
El enebro
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Bajo el enebro del patio, una mujer desea un hijo rojo como la sangre y blanco como la nieve. El niño nace, pero ella muere, y la madrastra que llega después siente una punzada cada vez que lo mira, porque cree que él se interpone entre su hija Marlenita y toda la fortuna.
Había una vez, hace mucho tiempo, un hombre rico que tenía una esposa bella y buena. No tenían hijos, aunque ella se los pedía a Dios día y noche.
En el patio de la casa crecía un enebro. Un día de invierno, la mujer pelaba una manzana debajo del árbol y se cortó un dedo. Unas gotas de sangre cayeron sobre la nieve.

—¡Ay! —suspiró—. ¡Si tuviera un hijo rojo como la sangre y blanco como la nieve!
Al decirlo se sintió contenta, como si supiera que su deseo se iba a cumplir. Pasaron los meses, y al octavo la mujer llamó a su esposo y le dijo llorando:
—Si me muero, entiérrame bajo el enebro.
Al noveno mes tuvo un niño blanco como la nieve y rojo como la sangre, y al verlo sintió una alegría tan grande que murió. Su esposo la enterró bajo el enebro y la lloró mucho. Con el tiempo volvió a casarse.
Con su segunda esposa tuvo una hija, Marlenita. La madrastra quería muchísimo a su hija, pero cada vez que miraba al niño sentía una punzada, porque pensaba que él siempre se interpondría entre Marlenita y toda la fortuna. Por eso empezó a darle al niño un manotazo aquí y un coscorrón allá, hasta que el pobre vivía asustado.
Un día, Marlenita subió con su mamá al cuarto y le pidió una manzana. La madrastra sacó una del baúl, que tenía una tapa grande y pesada.
—Mamá, ¿y mi hermanito no va a tener una?
—Sí, cuando vuelva de la escuela —contestó la madrastra, de mal modo.
Pero cuando vio por la ventana que el niño venía, fue como si se le metiera el diablo. Le quitó la manzana a su hija, la aventó al baúl y lo cerró. En eso entró el niño, y ella le dijo con voz dulce:
—Hijo mío, ¿quieres una manzana?
—Mamá, ¡qué cara tan horrible pones! Sí, dame una manzana.
Ella levantó la tapa del baúl y le dijo que sacara una. Cuando el niño se agachó, ¡pum!, la madrastra dejó caer la tapa con todas sus fuerzas, y la tapa le cortó la cabeza.
La madrastra se asustó mucho. «¿Cómo hago para que nadie sepa que fui yo?», pensó. Le volvió a poner la cabeza en su lugar, se la sujetó con un pañuelo blanco para que no se notara nada, sentó al niño en una silla junto a la puerta y le puso la manzana en la mano.
Al rato, Marlenita entró a la cocina, donde su mamá meneaba una olla de agua caliente.
—Mamá, mi hermanito está sentado junto a la puerta, muy pálido. Le pedí la manzana y no me contestó.

—Pues si no te contesta, dale una cachetada.
Marlenita volvió y, como su hermano seguía sin contestar, le dio una cachetada. La cabeza se le cayó. Entonces la niña corrió llorando a buscar a su mamá:
—¡Ay, mamá, le tumbé la cabeza a mi hermanito!
—Cállate y que nadie se entere —le dijo su madre—. Ya no tiene remedio; lo vamos a hacer moronga.
Entonces la madrastra cortó al niño en pedazos y lo echó a la olla para hacer moronga. Marlenita lloraba a su lado, y sus lágrimas caían en la olla, así que no hizo falta ponerle sal.
Cuando el padre llegó, se sentó a la mesa y preguntó:
—¿Y dónde está mi hijo?
La madrastra le sirvió un platón de moronga y le contestó:
—Se fue al campo, a casa de un tío abuelo de su mamá. Se va a quedar allá seis semanas.
—¿Y ni siquiera se despidió de mí?
Pero el padre empezó a comer, y mientras más comía, más quería.
—¡Qué rica está esta comida, mujer! Sírveme más. No sé por qué, pero siento que todo esto es mío.
Así, sin saberlo, el padre se comió a su propio hijo, y fue aventando los huesos debajo de la mesa.
Marlenita sacó de la cómoda su mejor pañuelo de seda, recogió todos los huesos, los envolvió en el pañuelo y, llorando lágrimas de sangre, los dejó bajo el enebro.
Entonces el enebro empezó a moverse. Del árbol subió una neblina, en medio de la neblina ardía un fuego, y del fuego salió volando un pájaro hermosísimo. Luego el enebro quedó igual que antes, pero el pañuelo con los huesos ya no estaba.

De pronto Marlenita se sintió tan contenta como si su hermano siguiera vivo.
El pájaro voló hasta la casa de un orfebre, se posó en el techo y cantó:
Mi madre me mató, mi padre me comió, mi hermana, Marlenita, todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!
El orfebre, que estaba haciendo una cadena de oro, salió corriendo a la calle con la cadena en la mano.

—Pájaro, ¡qué bonito cantas! Cántame otra vez esa canción.
—No —dijo el pájaro—, yo no canto dos veces por nada. Dame la cadena de oro y te la vuelvo a cantar.
El orfebre se la dio, y el pájaro cantó:
Mi madre me mató, mi padre me comió, mi hermana, Marlenita, todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!
Luego voló hasta la casa de un zapatero, se posó en el techo y cantó:
Mi madre me mató, mi padre me comió, mi hermana, Marlenita, todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!
El zapatero salió con toda su familia a mirar al pájaro: tenía plumas rojas y verdes, el cuello le brillaba como oro de verdad y los ojos le relucían como estrellas.
—Pájaro, cántame otra vez esa canción.
—No —dijo el pájaro—, yo no canto dos veces por nada. Tienes que darme algo.
—Mujer, baja del tapanco los zapatos rojos —dijo el zapatero.
El pájaro tomó los zapatos con una pata y cantó:
Mi madre me mató, mi padre me comió, mi hermana, Marlenita, todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!
Después voló lejos, hasta un molino. Adentro, veinte molineros labraban una piedra de molino: ¡toc, toc, toc! El pájaro se posó en un tilo frente al molino y cantó:
Mi madre me mató,
Uno de los molineros dejó de trabajar.
mi padre me comió,
Otros dos se detuvieron a escuchar.
mi hermana, Marlenita,
Otros cuatro se detuvieron.
todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató,
Ya solo ocho seguían picando la piedra.
bajo el enebro
Ya solo cinco.
los dejó.
Ya solo uno.
¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!
Entonces el último también se detuvo.
—Pájaro, ¡qué bonito cantas! Cántala otra vez para mí.
—No —dijo el pájaro—, yo no canto dos veces por nada. Denme la piedra de molino y la vuelvo a cantar.
—Si la vuelve a cantar, que se la lleve —dijeron los demás.
Los veinte molineros levantaron la piedra con una viga, y el pájaro metió la cabeza por el agujero y se la puso como un collar. Luego voló otra vez al tilo y cantó:
Mi madre me mató, mi padre me comió, mi hermana, Marlenita, todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!

Con la cadena, los zapatos y la piedra, voló hasta la casa de su padre.
Allí estaban sentados a la mesa el padre, la madrastra y Marlenita.
—¡Qué contento estoy! —dijo el padre.
—Pues yo siento una angustia, como si se acercara una tormenta —dijo la madrastra.
Marlenita lloraba en un rincón, con el plato frente a los ojos. Entonces el pájaro se posó en el enebro y cantó:
Mi madre me mató,
La madrastra se tapó los oídos, pero aun así oía rugir una tormenta dentro de la cabeza.
mi padre me comió,
—Ay, mujer, ¡qué pájaro tan hermoso! —dijo el padre—. El sol calienta tan rico y huele a canela.
mi hermana, Marlenita,
Marlenita lloraba con la cabeza sobre las rodillas. El padre, en cambio, dijo:
—Voy a salir a verlo de cerca.
—¡No vayas! —dijo la madrastra—. Siento que toda la casa tiembla.
Pero él salió.
todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató, bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!
El pájaro soltó la cadena de oro, que le cayó al padre justo alrededor del cuello. El padre entró feliz a enseñarla, y del susto la madrastra se desplomó en el suelo. El pájaro volvió a cantar:
Mi madre me mató,
—¡Quisiera estar a mil metros bajo tierra para no oír esto! —gritó la madrastra.
mi padre me comió,
Y cayó otra vez al suelo, como muerta.
mi hermana, Marlenita,
—Yo también voy a salir, a ver si el pájaro me da algo —dijo Marlenita, y salió.
todos mis huesos juntó, en un pañuelo de seda los ató,
Entonces el pájaro le aventó los zapatos.
bajo el enebro los dejó. ¡Kywitt, kywitt, qué pájaro tan hermoso soy yo!
Marlenita se puso los zapatos rojos y entró a la casa bailando, ligera y feliz.
—¡Salí tan triste y ahora estoy tan contenta! ¡Miren qué zapatos me regaló el pájaro!
La madrastra se levantó de un salto, con el cabello erizado como llamas.
—¡Siento que se acaba el mundo! Yo también voy a salir, a ver si se me quita este peso del corazón.
Y en cuanto cruzó la puerta, ¡pum!, el pájaro le dejó caer encima la piedra de molino, y la madrastra murió aplastada.

El padre y Marlenita oyeron el golpe y salieron. De aquel lugar subían humo y llamas, y cuando todo pasó, ahí estaba el niño, vivo otra vez. Tomó de la mano a su padre y a Marlenita, y los tres, muy contentos, entraron a la casa, se sentaron a la mesa y comieron.
Adaptado por Talerie, fuente: Household Tales by Brothers Grimm (se abre en una ventana nueva) Dominio público Copia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio. CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)
