey andaba de cacería, la bruja tomó la forma de la camarera y le dijo a la reina:
—Venga, Majestad, el baño está listo. Le va a hacer bien. Apúrese, antes de que se enfríe.
Entre la bruja y su hija llevaron a la reina, que estaba muy débil, a la casa de baños, cerraron la puerta con llave y se fueron. Adentro habían prendido un fuego tan terrible que la joven reina se ahogó con el calor y murió.
Luego la vieja acostó a su hija en la cama real y le dio la cara y la figura de la reina. Solo el ojo que le faltaba no pudo devolvérselo, así que la hija tuvo que acostarse sobre ese lado. En la noche el rey volvió, feliz de saber que tenía un hijo, y quiso ver a su esposa, pero la vieja le gritó:
—¡No abra las cortinas, Majestad! La reina todavía no puede ver la luz.
El rey se retiró sin saber que en aquella cama había una reina falsa.
A medianoche, la niñera, que velaba junto a la cuna, vio entrar a la verdadera reina. La reina sacó al niño de la cuna, le dio de comer, le sacudió la almohadita, lo acostó y lo tapó. Tampoco se olvidó del cervatillo, echado en su rincón, y le acarició el lomo. Después salió sin decir palabra, y los guardias juraron que nadie había entrado al castillo.

La reina volvió así muchas noches, siempre en silencio, y la niñera no se atrevía a contárselo a nadie.
Una noche, por fin, la reina habló:
¿Cómo está mi niño, mi cervatillo cómo está? Dos veces más vendré, y después nunca más.
Cuando la reina se fue, la niñera se lo contó todo al rey.
—¡Dios mío! —exclamó él—. Esta noche yo me quedo a velar junto al niño.
A medianoche la reina volvió y dijo:
¿Cómo está mi niño, mi cervatillo cómo está? Una vez más vendré, y después nunca más.
El rey no se atrevió a hablarle, pero también veló la noche siguiente, y ella dijo otra vez:
¿Cómo está mi niño, mi cervatillo cómo está? Vengo solo esta vez, y después nunca más.
Entonces el rey ya no pudo contenerse, corrió hacia ella y le dijo:
—¡No puedes ser otra más que mi querida esposa!
—Sí, soy tu querida esposa —respondió ella.
En ese instante, por la gracia de Dios, volvió a la vida, sonrosada y llena de salud, y le contó al rey lo que la bruja y su hija le habían hecho.
El rey las mandó llevar ante los jueces. A la hija la llevaron al bosque, y allí la mataron las fieras. A la bruja la echaron al fuego, y ardió hasta quedar hecha cenizas. En cuanto fue ceniza, el cervatillo recobró su forma humana, y la hermanita y el hermanito vivieron felices juntos hasta el fin de sus días.
Adaptado por Talerie, fuente: Kinder- und Hausmärchen (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)

